Una pizca de amor y un cadáver (Recetas con misterio 1) Capítulo 8. Encargos que nadie ha pedido
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Capítulo 8. Encargos que nadie ha pedido

Se admiten encargos con dos días de antelación: tartas, roscones, primeras comuniones. No se admiten, por mucho «gracias» que lleven, los que aparecen por debajo de la puerta.

El primer encargo llegó el jueves por la noche.

El segundo, el viernes por la mañana, dentro de la caja registradora, entre un billete de veinte y las monedas del cambio, así que alguien lo había metido ahí mientras yo atendía a otro, con un descaro que ya quisieran los carteristas.

El tercero apareció el viernes a mediodía, doblado dentro de una servilleta, en la bandeja de las napolitanas. Para el sábado había perdido la cuenta.

Los guardaba todos en un cajón del obrador, el de abajo a la derecha, el que ya tenía de antes la fama de ser donde guardo lo que no pienso hacer.

Hasta aquella semana, en ese cajón había facturas sin pagar, cartas del banco y una invitación a la boda de una prima con la que no me hablo.

A partir de aquella semana, el cajón se llenó de nombres.

Nombres de vecinos, escritos por otros vecinos, con esa letra de domingo que pone la gente cuando escribe algo que sabe que no debería.

Y todos, absolutamente todos, con su fórmula de cortesía, porque en Santibáñez se puede pedir un asesinato, pero de malas maneras no.

«Cuando pueda, sin prisa.» «Y si es con bizcocho, mejor, que le encantaba.

» «Muchas gracias de antemano.» «Que sea algo natural, como el otro.

» Ese último me lo tuve que sentar a leer.

«Como el otro.» Como Braulio. La gente no solo creía que yo mataba: creía que yo tenía un método, y me pedía por favor que se lo aplicara a otros.

No todos se conformaban con el papel, además.

Los había más lanzados. El martes, la señora Robles, la de la carnicería, esperó a que se vaciara el mostrador, se acercó con mucho misterio y me preguntó, en voz baja, cuánto cobraba.

Le contesté que las magdalenas iban a dos euros la docena.

Ella insistió: «no, mujer, lo otro». Le dije que lo otro no lo hacía.

Me guiñó un ojo, como diciendo «ya, ya, discreción», me compró una barra y se fue tan contenta, convencida de que estábamos las dos en el mismo secreto.

No estábamos en el mismo secreto. Yo no estaba en ningún secreto.

Pero eso, en Santibáñez, no se lo cree nadie.

Otros preferían la vía de la insinuación fina.

El sacristán me dejó caer, mientras se llevaba el pan de la parroquia, que «don Aurelio ya no era el de antes, y que a lo mejor a la iglesia le vendría bien savia nueva».

Me quedé mirándolo, con el pan en la mano, calculando si aquel hombre me estaba pidiendo lo que me parecía que me estaba pidiendo.

Me lo estaba pidiendo. El sacristán quería el puesto del cura y había venido a la panadería a gestionarlo.

Le di su pan y no le di conversación, porque hay conversaciones que, si las sigues, te hacen cómplice.

Las Migas, cómo no, se pusieron al frente de la situación, porque las Migas se ponen al frente de todas las situaciones que impliquen a la vez una desgracia y la posibilidad de opinar sobre ella.

El sábado por la tarde se presentaron en el horno en pleno, con el café puesto —el mío, que para eso vienen—, y Encarna sacó del bolso una lista.

Una lista. Manuscrita. Con encabezado.

—No es que yo quiera nada, Cata, líbreme Dios —empezó, que es como empieza Encarna todo lo que sí quiere—. Pero ya que la gente anda dejándote nombres sueltos, sin orden ni concierto, he pensado que era mejor tenerlo todo apuntadito. Por si acaso. Para que no se te traspapele ninguno.

Le eché un vistazo a la lista, que ya se sabe que lo mío con los papeles escritos es un vicio. Había nombres, y al lado de cada nombre, una nota. Encarna es minuciosa hasta para esto.

El primero de la lista era el dueño de la otra panadería, la del pan malo, con la anotación «por el pan y por lo demás».

El segundo, el alcalde, «que ya está bien».

