Una pizca de amor y un cadáver (Recetas con misterio 1) Capítulo 12. Pacto a media masa
30%

Capítulo 12. Pacto a media masa

Una masa a medio hacer no es pan ni es nada: es una promesa pegajosa que puede salir bien o quedarse cruda. Como ciertos pactos.

La cosa con la pensión se puso imposible al cuarto día, y no por las coronas, que a esas alturas ya llegaban con cierta regularidad y Garcés había aprendido a apilar en un rincón del cuarto como quien colecciona un espanto. Se puso imposible por el anís.

Resulta que la patrona, doña Sagrario, una de esas mujeres que quieren tanto que hacen daño, se había tomado lo de tener un moribundo en casa como una misión personal.

Y su forma de cuidar a un moribundo era cebarlo.

Le subía infusiones a todas horas, le dejaba dulces en la mesilla, le echaba a la sopa «una hierbita para el ánimo».

Y la hierbita, la infusión y medio repertorio de doña Sagrario llevaban anís, porque en este pueblo el anís se le echa a todo, que es justo lo que estuvo a punto de matar a Garcés dos veces en una misma semana.

La primera vez fue un susto tonto: un arroz con leche espolvoreado, como Dios manda en este pueblo, con canela y con anís molido.

Garcés dio dos cucharadas antes de notar que se le hinchaban los labios, y tuvo que explicarle a doña Sagrario, entre estornudos, que no era que no le gustara su arroz, que era que su arroz lo mandaba al hospital.

Doña Sagrario lo entendió a su manera, que fue jurarle que a partir de entonces le pondría «solo un poquito», porque en la cabeza de doña Sagrario, como en la de medio pueblo, un postre sin anís no es un postre: es un castigo, y ella no iba a castigar a un moribundo en sus últimas semanas.

La segunda vez fue seria. Garcés se tomó una tila de buenas noches sin saber que doña Sagrario le había puesto una estrella de anís «para que durmiera del tirón», y durmió del tirón, sí, pero del tirón que da un antihistamínico de urgencia después de que se te cierre la garganta.

Cuando me lo contó a la mañana siguiente, con la voz todavía ronca, lo contó como cuenta él las cosas, sin dramatismo, como un incidente reseñable en un acta.

Pero la conclusión era clara, y la dijo él, no yo:

—No puedo seguir en esa pensión, señora Ferrer. Entre el pueblo, que me quiere muerto en teoría, y doña Sagrario, que me va a matar en la práctica sin querer, no sé cuál de los dos me va a rematar antes.

Le dije, sin pensarlo mucho, que se viniera al almacén del obrador.

Y en cuanto lo dije me arrepentí, porque sonaba a muchas cosas que yo no quería que sonaran, y porque el almacén del obrador es, para un alérgico al anís, más o menos como ofrecerle a un asmático que se instale en un molino de harina. Pero ya estaba dicho.

Garcés, que es incapaz de aceptar nada sin convertirlo antes en un expediente, se lo pensó a su manera, en columnas.

—Analicémoslo —dijo, muy serio, como si no acabara de ofrecerle yo un catre entre sacos de harina—.

Su obrador tiene anís, que es un riesgo para mí.

Pero un riesgo controlado, porque usted sabe dónde está y yo también, a diferencia de la pensión, donde el anís me llega camuflado en una tila. Ventaja para el obrador.

—Qué romántico se pone usted cuando quiere.

—Segundo —siguió, sin inmutarse—. La cuestión de la seguridad.

Todo el pueblo cree que usted controla esa columna.

Sea verdad o no, y no lo es, mientras la gente lo crea, el lugar más seguro para el hombre al que la columna ha sentenciado es, paradójicamente, al lado de la mujer que la escribe.

Nadie se atreverá a tocarme estando bajo su…

—buscó la palabra— protección. Aunque sea una protección imaginaria.

—O sea, que se muda conmigo para que la gente crea que le hago un seguro de vida.

—Exacto. Y hay un tercer punto, y este le conviene a usted.

—Me miró—. Usted es sospechosa de un asesinato y no tiene coartada para la noche en que ocurrió, porque estaba sola en el obrador.

