Capítulo 13. Un huésped con alergia a la harina
Advertencia para huéspedes: en esta casa la harina no se queda en el saco, el anís no se queda en la masa y la panadera no se queda callada. Quien busque tranquilidad, que pruebe en otra pensión.
Convivir con Teodoro Garcés, aprendí en los primeros días, es como convivir con un reloj suizo al que le hubieran dado alergia a la vida.
Todo lo hace a su hora, en su orden, con su sistema.
Se levanta a las siete en punto, aunque yo lleve desde las cinco armando estruendo con las bandejas a un tabique de distancia.
Se toma las pastillas del pastillero —el compartimento del día, ni una más ni una menos— con un vaso de agua a temperatura ambiente, porque el agua fría, dice, «agrede la garganta».
Dobla el catre. Airea el almacén. Y sale a inspeccionar cocinas ajenas con el mismo traje, la misma corbata y la misma cara de estar a punto de leerle a alguien un artículo, como si el pueblo no lo tuviera por difunto y él no durmiera entre mis sacos de harina.
Lo del sueño era su cruz, y en parte la mía.
Porque mi obrador huele a anís, y a un alérgico al anís el anís no lo deja pegar ojo.
Las dos primeras noches lo oí, a través del tabique, dar vueltas en el catre, sonarse, levantarse a abrir más la ventana.
A la tercera bajé de madrugada a por un vaso de agua y me lo encontré en el almacén, sentado en el catre, con una mascarilla de esas de farmacia puesta, repasando la carpeta del caso a la luz de una linterna, porque no quería encender la bombilla y molestarme.
—Garcés, son las cuatro de la mañana.
—Lo sé. —La voz le salía rara por la mascarilla—. No consigo dormir. Su anís es muy… insistente.
—Puede dormir arriba, en el sofá, si quiere. Lejos del obrador.
—No, gracias. —Volvió a la carpeta—. Prefiero el anís al sofá de una sospechosa. Es una cuestión de método, no se lo tome a mal.
Me lo tomé a mal, pero solo un poco, y solo porque no le faltaba razón.
Y me fui a la cama pensando en aquel hombre absurdo, con su mascarilla y su linterna, prefiriendo asfixiarse entre mi harina antes que dormir cómodo con tal de no bajar la guardia.
Había algo en aquella terquedad que empezaba a caerme bien.
Y eso me preocupó bastante más que el asesinato.
Las mañanas eran un choque de civilizaciones.
Yo abro el horno a las cinco, y a las cinco, en mi obrador, hay harina en el aire, en el suelo, en las manos, en el pelo, en todas partes, porque hacer pan es, básicamente, organizar una tormenta de harina y meterla en un horno.
Garcés bajaba a las siete, impecable, planchado, con la corbata ya puesta, y cruzaba aquel campo de batalla enharinado pisando de puntillas, como quien cruza un charco con zapatos nuevos, intentando que no se le pegara nada.
No lo conseguía jamás. Todas las mañanas, a media mañana, Teodoro Garcés salía a inspeccionar las cocinas de la comarca con una fina capa de mi harina en los hombros del traje, sin darse cuenta, y yo no se lo decía; primero por maldad, y luego, cuando la maldad se me fue pasando, por una especie de ternura tonta, porque aquella harina mía en su traje oscuro era, si una lo pensaba, lo más cerca que aquel hombre iba a dejar que estuviéramos en mucho tiempo.
Además, inspeccionarme era superior a sus fuerzas.
Mientras se tomaba la infusión, sus ojos iban solos a la fecha de un yogur, a la junta de una baldosa, al termómetro de la nevera.
«Esa levadura caduca el jueves», me soltaba, sin venir a cuento.
«El desagüe de la pila gotea, y un desagüe que gotea es un criadero.
» Yo le contestaba que en mi obrador se hace el mejor pan de la comarca desde mil novecientos cincuenta y dos, con desagüe que gotea y todo, y él me decía que una cosa no quita la otra, que se puede hacer buen pan e incumplir la normativa al mismo tiempo, que de hecho es lo que hace medio país.
Y en el fondo teníamos los dos razón, que es la peor manera de discutir.
Aquella misma tarde, sin embargo, la terquedad de Garcés dejó de parecerme un defecto y empezó a parecerme útil. Porque nos sentamos, después de cerrar, con su carpeta y mi conocimiento del pueblo, a hacer una cosa que se le había ocurrido a él y que, tengo que admitir, era brillante.
