Capítulo 9. Migas del jueves y secretos de cocina
Toda receta de familia tiene una parte que no se escribe: la que solo se aprende mirando cocinar a quien la sabe. Cuando esa persona se va, la receta cambia. O la hereda quien miraba.
Una semana después de que apareciera Braulio en su bizcocho, yo seguía siendo, para el pueblo, dos cosas incompatibles a la vez: la asesina y la solución.
Me miraban con miedo por la calle y me dejaban encargos por debajo de la puerta.
La Guardia Civil no me detenía, pero tampoco me quitaba el ojo de encima; Chamorro se pasaba por el horno cada dos días «a ver cómo iba todo», que en su idioma quería decir «a ver si confiesas».
Y Peñalver, el abogado de Braulio, mandó una segunda carta, todavía más gorda que la primera, exigiendo ahora, muerto ya su cliente de verdad, no sé qué de la herencia y del honor del difunto.
Un difunto al que yo, según la versión oficial del pueblo, había matado dos veces: una en el papel y otra en el horno.
Aquella semana fue larga. Trabajé como trabajo siempre, porque el pan no espera a que a una la exculpen, pero lo hice bajo una nube.
La mitad del pueblo entraba en el horno de puntillas, me pagaba sin mirarme a los ojos y se iba deprisa, como quien le compra tabaco a un contrabandista.
La otra mitad entraba con demasiada confianza, guiñando, insinuando, dejando papelitos, como quien es de la cofradía.
Ni unos ni otros me trataban ya como a la panadera.
Y la Guardia Civil, mientras tanto, ni me detenía ni me dejaba en paz, que es la peor de las dos cosas, porque a una detenida al menos la creen bastante importante para encerrarla.
A mí me tenían en el limbo. En capilla, pero sin capellán.
Comprendí que sola no salía de aquella. Lo comprendí una noche, mirando el cajón de los encargos, y me costó admitirlo tanto como me costó lo que decidí a continuación, que fue lo más difícil que había hecho desde que volví de Madrid: ir a pedirle ayuda a Teodoro Garcés.
Porque había una persona en Santibáñez que no me creía culpable. Una sola. Y para mi desgracia y para mi vergüenza, era el mismo hombre que me había arruinado la vida.
Lo encontré en el bar de Nando, cenando solo en una mesa del rincón, con la carpeta al lado del plato, porque Teodoro Garcés es de esos hombres que hasta cuando cenan parecen estar de servicio.
Llevaba una semana en el pueblo, inspeccionando una a una todas las cocinas que Braulio había denunciado antes de morirse, que eran muchas, así que le quedaba Santibáñez para rato.
Comía un filete con ensalada, sin salsa, sin pan, sin nada que pudiera darle alegría a la vida ni alergia al cuerpo, y cuando me vio acercarme dejó el tenedor con la resignación de quien sabe que la cena se le va a enfriar.
—Señora Ferrer.
—Garcés. —Me quedé de pie, porque sentarme habría sido admitir que venía a quedarme, y todavía no estaba segura de querer admitirlo—. Necesito hablar con usted. Y le adelanto que me cuesta más a mí decírselo que a usted oírlo.
Levantó una ceja. Con Garcés, una ceja es un discurso.
—Siéntese —dijo.
Me senté. Y durante un rato no supe por dónde empezar, porque no hay forma elegante de pedirle un favor al hombre al que llevas tres años deseándole lo peor. Al final empecé por lo más fácil, que era la verdad.
—Usted, el otro día, en la casona, dijo que algo no encajaba en las fechas. Y en el cuartelillo lo repitió. —Lo miré—. Usted no cree que lo hiciera yo.
Garcés dejó la servilleta sobre la mesa, muy despacio, doblada.
—Lo que yo crea es irrelevante, señora Ferrer. Yo inspecciono cocinas.
—Ya. Pero lo cree.
Se quedó callado un momento, mirándome con esa cara de reloj, y por primera vez desde que había vuelto a mi vida vi cómo, detrás del cristal, se movían las agujas.
—No —dijo por fin—. No creo que lo hiciera usted.
Por una razón muy sencilla y muy poco halagüeña: si usted hubiera querido matar a alguien con una receta, no habría usado la suya propia, publicada esa misma semana, con su firma encima.
