Una pizca de amor y un cadáver (Recetas con misterio 1) Capítulo 4. Bizcocho de la casa (la casa que no es tuya)
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Capítulo 4. Bizcocho de la casa (la casa que no es tuya)

Bizcocho de la casa. Nota: en Santibáñez, «la casa» es siempre la de Braulio. Hasta cuando lo amasas tú.

Pasaron dos días. El pueblo siguió hablando de la resurrección de Braulio Cascales con el mismo asombro con el que habría hablado de una plaga de langosta o de que hubiera nevado en agosto: como de una desgracia bíblica que le había caído encima a la comarca sin comerlo ni beberlo.

Yo seguí abriendo el horno a las siete, cociendo pan que la gente me compraba mirándome de reojo, medio con lástima medio con esa curiosidad morbosa que despierta el que va a tener un problema muy gordo y todavía no lo sabe del todo.

Yo sí lo sabía. Lo supe del todo el sábado, cuando llegó la carta.

Era del abogado de Braulio, un tal Peñalver de la capital, con membrete y sello y todo el aparato, y venía a decir en cuatro folios lo que Braulio me había dicho en el bar en cuatro frases, solo que mucho más caro.

Difamación. Daños. Perjuicios. Una cifra al final, subrayada dos veces, que era más dinero del que yo veo en tres años de magdalenas.

La leí de pie en el obrador, con las manos aún blancas de harina, y cuando terminé la dejé sobre el mostrador con mucho cuidado, como se deja algo que podría estallar.

—¿Malas noticias? —preguntó la Tía Puri, que estaba colocando los suizos y que huele una mala noticia antes de que una la abra, igual que huele quién va a pedir fiado.

—De las de membrete —dije.

—Ese Braulio. —Chascó la lengua y siguió con los suizos—. Resucita y lo primero que hace es demandar. Hay gente que no aprovecha ni una segunda oportunidad que le regala el cielo.

Pero la carta del abogado, con ser mala, no fue lo peor de aquel sábado. Lo peor lo trajo Encarna a media mañana, junto con el resto de las Migas, que entraron en el horno en formación, como entran siempre que lo que traen no cabe en una sola boca.

—Cata, hija, ¿te has enterado? —Encarna ni saludó—. Braulio ha denunciado a medio pueblo a Sanidad. A medio pueblo. Lo tenía todo preparado desde antes de morirse, o sea, de no morirse, y ahora lo ha soltado de golpe, por rencor, porque el hombre ha vuelto del otro barrio con ganas de guerra.

Fue soltando la lista, y la lista era larga.

La quesería de la Bego, por lo del cuajo y una historia de unas cámaras.

El bar de Nando, por lo de las tapas, que ya lo tenía denunciado desde la primavera pero al que ahora le había añadido no sé cuántas cosas más.

La carnicería de los Robles. La otra panadería, la del pan malo, que por una vez me dio hasta pena. Y, cómo no, el horno. Mi horno.

—¿El mío también? —Solté el rodillo.

—El tuyo lo ha metido esta semana, con nombre y apellido, de los últimos.

Dicen que ha dicho que «ya que estamos, que lo miren todo».

—Encarna bajó la voz, disfrutando del drama como solo se disfruta el drama que le pasa a otra—.

Y viene un inspector, hija. De la Junta. A mirarlo todo. Esta misma semana.

En un pueblo, un inspector de Sanidad es peor que una boda y que un entierro juntos, porque a la boda y al entierro se va cuando le toca a uno, pero el inspector le puede tocar a cualquiera y en cualquier cocina.

Y en Santibáñez, como en todos los pueblos, no hay cocina que aguante que la miren mucho rato seguido.

En el bar de Nando hay una nevera que cierra cuando le da la gana.

La Bego cura los quesos en una cámara que antes fue cuadra, y el queso sale buenísimo precisamente por eso, pero eso a un papel de la Junta no hay quien se lo explique.

Y en mi obrador, que Dios me perdone, el horno de leña tiene una grieta desde los tiempos de mi abuela por la que yo juraría que se cuela parte del sabor.

Aquella tarde se puso a fregar medio Santibáñez.