—Piénselo, señora Ferrer —me dijo, extendiendo un papel sobre la mesa del obrador—.
Yo he venido a Santibáñez a inspeccionar todas las cocinas que Braulio Cascales denunció antes de morir.
Es mi trabajo, y lo tengo que hacer de todas formas.
Y ahora dígame: ¿quién tenía motivos para querer muerto a Braulio Cascales?
—Medio pueblo.
—No. La gente a la que Braulio denunció.
Los que tenían con él, además de un rencor viejo, un problema concreto y reciente.
—Empezó a escribir nombres, en su letra pequeña, en columna—.
La quesería de la Bego, a la que Braulio denunció el queso y a la que, según usted misma me contó, le quería comprar los pastos.
La Bego, que dijo delante de testigos que bailaría sobre su tumba.
—Con castañuelas —precisé—. Lo dijo con castañuelas.
—El bar de Nando, denunciado por las tapas, y con el arriendo del local en manos de Braulio.
La carnicería de los Robles. La panadería de…
—dudó— la que usted llama del pan malo. —Levantó la vista—.
¿Se da cuenta? La lista de las cocinas que tengo que inspeccionar por obligación es, casi exactamente, la lista de las personas que tenían un motivo fresco para matarlo.
Braulio, al denunciar a media comarca, me dejó, sin querer, la lista de sus propios sospechosos.
Y me dio, con la inspección, la excusa perfecta para entrar en sus casas y hacerles preguntas sin que parezca que las hago.
—¿Y los que no denunció? —pregunté—. Porque a Braulio lo quería muerto más gente de la que él denunció.
—A esos también llegaremos, pero por otra vía.
—Garcés pasó a una segunda columna—. Están los que le debían dinero, que con su muerte dejan de deberlo.
Ahí no tenemos nombres todavía, porque los nombres los tenía Braulio en ese cuaderno suyo, el que nadie encuentra.
—Me miró—. Ese cuaderno, cuando aparezca, va a ser media investigación.
Alguien que le debiera lo suficiente a Braulio, y a quien Braulio apretara lo suficiente, tenía tanto motivo como la Bego. O más.
—Y está la sobrina —dije.
—Y está la sobrina. Rocío Cascales, la única heredera.
Todavía en Madrid, pero, según su abogado, en camino.
—Lo anotó, con un asterisco—. El que hereda es siempre el primero de la lista en cualquier manual.
Con ella habrá que tener cuidado, porque no la puedo inspeccionar: no tiene cocina en el pueblo.
A esa tendremos que abordarla de otra manera.
Miré las dos columnas: la de los denunciados, larga; la de los otros, con su cuaderno fantasma y su heredera de Madrid. Y caí en la cuenta, con un desánimo repentino, de la verdad más incómoda de todas.
—Garcés. En esas listas cabe media comarca. Pero en la primera, en la de los que tenían mi receta antes de publicarse, sigo estando solo yo.
—De momento —dijo él, y no añadió nada más, porque era un hombre que no consolaba con mentiras. Pero tampoco me quitó el «de momento». Y aquel «de momento», viniendo de él, era casi un abrazo.
Lo miré con una admiración que me negué a que se me notara.
—O sea, que va a interrogarlos mientras les mira la nevera.
—Yo no interrogo. Yo inspecciono. —Un silencio muy suyo—.
Pero mientras uno inspecciona, uno también escucha.
Y usted, que conoce a esta gente de toda la vida, viene conmigo y traduce.
Usted sabe cuándo un vecino miente. Yo sé cuándo una cámara frigorífica incumple la normativa.
Entre los dos, a lo mejor, sacamos algo en claro.
Era, otra vez, un plan frío, metódico y perfecto.
Y era, además, la primera vez desde que había vuelto de Madrid que alguien me proponía hacer algo juntos, como equipo, en lugar de mirarme como a un bicho raro.
Dije que sí antes de acordarme de que aquel hombre me había arruinado la vida.
Últimamente se me olvidaba con una facilidad que ya empezaba a darme que pensar.
El sargento Chamorro, mientras tanto, seguía con su investigación, que consistía sobre todo en pasarse por el horno a horas intempestivas a ver si me pillaba en un renuncio.
Lo de que Garcés se hubiera mudado a mi almacén lo desconcertó profundamente, porque no le cabía en ninguna de sus teorías de película.
