Una pizca de amor y un cadáver (Recetas con misterio 1) Capítulo 10. Fe de erratas con un nombre nuevo
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Capítulo 10. Fe de erratas con un nombre nuevo

Una fe de erratas es como un suflé: hay que sacarla en el momento justo. Si te pasas de horno, no corriges el error: cometes uno nuevo, y más gordo.

El jueves por la mañana, otra vez sin dormir, otra vez con el obrador oliendo a lo que huele mi obrador los jueves, se repitió una escena que ya había vivido.

La puerta se abrió temprano y entró Consuelo, con el fajo de El Clarín bajo el brazo y la cara de quien trae algo que le quema en las manos.

Igual que la otra vez. Idéntico. Solo que la otra vez yo no sabía lo que venía, y esta sí: en cuanto le vi la cara, lo supe antes de que abriera la boca.

Cuando Consuelo entra en mi horno con el periódico doblado y esa cara, es que la he vuelto a liar.

—Cata, hija. —Dejó el ejemplar en el mostrador, doblado por la página de la fe de erratas—. Siéntate.

—¿Qué he hecho, Consuelo?

—Siéntate, anda. —Y como no me senté, me lo leyó ella, despacio, con las gafas en la punta de la nariz y esa voz suya que hace que hasta las peores noticias suenen a nana. Lo pongo aquí, porque hay cosas que hay que ver escritas para creerlas:

FE DE ERRATAS. En nuestra edición del jueves pasado se deslizó un lamentable error. Donde la esquela decía D. Braulio Cascales (q. e. p. d.), debía decir D. Teodoro Garcés. Rogamos disculpen las molestias.

Lo leí tres veces, igual que había leído tres veces el primer encargo, y a la tercera lo entendí, y a la tercera me habría metido debajo del mostrador y no habría vuelto a salir hasta Navidad.

Había ido a corregir una esquela y había escrito otra.

En vez de arreglar lo de Braulio, había puesto, negro sobre blanco, para cuatro mil lectores, que el muerto en realidad no era Braulio Cascales, sino Teodoro Garcés.

Es decir: acababa de publicar, con todas las de la ley, la esquela del único hombre del pueblo que aquella semana se había puesto de mi parte.

Consuelo me puso la mano en el brazo, como hace siempre, y me dijo que no me atormentara, que un error lo tiene cualquiera y dos también, sobre todo a las horas a las que trabajo yo y con lo que me estaba cayendo encima.

Que el pobre inspector no era santo de la devoción de nadie, que sabría defenderse, y que, mira, al menos así el pueblo tendría a otro a quien mirar una temporada.

—Mientras hablan del inspector, hija, descansas tú —me dijo, recogiendo el fajo para seguir la ronda—. No todo va a ser malo.

Y se fue calle abajo con sus periódicos, la mujer, dejándome un poco más tranquila, como me dejaba siempre.

Reconstruí cómo lo había hecho porque necesitaba echarle la culpa a algo que no fuera yo, y no lo conseguí, porque la culpa era mía y estaba clarísima.

Había maquetado la corrección a las dos de la madrugada, con un vermú de más y el corazón todavía blando después de la tarde con las Migas.

Y en la mesa del obrador, al lado del teclado, tenía dos papeles con nombre.

Uno era el borrador de la fe de erratas, con el de Braulio.

El otro era el acta de la inspección de Garcés, la que me había dejado por escrito, con su nombre arriba, en negrita: «D.

Teodoro Garcés, Inspector de Sanidad». Los tenía a un palmo el uno del otro.

Y mi mano, a las dos de la madrugada, muerta de sueño, cogió el nombre que no era.

Esa es la explicación técnica, y es verdad.

Pero hay otra explicación, que también es verdad y que me costó más admitir, y es que aquella noche yo tenía un nombre metido en la cabeza, a fuego, desde la cena en el bar.

Y no era el de Braulio Cascales. Braulio llevaba una semana muerto y a mí, que Dios me perdone, se me iba de la cabeza con una facilidad indecente.

El que no se me iba, el que llevaba toda la tarde dándome vueltas entre el rencor y no sé qué otra cosa que todavía no sabía nombrar, era el del hombre del filete sin salsa.

Así que, cuando mi mano tuvo que elegir un nombre a las dos de la madrugada, eligió el que tenía más a mano en la mesa y más adentro en la cabeza.

