Una pizca de amor y un cadáver (Recetas con misterio 1) Capítulo 15. Tapas para una coartada floja
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Capítulo 15. Tapas para una coartada floja

La tapa se inventó para tapar el vaso y que no cayeran moscas. Con el tiempo, en este pueblo, sirve para tapar otras cosas: el hambre, el aburrimiento y, si hace falta, dónde estuvo uno el miércoles por la noche.

El segundo de la lista era Nando, y con Nando la cosa tenía una dificultad añadida, porque Nando no es un sospechoso cualquiera: es mi amigo, o algo parecido, de esos amigos de pueblo que uno tiene sin haber decidido tenerlos, de tanto verse.

Le compro el vermú, él me compra el pan, nos conocemos desde el colegio.

Interrogar a un amigo por asesinato tiene algo de traición, aunque lo hagas para averiguar que es inocente. Se lo dije a Garcés por el camino.

—No lo interrogamos. Lo inspeccionamos —me recordó, con esa manía suya de que las palabras arreglen las cosas—. Y si es inocente, cosa que usted parece dar por hecha, entonces no le hacemos ningún daño. Solo se lo estamos quitando de encima.

—¿Y si no es inocente?

—Entonces tampoco será su amigo, y el problema se resuelve solo.

No supe qué contestar a eso, porque era, como casi todo lo que dice Garcés, incómodamente cierto.

El Tentempié a media mañana estaba tranquilo, con dos jubilados en la barra jugando al dominó y Nando detrás, secando vasos.

En cuanto nos vio entrar juntos, a la panadera sospechosa y al inspector difunto, con la carpeta por delante, a Nando se le cayó el trapo.

Literalmente. Se le cayó el trapo de secar al suelo, se agachó a por él, y cuando volvió a subir tenía ya puesta la cara del que sabe que le ha llegado el turno.

—Cata. Don Teodoro. —Tragó saliva—. ¿Qué os pongo?

—Nada, Nando —dije—. Venimos por lo de la inspección.

—La inspección. Claro. La inspección. —Cogió otro vaso y empezó a secarlo, aunque ya estaba seco, que en Nando es la señal, como el cuchillo en la Bego o el sombrero en Braulio: cada uno tiene su gesto para cuando se pone nervioso, y el de Nando es secar un vaso que no lo necesita.

Garcés empezó por la cocina, como siempre, con la nevera que cierra cuando le da la gana y el resto de pecados veniales de un bar de pueblo, y Nando lo seguía con cara de velatorio, contestando a todo que sí, que ya lo arreglaba, que tenía el papeleo en regla, mientras secaba vasos a un ritmo que delataba su presión sanguínea.

Y aquí tengo que decir, en honor a la verdad, que la cocina de Nando le dio a Garcés más trabajo del que le habría dado el asesinato.

Porque el Tentempié es un bar de pueblo de toda la vida, y en un bar de pueblo de toda la vida la normativa sanitaria es más una sugerencia que una ley.

Garcés abrió la nevera y la nevera le devolvió la mirada, por así decirlo.

Encontró una fritanga de una antigüedad que no supo datar.

Encontró unos guantes de un color que ya no era el original.

Encontró, detrás de las cañas, un gato, vivo, que según Nando «controla los ratones» y que según Garcés «es, él mismo, un incumplimiento con bigotes».

Cada hallazgo lo anotaba con una paciencia de santo, y Nando lo seguía disculpándose, «eso lo cambio hoy, don Teodoro», «eso es que el chico no lo ha fregado», mientras los dos jubilados del dominó, que no perdían ripio, comentaban la jugada como si fuera un partido.

—A este le cierran el bar —le dijo uno al otro, colocando una ficha—. Fijo.

—Que no le cierran, hombre, que el inspector está muerto.

—Ah, es verdad. —El del dominó se quedó pensando—. ¿Y un muerto puede cerrar un bar?

—Legalmente no lo sé. Pero mira qué apuntes toma.

Garcés no levantó la vista de la carpeta. Pero yo, que empezaba a conocerle hasta los silencios, le vi apretar un poco los labios, que en él es lo más parecido a mandar a paseo a un pueblo entero. Y, entre pregunta y pregunta de nevera, Garcés fue soltando las otras.

—Tengo entendido, señor Requena, que el difunto lo tenía a usted denunciado.

—Como a medio pueblo —dijo Nando, deprisa—. Lo de las tapas. Una tontería. Que si la vitrina, que si los guantes. Manías suyas.

—Y que le alquilaba el local.

—El local es suyo, sí. Era. Ahora será de la sobrina, supongo. —Secó con más fuerza—. Un arriendo normal. Caro, pero normal.

—Y que la mañana en que se supo que había muerto, usted, aquí, en esta barra, brindó por él.

