Una pizca de amor y un cadáver (Recetas con misterio 1) Capítulo 16. La heredera y el pastel de la venta
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Capítulo 16. La heredera y el pastel de la venta

En Madrid, dicen, todo es un pastel que hay que repartir: el negocio, la herencia, el pueblo. Aquí un pastel es un pastel, y se reparte a partes iguales, o te oyen. Son dos maneras de entender la repostería. Y la vida.

La sobrina de Braulio llegó a Santibáñez un martes por la mañana, en un coche que valía más que tres casas del pueblo juntas, y aparcó en la plaza, delante de la casona, de cualquier manera, ocupando dos plazas, como se aparca en las ciudades cuando uno tiene prisa y dinero de sobra para las multas.

Del coche bajó una mujer de mi edad más o menos, con unas gafas de sol que no se quitó en todo el rato, un abrigo de esos que en el pueblo solo se ven en las revistas, y un móvil pegado a la oreja, hablando a voces con alguien de algo que sonaba importante y lejano.

El pueblo entero, que llevaba dos semanas y media sin más entretenimiento que un asesinato y un inspector difunto, se asomó a las ventanas a verla.

Rocío Cascales no se enteró, o hizo como que no se enteraba, que en la gente de ciudad es difícil distinguir una cosa de la otra.

Terminó su llamada, o la perdió, porque en Santibáñez la cobertura va y viene según le apetece a la antena, miró el móvil con cara de incredulidad, lo levantó hacia el cielo buscando una raya de señal, y al no encontrarla soltó una palabra que no voy a reproducir pero que retumbó en la plaza vacía y escandalizó a tres beatas.

Bienvenida al pueblo, pensé, desde la puerta del horno. Aquí no hay cobertura ni para las malas noticias. Y tú traes unas cuantas.

Porque en Santibáñez, cuando llega un forastero, el pueblo lo estudia como estudia una nube: para saber si trae tormenta.

Y Rocío Cascales, en las primeras dos horas, ya había traído varias.

Aparcó donde no se aparca. Preguntó en el bar por «un sitio con wifi decente», y Nando, que no sabe lo que es el wifi pero no lo iba a reconocer delante de una clienta, le señaló la iglesia, por decir algo alto.

Entró en la tienda de la Fina a comprar agua y pidió «agua mineral con gas, sin sabores», y la Fina, muy digna, le contestó que allí el agua era del grifo, y venía sin gas y sin sabores desde el principio de los tiempos, gracias a Dios.

Las Migas, cómo no, tenían dictamen antes del mediodía. Me lo trajo Encarna, encantada, mientras yo cerraba el horno.

—Cata, hija, ¿has visto a la sobrina? Menudo pájaro.

—Bajó la voz, aunque no había nadie—. Dicen que viene a vender el pueblo.

A vendernos, ¿te lo puedes creer? Como si fuéramos ovejas.

—Y añadió, con esa lógica de las Migas que va directa a lo que importa—: Con lo cual, fíjate, a esa la muerte de Braulio le viene de perlas.

Hereda y vende. Yo, en tu lugar, y en el del inspector, a esa la miraba con lupa. Que de fuera vienen los peores.

Le di la razón, porque Encarna, cuando no anda metida en líos de amores, tiene un ojo clínico para el interés ajeno que ya lo quisieran en la Guardia Civil.

El funeral de Braulio fue aquella misma tarde, retrasado dos semanas porque el cuerpo había estado en la capital, en manos del forense, que es lo que tiene que a uno lo maten: que ni enterrarte te dejan a tu hora.

Y los dulces del funeral, cómo no, los puse yo.

Porque en Santibáñez los dulces de los entierros los pone el Horno de las Ánimas desde mil novecientos cincuenta y dos, y a nadie, ni al pueblo ni a mí, se le pasó por la cabeza que el hecho de que yo fuera la principal sospechosa de la muerte del difunto cambiara esa costumbre.

Así que allí estuve, sirviendo mis magdalenas y mi bizcocho —el otro, no aquel, que aquel no pienso volver a hacerlo mientras viva— en el velatorio del hombre al que, según medio pueblo, había matado.

Puestos a acumular ironías, aquella semana no perdonaba una.

Fue un entierro raro. Fue a la iglesia bastante gente, pero no a llorar, sino a asegurarse.