Un día se llevó a Garcés aparte, con mucho misterio, y le preguntó, de hombre a hombre, si no le daba miedo dormir bajo el mismo techo que la principal sospechosa.
—Me da más miedo su nevera que ella, sargento —le contestó Garcés—. Y le recuerdo que la señora Ferrer sigue siendo sospechosa, no culpable. Son cosas distintas.
—Eso mismo digo yo siempre —mintió Chamorro, que no lo había dicho nunca—. Sospechosa, no culpable. Aunque, entre usted y yo, tener la receta y no tener coartada… —Chascó los dedos, dejando la frase en el aire, que es donde Chamorro deja siempre las frases que no sabe terminar.
No me hizo gracia. Pero me hizo menos daño del que me habría hecho una semana antes, porque una semana antes no tenía a nadie que le contestara a Chamorro que le daba más miedo mi nevera que yo.
Y resulta que tener a alguien que te defienda, aunque te defienda con un insulto a tu higiene, cambia bastante las cosas.
Los días fueron cayendo en una rutina rara, mitad guerra fría mitad cosa que no sabría nombrar.
Por las mañanas yo horneaba y él inspeccionaba, cada uno en su mundo.
Por las tardes repasábamos el caso. Y por las noches, antes de que yo subiera a mi casa y él se enterrara en su anís, teníamos, sin habérnoslo propuesto, una especie de tregua diaria: media hora, en el obrador ya cerrado, en la que dejábamos de ser el inspector y la sospechosa y éramos solo dos personas cansadas tomando algo.
Él, una infusión sin anís, que a doña Sagrario le costó tres intentos aprender a hacer y a mí ninguno. Yo, un vermú, o dos, según el día.
Fue en una de esas treguas cuando le vi hacer algo que me desarmó.
Yo había sacado del horno una hornada de magdalenas, las de siempre, las de la abuela, y le puse una en un plato delante, más por costumbre que por otra cosa, olvidándome por completo de que llevaban anís, porque todo lo mío lleva anís.
Él la miró. La olió. Y en vez de apartarla con la cara de circunstancias de costumbre, la partió por la mitad, con cuidado, y se comió el trocito más pequeño.
Un bocado diminuto. El que calculó que podía comerse sin morirse.
—Está buena —dijo, con la nariz ya empezando a resentírsele—. Es una lástima que quiera matarme.
—La magdalena o yo.
—Las dos, señora Ferrer. Ese es el problema de esta casa. —Se sonó—. Que todo lo que hay en ella está buenísimo y es potencialmente letal.
Y aunque lo dijo de la magdalena, y aunque los dos hicimos como que hablábamos de la magdalena, no sé por qué me pareció que hablábamos de otra cosa.
Me fui a la cama con la sensación tonta, ridícula, impropia de una mujer de treinta y seis años acusada de asesinato, de que a Teodoro Garcés le había gustado mi magdalena lo suficiente para arriesgar la garganta por un bocado.
Y de que a mí me había gustado que le gustara.
Más de lo que estaba dispuesta a admitir. Ni aquel día ni en una buena temporada.
Antes de subir, aquella noche, Garcés recogió su carpeta, la cerró con esa parsimonia suya y dijo, como quien fija una cita:
—Mañana empezamos.
—¿Empezamos qué?
—Las inspecciones. Los sospechosos. —Colocó el bolígrafo en su sitio, paralelo a la carpeta, milimétrico—.
He decidido el orden. Empezaremos por la persona con el motivo más claro, el temperamento más vivo y la costumbre más notoria de desear la muerte del difunto en voz alta y con instrumento de percusión.
Tardé un segundo en traducirlo. Luego me reí, por primera vez en no sé cuánto, con una risa de verdad, de las que no se planean.
—La Bego.
—La Bego —confirmó Garcés—. Mañana a primera hora.
Usted trae el conocimiento del pueblo, yo traigo el acta de inspección.
Y las dos cosas, con un poco de suerte, nos dirán si la mujer que quería bailar sobre la tumba de Braulio Cascales se conformó con desearlo o si pasó de las castañuelas a la acción.
Subí a mi casa. Me metí en la cama, encima del cuarto donde dormía, o no dormía, mi extraño huésped. Y por primera vez desde que había empezado todo aquello, me dormí no con miedo, sino con algo que se le parecía peligrosamente poco: con ganas de que llegara mañana.