Una pizca de amor y un cadáver (Recetas con misterio 1) Capítulo 14. Queso, rencor y una tabla de embutido
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Capítulo 14. Queso, rencor y una tabla de embutido

El queso y el rencor curan igual: en sitio fresco, oscuro y a solas, y cuanto más tiempo, más fuertes. Los dos, mal manejados, tumban a un hombre.

La quesería de la Bego está a las afueras del pueblo, en lo que fue el corral de la casa de sus padres, y para llegar hay que subir un camino de tierra que a Garcés, con sus zapatos de ciudad, le pareció una afrenta personal.

Subimos a primera hora, él con su carpeta y su acta de inspección, yo con la excusa de que «la Bego no le abre la puerta a un forastero, y menos a un forastero muerto, pero a mí sí».

Le advertí por el camino lo que se iba a encontrar.

—La Bego cura los quesos en la antigua cuadra. Es húmeda, está a oscuras y las paredes están cubiertas de moho. Del bueno, del que hace el queso. Pero moho.

Garcés se paró en seco en mitad del camino.

—¿Moho.

—Moho.

Sacó el pastillero. Se tomó una pastilla que no se había tomado, de un compartimento que yo no le había visto abrir nunca, y siguió subiendo con la cara de un hombre que va a una guerra sabiendo que la va a perder.

—Que conste —dijo— que soy alérgico a las esporas de moho. Gravemente. Que entrar ahí, para mí, es como para usted meter la mano en el horno encendido. Y que lo hago igual, porque es mi trabajo y porque a una persona hay que interrogarla donde vive, aunque viva entre esporas.

—Creía que usted no interrogaba. Que inspeccionaba.

—Hoy voy a hacer las dos cosas —dijo—. Que Dios reparta suerte. Y antihistamínico.

La Bego nos abrió con un cuchillo de cortar queso en la mano, no como amenaza, sino porque la Bego siempre tiene un cuchillo de cortar queso en la mano; es parte de ella, como el mandil y el mal genio. Miró a Garcés de arriba abajo, con sus zapatos enfangados y su carpeta, y luego me miró a mí.

—Cata. —Un saludo—. Veo que te has traído al muerto.

—Vengo por la denuncia, señora —dijo Garcés, enseñando el carné—. Inspección de la Junta. Sanidad.

—La denuncia. —La Bego escupió al suelo, con la puntería de siempre—.

La denuncia de un hombre que está muerto y bien muerto, y que en paz descanse lo justo.

¿Y usted viene a hacerle los recados a un cadáver?

Pues mire, pase. Pase y mire lo que quiera, que mis quesos aguantan la mirada de cualquiera, viva o muerta.

Entramos en la cuadra. Y lo que pasó a partir de ahí fue una de las escenas más raras que he presenciado en mi vida: un interrogatorio de asesinato disfrazado de inspección sanitaria, llevado a cabo por un inspector alérgico que se iba hinchando por minutos en una cueva llena de moho, ante una sospechosa armada con un cuchillo, con una servidora en medio, traduciendo.

Garcés empezó por lo suyo, porque el hombre, aunque se estuviera muriendo, cumplía el trámite.

Midió la humedad. Miró las cámaras. Comprobó fechas.

Y, entre medición y medición, con esa naturalidad de reloj que tiene, iba dejando caer las preguntas que de verdad importaban, camufladas entre las de la normativa.

Y yo, mientras tanto, hacía mi parte, que era doble.

Por un lado traducía: cuando la Bego decía «esas de ahí son de encargo» con la boca pequeña, yo sabía que «de encargo» quería decir que se las vendía a alguien sin factura, cosa que a Garcés le interesaba por lo del acta y a mí por lo otro, porque el que hace tratos por debajo de la mesa tiene siempre más de un secreto.

Por otro lado vigilaba a Garcés, que se iba apagando como una vela.

Primero fueron los ojos, que se le pusieron rojos.

Luego la voz, que se le fue cerrando. A la media hora, el hombre hacía sus preguntas de asesinato entre estornudo y estornudo, con un pañuelo en una mano y el bolígrafo en la otra, y aun así no falló ni una, ni bajó el ritmo, ni se quejó.

Interrogaba a una sospechosa de homicidio mientras su propio cuerpo intentaba matarlo a base de esporas, y lo hacía con la misma calma con la que habría rellenado un formulario en su despacho.