Usted es imprudente, señora Ferrer. Es respondona, es cabezota y tiene un obrador con una grieta que le va a dar un disgusto.
Pero no es tonta. Y solo una persona muy tonta se incrimina con tanto esmero.
Me quedé mirándolo. Era, palabra por palabra, el peor cumplido que me habían hecho en la vida. Y también, de una manera rara que me costó reconocer, el primero que me hacía sentir un poco menos sola desde hacía una semana.
—Vaya —dije—. Gracias. Creo.
—No me las dé. No he dicho que vaya a ayudarla. He dicho que no la creo culpable. Son cosas distintas.
—¿Y qué haría falta para que fueran la misma cosa?
Garcés cogió otra vez el tenedor, como dando por terminada la parte incómoda de la conversación, y antes de volver a su filete sin gracia dijo una cosa que me sorprendió, porque no era de reglamento.
—Que me convenza usted de que averiguar quién lo hizo es asunto mío.
Yo vine a este pueblo a mirar cocinas, no a resolver un asesinato.
Pero resulta —hizo una pausa— que a un hombre lo han matado con comida en un municipio que yo tengo que certificar como salubre.
Así que, en cierto modo, técnicamente, es asunto mío.
—Me miró—. No lo hago por usted. Que quede claro.
—Clarísimo —dije.
Y así, sin darnos la mano, sin sonreírnos, sin dejar de mirarnos con desconfianza por encima de un filete sin salsa, Teodoro Garcés y yo firmamos la tregua más rara de mi vida.
Antes de irme, ya de pie, se me escapó la pregunta que llevaba una semana rondándome y que no tenía nada que ver con Braulio.
—Garcés. ¿Por qué se queda a cenar en el bar de un pueblo que lo tiene por un difunto en prácticas, pudiendo volverse a la capital?
—Porque me quedan nueve cocinas por inspeccionar —dijo—.
Y porque en la pensión, la patrona me pone anís en las infusiones «para que duerma mejor», y llevo tres noches durmiendo peor que nunca por no morirme.
—Lo dijo sin una sombra de sonrisa, que en él es como el resto de la gente se ríe a carcajadas—. Créame que no me quedo por gusto.
—Nadie se queda en Santibáñez por gusto —dije—. Yo la primera.
Y por un momento, uno solo, por encima del filete y de tres años de rencor, los dos estuvimos de acuerdo en algo. Fue incómodo. Me fui antes de que se pusiera peor.
Aquella misma tarde, o quizá fue al día siguiente, que los días de aquella semana se me confunden, las Migas se juntaron en el horno, no para traerme encargos por una vez, sino para acompañarme, que también saben hacer eso cuando les da por ahí.
Se sentaron en el obrador, alrededor de la mesa grande, mientras yo trabajaba, y como no sabían muy bien cómo consolar a una a la que el pueblo tiene por asesina, hicieron lo que hace la gente mayor cuando no sabe qué decir: se pusieron a hablar de los muertos buenos.
Y de todos los muertos buenos de Santibáñez, el mejor, para ellas, era mi abuela.
—Ay, tu abuela, Cata —suspiró Encarna—. Qué manos tenía. En esta misma mesa, ¿eh? Aquí mismo.
—Aquí mismo —dije, y noté que me escocían los ojos, y no era por la harina.
Y se pusieron a recordar. La abuela y sus huesos de santo. La abuela y el roscón que empezaba a amasar a las cuatro de la mañana el día de Reyes.
La abuela y las torrijas de Semana Santa, que freía con la ventana abierta para que el olor llamara a los clientes calle arriba, porque decía que el olor a torrija es la mejor propaganda que hay y que además no se paga.
La abuela dándole a Rosalía, de cría, el primer hueso de santo de cada temporada, por ser la más golosa; costumbre que Rosalía no ha olvidado, porque cada primero de noviembre se me planta en el mostrador esperando el suyo con una cara de niña de setenta años que no hay quien se la niegue.
—A mí me daba el primero —confirmó Rosalía, muy digna, por si a alguien le quedaba alguna duda sobre su rango.
—Te lo daba porque, si no, llorabas —dijo Encarna.
