Una pizca de amor y un cadáver (Recetas con misterio 1) Capítulo 6. Bizcocho de limón y romero para caer de cara
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Capítulo 6. Bizcocho de limón y romero para caer de cara

Bizcocho de limón y romero: se hornea en molde alto y se deja enfriar antes de desmoldar. Nunca se sirve caliente. Ni, a ser posible, con la cara de nadie dentro.

No recuerdo haberme quitado el delantal.

Sí recuerdo que salí del horno detrás de Encarna, calle Mayor arriba, con las manos todavía blancas de harina, y que Teodoro Garcés salió detrás de mí, con la carpeta bajo el brazo, porque a un inspector de Sanidad al que le anuncian un muerto en un pueblo donde acaba de aterrizar no se le puede pedir que se quede quieto sujetando un acta.

La casona de los Cascales está en la plaza, y a la plaza subía medio Santibáñez, como sube el pueblo a todo: en bata, con el café a medias, con ese espanto que en los pueblos no hay manera de separar de las ganas de no perderse nada, que es, en el fondo, el motor de la vida rural.

La Guardia Civil ya estaba en la puerta, que en Santibáñez es el sargento Chamorro y la agente Lucía, y no dejaban pasar a nadie, cosa que en aquel pueblo equivale a no dejar respirar.

Encarna me empujó hasta la primera fila.

—Cata, entra tú, que a ti te dejan. Eres la del periódico.

Como si ser «la del periódico» fuera una acreditación y no, según iba a descubrir en los minutos siguientes, la peor cosa que se podía ser aquella mañana en Santibáñez del Romero.

Porque en aquella plaza pasaba una cosa curiosa, y yo la noté aunque entonces no supe ponerle nombre.

Hacía una semana, el pueblo entero había brindado por la muerte de Braulio Cascales con vermú pagado por él.

Hacía dos días, la Bego había dicho que bailaría sobre su tumba con castañuelas, y yo misma había pensado, que Dios me perdone otra vez, que no sería ella la única.

Y ahora Braulio estaba muerto de verdad, y en aquella plaza, entre bata y bata, no se veía ni una sola cara de alegría.

Se veían caras de susto. Porque una cosa es desearle a un hombre que se muera, que eso lo hacemos todos y no cuesta nada, y otra muy distinta que el hombre te haga caso y se muera de repente al día siguiente.

Ahí, de golpe, medio pueblo se acordó de lo que había deseado en voz alta. Y medio pueblo, de golpe, se calló.

Braulio Cascales estaba en la cocina de su casona, sentado a la mesa, con la cabeza apoyada en un bizcocho.

Lo diré así, porque así fue y porque no pienso decirlo de ninguna otra manera.

No había sangre. No había desorden. No había nada de lo que una espera encontrarse cuando le dicen que hay un muerto, y a lo mejor por eso impresionaba más: un hombre grande, colorado, con el sombrero en la silla de al lado y el puro sin encender todavía en el cenicero, sentado a desayunar como cualquier jueves, solo que con la cara hundida en un bizcocho de limón y romero del que había comido, a juzgar por el plato, la mitad. La otra mitad se la había ahorrado.

Braulio Cascales, que había presidido su propio velatorio hacía una semana con un carajillo en la mano, se había muerto por fin de verdad, solo, en su cocina, encima de un bizcocho.

Y aunque a aquel hombre no le tenía yo ningún cariño, y aunque hacía dos días había dicho yo misma en voz alta que medio pueblo lo enterraría con gusto, verlo allí, tan quieto, tan sin sombrero, me quitó de golpe todas las ganas de reír que hubiera podido tener guardadas.

Un muerto es un muerto. La comedia se acaba en la puerta de la cocina.

El sargento Chamorro llevaba treinta y cinco años en el puesto de Santibáñez y, que yo supiera, jamás se le había muerto nadie asesinado.

Robos de gallinas, una pelea de linde, un tractor volcado, algún jabalí despistado.

Pero un homicidio, lo que se dice un homicidio, no.

Estaba a nada de jubilarse, y aquel bizcocho era, se le notaba en la cara, el acontecimiento de su vida.

Estaba pálido y encendido a la vez, como un hombre al que le ha tocado la lotería el día de un entierro y no sabe qué gesto poner.