En Santibáñez, cuando se muere alguien, hay dos clases de asistentes: los que van a despedir al muerto y los que van a comprobar que está muerto de verdad.

A Braulio lo despidió poca gente y lo comprobó el pueblo entero, no fuera a levantarse otra vez y a tomar nota de quién había faltado.

Rocío presidió el duelo con las gafas de sol puestas, mirando el reloj cada poco, con la cara de quien asiste a una reunión que se está alargando.

No lloró. Nadie esperaba que llorara, y ella no defraudó a nadie.

La conocí a ella al día siguiente, porque vino al horno. Y vino, para mi sorpresa y mi incomodidad, no a acusarme de haber matado a su tío —que era lo que yo me temía—, sino por un asunto mucho más frío: yo le alquilaba un local, y ella, ahora, era mi casera.

Entró sin quitarse las gafas de sol, aunque dentro del horno no había sol ninguno, echó un vistazo al local de arriba abajo con una mirada que yo conocía muy bien, porque era la misma con la que Braulio miraba las cosas: la mirada del que tasa. Y dijo, sin presentarse siquiera:

—¿Usted es la del horno? ¿La inquilina?

—Catalina Ferrer. —Me limpié las manos en el delantal, por hacer algo—. Y usted será la sobrina de Braulio. La acompaño en el sentimiento.

—Gracias. —Lo dijo como se dan las gracias por un paquete—.

Rocío Cascales. Mire, seré breve, que tengo el día imposible y esto —señaló el pueblo entero con un gesto de la mano— no ayuda.

He heredado las propiedades de mi tío, este local incluido.

Y estoy estudiando qué hacer con el patrimonio.

Así que le agradecería que me pasara el contrato de arrendamiento, para tenerlo todo…

—buscó la palabra, la encontró en su idioma— mapeado.

—¿Mapeado.

—Ordenado. Que sepa yo qué tengo y en qué condiciones. —Volvió a mirar el local—. Bonito, esto. Tiene potencial.

Y ahí, en aquel «tiene potencial», reconocí el peligro, porque «tiene potencial», en boca de la gente que habla como Rocío, no es un piropo.

Es una sentencia. Braulio decía «bonito, esto» cuando iba a subirme el alquiler.

Su sobrina decía «tiene potencial» cuando iba a hacer algo mucho peor: algo moderno.

Lo de «algo moderno» no tardé en saber qué era, porque Rocío Cascales no es de las que esconden sus planes; al revés, los suelta como quien reparte tarjetas de visita, convencida de que a todo el mundo le van a parecer tan brillantes como a ella.

—Le voy a ser sincera, señora Ferrer, porque me cae usted bien y porque, total, se va a enterar igual.

—Se sentó en una silla del despacho, sin que la invitara, y cruzó las piernas—.

Mi tío tenía aquí un patrimonio muerto de risa.

La casona, este local, tierras, pastos. Todo parado, dando un rendimiento ridículo, porque mi tío era de otra época y gestionaba como en el siglo pasado.

Yo trabajo en desarrollo de proyectos. Y lo que yo veo, cuando miro Santibáñez, no es un pueblo que se muere. Es una oportunidad.

—Una oportunidad de qué.

—De turismo rural. De experiencia. —Los ojos le brillaron detrás de las gafas—.

Hay una cadena, gente muy potente, que está comprando pueblos enteros del interior para convertirlos en destinos.

Casas rurales con encanto, gastronomía de kilómetro cero, esa cosa auténtica que la gente de ciudad paga una fortuna por vivir un fin de semana.

La casona sería el hotel boutique. Las tierras, actividades.

Y este horno… —me miró, y sonrió por primera vez— este horno, con su historia y su hornito de leña, sería una monada de obrador-museo.

Talleres de pan para turistas. «Amasa tu propia hogaza. » Cosas así. Se paga muy bien.

Me la quedé mirando. Un obrador-museo. Talleres de «amasa tu propia hogaza».

El horno de mi bisabuela, donde se hacen los dulces de los entierros de la comarca desde mil novecientos cincuenta y dos, convertido en una atracción para que señores de Madrid se hicieran fotos con las manos en la masa un sábado por la tarde.

—¿Y yo? —pregunté—. En ese plan suyo, ¿yo qué soy?

Rocío se lo pensó un segundo, con sinceridad, como quien hace un hueco en una hoja de cálculo.

