Capítulo 2. Café con leche y un muerto que desayuna
Se puede mojar cualquier cosa en el café con leche. Cualquier cosa menos la propia esquela.
El jueves amaneció como amanecen los jueves en Santibáñez, con niebla en la vega y el pueblo entero a punto de desayunarse la muerte de un hombre que no se había muerto.
Yo no había pegado ojo. Vi entrar la luz por el tragaluz del obrador sentada en un taburete, con el delantal puesto y la esperanza absurda de que, si no me movía, el jueves no llegara.
Llegó igual. Los jueves llegan aunque una se esté quieta; es de las pocas cosas de las que uno puede fiarse en este pueblo, junto con la niebla y con que Braulio Cascales subiría a cobrar el primero de mes.
Solo que ese jueves Braulio Cascales estaba muerto. En la página diez. Con la cruz de mi abuela, la que reservo para los de toda la vida y que le había puesto, por si el asunto necesitaba una vuelta de tuerca más, a un hombre que no le había importado a nadie en toda la vida.
Abrí el horno a las siete, como cada día, porque el pan no entiende de tragedias y la gente desayuna aunque se acabe el mundo, sobre todo si el mundo se acaba para otro.
La primera en entrar fue Consuelo. Consuelo Abad tiene setenta y cuatro años y reparte El Clarín desde que yo era del tamaño de un saco de harina.
Lo lee entero antes que nadie, mientras hace la ronda, apoyada en las esquinas con las gafas en la punta de la nariz; dice que es para saber qué está repartiendo, no vaya a llevar una mala noticia a la casa equivocada.
Entró con el fajo bajo el brazo y la cara de quien trae algo que le quema en las manos.
—Ay, Cata, hija. —Dejó un ejemplar en el mostrador, doblado ya por la página diez, como si yo no supiera de sobra por dónde iba doblado—. ¿Lo has visto?
—Lo he escrito, Consuelo.
—Ya. —Me cogió la mano por encima del mostrador, con esas manos suyas de tejer y de amasar que consuelan solo con posarse—.
Pues no sé quién lo va a pasar peor hoy, si tú o él.
El periódico de Braulio se lo he dejado yo misma en el buzón, la primera de la ronda, antes que a nadie.
No he tenido valor de llamar al timbre y avisarle.
Una cosa es repartir malas noticias y otra darlas en mano.
Le apreté la mano y no le dije lo que pensaba, que era que ojalá hubiera llamado al timbre, o que ojalá el fajo entero se hubiera perdido en la niebla de la vega camino de los buzones.
A Consuelo no se le desea mal ni de pensamiento; es la única persona de Santibáñez que reparte las desgracias de todos y no se ha quedado con ninguna.
Le dejé el horno a mi tía Puri, que a esa hora ya andaba colocando las magdalenas y, de paso, colocándome a mí. La Tía Puri lee a la gente por lo que compra, y llevaba desde las siete haciéndome el parte: quién había entrado a por pan de verdad y quién a por chismorreo disfrazado de pan.
—Tres se han llevado pan de muerto sin saber que lo pedían —me dijo, muy digna, dándole la vuelta a una bandeja—. Y la Fina ha comprado dos ensaimadas y no ha preguntado por Braulio, que esa o sabe algo o se lo calla. A esa yo no le fío ni un suspiro de merengue.
No le hice caso, que es lo que hay que hacer con la Tía Puri el ochenta por ciento del tiempo.
El otro veinte, para mi desgracia, suele tener razón.
Me quité el delantal. Si el pueblo estaba desayunándose mi error, lo mínimo que podía hacer yo era ir a verlo con mis propios ojos.
Y, siendo sincera, necesitaba un carajillo con una urgencia que ya rozaba lo médico.
El bar de Nando se llama El Tentempié y es, junto con mi horno y la iglesia de don Aurelio, uno de los tres sitios donde Santibáñez decide lo que piensa.
En la iglesia se reza, en el horno se cuece y en el bar se sentencia.
Ese jueves el bar estaba sentenciando a pleno rendimiento.
Había un ejemplar de El Clarín abierto por la página diez en cada mesa, como manteles, y un rumor de esos que en un pueblo pequeño se oyen antes de entrar por la puerta.