Un buen psicólogo tendría cosas que decir de eso. Yo preferí echarle la culpa al vermú.

Pero el vermú no tenía la culpa de lo peor, que no era el error en sí, sino a quién se lo había hecho.

Podía habérselo hecho a cualquiera. Al alcalde.

Al del pan malo. A un vecino cualquiera de esos que me dejaban encargos por debajo de la puerta, y me habría dado casi igual.

Se lo había hecho a Garcés. Al hombre que doce horas antes me había mirado por encima de un filete sin salsa y me había dicho, a su manera imposible, que me creía.

La única persona que me había tendido una mano en una semana, y yo, para agradecérselo, le había publicado la esquela.

Hay gente que no sabe recibir un favor. Yo, por lo visto, ni siquiera sé no matar en el papel a quien me lo hace.

Ahora bien. En cualquier otro sitio del mundo, una fe de erratas mal hecha es una fe de erratas mal hecha.

Se ríe la gente, se sonroja el periódico, se saca otra corrección la semana siguiente y aquí no ha pasado nada.

Pero yo no vivo en cualquier otro sitio del mundo.

Yo vivo en Santibáñez del Romero, donde el pueblo entero había decidido la semana anterior que mi columna funcionaba.

Y para un pueblo que cree que tu columna funciona, aquella fe de erratas no era un error. Era un anuncio.

Lo entendí cuando salí a la calle y vi cómo me miraban.

Ya no me miraban solo con miedo. Me miraban con una especie de horror reverencial, como se mira a quien tiene línea directa con algo que más vale no tener cerca.

Porque el razonamiento del pueblo, que reconstruí a base de retazos oídos en el mercado y en la puerta de la iglesia, era de una lógica aplastante, siempre que aceptes la premisa de que estoy loca, cosa que el pueblo aceptaba sin el menor problema.

El razonamiento era este: la columna había marcado a Braulio, y Braulio había muerto.

Ahora la columna sacaba una corrección. ¿Y qué corrige una corrección?

Un error. O sea: el destino se había equivocado de muerto.

No le tocaba a Braulio. Le tocaba a Garcés.

Y el periódico, que en Santibáñez ya no era un periódico sino el boletín oficial del más allá, había salido a rectificar el papeleo. A poner el nombre correcto en la lista.

En resumen, y para que se entienda: mi pueblo estaba convencido de que yo, sin querer o queriendo, acababa de sentenciar a muerte a Teodoro Garcés.

Y, lo que es peor, mi pueblo estaba encantado.

Porque a Braulio lo odiaban por cacique, pero a Garcés lo odiaban por algo más urgente y más reciente: llevaba una semana metiéndoles la nariz en las cocinas.

Los primeros síntomas los vi aquella misma mañana, y eran de un absurdo que quitaba el hipo.

En la puerta de la iglesia, la Ramona y otras dos beatas cuchicheaban mirando hacia la pensión, y cuando pasó Garcés camino de su primera inspección del día, se santiguaron las tres a la vez, con una sincronía que ya quisiera un equipo de natación.

En el bar, oí que Nando le había puesto el café gratis, «que a un difunto no se le cobra», y que Garcés, que no entendía nada, había insistido en pagar, y que Nando, muy digno, se había negado a coger el dinero de un muerto.

Y en la carnicería de los Robles, alguien había preguntado, con toda la naturalidad del mundo, «que para cuándo lo del inspector», como quien pregunta que para cuándo las fiestas del pueblo.

Porque esa era la otra cara del asunto, y la más incómoda.

El pueblo no solo daba por muerto a Garcés.

El pueblo lo estaba deseando. Después de una semana de que aquel hombre les midiera las neveras y les mirara las cámaras con lupa, la idea de que el destino, o mi columna, o lo que fuese, se lo llevara por delante no les parecía una tragedia.

Les parecía, y lo digo con toda la vergüenza que mi pueblo merece, una buena noticia.

Don Fermín me llamó a media mañana, y aquí va la medida exacta del hombre: me había exigido que la fe de erratas quedara impecable, sin un solo error, y ahora que había salido con el error más gordo de la historia del periódico, no sabía si despedirme o darme un aumento.

—Cata, hija, esto es un desastre —dijo, con una voz que no era de desastre en absoluto—. Un desastre. Hemos vuelto a agotar la tirada antes de las diez. —Bajó la voz—. Oye, la gente pregunta si va a haber… continuación. Yo les he dicho que tú no confirmas ni desmientes. Queda más de misterio.

