Una pizca de amor y un cadáver (Recetas con misterio 1)
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Capítulo 1. Magdalenas para un velatorio equivocado (rinden doce lutos)
Norma de la casa Ferrer: no se hornea con prisa ni se maqueta con sueño. Lo primero se quema. Lo segundo sale en el periódico.
Hay dos páginas de El Clarín de la Comarca que firmo yo y no debería firmarlas la misma mano.
En la siete explico, para seis comensales, cómo se hacen unas magdalenas que suban parejas y con su copete.
En la diez, tres hojas más allá, despido a los muertos de la semana.
Don Fermín lo llama versatilidad. Yo lo llamo que en un pueblo de novecientas almas uno acaba haciéndolo todo, y que hay semanas en que la receta y la esquela caen en la misma casa.
Eso último procuro no pensarlo mientras maqueto. Con el vermú se lleva mejor.
Era miércoles y pasaba de la medianoche, que es la hora a la que cierro la edición desde que el horno me come el día de sol a sol.
El Clarín sale los jueves al amanecer, en la furgoneta de reparto de siempre, y para entonces yo llevo ya cuatro horas dormida encima de la harina del día siguiente.
Así que la víspera, cuando el obrador se queda quieto y solo se oyen el frigorífico y una servidora, saco el ordenador viejo, me sirvo un vermú con su rodaja y su aceituna —dos, si la semana ha sido de las de subir el alquiler— y coloco a los vivos y a los muertos en sus cuadraditos.
Es un trabajo tranquilo. Los muertos no protestan por la foto y los vivos, mientras salgan en la sección de bodas, tampoco.
A esas horas soy la última luz encendida de la calle Mayor.
Huele a lo que se ha horneado durante el día y a lo que se horneará mañana, que en un obrador viene a ser el mismo olor, y una acaba tomándole cariño a esa compañía de harina y penumbra.
No es soledad. Es que en Santibáñez, de noche, no queda nadie a quien darle conversación salvo el frigorífico, y el frigorífico es mal conversador pero buen oyente.
Lo de las esquelas vino después, hace tres años, cuando El Clarín se quedó sin la mitad de la redacción y don Fermín me ofreció la página de recetas por cuatro duros.
Le dije que sí porque el alquiler no se paga con buena voluntad.
A la semana me ofreció también las esquelas, por otros cuatro, y me lo vendió como si me hiciera un favor: «Total, hija, ya vas a estar en el pueblo enterándote de quién se muere; escríbelo y de paso cobras».
Así funciona Santibáñez. Aquí el luto y el negocio comparten mesa, y nadie lo encuentra raro salvo la gente que viene de fuera, que dura poco.
El teléfono sonó a la una menos cuarto. En este pueblo, a esa hora solo se llama para dar una mala noticia o para pedirte que la publiques. Era don Fermín.
—Cata, hija, se nos ha ido Eusebio.
Don Fermín tiene sesenta y seis años y una funeraria emocional en el pecho: se le muere un vecino y, en el mismo latido, se le encienden la pena por el hombre y la portada del jueves. Las dos cosas son sinceras a la vez. Ese es su misterio y yo he dejado de intentar resolverlo.
—¿Cuándo? —pregunté, buscando ya el ratón.
—Hará una hora. Se ha ido en paz, el pobre, que ya le tocaba.
—Una pausa de respeto, reglamentaria, tres segundos, ni uno más—.
Métele la esquela para mañana, que la tengo redactada desde el invierno.
Está en la carpeta. Y ponle una cruz bonita de las tuyas, que al Clarín le viene de perlas un difunto de los de toda la vida. Sube el número.
—Sube el número —repetí.
—Sube muchísimo. Buenas noches, hija.
Y colgó como cuelga siempre, sin esperar respuesta, porque para don Fermín las despedidas se pagan aparte y en la página diez.
Eusebio Prados tenía noventa y un años y llevaba setenta comprándome, y comprándole a mi madre antes que a mí, la misma barra de cuarto y una magdalena para mojar en el café con leche del bar.
Nunca dos. Nunca ninguna. La gente que compra siempre lo mismo es la que más se echa de menos, porque su hueco tiene una forma exacta y no hay con qué rellenarlo.
Le tenía ley. Merecía una esquela de las buenas, de las que se leen despacio, con la cruz de mi abuela y su punto de verdad.
Habría que explicar lo de la carpeta, porque a la gente de ciudad le parece siniestro y a nosotros nos parece de cajón.
En un semanario de pueblo, cuando alguien se muere un miércoles a medianoche, no da tiempo a escribirle una esquela decente para el jueves al alba.
Así que don Fermín, hombre precavido, lleva años teniendo las esquelas hechas de antemano.
Las de los mayores, las de los delicados del corazón, las de esos que un domingo por la tarde ya no bajan al bar.
Los llama, con una ternura que no sé de dónde saca, «los previstos».
Tiene un cajón entero. Yo maqueto de ese cajón como quien reparte una baraja que se sabe marcada: conozco de sobra a quién le va a tocar la carta antes de que le toque.
Es un cajón que impone abrir, y no por miedo, sino porque ahí dentro están todos los que van a faltar y la mayoría ni lo sospecha: bajan al bar, discuten de fútbol, le suben a una el alquiler, y mientras tanto llevan la esquela escrita esperándolos en un ordenador viejo.
Nadie en este pueblo sabe lo cerca que tiene su propio cuadradito. Yo sí. Gajes del oficio.
Abrí la carpeta de los previstos en la pantalla y ahí estaban todos, en fila, esperando su turno con la paciencia de los que no saben que esperan. Eusebio Prados. Y dos nombres más arriba, porque don Fermín los ordena por edad y no por afecto, Braulio Cascales.
