Una pizca de amor y un cadáver (Recetas con misterio 1) Capítulo 11. Coronas de flores para un vivo
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Capítulo 11. Coronas de flores para un vivo

Regla de los entierros: las flores, para el que ya no huele; los dulces, para el que se queda a llorarlo. Llevarle flores a un vivo es meterle prisa.

Ser un muerto en Santibáñez del Romero, descubrió Teodoro Garcés a lo largo de aquella semana, tiene sus ventajas y sus inconvenientes. La principal ventaja es que no se paga nada. El principal inconveniente es todo lo demás.

Empezó por el bar. El café gratis del primer día se convirtió, para el fin de semana, en la comida gratis, la cena gratis y el vermú gratis, porque Nando, en cuanto asumió que tenía a un difunto sentado en su barra todas las noches, decidió que cobrarle sería una frialdad impropia de un buen cristiano.

—A los difuntos invita la casa, don Teodoro —le dijo, muy solemne, retirándole el billete que Garcés le tendía—. Faltaría más.

—No estoy muerto, Nando.

—Usted lo que tiene que hacer es descansar y no preocuparse de estas cosas. —Y le puso, sin que se lo pidiera, un platito de aceitunas, «que están muy buenas y a usted ya no le van a hacer daño».

Yo estaba en el bar aquella noche, en la mesa del rincón, oficialmente repasando con Garcés lo poco que teníamos del caso y extraoficialmente disfrutando del espectáculo, porque, seamos sinceras, ver al hombre que me cerró el obrador de Madrid convertido en el difunto más incómodo de la comarca tenía su punto.

Que Dios me perdone, pero lo tenía. Cada vez que Nando le retiraba el dinero con aquella cara de pésame, a mí se me alegraba un poco el rencor de tres años.

No era solo el bar. Era el pueblo entero, que se había volcado en el cuidado de su difunto favorito con una dedicación que a mí, en dos semanas de sospechosa, no me había dedicado nadie.

En la farmacia le rebajaron las pastillas de la alergia, «que para lo que le van a durar».

La del estanco le fiaba un tabaco que no fumaba, por si le apetecía empezar, «que a estas alturas ya qué más da».

Y los críos, que son crueles pero también supersticiosos, habían empezado a cruzar de acera al verlo venir, no fuera a pegárseles lo suyo, como si estar sentenciado por El Clarín fuese contagioso.

Lo trataban, en resumen, con ese mimo asustado con el que se trata a los enfermos muy graves y a los toros antes de la corrida.

Y Garcés, que había llegado a Santibáñez dispuesto a caerle mal a todo el mundo, se encontró de pronto siendo, muy a su pesar, el hombre más querido y más condenado del pueblo al mismo tiempo.

Lo del cura fue peor, porque el cura iba en serio.

Don Aurelio, que lleva al frente de la parroquia de San Braulio —sí, San Braulio; la ironía de que el santo del pueblo se llame igual que el muerto no se le escapa a nadie— desde tiempos inmemoriales, se tomó lo de Garcés como una cuestión de conciencia.

Cada vez que se cruzaba con él por la calle, y en un pueblo uno se cruza con todo el mundo tres veces al día, don Aurelio se detenía, le ponía una mano en el hombro y le echaba una bendición.

—Ánimo, hijo —le decía, con esa voz de funeral que tienen los curas de toda la vida—. El Señor sabe lo que hace. Y el Clarín también, por lo que se ve.

—Padre, yo estoy perfectamente. Vivo. Sano. Alérgico, pero sano.

—Todos decimos eso, hijo. —Y le hacía la cruz en la frente con el pulgar, como a un niño, antes de seguir su camino, dejando a Garcés plantado en mitad de la calle con la marca de la bendición y una cara que no se puede describir.

Un día lo alcanzó a la salida de la inspección de la quesería de la Bego y le ofreció, con la mejor de sus intenciones, «hablar de sus cosas, si le apetecía, sin compromiso, que para eso estaba él».

Le estaba ofreciendo confesión. Garcés le contestó que era ateo.

Don Aurelio le sonrió con una paciencia infinita.

—Eso también lo arreglamos, hijo, que hay tiempo. Bueno —rectificó, acordándose de golpe de la situación—. Tiempo, lo que se dice tiempo, a lo mejor no. Pero algo haremos.

