Capítulo 3. Vermú de honor para el finado presente
Para brindar por un muerto se necesitan vermú, una aceituna y un poco de teatro. Si el muerto está mirando, el teatro conviene que sea bueno.
Braulio Cascales entró en El Tentempié a las once y media de la mañana de aquel jueves de julio, con el sombrero puesto, el puro sin encender en la comisura y la parsimonia de un hombre que sabe que nadie va a empezar a hablar hasta que él termine de entrar.
No empezó nadie. En un bar que un minuto antes zumbaba como un avispero se hizo un silencio de esos que solo se hacen en misa y en los velatorios, y aquello, a fin de cuentas, era las dos cosas a la vez.
Se paró en el centro, dejó que el silencio madurara —Braulio sabía dejar madurar un silencio como mi abuela sabía dejar madurar una masa— y paseó la mirada por el bar entero, mesa por mesa, cara por cara.
Se detuvo un segundo en cada una. En la de la Ramona, que le había llorado en la puerta del horno hacía una hora y ahora no sabía dónde meter las manos.
En la del Paco del molino, que había escondido el cortado como si el cortado tuviera la culpa de algo. En la mía.
—Buenos días —dijo por fin, y se quitó el sombrero muy despacio, no por educación, sino para que se viera bien que se lo quitaba—. ¿O digo mejor «gracias por venir»?
No se rió nadie. En Santibáñez sabemos distinguir cuándo un chiste no es un chiste, sino una lista que empieza a escribirse.
Alguien, al fondo, hizo el amago de levantarse a darle la mano y se volvió a sentar a mitad de camino, al caer en la cuenta de que no sabía qué se le dice a un hombre al que acabas de enterrar durante el desayuno.
«Cuánto me alegro» sonaba a decepción. «Le acompaño en el sentimiento» ya no valía.
«Buenos días» se quedaba corto para la ocasión.
Así que no dijeron nada, que en este pueblo es lo que se hace cuando las palabras no dan la talla: callarse mucho y mirarse los zapatos, que para algo están.
Fue derecho a la barra, se sentó en el taburete del centro —el suyo, porque hasta los taburetes de este pueblo tienen dueño— y dejó el sombrero a un lado.
Nando se le acercó con esa cara de no saber qué cara poner, agravada ahora por tener que servirle una copa al hombre que lo tenía denunciado y que, encima, había vuelto de entre los muertos con sed.
—Don Braulio, yo… me alegro de verlo. Bien. Vivo.
—Ya me imagino cómo te alegras, Nando. —Braulio dejó el puro en el cenicero—. Ponme un carajillo. Y a la casa, una ronda. De vermú, del bueno, del que no sacas nunca. —Subió la voz lo justo para que llegara a las mesas del fondo—. Que hoy invita el muerto.
Se oyó arrastrar una silla y poco más. Nando fue sacando los vermús con la solemnidad de quien reparte la comunión, y cuando cada mesa tuvo el suyo, Braulio levantó su carajillo, se giró en el taburete para verlos a todos de frente y dijo, con una sonrisa que no era una sonrisa:
—Venga. Por mí. Que en paz descanse.
Y bebieron. Vaya si bebieron. No he visto nunca a un pueblo entero brindar por la muerte de un hombre con el hombre mirándolos beber, y espero no volver a verlo, porque hay cosas que le enseñan a una demasiado de sus vecinos.
Unos bebieron deprisa, por quitárselo de encima.
Otros mojaron los labios y dejaron la copa, que era peor, porque Braulio se fijaba sobre todo en los que no bebían.
La Ramona brindó otra vez con lágrimas, ya de puro nervio.
Y Braulio, mientras tanto, sacó del bolsillo interior de la chaqueta una libreta pequeña, de tapas gastadas, y un lápiz, y apuntó.
Apuntó sin disimulo, mirando a la cara y bajando después la vista a la libreta, como quien pasa lista en un colegio.
Un nombre. Otro. Braulio Cascales no amenazaba con la voz; amenazaba con un lápiz.
En Santibáñez todos conocíamos esa libreta, aunque nadie la hubiera visto nunca abierta: era donde llevaba las cuentas, y no solo las del alquiler.