—Me lo daba por golosa, que es distinto.
Y se rieron todas, y yo con ellas, y por un momento el obrador dejó de ser la guarida de la bruja de las esquelas y volvió a ser lo que había sido siempre: una cocina llena de mujeres queriéndose y llevándose la contraria, que en un pueblo viene a ser la misma cosa.
La abuela y aquel bizcocho de limón y romero que hacía para los entierros, el mismo que hago yo ahora, el mismo que —aunque en aquel momento, que Dios me perdone, no até el cabo— había aparecido debajo de la cara de Braulio Cascales.
—Ese bizcocho —dijo Consuelo, y le cambió la voz, se le puso más honda—.
Ese bizcocho lo hacía tu abuela con manteca.
¿Os acordáis? Manteca de cerdo, no mantequilla.
Y la matalauva sin tostar, entera, que le daba ese punto amargo por debajo del limón.
Así lo hacía ella. Cata lo cambió luego, cuando cogió el horno, y hace bien, que los tiempos cambian; pero el de tu abuela sabía distinto.
—Cerró los ojos un momento—. Yo ese bizcocho, el de antes, el de la manteca, lo tengo aquí, en la punta de la lengua, como si me lo acabara de comer.
—Tú es que estuviste en esta cocina más horas que nadie, Consuelo —dijo Encarna—. Antes que ninguna de nosotras.
—Antes que tú, hija —me dijo Consuelo, mirándome con una ternura que me llegó al alma—.
Yo estaba en esta cocina, con tu abuela, antes de que tú nacieras.
Te he visto crecer entre estas paredes, entre harina, desde que eras así de chica.
A tu abuela la quise como a una hermana.
Y a ti, Cata, te quiero como si fueras algo mío.
Me di la vuelta a fingir que atendía el horno, porque no me apetecía que me vieran la cara, y menos delante de las Migas, que luego lo cuentan.
No até el cabo. Lo tenía delante, entero, encima de la mesa grande del obrador, dicho en voz alta por las personas que más me querían, y no lo até.
Porque hay cosas que una no piensa aunque las tenga delante, y una de esas cosas, la que menos pensaba yo aquella tarde, mientras se me escapaban las lágrimas y me dejaba querer, era sospechar de las mujeres que me estaban consolando.
Uno construye su casa sobre unas cuantas certezas, y algunas son tan de cimiento que ni se paran a mirarlas.
Que el sol sale por levante. Que el pan sube si lo dejas.
Que Consuelo Abad, que me había visto nacer y que llevaba las penas de todo el pueblo sin quedarse nunca con ninguna, era la persona más incapaz de hacer daño que había pisado esta tierra.
Sobre esa certeza, aquella tarde, apoyé la espalda y me dejé consolar.
Y la certeza aguantó. Vaya si aguantó. Aguantó hasta el final.
Cuando se fueron las Migas, ya de noche, me quedé sola en el obrador con la sensación rara de haber conseguido, en un solo día, las dos cosas que me faltaban desde hacía una semana: alguien que no me creía culpable y alguien que me quería sin condiciones.
Un inspector de traje que me ayudaba por reglamento y una vieja que me quería como a una hija.
No era gran cosa, puesto en la balanza, contra un pueblo entero convencido de que yo mataba a la gente con bizcochos.
Pero era algo. Aquella semana, era mucho.
Todavía me quedaba el peor trago del día, que se me había pasado con tanta emoción: tenía que maquetar el número del jueves.
La fe de erratas de Braulio, la de verdad, la que había que sacar ahora que el hombre estaba muerto del todo, para corregir aquella otra que juraba que estaba vivo.
Don Fermín me había insistido en que quedara «impecable», que no volviera a haber ni un solo error, que bastante habíamos tenido ya.
Me serví un vermú. Encendí el ordenador. Y me puse, muerta de sueño y con el corazón todavía blando de tanto recuerdo, a redactar la corrección que, veinticuatro horas más tarde, iba a ser el error más sonado en la historia de El Clarín de la Comarca.
Pero eso aquella noche todavía no lo sabía. Aquella noche solo sabía que tenía sueño, que echaba de menos a mi abuela y que, por primera vez en una semana, no estaba del todo sola.