Garcés intentó combatir todo aquello con lo único que tiene un funcionario para combatir el mundo: el procedimiento.

Fue a hablar con don Fermín para exigirle una rectificación de la rectificación, una fe de erratas de la fe de erratas, que dejara constancia oficial de que él estaba vivo.

Don Fermín se la publicó encantado, en portada, con una foto suya y un titular que decía «EL INSPECTOR GARCÉS INSISTE: ESTOY VIVO».

Y el efecto fue exactamente el contrario del que Garcés buscaba, porque en Santibáñez, cuando alguien insiste mucho en que está vivo, la gente piensa una de dos cosas: o que protesta demasiado, o que ya está negociando.

La rectificación no lo salvó. Lo hizo, si acaso, más sospechoso de estarse muriendo.

En este pueblo no se puede ganar. Yo llevaba dos semanas comprobándolo, y a Garcés le tocó aprenderlo en tiempo récord.

Pero la gota que colmó el vaso, la que a Garcés le borró de golpe la paciencia de funcionario, fue la corona.

Apareció una mañana en la puerta de la pensión, apoyada contra la pared: una corona de flores, de las de verdad, de las que se encargan en la floristería de la capital porque en Santibáñez no hay, con su cinta morada y su letra dorada.

La cinta decía «DE SUS AMIGOS DE SANTIBÁÑEZ».

Lo cual era doblemente cruel, porque Garcés no tenía un solo amigo en Santibáñez, así que alguien había pagado una corona, a saber cuánto, para despedir a un hombre que le caía fatal.

Ese nivel de refinamiento en la maldad solo se alcanza en los pueblos.

Me enteré porque me lo contó la propia patrona de la pensión, escandalizada, aunque no sabría decir si estaba escandalizada por la corona o por que Garcés se hubiera negado a dejarla en la puerta «para no faltar al detalle».

La había metido dentro, en su cuarto, y allí la tenía, según la patrona, apoyada en un rincón, mirándolo dormir.

Un hombre solo, en un cuarto alquilado de un pueblo que lo detesta, durmiendo con su propia corona funeraria como única compañía. Puesto así, ya no daba tanta risa.

Fui a verlo. Me dije que iba a llevarle los papeles del caso, lo cual era mentira, porque los papeles podían esperar.

Fui porque me había acordado, de repente, de lo que es estar sola y lejos de casa mientras un sitio entero decide qué eres, sin preguntarte.

Yo eso lo había vivido. En Madrid. Por su culpa, todo hay que decirlo. Pero lo había vivido.

Lo encontré en su cuarto de la pensión, sentado en el borde de la cama, con la carpeta del caso abierta sobre las rodillas —porque este hombre, aunque lo estén enterrando en vida, sigue trabajando— y la dichosa corona en el rincón, tal como me la había descrito la patrona. La cinta morada. «De sus amigos.»

—Podría tirarla —dije, desde la puerta.

—Sería un desperdicio. —Ni levantó la vista—. Es una corona cara. Alguien se ha gastado un dinero.

—Garcés. Que le han dejado una corona de muerto en la puerta. No es momento de admirar la calidad del arreglo floral.

Entonces sí levantó la vista, y por primera vez desde que había vuelto a mi vida no vi al inspector, ni al hombre de la corbata, ni al que me cerró Madrid.

Vi a un tío cansado, con ojeras, en un cuarto que olía a anís porque la patrona le había puesto una ramita en el jarrón «para que descansara», rodeado de gente que lo quería muerto y de la que se defendía con lo único que sabía: el reglamento, la carpeta, la corbata bien puesta hasta para que lo velaran.

—¿Sabe cuál es el problema, señora Ferrer?

—dijo, y por una vez no lo dijo con voz de reloj—.

Que llevo veinte años haciendo bien mi trabajo.

Cerrando lo que hay que cerrar. Firmando lo que hay que firmar.

Cayéndole mal a todo el mundo, porque a un inspector de Sanidad no se le quiere en ninguna parte, y me daba igual, porque yo no vine a este oficio a que me quisieran.

Vine a que la gente no se intoxicara. —Miró la corona—.

