Capítulo 5. Rosquillas de inspección sanitaria
Rosquillas de anís: se fríen en aceite bien caliente y se sacan a tiempo. El anís, como los rencores, cuanto más viejo, más se nota.
El jueves siguiente amaneció, como todos mis jueves, con una servidora sin pegar ojo.
Había pasado la noche del miércoles maquetando el número, el de la dichosa fe de erratas de Braulio, redactada con tanto cuidado para dejar claro que estaba vivo que me había llevado hasta las tantas dar con la manera de decir «no está muerto» sin que pareciera que nos disculpábamos por haberlo intentado.
Lo conseguí a las dos. A las siete abrí el horno.
Y a las nueve, con las manos en la masa y el obrador oliendo a lo que huele mi obrador los días que hago rosquillas —a anís, a matalauva, a la cocina de mi abuela—, apareció por la puerta la desgracia con corbata.
Porque venía con corbata. En julio. En Santibáñez. Un hombre que se pone corbata para venir a un pueblo de interior en pleno julio es un hombre que le ha declarado la guerra al clima, y de paso a todo lo demás.
—Buenos días. —Sacó una carpeta, un bolígrafo y un carné plastificado que enseñó a la altura de mi cara con la precisión del que lo ha hecho mil veces—. Inspección de la Junta. Sanidad. ¿Es usted la titular del establecimiento?
No le veía bien la cara a contraluz, con el sol de la puerta detrás. Le veía la corbata, la carpeta y la silueta de un hombre que preferiría estar en cualquier otro sitio y que aun así ha venido, porque el deber es el deber. Me limpié las manos en el delantal.
—Depende de quién pregunte —dije, que es lo que digo siempre, aunque esta vez me salió con menos gracia de la que pretendía, porque una parte de mí ya había reconocido la corbata.
—Pregunta la Junta de… —Bajó la vista a la carpeta, leyó—. Horno de las Ánimas. Titular, Catalina Ferrer. —Y al levantar otra vez la cara, ya sin el sol detrás, me la vi entera.
Y él a mí.
Nos reconocimos a la vez, que es la peor manera de reconocerse, porque no le da a una tiempo de componer el gesto.
—Usted —dije.
—Señora Ferrer. —No dijo «usted». Dijo mi nombre, y lo dijo como quien confirma algo que se temía—. No sabía que el establecimiento era el suyo.
—Ya. Y yo no sabía que en la Junta reciclaban. Pensaba que a los que cierran obradores por afición los jubilaban jóvenes.
Teodoro Garcés. Tres años sin ponerle cara y ahí la tenía otra vez, en la puerta de mi horno, con tres años más encima y la misma expresión de estar siempre a punto de leerte un artículo.
Alto, seco, la mandíbula apretada, y —esto me fastidió reconocerlo hasta a mí misma, así que lo reconozco una sola vez y no vuelvo sobre ello— con esa clase de cara que una preferiría que tuvieran los buenos y no los que le arruinan la vida.
La vida es muy injusta con el reparto de las caras.
—Vengo por una denuncia —dijo, como si aquello fuera una novedad—. No he elegido el establecimiento. Me consta que usted y yo tenemos un… antecedente. Si lo prefiere, puedo solicitar que envíen a otro inspector.
—¿Y perderme la ocasión? Ni hablar. —Me crucé de brazos—. Pase, señor Garcés. Inspeccione. Mire lo que quiera. A ver si encuentra otro hámster.
Ahí se le movió algo en la cara. No mucho. A Garcés las cosas se le mueven en la cara como se mueven las agujas de un reloj caro: con precisión y sin escándalo.
Hay reencuentros que una imagina durante años —en la ducha, planchando, fregando de rodillas el suelo del horno— y en los que siempre suelta la frase perfecta, esa que deja al otro sin habla y a una por encima.
Llevaba tres años preparando frases para este hombre.
Y ahora que lo tenía delante no me salió ninguna que valiera, porque delante de Teodoro Garcés no había un villano de mis noches de insomnio, sino un señor de carne y hueso, más cansado de lo que yo lo recordaba, que me miraba como si él también hubiera preparado algo durante tres años y tampoco le saliera.
Eso me desarmó un segundo. Solo un segundo.