Nando estaba detrás de la barra con la cara de un hombre que no sabe qué cara poner.
Nando Requena tiene cuarenta y ocho años, le alquila el local a Braulio igual que yo y arrastra desde la primavera una denuncia de Braulio por lo de las tapas, así que la noticia de que su casero y denunciante se había muerto lo tenía, digamos, en un conflicto interior que se le notaba en las manos: limpiaba una copa que ya brillaba, la dejaba, cogía otra, la limpiaba.
Un hombre no frota tanto un vaso si no está frotando otra cosa por dentro.
—Cata —dijo, y bajó la voz aunque en el bar no cabía un secreto—. ¿Es verdad lo que pone?
—Depende de qué parte, Nando.
—La parte de que está muerto.
—Esa es justo la parte que no.
Se le movió algo en la cara que no era pena, y lo disimuló volviendo a la copa. Le puse una mano en el brazo, más por seguir de pie que por otra cosa, y crucé hacia el rincón.
De camino leí el bar como leo el mostrador un sábado: por lo que la gente hacía con las manos y con la cara.
Y lo que leí no era luto. El Paco del molino, que le debe a Braulio hasta el apellido, le sonreía a su cortado.
Dos mesas más allá calculaban ya, en voz baja y con los dedos, cuántas fanegas quedaban libres y quién iba a quedárselas.
Nadie lloraba. Nadie fingía siquiera. En cuarenta años, Braulio Cascales había conseguido lo más difícil que puede conseguir un hombre: que su muerte, aun siendo mentira, le supiera a fiesta a medio pueblo.
Y esa alegría callada, la de los que deben dinero y de pronto respiran, era exactamente la que él pensaba bajar a mirarles a la cara.
La mesa del rincón era la de las Migas.
Las Migas son la peña de viudas de los jueves, y ese jueves les había caído del cielo el mejor jueves de su vida.
Estaban Encarna y Rosalía; Consuelo se les uniría en cuanto acabara la ronda.
Encarna Vidal es la que más habla y la que más sabe, o la que más dice saber, que en un pueblo viene a ser lo mismo.
Tenía el periódico en la mano y lo blandía como una prueba.
—Cata, cielo, siéntate. —Me hizo sitio a golpe de codo—. Qué disgusto, hija, qué disgusto. —Lo dijo con una sonrisa de oreja a oreja, porque en Santibáñez el disgusto ajeno se lleva sonriendo—. Pero oye, una cosa te digo: qué esquela más bonita le has puesto. Esa cruz. Se nota la mano.
La cruz de mi abuela. La de Eusebio. Me tragué el nudo con un sorbo del carajillo que aún no me habían traído, o sea, con nada.
—Y qué bien puesto lo de los hijos y los nietos —siguió Encarna, dándole a la lengua—. Aunque, mira, ahí yo tengo mis dudas, porque que yo sepa Braulio no ha tenido hijos en la vida. A no ser que…
—A no ser que nada, Encarna —cortó Rosalía, que oye lo que le conviene—. Un hombre así, con tanta tierra, alguno habrá dejado por ahí.
—Que no tiene hijos, Rosalía.
—Pues por eso lo digo. —Y se quedó tan ancha, porque Rosalía tiene la habilidad de darle la razón al de enfrente y llevarse ella el último turno de palabra.
Iba a explicarles que lo de los hijos y los nietos es una fórmula, que va en todas las esquelas porque a todos les consuela pensar que no les olvidan, cuando Encarna bajó la voz de verdad, que en ella era señal de que venía lo gordo.
—Y al pobre Eusebio, hija. Que se ha muerto de verdad esta noche, el bendito, y ni una línea le has puesto.
Su nuera anda por el pueblo desde las ocho preguntando que dónde está la esquela de su suegro, que al vivo le ponéis cruz y al muerto ni los buenos días.
—Chascó la lengua—. Ya sabes cómo se pone la gente cuando cree que a uno le honran más que a otro.
Lo sabía. En Santibáñez uno puede perdonar que le suban el alquiler, pero no que a su muerto le den menos periódico que al del vecino.
Y entonces me sonó el móvil.
En la pantalla ponía «Casero». Así lo tengo guardado, sin nombre, porque a Braulio Cascales una no le pone nombre; le pone categoría.