Se vació la droguería de lejía. Nando desmontó la nevera traidora pieza a pieza.

La Bego, cuentan, estuvo hasta la medianoche discutiendo con sus quesos, que no se dejan blanquear ni por la Junta ni por su madre.

En la carnicería de los Robles descolgaron un jamón que llevaba curándose desde antes de la democracia y estuvieron media hora debatiendo si escondían el jamón o el certificado que no tenían.

La otra panadería, la del pan malo, tuvo la desfachatez de colgar un cartel de «Cerrado por reformas», como si el pan malo fuera culpa de las baldosas.

Y hasta hubo quien subió a la iglesia a preguntarle a don Aurelio si valía bendecir una cocina, por si acaso, que en Santibáñez, cuando fallan la lejía y el sentido común, siempre queda el Señor.

Y yo me quedé mirando la grieta de mi horno, esa por la que se me va y se me viene el pan desde que tengo memoria, pensando que a lo mejor tenía los días contados. La grieta y yo.

La Bego se pasó por el horno a última hora, colorada de tanto discutir con sus quesos, y se sentó en el poyo de la puerta a despotricar, que es lo que hace la Bego cuando no puede hacer otra cosa.

—Cuarenta años haciendo el mejor queso de la comarca en esa cámara, Cata.

Cuarenta. Y viene ahora este, resucitado, y me manda a la Junta porque quiere mis pastos y no se los vendo.

—Escupió al suelo, con puntería—. Que lo sepas: el día que ese hombre se muera de verdad, yo bailo.

Encima de la tumba, con castañuelas. Y no voy a ser la única de este pueblo que lleve las castañuelas puestas, ya te lo digo yo.

—No digas esas cosas, Bego.

—Las digo y las repito. —Se levantó y se sacudió el mandil—. Ojalá se atragante. Con un queso, a ser posible. Con uno de los míos, que buenos están.

Y se fue, dejándome pensando que en Santibáñez, aquella semana, había mucha gente diciendo en voz alta lo que solo debería pensarse. Yo incluida.

Braulio en persona apareció a la hora de cerrar, con el puro sin encender y el sombrero puesto, y entró en el horno como entra en todo lo que considera suyo, que es sin llamar. Yo estaba recogiendo las bandejas.

—Hija. —Miró el mostrador, la carta del abogado todavía encima, y sonrió—. Veo que ya te ha llegado el saludo de Peñalver. Buen abogado. Caro, pero bueno.

—Don Braulio, no tengo ese dinero. Usted lo sabe.

—Lo sé. —Se acercó, cogió una magdalena de las del día, la olió despacio y la volvió a dejar sin morderla, que era su forma de recordarme que ni estando muerto en el periódico se le quitaban a él las ganas de mandar—.

Por eso te dije en el bar que todo tiene arreglo.

Retiras lo publicado, me sacas bien grande que estoy vivo, y a lo mejor a Peñalver se le traspapela la demanda.

Las cosas se traspapelan mucho, si uno quiere.

—¿Y si no quiero hacer lo que usted diga?

Braulio se tomó su tiempo. Cogió el sombrero, se lo caló y, ya en la puerta, sin volverse del todo, dijo:

—Entonces, hija, espero que tengas el horno muy limpio. Porque le he pedido a la Junta que venga a mirarlo. Con lupa. Y algo me dice que ese horno tuyo, tan viejo, tan bonito, tan lleno de recuerdos, no aguanta una lupa. —Se colocó el puro en la comisura—. Piénsatelo. Tienes hasta el jueves.

Y se marchó, dejándome sola con la magdalena que había olido y no se había comido, que por algún motivo me dio más rabia que la carta entera.

Porque un inspector de Sanidad, para mí, no es lo que es para el resto del pueblo. Para el resto es una molestia, un papeleo, un mal rato que pasa. Para mí es la cara concreta de la peor época de mi vida, una cara que yo ya casi había conseguido olvidar.

Tuve un obrador en Madrid. Bueno, bonito, mío, en un bajo de Malasaña por el que pagaba una barbaridad y del que estaba más orgullosa de lo que he estado nunca de nada, ni siquiera de este.