Enseguida me acordé de Pomponio y se me pasó.
Porque de eso iba lo de Madrid, y ya que lo he empezado lo cuento, aunque me hierva la sangre cada vez.
Tuve mi obrador tres años. Un día, la Junta mandó una inspección rutinaria y encontró «indicios de presencia de roedores».
Roedores. En mi obrador, que yo fregaba de rodillas todas las noches.
¿Sabéis cuáles eran los roedores? Uno. Uno solo.
Pomponio. El hámster de la vecina del segundo, que se había escapado por un hueco de la pared medianera y había decidido pasar unos días de vacaciones en mi almacén, dejando por ahí las pruebas que dejan los hámsteres.
Un animal doméstico, con nombre, con rueda, con una niña de siete años llorando en el segundo.
Y por Pomponio —por un hámster de compañía que se llamaba Pomponio— este señor de la corbata me cerró el obrador, me abrió un expediente y me devolvió al pueblo con una mano delante y otra detrás. Firmado: T. Garcés.
Así que sí. Cuando le dije que a ver si encontraba otro hámster, sabía perfectamente lo que decía.
Garcés no contestó a lo del hámster. Abrió la carpeta, sacó un pastillero de esos que llevan los días de la semana escritos, cada compartimento de un color distinto, se tomó dos pastillas sin agua y empezó la inspección.
Duró cuarenta minutos, y fueron cuarenta minutos de guerra fría.
Lo medía todo. La temperatura de la nevera.
La distancia entre el pan y la pared. La fecha de no sé qué.
Apuntaba en la carpeta con una letra pequeñísima y ordenada, la letra de un hombre que no ha manchado un cuaderno de vermú a las dos de la madrugada en su vida.
Y, mientras tanto, iba perdiendo la batalla contra mi obrador, porque mi obrador huele a anís, y a Teodoro Garcés, me enteré aquella mañana con una alegría que no me enorgullece, el anís le sienta como a un vampiro el ajo.
Empezó a sorber por la nariz a los cinco minutos. A los diez, estornudó. A los quince tenía los ojos rojos y se sacó del bolsillo un pañuelo de tela, planchado, con una inicial bordada, porque hasta para moquear iba preparado este hombre.
—¿Se encuentra bien? —le pregunté, con toda la mala fe del mundo, acercándole al mismo tiempo la fuente de las rosquillas recién sacadas—. ¿Una rosquilla? Son de anís.
Miró las rosquillas como se mira a un enemigo que, encima, huele bien. Tragó saliva.
—No, gracias. Soy… —Otro estornudo—. Soy alérgico al anís.
—Vaya por Dios. —Le acerqué un poco más la fuente—. Con la de cosas que llevan anís en una panadería. No sé cómo se le ocurre dedicarse a inspeccionar hornos siendo alérgico al anís. Es como ser inspector de piscinas sin saber nadar.
—Uno no elige a qué es alérgico, señora Ferrer. —Se guardó el pañuelo—. Ni a qué se dedica, la mayor parte de las veces.
Debería haberme dado pena. No me la dio.
Puse otra sartén de rosquillas al fuego, muy despacio, con toda la matalauva del mundo, y el obrador se llenó de un olor a anís que a mí me sabe a infancia y a él, por la cara que puso, a encerrona.
Seguí amasando. Él siguió inspeccionando entre estornudo y estornudo, sin quejarse, sin acortar, midiendo cada rincón con la misma minucia con la que un cura reza el rosario, y eso, lo confieso, fue lo que más rabia me dio de toda la mañana: que el hombre fuera bueno en lo suyo.
A un inspector chapucero se le desprecia una tranquila.
A un inspector que hace bien su trabajo, y encima con los ojos llorando por tu culpa, no hay por dónde cogerlo.
—Le agradecería —dijo, sin levantar la vista de la carpeta— que no encendiera más anís mientras dura la inspección.
—Es una panadería, señor Garcés. El anís forma parte del mobiliario.
—El mobiliario no me provoca un shock anafiláctico.
—Todo tiene una primera vez.
Se tomó otra pastilla, esta de un compartimento distinto, y siguió.
Aquel pastillero era, ahora que lo pienso, el resumen del hombre entero: cada día su color, cada alergia su casilla, todo previsto, todo bajo control, como si la vida fuera un acta que se pudiera rellenar sin que se saliera nunca nada del renglón.