Quién le debía dinero, quién le debía un favor, quién le debía un silencio.
Medio pueblo estaba escrito ahí dentro, y esa mañana, entre sorbo y sorbo de vermú pagado por él, medio pueblo miraba de reojo el lápiz rezando por no ser la línea siguiente.
A Braulio, además, le gustaba que se notara para qué servía la libreta. Se detuvo en el Paco del molino, lo miró por encima de las gafas y dijo, en voz alta, para que lo oyera el bar entero:
—Paco. El plazo de septiembre. No se me ha olvidado, ¿eh? Que me haya muerto no quiere decir que se te perdone.
El Paco del molino se puso del color del vermú y contestó que no, que faltaría más, que él pagaba.
Braulio apuntó algo, o fingió apuntarlo, que en él daba lo mismo, porque el miedo lo metía el lápiz, no lo escrito.
Así, uno a uno, fue dejando claro que en aquella libreta no había nombres sueltos: había correas.
Y que las tenía todas cogidas por el mismo extremo.
En medio de todo aquello, Rosalía, que seguía sin haberse enterado del todo, levantó su vermú hacia Braulio y le dijo, con la mejor de sus intenciones:
—Un hombre buenísimo. Lo vamos a echar mucho de menos.
Braulio la miró. Por un momento pensé que iba a apuntarla también a ella. Pero a Rosalía no se la puede ni fusilar, porque ni se enteraría de que le apuntan, así que Braulio solo dijo:
—Gracias, Rosalía. Yo a ti no.
Y siguió con su lista.
Encarna se inclinó hacia mí, aprovechando que Braulio andaba entretenido con el lápiz, y me susurró al oído:
—¿Tú sabes que al pobre Eusebio lo velan esta tarde en su casa y no ha ido a acompañar a la familia ni el gato? Están todos aquí, hija, brindando por el que no se ha muerto. Su nuera está que trina. Dice que en este pueblo hasta para morirse hay que tener enchufe.
Y tenía razón. En Santibáñez del Romero, aquel jueves, había más gente en el velatorio del vivo que en el del muerto.
Eusebio Prados se había pasado noventa y un años comprando la misma barra y la misma magdalena, y el día de su muerte le ganaba en convocatoria un hombre al que no se le había muerto nadie. Ni siquiera él.
Cuando terminó su carajillo y media libreta, Braulio se levantó del taburete, cogió el sombrero y vino derecho a mi mesa.
Las Migas se apartaron como se aparta el agua de la piedra que cae.
Se sentó enfrente de mí, sin pedir permiso, y dejó la libreta cerrada encima de la mesa, entre los dos, como se deja una pistola: sin apuntar a nadie, solo para que se vea.
—Catalina.
—Don Braulio, de verdad que lo siento. Fue un error de…
—De maqueta, sí, ya me lo has dicho. —Apoyó las manos sobre el sombrero—.
Mira, hija, te voy a explicar cómo va a ser esto, porque tú eres lista y a la gente lista las cosas se le explican una sola vez.
—Bajó la voz, la de siempre, la que da más miedo cuanto más baja—.
Yo hoy he salido a la calle y me he enterado, en una mañana, de quién me quiere muerto en este pueblo.
Es una información que no se paga con dinero, y me la has regalado tú. Casi debería darte las gracias.
No dije nada, porque no había nada que decir que no empeorara las cosas.
—Pero luego está lo otro. La difamación.
Mi abogado dice que una esquela falsa, con nombre y apellidos, en un medio escrito, da para una demanda muy bonita.
Y tú, que yo sepa, no tienes con qué pagarla.
—Miró a su alrededor: el bar, y luego, muy despacio, el techo, las paredes, el suelo, igual que había mirado mi horno el primero de julio—.
Lo que sí tienes es un local. Un local que es mío.
Que llevo alquilándote a precio de risa por respeto a tu abuela, que en paz descanse ella de verdad.
Y el respeto, Catalina, es como el vermú del bueno: se acaba.
—Ahora bien, hija —siguió, y aquí bajó todavía más la voz, hasta ese hilo con el que Braulio decía las cosas de verdad—, todo tiene arreglo.