—Don Fermín, no hay ninguna continuación. Ha sido otro error.

—Ya, ya. —Se notaba que no me creía, o que prefería no creerme—.

Tú tranquila. Y oye: dile a Garcés, si lo ves, que si quiere escribir unas líneas, un descargo, lo que sea, se las publico.

En portada. Que la gente se muere por saber qué opina el interesado.

—Hizo una pausa—. Es un decir lo de «se muere». Perdón.

Teodoro Garcés apareció en el horno a media mañana, con el periódico en la mano y una cara que no le había visto nunca, ni siquiera el día que lo llamé reciclado.

Traía la calma que trae un hombre que ha decidido no perder la calma bajo ninguna circunstancia, precisamente porque está a punto de perderla.

Cerró la puerta detrás de él. Dejó su periódico en el mostrador, abierto por la página, encima del de Consuelo, de modo que quedaron dos fes de erratas idénticas mirándome, por si con una no me bastaba.

—Señora Ferrer. —La voz le salía plana, muy medida, la de un hombre leyendo un acta—. Ayer usted y yo firmamos una tregua.

—Garcés, le juro que ha sido…

—Ayer. —Levantó un dedo, sin subir la voz—.

Ayer por la noche. Y esta mañana me encuentro con que la primera cosa que ha hecho usted después de firmar esa tregua ha sido publicar mi esquela.

Con nombre y apellido. En un pueblo que, según me ha explicado la patrona de la pensión mientras me servía el desayuno y me daba el pésame, está ahora mismo convencido de que me quedan los días contados.

Bajó la vista al periódico. Y ahí, por un segundo, la calma medida se le rompió, y le vi hacer una cosa que me dio más pena que risa: leer su propio nombre en una esquela.

Leerlo despacio, como quien no acaba de creérselo.

«Debía decir D. Teodoro Garcés.» Vi cómo un hombre que ordena su vida en un pastillero de colores, que lo mide todo, que lo prevé todo, se topaba de golpe con la única cosa que no había previsto ni medido nunca: la suya propia, impresa, en la sección de los muertos, por la mano de la mujer con la que acababa de hacer las paces.

—Fue un error, Garcés. —Rodeé el mostrador, no sé bien para qué; supongo que porque hay disculpas que no se pueden dar detrás de un mostrador—.

Un error de maqueta, como el de Braulio.

Su acta estaba encima de la mesa, y su nombre, y yo estaba muerta de sueño, y…

—Me callé, porque «y no me lo quitaba de la cabeza» no era una frase que pensara decirle a Teodoro Garcés ni bajo tortura—. Le juro que no ha sido a propósito.

—La creo —dijo, y me sorprendió, porque no esperaba que me creyera—.

Ese es justamente el problema, señora Ferrer.

La creo. Sé que ha sido un error, igual que sé que lo de Braulio fue un error, igual que sé que ese bizcocho no lo hizo usted.

Yo, de todo este pueblo, soy probablemente el único que sabe que usted no tiene ningún poder sobrenatural y que sus columnas no matan a nadie.

—Dejó el periódico en el mostrador—. Y da exactamente igual.

Porque las otras novecientas personas de Santibáñez están convencidas de lo contrario.

Y una de esas novecientas personas, hace una semana, coló un bizcocho envenenado en casa de Braulio Cascales y salió de allí sin que lo viera nadie.

Así que la pregunta que yo me hago esta mañana, señora Ferrer, no es si su columna me va a matar.

Es si la misma persona que mató a Braulio va a decidir, leyendo el periódico de hoy, que le toca seguir corrigiendo la lista. Con mi nombre.

Se me quedó la disculpa a medias en la boca. Porque, dicho así, con esa frialdad de reloj, aquello dejaba de ser una comedia de pueblo y se convertía en otra cosa. En un peligro con nombre. El suyo.

—¿Sabe lo que dice mi acta de inspección de su horno? —dijo por fin, muy bajo, sin levantar los ojos del papel—. Dice que tiene usted una grieta que hay que reparar. Empiezo a pensar que la grieta no es, ni de lejos, lo más peligroso de este establecimiento.

Y no supe qué contestarle, porque tenía toda la razón del mundo.