—Usted podría quedarse. De cara al público queda muy bien una panadera de verdad, de las de toda la vida. Sería como… el alma del sitio. —Y añadió, sin maldad, que fue lo peor—: Habría que ver los números, claro. Pero encajaría.

No le contesté. No porque no tuviera nada que decir, sino porque tenía tanto que no me cabía por la garganta.

A Rocío Cascales, con su hoja de cálculo por corazón, había que explicarle demasiadas cosas.

Que el hornito de leña no es «una monada»: es donde mi abuela se dejó las manos y los pulmones.

Que las magdalenas de los entierros no son «gastronomía de kilómetro cero»: son el consuelo que este pueblo lleva setenta años metiéndose en la boca cuando no encuentra las palabras.

Que un obrador no es un decorado, y una panadera no es «el alma del sitio», sino una mujer que se levanta a las cinco.

Pero explicarle todo aquello a Rocío habría sido como explicarle el mar a quien solo ha visto la piscina de un hotel.

Así que no dije nada. Guardé el cabreo donde guardo las cosas que no puedo pagar: en el mismo cajón que los encargos y las cartas de Peñalver.

Cuando se fue, dejando en el aire un perfume caro y en mí un cabreo de los que no se pasan con un vermú, Garcés, que había estado todo el rato en el almacén, oyéndolo todo sin decir nada, salió con su carpeta y su cara de reloj.

—Bueno —dijo—. Ya tenemos a la sospechosa número tres.

—Ya la tenemos —dije, todavía cabreada.

—Y, sobre el papel, es la más clara de todas.

—Se sentó donde se había sentado Rocío, como para pensar mejor—.

Piénselo con frialdad, señora Ferrer, dejando a un lado que le acaba de llamar a su horno «una monada».

La Bego odiaba a Braulio, pero de su muerte no saca nada: sigue con su quesería y sus pastos igual que antes.

Nando odiaba a Braulio, pero de su muerte tampoco saca gran cosa: cambia de casero, y a saber si para mejor.

Pero esta mujer… —dio un golpecito en la mesa— esta mujer, con la muerte de su tío, hereda una casona, un pueblo entero de propiedades y un negocio de millones.

La Bego mataría por rabia. Nando, por miedo.

Pero Rocío Cascales tiene el motivo más antiguo y más fiable del mundo: mataría por dinero. Y por muchísimo.

—El problema —siguió Garcés— es que a esta no la puedo inspeccionar. No tiene cocina en el pueblo, no tiene establecimiento, no tiene nada que yo pueda entrar a mirar con un acta en la mano. Con la Bego y con Nando teníamos la excusa. Con ella no.

—Entonces, ¿cómo la investigamos?

—Con paciencia. Y con lo que usted sabe hacer mejor que yo.

—Me miró—. Hablando. Usted es del pueblo, es panadera y ahora, para colmo, es su inquilina.

Tiene mil excusas para cruzarse con ella: el contrato, el local, los dulces.

Yo no puedo entrar en la vida de Rocío Cascales sin una orden.

Usted puede entrar por la puerta del horno, con una bandeja.

—O sea, que ahora, además de sospechosa e intérprete, soy espía.

—Es una manera fea de decirlo. —Cogió el bolígrafo—. Yo prefiero «colaboradora con acceso privilegiado».

—Suena peor.

—Lo sé. Pero es más exacto.

Tenía razón. Sobre el papel, la sobrina de Madrid era la asesina perfecta: llegaba de fuera, heredaba una fortuna y no le temblaba el pulso para convertir el horno de mi bisabuela en un parque temático.

Era guapa, era fría, era de ciudad y ganaba una millonada con el muerto.

En cualquiera de esas novelas que escucha Lucía en sus auriculares, la asesina sería ella, sin discusión.

Lo que pasa es que la vida no es una novela.

Y lo que Garcés y yo no sabíamos aquella tarde, mientras la señalábamos tan convencidos como el pueblo me señalaba a mí, era que Rocío Cascales, la que más ganaba con la muerte de Braulio sobre el papel, era, en la realidad, la única persona de Santibáñez a la que aquella muerte le venía francamente mal.

Pero eso lo averiguaríamos más tarde. Aquella tarde era, sencillamente, la que más ganaba.

Y con eso, en un asesinato, suele bastar para dormir señalando a alguien.