Ese hombre, decidí allí, o era el funcionario más entregado de España o el más cabezota.

Con el tiempo aprendí que era las dos cosas, y que en él venían a ser la misma.

—¿Cuántas cabezas cura aquí a la vez, señora?

—Doscientas, en temporada.

—¿Y estas de aquí? Están sin etiquetar.

—Esas son de encargo.

—Ya. —Anotó—. La noche del miércoles pasado, la de hace dos semanas, ¿estaba usted aquí, con los quesos?

Y ahí la Bego, que hasta ese momento había contestado a todo a voz en grito, se calló medio segundo. Medio segundo de nada. Pero yo, que la conozco, lo noté.

La pregunta la puso furiosa, que es lo que hace la Bego cuando algo la incomoda: en vez de esconderse, ataca.

—¿Me estás preguntando si lo maté yo, Cata? ¿A eso habéis venido? ¿Con el cuento de la inspección?

—Nadie ha dicho eso, Bego.

—No hace falta que lo digáis. —Clavó el cuchillo en una tabla, y ahí sí, lo reconozco, se me subió el corazón a la garganta—.

Mira, te lo voy a decir clarito, para ti y para el difunto que traes.

Yo odiaba a Braulio Cascales. Con toda mi alma lo odiaba.

Ese hombre llevaba diez años intentando quitarme los pastos de mi familia, que son míos desde antes de que él naciera, para meter no sé qué de un negocio.

Como no se los vendía, me denunció el queso, que es lo único que sé hacer y lo hago mejor que nadie en esta comarca.

Me quería arruinar. Me quería ver cerrar.

Así que sí: cuando me enteré de que se había muerto, abrí una botella.

Y cuando me entere de dónde lo entierran, subo con las castañuelas, como dije, y bailo. Todo eso es verdad y no me escondo.

Tomó aire. Y añadió, más bajo, con un rencor que ya no era de grito, sino de los que se llevan muy adentro:

—Pero una cosa es alegrarse de que se muera un hijo de mala madre, y otra muy distinta matarlo. Yo no lo maté. Aunque, te lo juro por mi madre, me habría gustado.

Y entonces, porque en este pueblo la hospitalidad es más fuerte que cualquier cosa, incluso que un interrogatorio por asesinato, la Bego cortó un pedazo de uno de sus quesos, el mejor, el curado en aceite, lo puso en una tabla con unas rodajas de chorizo y de lomo y nos lo plantó delante.

—Comed algo, anda, que habéis subido en ayunas y se os nota.

Yo comí, porque el queso de la Bego es de llorar y porque negarse habría sido ofenderla, y a una sospechosa de asesinato armada con un cuchillo no se la ofende por educación. Garcés miró la tabla como quien mira un campo de minas.

—Yo no puedo, gracias. Soy alérgico a…

—A todo, ya me han dicho. —La Bego resopló—. Menudo inspector de comida me han mandado. Alérgico a la comida. Es como mandar a un ciego a inspeccionar los faros.

—Es un argumento recurrente en este pueblo —dijo Garcés, con una dignidad que, entre el moho y el chorizo, ya le quedaba a media asta—. Y, sin embargo, aquí sigo.

La Bego lo miró entonces de otra manera.

No con simpatía, que eso habría sido mucho pedir, pero sí con algo parecido al respeto que se le tiene a quien hace su trabajo aun a costa de su salud.

Y a partir de aquel pedazo de queso que él no pudo comer, la cosa, sin dejar de ser tensa, se puso un poco más humana.

Fue Garcés quien volvió, sin alterarse, a lo que a mí se me había pasado con el numerito del cuchillo.

—No ha contestado a mi pregunta, señora. La noche del miércoles. ¿Dónde estaba?

La Bego lo miró. Y por primera vez desde que habíamos entrado, en lugar de gritar, dudó.

—Estaba fuera —dijo—. En la capital. En la feria del queso de otoño, que se celebra todos los años y a la que voy siempre, porque es donde vendo media temporada.

—¿Toda la noche?

—La feria es de día. Por la noche… —Se encogió de hombros—. Por la noche cené con gente del gremio, y me quedé a dormir en una pensión, porque volver de noche por esa carretera no lo hace ni un loco.