El tercero era el propio yerno de Encarna, con una nota más larga que las demás que prefiero no reproducir, por respeto a la institución del matrimonio. Y así hasta doce.

—Encarna —dije—. Esto es una lista de la gente que no te cae bien.

—Es una lista de posibilidades, Cata. No seas tú también como el sargento, que todo lo malpiensa. —Se ofendió, o fingió ofenderse, que en Encarna viene a ser lo mismo—. Yo solo digo que, ya puestos, y ya que tienes el don…

—Yo no tengo ningún don, Encarna.

—Eso dicen todas las que lo tienen. —Rosalía, desde el otro extremo de la mesa, asintió con la cabeza, muy convencida, aunque estoy segura de que no había oído ni la mitad.

Y se pusieron a discutir, porque las Migas, cuando les das un tema, no lo sueltan hasta agotarlo, y aquel tema era el mejor que les había caído en años.

Discutieron si el alcalde merecía ir por delante del de la panadería del pan malo, y concluyeron que sí, porque el pan malo, al fin y al cabo, se puede no comprar, pero al alcalde hay que aguantarlo.

Discutieron si estaba bien pedir por un familiar —a cuento del yerno de Encarna—, y ahí hubo división de opiniones, porque Rosalía sostenía que la familia es sagrada y Encarna sostenía que precisamente por eso.

Discutieron, en fin, si yo cobraría o lo haría por amor al arte, y esa la zanjó Consuelo, que hasta entonces había estado callada:

—Cata no cobra —dijo, sin levantar la vista de su labor—. Cata hace las cosas por su cuenta, cuando le parece y a quien le parece. No se le puede encargar nada. Se le puede, como mucho, dar una idea.

Lo dijo para defenderme, para quitarme de encima la fama de mercenaria, y las Migas asintieron conformes, como si Consuelo hubiera zanjado un debate teológico.

A mí me dejó, no sé por qué, un poso raro.

Pero aquella semana todo me dejaba un poso raro, así que no le di importancia.

No dársela fue, con el tiempo, uno más de mis muchos errores de aquellos días.

Y por si el pueblo fuera poco, estaba don Fermín, que aquellos días andaba más feliz que unas castañuelas, y con motivo, porque El Clarín se había agotado.

Agotado del todo. El número del jueves —el de la fe de erratas, la receta y, para quien supiera leer entre líneas, que en un pueblo es todo el mundo, el número del muerto— se había vendido hasta el último ejemplar antes del mediodía, y don Fermín había tenido que sacar una segunda tirada, cosa que no ocurría en El Clarín desde nunca.

Me llamó el domingo, eufórico.

—Cata, hija, ¿tú sabes lo que es esto? Esto es histórico.

Cuatro mil ejemplares. ¡Cuatro mil! Yo, que tiraba trescientos y me sobraban cincuenta.

—Bajó la voz, como quien confiesa un pecado que le gusta demasiado—.

Oye, se me ha ocurrido una cosa. Para el jueves que viene.

Una sección nueva. La podríamos titular «Peticiones del lector». Tú ya me entiendes.

—No pienso entenderle, don Fermín.

—Piénsalo, mujer, que esto es una mina. —Y añadió, con esa sinceridad suya que lo redime de todo y de nada—: Nunca le había ido tan bien a este periódico. Ni con la riada. Es una pena que haya tenido que morirse Braulio, con lo bien que nos viene.

La única que en toda aquella locura se portó conmigo como una persona, y no como una clienta, fue Consuelo.

Se presentó en el horno el lunes, temprano, con su delantal de andar por casa, y sin decir gran cosa se puso a ayudarme.

Volcó el cajón de los papelitos encima de la mesa del obrador, se sentó, se caló las gafas y empezó a ordenarlos, ella sola, con la misma paciencia con la que ordena las cartas antes de repartirlas.

—Anda, ve tú a atender el mostrador, hija, que yo te pongo esto en orden —me dijo—. No es bueno que cargues tú con todo. Bastante tienes.

Y allí se quedó la mujer toda la mañana, separando en montoncitos los nombres de mis vecinos como quien escoge lentejas, murmurando de vez en cuando «este pobre, mira que tenerle manía» o «esta letra es de la Fina, que la conozco yo».