Y ahora resulta que la primera vez en veinte años que un pueblo me dedica algo, es esto. Una corona. Para que me muera antes.

No supe qué decir. Porque era, en el fondo, la misma queja que yo llevaba tres años rumiando: la de hacer las cosas bien y que el mundo te lo pague de la peor manera.

Solo que yo se la echaba a él, y él no tenía a quién echársela.

Y me di cuenta, allí, en aquel cuarto que olía a anís y a despedida, de que llevaba tres años odiando a un hombre al que, si lo hubiera conocido en cualquier otra circunstancia, a lo mejor hasta habría entendido.

Me senté a su lado, en el borde de la cama. No dije nada tierno, porque no habría sabido, y porque él no lo habría soportado. Solo cogí la carpeta del caso, la abrí por donde estábamos y dije:

—Venga. A ver si entre los dos averiguamos quién le va a quitar a usted el puesto de difunto oficial del pueblo. Que, de momento, es el único vecino que me interesa que siga vivo, para que me ayude a limpiar mi nombre.

Fue lo más cariñoso que le dije en semanas. Él lo entendió. Cogió el bolígrafo.

Trabajamos hasta tarde. Y trabajar con Garcés, tengo que reconocerlo, no se parecía a nada de lo que yo habría hecho sola.

Yo, cuando pienso en el caso, doy vueltas, me caliento, sospecho de todo el mundo y de nadie.

Él ordenaba. Cogía lo que teníamos y lo ponía en columnas, como quien rellena un acta.

En una columna, quién odiaba a Braulio, que era una columna larguísima, porque en ella cabía medio pueblo.

En otra, quién se beneficiaba de su muerte: la sobrina de Madrid, que heredaba; los que le debían dinero, que dejaban de deberlo; la Bego, que a lo mejor recuperaba sus pastos.

Y en una tercera, la que a él más le interesaba y a mí más me asustaba, quién pudo tener mi receta antes de que se publicara.

—Ahí seguimos teniéndola solo usted —dijo, tachando y volviendo a escribir—. Usted, que la escribió. Y la imprenta.

—Y quien reparte —dije yo, por decir algo, sin darle importancia, igual que no se la había dado en el cuartelillo.

—Y quien reparte —repitió él, y lo apuntó, en su columna, con su letra pequeña. Lo apuntó. A diferencia de Chamorro, Garcés apuntaba las cosas aunque no le encajaran todavía. Ese hombre no descartaba una pieza por rara. La guardaba.

No le di más vueltas entonces. Pero, ahora que lo cuento, me cuesta creer que aquella noche, en un cuarto de pensión que olía a anís, entre una corona de muerto y un inspector de traje, la solución del caso volviera a escribirse en un papel.

Esta vez, en la columna correcta. Y esta vez alguien, al menos, la apuntó.

Se hizo tarde y me tuve que ir, porque una tiene un horno que abrir al amanecer aunque el mundo se acabe, y en Santibáñez el mundo llevaba dos semanas acabándose sin parar. Al despedirme en la puerta, se lo pregunté, porque me pudo la curiosidad y un poco la maldad, que todavía me quedaba.

—Garcés. Dígame la verdad. ¿No tiene ni un poco de miedo? Con todo esto. Las coronas, las bendiciones, el pueblo entero deseando que la palme.

Se irguió. Se ajustó la corbata, que a aquellas horas y en aquella situación era casi heroico. Y me dijo, con toda la dignidad de la que es capaz un hombre al que le han dejado su propia corona en la puerta:

—Señora Ferrer, yo soy un funcionario de la Junta con veinte años de servicio. No le tengo ningún miedo a un periódico de pueblo, ni a una superstición, ni a una corona de flores. Faltaría más.

—Ya —dije—. Claro.

—Buenas noches.

—Buenas noches, Garcés.

Bajé las escaleras de la pensión. Y desde la calle, al levantar la vista hacia su ventana para —no sé para qué, para nada, por costumbre—, vi que la luz de su cuarto seguía encendida.

Y siguió encendida, según me contó luego la patrona, que se entera de todo, hasta que amaneció.

Todas las noches. Teodoro Garcés, el hombre que no le tenía ningún miedo a nada, llevaba desde lo de la esquela durmiendo, cuando dormía, con la luz dada.