Braulio Cascales tiene setenta y un años, medio término municipal, la casona de la plaza y el local en el que yo estaba sentada en ese preciso instante, maquetando su muerte por si acaso.
Es mi casero. Es el casero de casi todo el mundo.
Cada primero de mes sube por la calle con el puro sin encender, entra en el horno sin quitarse el sombrero, me llama «hija» y me sube el alquiler treinta euros con la misma sonrisa con la que le compra los pastos a la Bego.
Braulio no amenaza. Braulio te da los buenos días de una manera que ya es una amenaza.
Que tuviera la esquela escrita y guardada, esperando su turno como todos, me pareció aquella noche lo único justo que le había pasado a ese hombre en la vida.
La última vez que había subido, el primero de julio, se plantó en el mostrador mientras yo sacaba una hornada, paseó la mirada por el local de arriba abajo como quien tasa una finca ajena y dijo:
—Bonito lo tienes, hija. —Olió el aire, el pan recién hecho—. Da pena que suba tanto todo, ¿verdad? La luz. La harina. El alquiler.
—El alquiler lo sube usted, don Braulio.
—Yo no subo nada, mujer. Lo sube la vida.
Yo solo tomo nota. —Y dejó los treinta euros de más encima del mostrador, boca abajo, como si el favor se lo estuviera haciendo yo a él.
Se marchó con el puro sin encender antes de que a mí se me ocurriera una respuesta digna.
Nunca se me ocurría a tiempo. Ese era su don: te dejaba rumiando la contestación perfecta durante tres días, y para cuando la tenías, ya te había subido otra cosa.
Cerré la carpeta. O creí que la cerraba.
Me serví el segundo vermú, que a esas horas ya no es un gusto sino una herramienta de trabajo, y maqueté la página diez como la maqueto siempre: la cruz de cabecera, el cuadradito, el nombre en negrita, la fecha, «sus hijos y nietos no le olvidan», que vale para todos porque todos tienen hijos y nietos y a todos les consuela pensar que no les olvidan.
Arrastré el módulo del difunto a su sitio.
Le puse la cruz bonita, la de mi abuela, la que reservo para los de toda la vida.
Repasé que no hubiera ni una errata, porque una errata en una esquela es lo único que este pueblo no perdona: puedes equivocarte con el precio del cordero, no con el nombre de un muerto.
Estaba todo. Magdalenas de velatorio en la siete, el difunto en la diez. A la una y veinte de la madrugada de un jueves, con dos vermús de cimiento y los ojos calientes de sueño, le di a enviar a imprenta.
La furgoneta recoge la tirada a las cinco.
A las cinco y cuarto El Clarín va camino de los buzones, del estanco, del bar y de la panadería —la otra, la del pan malo—, y no hay marcha atrás una vez le has dado a enviar; la máquina de don Fermín es vieja, orgullosa y no entiende de arrepentimientos.
Pero eso, a la una y veinte, no me quitaba el sueño, porque yo había hecho mi trabajo.
Me fui a fregar el vaso con esa paz pequeña del deber cumplido, que dura, según mi experiencia, exactamente lo que uno tarda en darse cuenta de lo que ha hecho.
Fue al recoger. Fui a apartar la carpeta para guardarla en el cajón y vi, en una esquina de la pantalla, todavía abierto, un módulo. Un cuadradito con su cruz y su nombre en negrita, sin arrastrar, sin colocar, esperando. Eusebio Prados.
Eusebio Prados seguía en la carpeta.
Hay un instante, entre que entiendes una cosa y que te la crees, en que el cuerpo va por delante de la cabeza.
A mí se me quedaron las manos paradas sobre el trapo antes de que el resto aceptara nada.
Miré la página diez. Miré el nombre en negrita que había arrastrado, colocado y repasado con el celo de una correctora, adornado con la cruz de mi abuela y mandado a una máquina que no perdona.
Braulio Cascales.
No Eusebio. Braulio. Le había puesto la fecha de mañana, la cruz de las buenas y «sus hijos y nietos no le olvidan» —y Braulio no tiene hijos, solo una sobrina en Madrid y un cuaderno—, y lo había enviado, casa por casa, a todos los buzones de Santibáñez del Romero.
Acababa de matar, en primera plana y para la hora del café, al dueño de medio pueblo. Incluido el suelo que yo pisaba.
En los segundos siguientes se me ordenó en la cabeza, con una claridad que ya me habría gustado tener en momentos mejores, todo lo que venía detrás.
Braulio leyéndose muerto con el café con leche.
Braulio subiendo por la calle, muy vivo y muy colorado, con el periódico enrollado en el puño.
La palabra «demanda», que a él le gustaba casi tanto como el puro.
El local. El alquiler, que a partir del jueves ya no subiría treinta euros, sino lo que a él le viniera en gana, porque a un casero al que has enterrado en la prensa lo tienes en contra el resto de sus días, que ahora prometían ser muchos y rencorosos.
Y, en algún rincón, la familia de Eusebio Prados —difunto de verdad, muerto de ley esa misma noche— preguntándose por qué su padre no salía en el periódico y salía en su lugar, tan campante, un hombre que a esa hora dormía a pierna suelta.
Cogí el móvil. Lo solté. ¿A quién iba a llamar, a la furgoneta, al amanecer, a Dios?
Eran casi las dos. La tirada estaba impresa, atada en fajos y esperando en la nave del Clarín a que saliera el sol para ir a contarle a Braulio Cascales, puerta por puerta, que se había muerto.
Y lo que me tuvo despierta hasta que entró la luz por el tragaluz del obrador no fue haberlo matado.
A ese hombre lo había enterrado media comarca en el pensamiento más de una vez; yo solo lo había hecho oficial.
Lo que me tuvo despierta fue imaginarme la cara que iba a poner él al leerlo.