Una pizca de amor y un cadáver (Recetas con misterio 1) Capítulo 7. Interrogatorio con pastas de té
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Capítulo 7. Interrogatorio con pastas de té

Pastas de té: se guardan en lata bien cerrada. Si están blandas, o alguien dejó la lata abierta, o llevan en el cuartelillo desde la Transición.

A media tarde de aquel jueves, el sargento Chamorro me tomó declaración en el cuartelillo, que en Santibáñez es un despacho con una mesa, dos sillas, un calendario de hace tres años y un banderín del Numancia.

Digo «me tomó declaración» porque así lo dijo él, muy solemne, aunque lo que hizo en realidad fue sentarme enfrente, ofrecerme un café y no saber por dónde empezar durante un rato largo, porque a Chamorro, con treinta y cinco años de servicio, jamás le había tocado interrogar a nadie por un muerto, y menos a la panadera de toda la vida, a la que además le compra el pan.

Detrás de él, en la pared, había empezado a montar lo que llamaba «el panel».

De momento era una foto de Braulio Cascales, otra del bizcocho, un hilo de lana roja que no unía todavía nada con nada, y un cartel escrito de su puño y letra que ponía «CASO CASCALES» y, debajo, subrayado dos veces, «MUY GORDO».

Lucía, a un lado, grababa con el móvil apoyado en un montón de expedientes de multas de tráfico.

—Episodio uno —la oí murmurar—. «El pueblo se despierta con un crimen y una sospechosa inesperada.»

—Yo no soy ninguna sospechosa —dije.

—Todavía no lo he decidido —dijo Chamorro, que había oído a Lucía—. Pero se agradece que colabores.

Encima de la mesa había un plato de pastas de té, de esas de mantequilla con una guinda en medio, y les eché el ojo antes que a Chamorro, porque, ya lo he dicho, es más fuerte que yo.

—¿Una pasta? —ofreció, siguiéndome la mirada—. Las trajo la señora del alcalde.

—¿Cuándo?

—Para la Navidad.

—¿La pasada?

—La anterior.

Cogí una. La partí. Estaba blanda, con esa blandura triste de la pasta que ha perdido la fe, y aunque me estaban tomando declaración por un homicidio, se me escapó, porque una es lo que es hasta en el peor momento de su vida:

—Estas pastas llevan dos años en esa lata, sargento. La mantequilla se ha puesto rancia. Se nota.

—Es una pena —dijo Chamorro, y lo apuntó, no sé si como dato del caso o como recordatorio de comprar pastas nuevas—. Bueno. A lo nuestro. Cata: ¿tú mataste a Braulio Cascales?

Lo preguntó así, de sopetón, mirándome a los ojos, y creo que se sorprendió más él que yo de habérselo preguntado.

—No, Chamorro. No maté a Braulio Cascales.

—Ya. —Apuntó algo—. ¿Y lo de la esquela?

—Lo de la esquela fue un error.

—¿Y lo del bizcocho? Que es tu receta. La de hoy. La que sale en el periódico de hoy.

—La receta es mía, sí. Pero yo no hice ese bizcocho.

—Pero podrías haberlo hecho.

—Podría haber hecho muchas cosas, Chamorro. Podría haberme quedado en Madrid. Y aquí estamos los dos, tú preguntándome si mato gente y yo diciéndote que tus pastas están rancias.

Teodoro Garcés estaba allí, en un rincón del despacho, porque Chamorro, en cuanto se enteró de que había un inspector de Sanidad en el pueblo, se había agarrado a él como el que se agarra a un clavo ardiendo: un muerto por un bizcocho le sonaba a «cosa de comida», y las cosas de comida, en la cabeza de Chamorro, eran de Sanidad.

Garcés le había intentado explicar dos veces que él inspeccionaba cocinas, no cadáveres, y las dos veces Chamorro le había contestado «usted quédese, que se agradece un técnico».

Así que ahí estaba, el técnico, en un rincón, con la carpeta en las rodillas y cara de estar a punto de leerle a alguien un artículo.

Fue él quien lo dijo. Lo dijo bajito, casi para sí, con esa voz de reloj que tiene.

—Hay algo que no encaja en las fechas.

Chamorro se giró.

—¿Cómo?

—La receta. —Garcés abrió la carpeta—. El bizcocho está hecho con la receta que la señora Ferrer publicó esta mañana.

Pero el señor Cascales, según el médico, murió anoche.