Me hacía compañía. Me consolaba. Cada vez que yo me venía abajo, que aquellos días era a menudo, Consuelo me ponía una mano en la espalda y me decía que aquello pasaría, que el pueblo era muy de calentarse y muy de enfriarse, que ella había visto pasar cosas peores.

Hubo un momento, uno solo, en que le pregunté si no debería llevarle todos aquellos papeles al sargento Chamorro, para demostrar que era el pueblo el que estaba loco y no yo. Consuelo levantó la vista de sus montoncitos, y por un instante, uno muy breve, dejó de mover las manos.

—No, hija —dijo, con mucha dulzura—. No se los lleves. Solo conseguirías que la Guardia Civil piense que aquí hay algo que investigar, y créeme: cuanto menos se investigue, mejor para todos. Para ti la primera. —Y volvió a sus montoncitos—. Déjalo estar. Estas cosas se olvidan solas.

Yo le hice caso, porque Consuelo es la persona más buena del pueblo y porque, además, tenía razón: cuanto menos hurgara la Guardia Civil, mejor para mí.

No se me ocurrió preguntarme para quién más podía ser mejor.

Uno no se hace esas preguntas cuando la que las contesta le está ordenando los papeles con cariño y le acaba de poner una mano en la espalda.

La Tía Puri, en cambio, no ordenaba nada.

La Tía Puri observaba. Aquellos días se pasaba las horas detrás del mostrador, colocando magdalenas que no hacía falta colocar, con los ojos puestos en la puerta, y cada vez que entraba alguien me hacía después su diagnóstico, en voz baja, con la seguridad de una pitonisa de barra.

—Ese que acaba de salir, el de las gafas —me dijo una tarde—.

Ha comprado una barra y ha mirado dos veces el cajón.

Ese ha dejado nombre, o está a punto de dejarlo.

—Y otra vez—: La Fina ha vuelto. Tres días seguidos comprando ensaimadas y sin probar bocado, que se las lleva enteras. A esa yo la vigilaría.

No le hacía mucho caso, ya lo he dicho, porque la Tía Puri lleva media vida vigilando a la Fina por motivos que solo ella conoce. Pero una cosa sí me dijo aquellos días, casi de pasada, colocando una bandeja, que se me quedó dentro y que tardé mucho tiempo en entender del todo.

—Hija, tú fíjate bien en quién anda demasiado tranquilo con todo esto —dijo—.

El pueblo entero está revuelto: unos con miedo y otros con la lengua fuera.

Y en medio de tanto revuelo siempre hay alguien que anda demasiado en paz.

Ese es el que sabe algo. Fíjate: los que no tienen nada que ver, se ponen nerviosos.

El que sí tiene algo que ver, se pone servicial.

Aquella noche, después de cerrar, me senté sola en el obrador con el cajón abierto delante y me obligué a mirarlo de frente. A mirar en qué me había convertido.

Yo era Catalina Ferrer. Cuarta generación al frente del Horno de las Ánimas.

Hacía el mejor pan de la comarca, y las magdalenas de todos los entierros, y hasta hacía una semana era la mujer más inofensiva de Santibáñez del Romero: la que le fía al que no llega a fin de mes, la que le guarda el roscón al que no puede madrugar, la que les escribe a los muertos su esquela con la cruz de su abuela.

Y en siete días, sin comerlo ni beberlo, me había convertido en otra cosa.

En una leyenda. En una amenaza. En el servicio que el pueblo consulta cuando quiere quitarse a alguien de en medio y no quiere mancharse las manos.

Cogí un papelito al azar del montón. «Para mi cuñado. Sin prisa. Un abrazo.» Un abrazo. Me estaban mandando un abrazo junto con el encargo de matar a un cuñado.

Y ahí, con el papelito en la mano y el abrazo de un desconocido pesándome como una losa, lo entendí del todo, con todas sus letras y sin escapatoria posible.

Para mi pueblo, yo ya no era la panadera.

Era la sicaria. La sicaria de la repostería.

Y lo peor de todo, lo que no me dejó dormir aquella noche, no fue que me tomaran por una asesina.

Fue que, a juzgar por la cola de encargos que tenía en el cajón, me tomaban por una asesina con lista de espera.