El bar entero me vio mirar la pantalla, porque en un pueblo se nota hasta cuando a una le vibra el bolsillo.
Encarna dejó la taza a medias. Nando dejó de fingir que limpiaba.
Descolgué, porque no descolgar habría sido peor y porque una parte tonta de mí todavía esperaba que fuera para hablar del alquiler.
—Catalina.
Solo Braulio y mi madre cuando se enfadaba me han llamado Catalina. Mi madre lleva ocho años muerta y, aun así, aquella mañana la habría preferido a ella al teléfono.
—Don Braulio, ha sido un error de maqueta, se lo juro por…
—Un error de maqueta. —Lo repitió despacio, saboreándolo, como quien mastica algo que va a devolver a la cocina—.
He bajado a por el pan y la Ramona me ha dado el pésame.
A mí. En la cara, con lágrimas la muy hipócrita.
En cuarenta años esa mujer no me ha dado ni los buenos días, y hoy me llora.
¿Sabes lo que significa eso, Catalina? Que llevan todos esperándolo.
Y tú les has dado el gusto por adelantado, con desayuno y todo.
—Lo corregimos en el próximo número, don Braulio, una fe de erratas, mañana mismo…
—La fe de erratas. —Otra vez el eco. Braulio repetía las cosas para que se avergonzaran solas—.
¿Y me quieres explicar una cosa más? —Bajó la voz, que en él era mucho peor que subirla—.
«Sus hijos y sus nietos no le olvidan.» ¿Qué hijos, Catalina?
¿Me has puesto hijos? Cincuenta años defendiéndome de que me colgaran uno, cincuenta, y vas tú y me plantas una camada entera en la página diez para que la lea el pueblo.
Como me llame ahora cualquiera reclamando la herencia, te la reclamo yo a ti.
—Don Braulio…
—Voy a hablar con mi abogado, que para algo le pago.
Vas a aprender lo que cuesta enterrar a un vivo en este pueblo.
—Una pausa. Oí el clic del mechero que no llegaba a encender el puro, ese clic que Braulio hace cuando piensa—.
Pero antes voy a bajar al bar. Me voy a tomar un carajillo en la barra de Nando, bien sentado y bien vivo, y voy a mirar de uno en uno a todos esos que a estas horas están brindando por mí.
A ver quién me llora a la cara. —Y, porque Braulio siempre sabía dónde estabas aunque no te viera, añadió—: Guárdame sitio, hija, que me han dicho que andas por allí.
Colgó. Braulio también colgaba sin despedirse, igual que don Fermín, pero por el motivo contrario: don Fermín porque una despedida cuesta dinero, y Braulio porque despedirse es reconocerle al otro que uno se va, y Braulio no le concedía a nadie ni siquiera eso.
Levanté la vista. El bar entero me miraba, porque en el silencio se había oído hasta el clic del mechero.
Nando había soltado la copa de una vez. Encarna tenía la boca abierta en una pregunta que no llegó a hacer.
Nando miró la barra, miró la puerta y miró, por último, hacia la trastienda, donde debía de guardar en un cajón la denuncia de las tapas, e hizo la cuenta que hacemos todos cuando un problema que ya dábamos por enterrado se levanta y pide un carajillo.
El Paco del molino había dejado de sonreírle a su cortado.
Alguien, al fondo, recogió la chaqueta con mucha prisa y muy poco disimulo, porque una cosa es alegrarse de que se muera el casero y otra bien distinta que el casero baje en persona a comprobar quién se alegraba.
Y Rosalía, que no se había enterado de nada de la última media hora, escogió justo ese momento para levantar la taza, muy digna, y sentenciar:
—Que en paz descanse el pobre Braulio.
No tuve valor de corregirla. Solo dije, a nadie y a todos, con la voz de quien anuncia una tormenta que ya se ve venir por la vega:
—Va a venir. —Y, por si a alguien le quedaba alguna duda, porque a esas alturas de la mañana ya no quedaba clara ninguna cosa en Santibáñez del Romero—: Vivo.
El pueblo llevaba media mañana enterrando a Braulio Cascales con una alegría que nadie confesaba en voz alta. Y Braulio Cascales venía de camino al bar, con su puro sin encender y su cuaderno en el bolsillo, a pasar lista.