Y la receta no se hizo pública hasta el reparto del periódico, al amanecer.

—Levantó la vista—. Es decir: alguien horneó ese bizcocho con una receta que todavía no había leído nadie. Que no podía haber leído nadie. Salvo…

Y ahí se paró, porque los dos, Chamorro y él, llegaron a la vez a la misma conclusión, y los dos me miraron a mí.

Salvo yo. Salvo la única persona del pueblo que tenía la receta antes de que se publicara, porque la receta era mía y la había escrito yo, de mi puño, la noche anterior, en el obrador, sola.

—Vaya —dijo Chamorro, y por primera vez en toda la tarde se le puso cara de sargento de verdad—. Vaya, vaya, vaya.

—O alguien —añadió Garcés, despacio, más por rigor que por ayudarme, porque a este hombre el rigor le puede más que las simpatías— que hubiera visto el periódico antes de que se repartiera. En la imprenta, o donde se prepare.

—Eso es imposible —dijo Chamorro, que ya tenía a su sospechosa y no pensaba complicarse la vida—. El periódico lo prepara la propia Cata. ¿Verdad, Cata?

—Yo lo maqueto —dije—. Pero no lo imprimo yo. Ni lo reparto yo.

Chamorro hizo un gesto con la mano, como quien espanta una mosca, y no le dio más importancia.

Craso error, aunque entonces ni él ni yo lo supiéramos.

La respuesta a todo aquel embrollo acababa de pasar por encima de la mesa, dicha en voz alta por el hombre que menos ganas tenía de ayudarme, y a ninguno de los dos nos sonó a nada.

«En la imprenta, o donde se prepare.» «Ni lo imprimo yo, ni lo reparto yo.

» Estaba todo dicho. Solo que en Santibáñez, aquella tarde, todos mirábamos el sitio equivocado. Yo la primera.

El caso es que a Chamorro, teniéndome ya en bandeja, algo le fallaba.

Y lo que le fallaba, lo entendí más tarde, era que me conocía.

Le había comprado el pan a mi madre y me lo compraba a mí; había venido a mi horno el día de su boda a por la tarta, y el día del bautizo de su nieta, y el día del entierro de su mujer.

Un sargento puede detener a una desconocida sin que le tiemble el pulso.

Detener a la que le hace las magdalenas es otra cosa.

Así que, en vez de detenerme, Chamorro hizo lo que hace un hombre que no quiere ver lo que tiene delante: mirar hacia otro lado. Hacia todos los otros lados.

—A ver —dijo, plantándose ante el panel—. Podría haber sido la sobrina. La de Madrid. Esa hereda. Y el que hereda, mata; lo dicen todas las películas.

—La sobrina no ha llegado todavía al pueblo, mi sargento —apuntó Lucía—. Está en camino.

—Ya, pero podría haber venido, matarlo y volverse. En coche son cuatro horas.

—Ocho, ida y vuelta.

—Le da tiempo. —Movió un hilo rojo hacia un papel en blanco que hacía de sobrina—. Y si no fue la sobrina, fue un ajuste de cuentas. Este hombre le debía dinero a mucha gente.

—Le debían a él, mi sargento. Al revés.

—Peor todavía. —Chamorro no se arrugó—. El que debe, mata, para no pagar. También lo dicen las películas.

Al final de aquel repaso, su mirada aterrizó, cómo no, en el único forastero del despacho.

—Y usted, Garcés. Usted llegó ayer al pueblo, y hoy hay un muerto. Explíquese.

—Llegué esta mañana —dijo Garcés, sin inmutarse—. El señor Cascales murió anoche. Yo estaba a doscientos kilómetros, en un hostal de la capital, con factura. Puede comprobarlo.

—Lo comprobaré. —Chamorro lo apuntó con la misma cara con la que lo apuntaba todo, y por un momento tuve el consuelo mezquino de ver a otro en mi lugar. Duró poco. La lana roja volvió, indefectiblemente, a la foto del bizcocho. Y del bizcocho, a mí.

Salí del cuartelillo al anochecer, sin detener y sin exculpar, en ese limbo en el que te deja Chamorro cuando no sabe qué hacer contigo, que es su estado natural. Fuera me esperaba lo peor, y lo peor no era la Guardia Civil. Era el pueblo.

Porque mientras a mí me tomaban declaración, Santibáñez había estado haciendo lo que mejor se le da: sacar conclusiones.