Yo soy un hombre razonable. Retiras lo publicado, me sacas una nota bien grande diciendo lo vivo que estoy, y a lo mejor tú y yo nos sentamos a hablar del alquiler con calma.
O a lo mejor no. Depende de lo agradecida que sepas ser.
—Se recostó en la silla—. Piénsatelo. Tienes hasta que se me pase el enfado, que no me suele durar mucho. Lo que me dura es la memoria.
La diferencia, con Braulio, entre una amenaza y una oferta era que nunca sabías cuál de las dos te estaba haciendo. Casi siempre eran la misma cosa.
Ahí estaba. No había venido a por dinero, que sabía de sobra que no tengo. Había venido a por el horno.
El horno no es un local para mí. Es lo único que me queda de mi abuela y de mi madre, la única cosa que sé hacer bien, el sitio donde sé quién soy en cuanto enciendo la leña por la mañana.
Braulio lo sabía. Braulio sabía siempre dónde le dolía a cada cual, porque de eso vivía.
Y aquella mañana, mientras se guardaba la libreta en el bolsillo, comprendí dos cosas con una claridad incómoda: que ese hombre podía quitarme lo único que era mío, y que yo no era, ni de lejos, la única persona de Santibáñez que en aquel momento lo habría enterrado de verdad, y con gusto, y con la cruz de mi abuela.
—¿Sabes cómo me he enterado, por cierto?
—añadió, y por un momento pareció casi que se divertía—.
Estaba desayunando y he ido a por el periódico al buzón.
Me lo había dejado la Consuelo, la primera de la ronda, como todos los jueves.
La pobre mujer ni se había atrevido a llamar al timbre.
—Chascó la lengua—. Cuarenta años leyendo ella antes que nadie las esquelas de este pueblo, y la primera vez que le toca repartir la mía, va y resulta que era mentira. Hay que fastidiarse.
Por la puerta entró en ese momento Consuelo, con el fajo ya vacío bajo el brazo, terminada la ronda.
Se paró en seco al ver a Braulio vivo y sentado a mi mesa, y se le puso una cara que entonces me pareció de puro susto de anciana —la de quien ve a un muerto tomando carajillos— y que solo mucho más tarde aprendí a leer de otra manera.
—Braulio —dijo, y se llevó la mano al pecho—. Ay, madre. Cuánto me alegro. De verdad que cuánto me alegro.
—Ya lo sé, Consuelo. —Y a ella, solo a ella en toda la mañana, Braulio le habló sin filo, casi con suavidad, como se le habla a alguien de quien uno está muy seguro—. Tú siempre te alegras. Anda, siéntate, mujer, que estás blanca.
Consuelo no se sentó. Murmuró algo de que tenía que devolver el fajo vacío a la redacción y se marchó casi tan deprisa como había entrado.
Yo lo achaqué a lo que se le achaca todo a una mujer de setenta y cuatro años: al susto, a las piernas, a la hora.
Uno no sospecha de la persona más buena del pueblo.
Es la gran ventaja de ser la persona más buena del pueblo.
Braulio se levantó, se puso el sombrero, se guardó la libreta en el bolsillo interior —despacio, para que la viera guardar— y recogió el puro sin encender del cenicero.
—Bueno. —Se dirigió al bar entero, ya no a mí—.
Gracias por el velatorio. Ha sido muy instructivo.
—Se colocó el puro en la comisura—. Nos vemos en el juzgado, hija.
Y los demás: que sepáis que estoy muy vivo y que tengo muy buena memoria.
Dos cosas que, en un pueblo como este, deberían preocuparos bastante más de lo que os preocupan.
Y salió de El Tentempié tan campante como había entrado, dejando detrás una ronda de vermús a medio beber, un bar lleno de gente que ya no sabía si darle el pésame o los buenos días, y a mí con una demanda encima y el techo de mi horno pendiente de un lápiz.
Nando fue el primero en hablar. Cogió una copa de la barra, la miró y, en vez de ponerse a limpiarla como hace siempre que no sabe qué decir, se la bebió de un trago.
—Pues nada —dijo, a nadie—. Que en paz descanse.