Si yo me instalo aquí, a partir de ahora usted tendrá, todas las noches, a un funcionario de la Junta que puede dar fe, por escrito y con validez, de dónde está y qué hace.

Yo soy su coartada andante. Y usted es mi seguro de vida. Es un intercambio. Frío, pero justo.

Lo miré. Tenía razón en todo, como de costumbre, y como de costumbre me fastidió.

—Trato hecho —dije—. Pero le advierto una cosa, Garcés. En este obrador se hace anís. Todos los días. Es lo que soy. Si se muda, se muda a mi anís. Yo no voy a dejar de ser quien soy porque a usted le dé alergia.

—No le pido que deje de ser quien es —dijo—. Le pido que abra las ventanas.

Se mudó esa misma tarde, y mudarse, en el caso de Garcés, consistió en aparecer con una maleta rígida, gris, con las esquinas reforzadas, del tamaño exacto de lo imprescindible, porque este hombre hasta para huir de un pueblo que lo quiere muerto viaja con equipaje de mano.

Dentro, según pude ver cuando la abrió con el mismo cuidado con el que se abre una caja fuerte, había tres camisas idénticas, dos corbatas, el pastillero, un neceser ordenado por tamaños y una foto pequeña, boca abajo, que volvió a dejar boca abajo antes de que yo pudiera verla, y sobre la que no pregunté, aunque me quedé con las ganas hasta hoy.

Le monté un catre en el almacén, entre los sacos de harina y las estanterías de la levadura, y ahí empezó la negociación de fronteras, que fue larga, porque cuando dos personas acostumbradas a mandar cada una en lo suyo tienen que compartir cuarenta metros cuadrados, el mapa hay que trazarlo con cuidado.

Aquellas estanterías para él; estas, para mí.

El obrador se encendía a las cinco de la mañana, con estruendo de bandejas, hiciera él lo que hiciera con su descanso.

El aseo, de los dos, pero el neceser ordenado por tamaños se quedaba en su lado, que a mí tanto orden me ponía nerviosa.

Yo no le tocaría la carpeta, que era material de una investigación oficial.

Él no me tocaría la masa madre, que llevaba conmigo desde Madrid y era lo único que me traje de allí que no me falló nunca.

Y el anís —el dichoso anís— lo trabajaría yo con las ventanas abiertas de par en par, y él se tomaría una pastilla de más y se aguantaría, porque un trato es un trato y porque, como me dijo muy digno, «uno se adapta».

La adaptación de Garcés, ya lo iría viendo yo, era un espectáculo digno de estudio.

Aquel primer atardecer lo pasó reorganizándome el almacén «por criterios de salubridad», que es su manera de decir que no soportaba verlo como estaba.

Me cambió la levadura de sitio porque «estaba demasiado cerca de los productos de limpieza», me midió la temperatura de la nevera y anotó el resultado con cara de haber descubierto un cementerio indio, y encontró, detrás de un saco de harina, un táper con algo dentro que ninguno de los dos supo identificar y que enterramos sin ceremonia, de común acuerdo, porque hay cosas que es mejor no investigar aunque uno sea inspector y la otra sospechosa de asesinato.

Cuando terminó, el almacén estaba, lo reconozco, más limpio de lo que había estado en años.

Pero era mi desorden, y verlo ordenado por otro me produjo una sensación rara, mitad agradecimiento mitad allanamiento, que iba a acompañarme todas las semanas siguientes.

Así, saco a saco, norma a norma, Teodoro Garcés y yo dividimos mi obrador en dos países que compartían frontera, cocina y, a partir de aquella noche, sospechosamente, el mismo techo para dormir.

El pueblo, por supuesto, se enteró antes de que Garcés hubiera deshecho la maleta, porque en Santibáñez las noticias viajan más rápido que la luz y bastante más rápido que la verdad.

Y ante la noticia de que el inspector sentenciado se había mudado al obrador de la bruja de las esquelas, se dividió, como se divide siempre, en dos bandos.

El primer bando, encabezado por Encarna, lo interpretó en clave romántica, porque Encarna lo interpreta todo en clave romántica desde que enviudó, que hace treinta años y aún no lo ha superado.

«Algo hay ahí, Cata, no me lo niegues, que un hombre no se muda al almacén de una mujer por la salud.