Y la conclusión a la que había llegado, todo entero, como un solo animal de novecientas cabezas, me la soltó Encarna en cuanto me vio salir, con un espanto y una admiración a partes iguales que no le había visto en la cara en mi vida.

—Cata, hija. —Me cogió del brazo y bajó la voz—. Nadie te lo va a decir a la cara, así que te lo digo yo, que soy tu amiga. En el pueblo dicen… dicen que funciona.

—¿Que funciona el qué, Encarna?

—Tu columna, hija. —Se santiguó—. Escribiste que Braulio se moría, y Braulio se murió. Pusiste tu receta, y tu receta lo mató. Dos de dos. La gente dice que lo que tú escribes en El Clarín… pasa.

Me quedé mirándola, esperando que se riera.

No se rió. Encarna, que le pone velas a san Pancracio para que le toque la lotería y le cuelga cintas a santa Rita para lo imposible, no veía en aquello nada raro.

Veía un milagro. Un milagro de los malos, de los que dan miedo, pero un milagro al fin y al cabo.

Y por la cara con la que me lo decía entendí, con un frío que no me había dado ni delante del cadáver, que no lo pensaba solo ella. Lo pensaba el pueblo entero.

Y no lo pensaban callados, que habría sido más llevadero.

Lo pensaban en voz alta, en corrillos, mirándome de reojo desde las puertas mientras yo bajaba la calle Mayor hacia mi casa.

La Ramona, que le había llorado a Braulio en la puerta del horno y le había dado el pésame estando él vivo, se metió para dentro al verme pasar y echó el pestillo, y la oí decir, a través de la ventana, «no la mires, no vaya a apuntarte».

Como si yo apuntara a la gente con un lápiz, igual que Braulio.

Como si me hubiera heredado a mí misma el oficio del muerto.

Dos niños que jugaban en la plaza se apartaron a mi paso, y uno le dijo al otro, con esa crueldad limpia que tienen los críos, que yo era «la bruja de las esquelas».

Me lo tomé peor de lo que debería tomarse una lo que dice un niño de ocho años.

Pero es que un niño de ocho años, en un pueblo, no repite más que lo que ha oído en su casa.

Y en aquel momento, en casi todas las casas de Santibáñez, se estaba diciendo lo mismo.

En Santibáñez del Romero, aquella tarde, la gente no había decidido que hubiera un asesino suelto. Había decidido, que es infinitamente peor, que la asesina era yo, y que mi arma no era un cuchillo ni un veneno, sino el periódico.

Llegué al horno de noche, muerta de cansancio, con ganas de cerrar la puerta y dejar de ser «la del periódico» durante unas horas. No pudo ser. Porque al llegar, en el suelo, medio metido por debajo de la puerta, había un papel.

Lo cogí pensando que sería otra carta de Peñalver, o una multa, o cualquiera de las desgracias con membrete que me caían aquellos días.

No era ninguna de esas. Era un papel de cuaderno, doblado en cuatro, con una letra torcida, de mano poco acostumbrada a escribir. Lo desdoblé bajo la luz de la farola.

No tenía firma. Solo tenía un nombre y, debajo, tres palabras.

El nombre era el de un vecino. No diré cuál, porque el pobre no tenía culpa de nada, salvo de caerle mal a quien fuera que había escrito aquello. Y las tres palabras, con esa letra torcida y un punto final apretado, como quien aprieta al terminar una plegaria, decían:

«Si puede. Gracias.»

Lo leí tres veces, por si lo entendía mal.

No lo entendía mal. Alguien de mi pueblo, alguien que probablemente me saludaba cada mañana y me compraba el pan de cada día, había cogido un lápiz, había escrito el nombre de un vecino y me lo había dejado a mí para que me ocupara del asunto.

Con un «si puede» y un «gracias», porque hasta para pedir un asesinato, en Santibáñez, se guardan las formas.

Somos gente educada. Pedimos las cosas por favor, aunque lo que pidamos sea que le hagamos a alguien lo que le habían hecho a Braulio Cascales.

Doblé el papel otra vez por sus dobleces. No lo tiré. No sé bien por qué no lo tiré; supongo que porque tirarlo habría sido fingir que no existía, y aquello existía, vaya si existía.

Me quedé de pie bajo la farola con el papel en la mano, entendiendo por fin, y del todo, en qué me había convertido para mi pueblo. No en una sospechosa. En un servicio. Alguien acababa de dejarme, por debajo de la puerta, el primer encargo.