Ahí Nando dejó de secar un segundo. Porque eso era verdad, y lo sabía todo el pueblo, y yo lo había visto: la mañana del cadáver, Nando se había bebido de un trago una copa y había dicho «que en paz descanse», y no lo había dicho precisamente con pena.

—Brindé porque estaba vivo yo, don Teodoro, no porque estuviera muerto él —dijo, y por primera vez sonó del todo sincero—. Ese hombre me tenía cogido por el cuello. La denuncia, el alquiler, todo. Yo no me alegré de que se muriera. Me alegré de respirar. Es distinto.

Y ahí, la verdad, le creí. Porque esa parte de Nando la entendía yo perfectamente, que a mí Braulio también me tenía cogida.

Pero justo cuando empezaba a relajarme, Garcés hizo la pregunta, la de siempre, la del miércoles por la noche.

Y Nando, mi amigo Nando, se derrumbó de una manera que no me esperaba.

—La noche del miércoles pasado, señor Requena. La de hace dos semanas. ¿Dónde estaba usted?

Nando dejó el vaso. Cogió otro. Lo dejó también. Se pasó el trapo por la frente, que le sudaba, y por primera vez en toda la mañana no supo qué hacer con las manos.

—Aquí. En el bar.

—El bar los miércoles cierra —dije yo, que lo sé de sobra—. Cierras los miércoles, Nando. Toda la vida.

—Ya. —Tragó—. Pues estaba en casa.

—¿Solo?

—Solo.

Lo dijo demasiado rápido. Y Nando, que miente fatal, que ha mentido fatal toda su vida, desde que en el colegio le echaba la culpa al de al lado con la cara más culpable de la clase, se puso colorado hasta las orejas.

Un hombre de cuarenta y ocho años, dueño de un bar, sospechoso de asesinato, poniéndose colorado como un crío al que pillan copiando.

—Nando —dije, más suave, porque me daba pena—. Nando, si estabas en otro sitio, dilo. Es importante. Si tienes una coartada, la coartada te salva. ¿Dónde estabas de verdad?

Y entonces Nando hizo la cosa más incriminatoria que le he visto hacer a nadie en mi vida. Me miró a los ojos, con una angustia de verdad, tragó saliva, y dijo:

—Prefiero no decirlo.

Se hizo un silencio. Garcés levantó la vista de la carpeta, muy despacio.

—Señor Requena. ¿Es usted consciente de que acaba de negarse a dar una coartada en una investigación por homicidio? ¿De que eso, para cualquiera que le escuche, suena exactamente a lo que suena?

—Lo sé —dijo Nando, con la voz rota, sudando, pero firme en su disparate—. Lo sé, don Teodoro. Y aun así, prefiero no decirlo.

Y aquí viene lo raro, lo que no supe explicarme entonces y que solo entendí mucho después.

Yo, que conozco a Nando de toda la vida, no vi en su cara la angustia del que ha matado a un hombre.

Vi otra cosa. Vi la angustia del que esconde algo que le da vergüenza, que no es lo mismo.

El asesino teme que lo descubran. Nando temía que lo entendieran mal.

Había una diferencia en su miedo, pequeña pero clara, que yo noté sin saber ponerle nombre, igual que había notado el silencio de la Bego.

Pero una cosa es notar algo y otra saber qué es.

Y lo que Nando escondía tardé en saberlo casi tanto como lo que escondía el pueblo entero.

Salimos del Tentempié con más preguntas que respuestas, que empezaba a ser la norma de aquellas inspecciones nuestras.

—¿Usted qué dice? —le pregunté a Garcés, ya en la calle—. ¿Fue Nando?

—Tiene motivo, ocasión y ninguna coartada —dijo él, contando con los dedos—. Sobre el papel, es el sospechoso más sólido que hemos visto. Más que la Bego, incluso, porque la Bego al menos dice dónde estaba. Nando ni eso.

—Pero usted no cree que fuera él.

Garcés se paró. Me miró con esa cara de estar decidiendo cuánto contarme, que le veía cada vez más a menudo.

—No. No lo creo. Y no por intuición, que yo de intuiciones no me fío, sino por lógica.

Piénselo. El que mató a Braulio planeó envenenarlo con un bizcocho con dos semanas de antelación.

Se hizo con la receta. La preparó. La horneó bien, sin fallos, porque el bizcocho estaba en su punto, según el médico forense.

Ese hombre, o esa mujer, es frío, meticuloso y conoce esa receta a la perfección.

La conoce, diría yo, mucho mejor que un desconocido que la leyera de pasada en un periódico.

—Me miró—. La conoce como quien la ha hecho muchas veces. De memoria.

Se me secó la boca.

—Y Nando —siguió, sin notar, o sin querer notar, lo que me estaba pasando— no conoce esa receta de nada.