—Que no toque nadie nada —decía, aunque no había nadie tocando nada—. Esto es una escena. Una escena del crimen. —Saboreó las palabras—. Lucía, ¿estás grabando?

—Grabando, mi sargento. —La agente Lucía, que tiene veintinueve años y escucha esos programas de crímenes reales con los auriculares puestos mientras hace la ronda, iba por la cocina con el móvil en alto, narrando en voz baja con un tono de documental que le salía solo—.

«El cuerpo apareció en la cocina de la víctima a primera hora de la mañana.

Sobre la mesa, un bizcocho a medio comer.

La comarca entera contiene la respiración. »

—La comarca entera contiene la respiración —repitió Chamorro, conforme—. Muy bien. Deja eso puesto.

Chamorro dio una vuelta a la mesa con las manos a la espalda, muy despacio, como había visto hacer en la televisión, y empezó a pensar en voz alta, que es su forma de pensar, la única que tiene.

—A ver. Un hombre. Muerto. Un bizcocho. —Levantó un dedo—. Aquí hay gato encerrado, Lucía. Esto no es un infarto normal. Un infarto normal no te deja la cara en un bizcocho.

—Podría ser un infarto, mi sargento —apuntó Lucía, que además de grabar piensa, cosa que a Chamorro unas veces le sirve y otras le estorba—. Con lo que comía este hombre.

—Podría. Pero no. —Chamorro entornó los ojos con la seguridad del que no tiene ni idea—. Yo a esto le huelo crimen. Y cuando yo le huelo crimen a algo, agente, es que hay crimen. Apúntalo.

—Ya lo estoy grabando, mi sargento.

—Apúntalo también.

Chamorro me vio en la puerta y, en vez de echarme como a los demás, se le iluminó la cara con una idea, que en Chamorro es un fenómeno tan raro como peligroso.

—¡Cata! Cata, ven aquí. Tú de esto entiendes. —Señaló el bizcocho con la barbilla—. Tú eres la panadera. Dime, como experta: ¿qué es esto?

Les juro que en aquel momento no vi la trampa. No la vio él, que la tendía sin querer, ni la vi yo, que caí dentro con los dos pies. Me acerqué a la mesa, porque me lo pedía la autoridad y porque, cuando hay un bizcocho delante, yo miro el bizcocho antes que a nada. Es más fuerte que yo.

Me incliné sobre el bizcocho de Braulio Cascales y lo primero que noté, antes que el espanto, antes que la pena, antes que nada, fue el reconocimiento. Aquel bizcocho era mío.

No «mío» de que lo hubiera hecho yo. Mío de que era mi receta.

El bizcocho de limón y romero de las Ferrer, el de mi abuela, el que llevo haciendo toda la vida y el que —caí en la cuenta con un frío raro— había salido publicado esa misma mañana en la página siete de El Clarín, en mi columna, porque aquella semana tocaba ese y no otro.

Cualquiera que abriera el periódico del jueves y luego entrara en aquella cocina ataba los dos cabos en un segundo: la receta y el muerto. La mía y él.

Pero había algo más. Algo que solo podía ver yo, porque solo yo conozco esa receta por dentro. Me acerqué un poco más, disimulando, e hice lo que hago sin querer con cualquier masa que se me pone delante: la leí. Y lo que leí no me cuadró.

El toque estaba mal.

Mi bizcocho de limón y romero lleva un secreto que no he publicado nunca, ni pienso, porque es lo único de esa receta que es de verdad mío: la matalauva, tostada y molida en el azúcar, y mantequilla, nunca otra grasa.

Así lo hago yo. Así lo afiné yo, hace años, cuando cogí el horno.

Pero aquel bizcocho, el de la cara de Braulio, no estaba hecho así.

La matalauva estaba cruda, entera, sin tostar.

Y no era mantequilla lo que se olía por debajo del limón. Era manteca. Manteca de cerdo.

Dejé de respirar un segundo, porque aquello lo conocía.

Aquello no era mi bizcocho. Era el bizcocho de mi abuela.

La versión antigua, la de antes de que yo naciera, la que mi abuela dejó de hacer cuando le fallaron las fuerzas y que yo cambié en cuanto el horno fue mío.

Ese bizcocho no lo hacía yo desde hacía veinte años.