Me dieron ganas de decirle que la vida no cabe en un pastillero.
No se lo dije. Tampoco sabía yo entonces todavía lo que le cabía a aquel hombre en las casillas que no se le veían.
Y entonces llegó a la grieta. La grieta de mi horno de leña, la que lleva ahí desde mi abuela, la que yo llevaba dos días temiendo que encontrara.
Se agachó, la miró, pasó un dedo por ella, la midió con una cinta métrica que sacó de no sé dónde y anotó algo.
Un algo largo. Se me cerró la garganta, porque en aquel algo largo se me iba, a lo mejor, el horno.
—Esta grieta —dijo.
—Esa grieta hornea el mejor pan de la comarca desde mil novecientos cincuenta y dos —dije, y me oí la voz más tensa de lo que quería—. Esa grieta es de mi abuela.
—Esta grieta es un incumplimiento. —Anotó otra cosa—.
Aunque… —Se detuvo. Miró la grieta otra vez y luego me miró a mí, y por un segundo la cara de reloj caro se le descompuso lo justo—.
Aunque hay incumplimientos que se subsanan con una obra menor, y otros que obligan a cerrar. Este, de momento, es de los primeros.
No supe si me estaba amenazando o haciéndome un favor.
Con Garcés, igual que con Braulio, nunca se sabía.
Y aquello, en ese momento, me pareció la peor de las noticias: que el hombre que me había arruinado la vida y el hombre que me la quería arruinar ahora hablaran el mismo idioma imposible de descifrar.
Cuando terminó, cerró la carpeta y me dio el veredicto de pie, con las manos a la espalda, como quien lee una sentencia que preferiría no tener que leer.
—El establecimiento tiene deficiencias, pero ninguna grave. La grieta y dos cosas más. Le doy treinta días para subsanarlas. No es necesario cerrar. —Hizo una pausa—. Le dejaré el acta por escrito. Léala. Verá que es más benévola de lo que pedía la denuncia.
Me quedé sin palabras por segunda vez en una misma mañana.
Yo esperaba que aquel hombre me cerrara el horno con la misma tranquilidad con la que me había cerrado Madrid, y en cambio me daba treinta días y un acta «más benévola de lo que pedía la denuncia».
No supe qué hacer con eso. Es más difícil odiar a alguien que no te da motivos nuevos: te obliga a tirar de los viejos, y los viejos, por muy firmes que sean, cansan.
Guardó el bolígrafo y se quedó un momento de pie en medio del obrador, como si le costara marcharse. A un hombre así no se le ve cómodo casi nunca, pero en aquel momento estaba menos cómodo de lo normal.
—Señora Ferrer. Sobre lo de Madrid. —Dudó, cosa rara en él—. Aquel expediente no fue exactamente lo que usted…
—No. —Lo corté antes de que terminara, porque había cosas que no pensaba oírle a él ni aquel día ni ninguno—. No me venga ahora con expedientes, señor Garcés. Me lo sé de memoria. Lo firmó usted. Lo demás me da igual.
Cerró la boca. Asintió una vez, despacio, como quien archiva un asunto que sabe que va a tener que volver a abrir, y no insistió.
Los hombres como Garcés no insisten. Cumplen el trámite, te dejan pensar lo que quieras y se van.
Eso, que entonces me pareció frialdad, tardé mucho en entender que a veces era otra cosa.
Iba a decirme algo más —creo, no lo sé, no lo sabré nunca del todo— cuando se abrió de golpe la puerta del horno y entró Encarna sin resuello, blanca como la harina, agarrándose al mostrador con las dos manos.
—Cata. —Casi no le salía la voz—. Cata, hija. Que han encontrado a Braulio. En la casona. —Tragó aire—. Muerto. Muerto de verdad esta vez.
Y en mi obrador, que olía a anís y a la cocina de mi abuela, nos quedamos los tres quietos: Encarna en la puerta, yo con las manos llenas de harina, y Teodoro Garcés, inspector de Sanidad, con la carpeta bajo el brazo y la mala fortuna de haber llegado al pueblo justo el día en que el hombre que lo había hecho venir amanecía muerto.