Nando es incapaz de hornear un bizcocho que le salga bien ni queriendo.

Y, sobre todo, Nando no es frío. Nando está sudando por una mentira de nada.

El que hizo esto no sudaría. El que hizo esto ya tenía la mentira preparada antes de empezar.

—Reanudó la marcha—. Nando esconde algo, sí. Pero no es esto.

Lo seguí unos pasos por detrás, con la boca seca, porque Garcés, sin saberlo, acababa de dibujar un retrato.

El retrato de alguien frío, meticuloso, que conocía mi receta de memoria, de haberla hecho muchas veces.

Y yo conocía a esa persona. Claro que la conocía.

Solo que mi cabeza, una vez más, se negó a ponerle cara.

Y yo la dejé que se negara. Porque ponerle cara era el principio de algo que yo todavía no estaba preparada para saber.

El problema fue que yo no fui la única que se enteró de la evasión de Nando. Porque las cosas, en Santibáñez, no las averigua uno solo: las averigua el pueblo entero al mismo tiempo, por ciencia infusa. Y para cuando Garcés y yo salimos del Tentempié, ya lo sabía el sargento Chamorro.

Me lo encontré esa misma tarde en el cuartelillo, adonde fui a llevarle, por cumplir, un parte de la inspección que Garcés me había pedido que le pasara.

Y me lo encontré delante de su panel, el de las cuerdas rojas, radiante, con la cara de un hombre que por fin ve la luz al final del túnel de su carrera.

Había reorganizado el panel entero. La foto de Braulio en el centro.

La del bizcocho al lado. Y arriba del todo, en el lugar de honor, con un recuadro rojo dibujado a mano y tres signos de exclamación, había pegado una foto de Nando, sacada de no sé dónde, en la que el pobre salía sirviendo una caña con cara de no haber roto un plato en su vida.

—Cata —me dijo, sin apartar la vista de su obra, como un artista ante su cuadro—. Ya lo tengo.

—¿El qué tienes, Chamorro?

—Al asesino. —Dio un golpecito, con el dedo, sobre la cara de Nando—.

Móvil: el hombre le tenía denunciado el bar y le subía el alquiler.

Ocasión: el bar cierra los miércoles, o sea que la noche del crimen la tenía libre.

Y, lo mejor de todo, lo que lo remata: se ha negado a decir dónde estaba.

—Se giró hacia mí, triunfal—. Un inocente dice dónde estaba, Cata.

Un culpable calla. Y Nando ha callado. Caso resuelto.

Me jubilo con un homicidio resuelto. Con dos, contándote a ti, que todavía no te descarto.

—Chamorro. —Intenté que la voz me saliera tranquila—. Que Nando no diga dónde estaba no quiere decir que matara a nadie. A lo mejor estaba en un sitio en el que le da vergüenza haber estado. Eso no es un crimen.

—¿Qué sitio le va a dar vergüenza a un hombre soltero de cuarenta y ocho años, Cata?

—Chamorro me miró como si yo fuera muy inocente, que viniendo de él tenía su gracia—.

No, no. Cuando alguien no quiere decir dónde estaba la noche de un crimen, es que estaba en el crimen.

Lo dice la lógica. Lo dicen las películas.

Y lo digo yo, que llevo treinta y cinco años en esto.

—Treinta y cinco años sin un solo homicidio, Chamorro.

—Por eso mismo. Cuando por fin llega uno, no lo pienso desaprovechar.

—Volvió a mirar su panel con orgullo de padre—.

Mañana lo llamo a declarar. En condiciones.

Y si sigue sin soltar dónde estaba, me lo llevo detenido, que para eso está el calabozo, aunque haga veinte años que no lo usemos más que para guardar las sillas de las fiestas.

Salí del cuartelillo con un peso nuevo encima.

Porque a los problemas que ya tenía —el mío, el de Garcés, el del asesino suelto— se sumaba ahora uno más: el de que mi amigo Nando, por esconder una vergüenza que yo ni siquiera conocía, estaba a punto de que lo detuvieran por un asesinato que yo estaba casi segura de que no había cometido.

Miré la cara de Nando en el panel, con su recuadro rojo y sus tres exclamaciones, y sentí un pellizco de miedo por mi amigo.

Porque Chamorro, por una vez en su vida, tenía un razonamiento que se sostenía.

Encajaba todo. Motivo, ocasión, silencio.

Y yo era la única, junto con Garcés, que sabía que aquel silencio no era de culpa, sino de vergüenza.

Solo que no podía demostrarlo. Y en Santibáñez, aquellos días, la diferencia entre el que calla por culpa y el que calla por vergüenza podía costar muy cara.

Sobre todo si el que decidía la diferencia era el sargento Chamorro con un rotulador rojo en la mano.