Ese bizcocho lo había horneado alguien que aprendió la receta en la cocina de mi abuela, hace mucho tiempo, y que se quedó con la receta de entonces, sin llegar a enterarse nunca de que yo la había cambiado.

Alguien mayor. Alguien de los de antes. Alguien de aquella cocina.

No dije nada. Que Dios me perdone, pero no dije nada.

Porque hay una cosa de aquel jueves que tardé en entender del todo, aunque la tuve delante de los ojos desde el primer momento, encima de aquella mesa.

El periódico con mi receta había salido esa mañana, jueves, al amanecer.

Y Braulio Cascales, según se supo enseguida, no se había muerto esa mañana.

Se había muerto la noche anterior. La noche del miércoles.

O sea, que cuando alguien horneó aquel bizcocho para Braulio, mi receta todavía no estaba en la calle.

No la había leído nadie. No podía haberla leído nadie.

Y sin embargo ahí estaba el bizcocho, hecho, comido, en la cocina de un hombre que se había muerto antes de que mi receta existiera para el resto del mundo.

Aquello, en aquel momento, no supe verlo.

Solo me pareció, de una manera confusa, que algo no encajaba en las fechas. Tardaría semanas en entender qué.

El periódico de aquella mañana, por cierto, el que llegó a los buzones de Santibáñez mientras Braulio Cascales ya estaba frío en su cocina, traía dos cosas mías.

En la página tres, la fe de erratas que juraba, con todas las letras, que Braulio Cascales estaba vivo.

En la página siete, la receta del bizcocho con el que había amanecido muerto.

Nunca un solo número de El Clarín se había equivocado tanto en tan pocas páginas.

Teodoro Garcés no se había acercado al bizcocho como los demás, a mirarlo con morbo.

Se había quedado un paso atrás, muy quieto, con la carpeta contra el pecho, mirándolo como mira él las cosas: como si las estuviera midiendo por dentro.

En un momento dado sacó el bolígrafo, apuntó algo y volvió a guardarlo, y yo, que empezaba a conocerle los gestos aunque no quisiera, supe que él también había visto algo que no le cuadraba.

No la matalauva; eso solo lo veía yo. Otra cosa.

A los hombres a los que se les para la cara como a él no se les para por nada.

Nuestras miradas se cruzaron un segundo por encima del cadáver de Braulio Cascales.

Fue un segundo incomodísimo, de esos que no se le desean a nadie: el inspector que me había cerrado la vida en Madrid y yo, la panadera sospechosa, mirándonos por encima de un muerto que había comido de mi receta.

No sé qué vio él en mi cara. Yo, en la suya, no vi lo que esperaba ver.

No vi a un hombre convencido de que lo había hecho yo.

Vi a un hombre que dudaba. Y aquello, aquella mañana, me molestó casi tanto como me alivió.

Y mientras yo miraba el bizcocho, el pueblo, a mi espalda, iba atando sus propios cabos, que son más rápidos y más torcidos que los míos.

—Es la receta de Cata —oí murmurar a alguien en la puerta—. La de hoy. La del periódico.

—Y ella ya lo mató una vez —dijo otra voz, más bajito—. En la esquela. ¿No os acordáis?

Me di la vuelta. En la puerta de la cocina se agolpaba medio Santibáñez, y todos, absolutamente todos, me miraban a mí.

No al muerto. A mí. La mujer que había publicado la esquela de Braulio Cascales estando vivo y que ahora resultaba ser, además, la autora de la receta del bizcocho con el que había aparecido muerto.

Puesto así, hasta yo me habría detenido a mí misma.

El sargento Chamorro siguió las miradas, me encontró al final de todas ellas y, poco a poco, se le fue dibujando en la cara la primera deducción de su carrera. Se le veía llegar como se ve llegar la lluvia por la vega: despacio y sin remedio.

—Cata —dijo, y ya no era el tono de «tú de esto entiendes». Era otro tono—. Cata, hija. ¿Dónde estabas tú anoche?

Anoche. La noche del miércoles. La noche en que yo había estado sola en el obrador, sin un solo testigo, maquetando la esquela que juraba que Braulio Cascales estaba vivo, y hojeando, entre vermú y vermú, la receta del bizcocho que lo había matado.

—En el horno —dije—. Sola.

Y supe, en cuanto lo dije, que acababa de regalarle al sargento Chamorro el mejor sospechoso de toda su carrera. Yo.