» Le expliqué que era exactamente por la salud, la suya, que en la pensión lo estaban matando a base de tila.

No me creyó. Encarna nunca cree la versión aburrida de las cosas, que suele ser la verdadera.

El segundo bando, más práctico y más siniestro, lo interpretó en clave de negocio.

Si el inspector estaba sentenciado y se había ido a vivir con la que dictaba las sentencias, entonces, razonaban, o iba a suplicarle clemencia, o —esto lo susurraban más bajo— se había apuntado él también a la lista y pensaba encargar algo desde dentro.

La Tía Puri me trajo el runrún con su delicadeza habitual:

—Dicen por ahí que te has traído al inspector a casa para rematarlo con más comodidad. Yo les he contestado que, si quisieras rematarlo, no le habrías montado un catre, que se remata mejor de pie. Pero ya sabes cómo es la gente.

La primera noche fue rara. Rarísima. Cerré el obrador a mi hora, apagué las luces del mostrador y, por costumbre de vivir sola, iba a echar el cerrojo y subirme a mi casa —vivo encima del horno, en un piso pequeño— cuando me acordé de que ya no estaba sola.

De que al otro lado de la puerta del almacén, entre mis sacos de harina, había un hombre.

Un inspector de Sanidad con una corona de flores a nombre propio y una foto boca abajo en la maleta, durmiendo, o intentándolo, en mi territorio.

Me quedé un momento parada en mitad del obrador a oscuras, sin saber muy bien qué se hace en estos casos. ¿Se dan las buenas noches? ¿A través de una puerta? ¿A un enemigo con el que acabas de firmar un pacto de conveniencia?

Estuve a punto de subirme sin decir nada, que habría sido lo cómodo.

Pero me pareció de mala educación dejar a un huésped, aunque fuera un huésped a la fuerza y con corona propia, sin un mínimo de bienvenida.

Y además, para qué negarlo, me picaba la curiosidad de saber cómo se instala un hombre así en un catre entre sacos de harina.

Al final llamé con los nudillos, flojito, a la puerta del almacén.

—Garcés. ¿Necesita algo?

Hubo un silencio, y luego su voz, al otro lado, más cerca de lo que esperaba, porque a lo mejor él también estaba de pie del otro lado, sin saber tampoco qué se hace en estos casos.

—No, gracias. —Una pausa—. ¿Ha dejado dada la luz del pasillo?

—La he dejado.

—Bien.

No dijo por qué, y yo no pregunté, porque las dos cosas las sabíamos.

El hombre que no le tenía miedo a nada dormía mejor con la luz dada, y aquella noche, por primera vez en dos semanas, no dormía solo en un cuarto de pensión rodeado de un pueblo que lo quería muerto.

Dormía en un almacén que olía a anís, con una puerta de por medio, y del otro lado de esa puerta había alguien. Yo.

Antes de subir me quedé un momento más, escuchando.

Se oían, del almacén, el crujido del catre cuando se removía, el clic del pastillero, el frufrú de las páginas de su carpeta, que el hombre debía de estar repasando el caso a oscuras, o casi, para no dormir.

Sonidos de otra persona. Llevaba tres años sin oír, de noche, más ruido que el del frigorífico, y de repente mi obrador tenía respiración.

No sabría explicar por qué me quedé escuchando aquel rato, ni por qué, cuando por fin subí, subí de puntillas, para no molestar a un hombre al que hasta esa misma mañana me habría gustado ver a mil kilómetros.

Subí a mi casa. Me metí en la cama. Y me quedé un rato despierta, mirando el techo, que es el suelo del cuarto donde ahora dormía él, pensando que mi vida, que ya era bastante rara antes de todo esto, había alcanzado una cota nueva: compartía obrador con el hombre al que había odiado durante tres años, para salvarlo de una superstición que había inventado yo sin querer, mientras un asesino de verdad andaba suelto por mi pueblo.

Y pensando, también, aunque eso me costó más admitírmelo y solo me lo admití a oscuras, que hacía mucho tiempo que no me dormía sabiendo que había otra persona respirando bajo el mismo techo. Y que no estaba tan mal. Ni mucho menos.