Duró tres años. Lo cerró un inspector de Sanidad por una historia tan absurda que todavía hoy, si la cuento, parece que me la invento para dar pena.

No la voy a contar ahora. Basta con decir que perdí el obrador, perdí los ahorros, perdí las ganas, y me volví a Santibáñez con lo puesto y con una teoría que me sostiene desde entonces: que en esta vida los que vienen con carpeta y bolígrafo a mirarte la cocina no vienen nunca a ayudarte. Vienen a cerrarte.

Y cuando cierran, no cierran solo un negocio.

Cierran la versión de una que había costado años levantar: la Cata de Madrid, la del obrador con nombre propio, la que había demostrado a todo el mundo, y sobre todo a sí misma, que servía para algo más que para heredar.

Esa Cata se quedó en un folio, archivada, y la que volvió a Santibáñez fue esta otra, la que hornea bien y desconfía mejor.

Hay días en que al obrador de Malasaña le tengo menos rencor que a lo que perdí de mí allí dentro.

Así que, cuando Encarna dijo «viene un inspector», lo que se me vino encima no fue la grieta del horno. Fue algo mucho más antiguo, y con nombre propio, aunque yo aquella mañana todavía no supiera el nombre.

Lo supe esa noche. Me lo dijo don Fermín, que llamó, cómo no, para lo suyo.

—Cata, hija, lo de la fe de erratas de Braulio.

La tengo que sacar el jueves que viene sin falta, que si no ese hombre me empapela a mí también.

Dice su abogado que hay que dejar bien claro que está vivo.

Así que ve pensando cómo lo redactamos, que quede digno pero que no parezca que nos retractamos de haberlo matado, no vaya la gente a pensar que damos las noticias a la ligera.

Que, entre tú y yo, ha sido lo que más ha vendido este periódico desde la riada del noventa y siete.

—Lo que usted diga, don Fermín. —Y entonces, porque llevaba todo el día con la palabra atravesada en la garganta, pregunté como quien no quiere la cosa—: Oiga, ¿usted sabe quién es el inspector que viene? El de Sanidad.

—Uno de la Junta, de fuera. —Oí que revolvía papeles al otro lado—. Espera, que lo tengo apuntado, que va a salir en el número de la semana que viene, en la sección de sucesos, para que el pueblo se prepare. Aquí está. Un tal Garcés. Teodoro Garcés, pone.

No dije nada.

—¿Cata? ¿Sigues ahí?

Seguía. Seguía de pie en el obrador a oscuras, con la carta del abogado encima del mostrador y la grieta del horno a mi espalda, y con un nombre en el oído que llevaba tres años sin escuchar y que había cruzado media España para venir a mirarme otra vez la cocina.

Teodoro Garcés. El mismo hombre que en Madrid me había cerrado la vida entera en un solo folio, con su carpeta y su bolígrafo y esa cara de tener siempre razón que ponen los que la tienen.

—Sigo aquí, don Fermín —dije, cuando pude—. Sigo aquí.

Colgué y me quedé un rato más en el obrador, sin encender la luz, escuchando el frigorífico, que es el único de este pueblo que me oye sin opinar.

La Tía Puri se había marchado hacía horas, pero antes de irse, cuando me vio la cara después de la visita de Braulio, me había puesto la mano en el hombro y me había dicho una de esas cosas suyas que suenan a chochez de vieja y luego resultan verdad: «A ese hombre, Cata, alguien le va a parar los pies.

En este pueblo o en el otro». Yo pensé que lo decía por decir.

Solo mucho más tarde me acordé de que la Tía Puri, cuando dice esas cosas, no las dice nunca por decir.

En dos días había pasado de tener un problema —una demanda que no podía pagar— a tener tres: la demanda, el alquiler pendiente de la buena voluntad de un hombre sin ninguna, y ahora, viniendo hacia mi horno con la lentitud de las desgracias que se anuncian con tiempo, el único inspector de Sanidad del mundo al que yo habría preferido no volver a ver en mi vida.

Braulio Cascales quería el horno. Y me lo había mandado a quitar, sin saberlo, con la única persona capaz de hacerlo mejor que él.