—¿Hay quien pueda confirmar que pasó usted la noche allí?

—Habría que preguntarles. —Recogió el cuchillo de la tabla, ya sin rabia, casi con fastidio—. Yo qué sé quién se acuerda de con quién cenó hace dos semanas. Éramos muchos. Bebimos. Se hizo tarde. Eso es lo que hay.

Miré a Garcés. Él anotó, con su letra pequeña, «feria — pendiente de confirmar», y yo supe leer, por primera vez, una de sus anotaciones: aquello no era una coartada.

Era, de momento, un «puede que sí, puede que no».

La Bego tenía el motivo más claro del pueblo, el genio más vivo y una coartada de esas que suenan a verdad pero que, hasta que alguien no las confirma, valen exactamente lo mismo que una mentira.

Íbamos ya de salida, Garcés estornudando cada tres pasos y con los ojos como dos tomates, cuando la Bego, que no sabe quedarse con la última palabra sin rematarla, nos soltó, desde la puerta de la cuadra, lo que la hundió del todo. O lo que a mí, en aquel momento, me lo pareció.

—Y otra cosa os digo, ya puestos. —Se limpió el cuchillo en el mandil—.

Eso de matarlo con un bizcocho. Con una receta prestada.

—Torció el gesto, con un desprecio profesional que le salía del alma—.

Menuda chapuza. Si yo hubiera querido quitar de en medio a Braulio Cascales, no habría necesitado la receta de nadie.

Ni la tuya, Cata, ni la de su madre. Lo habría hecho con un queso.

Con uno de los míos. Limpio, sin ruido, y sin que ningún inspector alérgico viniera después a olisquearme la cuadra.

Que yo sé de sobra lo que se le puede meter a un queso para que un hombre no se vuelva a levantar de la mesa.

Se hizo un silencio en el que solo se oyó a Garcés sonarse.

—Es un decir —añadió la Bego, al ver nuestras caras.

Pero ya lo había dicho.

Bajamos el camino en silencio un rato, cada uno con lo suyo. Yo, con la imagen de la Bego y su cuchillo. Garcés, con lo que le quedaba de garganta.

—¿Y bien? —le pregunté, cuando ya estábamos abajo—. Usted, que apunta y ordena. ¿Fue ella?

—No lo sé —dijo, y me gustó que no lo supiera, porque Chamorro a esas alturas ya habría tenido cuatro culpables—. Tiene el motivo más claro que hemos visto. Tiene el carácter. Y acaba de reconocer, delante de dos testigos, que sabe matar con comida. Todo eso pesa mucho.

—Pero.

—Pero. —Se sonó por última vez y guardó el pañuelo—.

Pero la gente que de verdad ha matado a alguien no suele contarte, a gritos y en la puerta de su casa, lo bien que sabría hacerlo.

Eso lo cuenta el que fantasea con hacerlo, no el que ya lo ha hecho.

El que ya lo ha hecho, señora Ferrer, calla.

—Me miró—. Como calla usted, por cierto, cada vez que sale el tema del toque de su bizcocho.

Se me paró el paso un segundo. Porque tenía razón, el muy… Yo callaba. Callaba lo del toque, lo de la abuela, lo de la manteca. No por culpa, sino por miedo a adónde llevaba aquel hilo. Pero eso Garcés todavía no lo sabía. Y yo no pensaba contárselo. Todavía.

—Yo no callo nada —mentí.

—Claro que no —dijo él, que sabía que mentía, y tuvo la elegancia de no insistir.

Aquella noche, en la cama, le di vueltas a lo que había dicho la Bego y a lo que había dicho Garcés, y no supe con cuál quedarme.

Que la que más odiaba a Braulio supiera matar con comida sin que la pillaran pesaba mucho; y que no lo hubiera hecho con un bizcocho no significaba que no lo hubiera hecho, sino, a lo mejor, solo que lo habría hecho mejor.

Pero la frase de Garcés se me había quedado clavada como una espina.

El que ya lo ha hecho, calla. Y yo, que llevaba toda la vida en este pueblo escuchando a la gente, me quedé despierta preguntándome, por primera vez, quién de todos los que me rodeaban callaba de más.

No se me ocurrió ningún nombre. O eso me dije, para poder dormir.