Una pareja perfecta 69
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AMANDA DAVIS

—Lo siento mucho, Paul…

Hay tantas cosas que me gustaría decirte en este momento, cuando estamos a punto de separarnos durante una temporada. Ojalá nos dieran el tiempo que necesito para contarte la historia de aquel día.

El día en que murió Marisol Sosa.

No querías saber nada de ella cuando llegué a casa esa noche, abrumada por el dolor, la impotencia y la culpa. Seguías enfadado y callado después de nuestra discusión.

Esa misma mañana, antes de ir al trabajo, te había pedido una vez más el divorcio y tú, como de costumbre, me habías respondido con amenazas rápidas y brutales.

—Nadie va a quitarme a mi hijo —me habías dicho, aunque yo no tenía ninguna intención de alejarte de Tristan. Quiero demasiado a mi hijo como para verlo crecer sin su padre.

Esa noche, me dijiste que me aguantara y me tomara un copazo, como hace todo el mundo cuando tiene un día de mierda.

Esas fueron tus palabras. Me dijiste que estabas harto de mis dramas, de que me llevara a casa todas las tragedias del hospital.

Todavía recuerdo las lágrimas amargas que lloré, hasta que gritaste:

—¡Deja de contarme todas estas mierdas!

Y así lo hice. Nunca más te volví a mencionar a Marisol Sosa.

Pero ahora siento que debo hacerlo.

Tenía diecisiete años, una chica que eligió el día equivocado para reunirse con sus amigos en el centro comercial y pasar por debajo de un andamio al salir.

Una chica guapa con hoyuelos en las mejillas cuando sonreía y pelo largo y ondulado de color castaño.

Una bailarina de ballet ambiciosa y una estudiante excelente.

Su madre me enseñó cómo era Marisol, quién era.

Cuando la vi llegar en la camilla, no se parecía en nada a eso.

Fue momentos después de que el tono estridente de la ambulancia sonara en mis oídos e interrumpiese mi reposición de los carros de paradas, mi rutina matutina.

Estaba junto al doctor Grant cuando la camilla irrumpió por las puertas de urgencias.

Los técnicos de emergencias sanitarias se movían deprisa, gritando unos sobre otros con tonos tensos y urgentes.

—Marisol Sosa, diecisiete años, derrumbe de un andamio en una obra cuando salía del centro comercial. Traumatismo cervical, sospecha de lesión medular, parálisis en todas las extremidades. Quemaduras en más del cuarenta por ciento del cuerpo, de segundo y tercer grado.

El doctor Grant asintió con brusquedad, evaluándola.

—¿Tensión arterial?

—70/40. Apenas se mantiene —respondió el técnico de emergencias—. Pulso filiforme a ciento treinta. Saturando al ochenta y cuatro por ciento. Le cuesta respirar. La hemos ventilado con ambú brevemente durante el traslado, pero oxigenaba un poco mejor sola.

Ya me estaba moviendo, colocándome los guantes mientras me posicionaba junto al doctor Grant, empujando la camilla hacia el box de traumatología tres.

—¿Mecanismo lesional? —preguntó él.

—Derrame de disolvente —respondió el técnico—. Se incendió por el cableado eléctrico expuesto del andamio caído. Quedó atrapada bajo una sección de metal mientras el fuego se propagaba.

—Marisol —dijo el doctor Grant, inclinándose sobre ella—, ¿me oyes?

Abrió los párpados, pero el terror en sus ojos era inconfundible. Separó los labios como para hablar, pero no salió ningún sonido, solo un leve silbido. Su respiración era superficial, rápida y entrecortada.

—Estamos contigo —le dije con suavidad, inclinándome hacia su oído—. Ahora estás a salvo. Te vamos a ayudar.

La transferimos de la camilla a la cama de traumatología.

Su cuerpo estaba sorprendentemente inmóvil, excepto por sus ojos desesperados y su boca abierta.

Su piel estaba manchada y en carne viva, con zonas de tejido carbonizado en el cuello, los brazos y el torso.

El olor a carne quemada flotaba en el aire, acre y metálico, penetrando en mi nariz y negándose a desaparecer.

—Collarín colocado —gritó alguien.

—Vamos a girarla —ordenó el doctor Grant—. Precauciones espinales: uno, dos, tres.

La giramos con cuidado, revelando el alcance total de las quemaduras. El equipo se detuvo durante medio segundo, atónito. Luego, volvimos a movernos.

—Quiero una vía central —dijo el doctor Grant, extendiendo la mano hacia el equipo de intravenosos. Su voz vaciló por un momento, pero siguió adelante—. Necesitamos líquidos ya, Ringer a chorro.

—Las constantes vitales están cayendo —advirtió una enfermera con tono urgente—. La tensión arterial está bajando. Sesenta por palpación.

—Administrad dos de epinefrina —ordenó el doctor Grant—. Y quiero radiografías ya: columna cervical y tórax. Pedid un TAC, pero dudo que esté lo bastante estable como para llegar hasta allí.

Los monitores pitaban sin cesar mientras la sala se convertía en una sinfonía de caos controlado. Me concentré en mis manos, trabajando en la vía intravenosa mientras el sudor perlaba mi frente.

En cuanto introduje la aguja, di un paso atrás, tratando de alejar un pensamiento inquietante.

«Es la hija de alguien. Y no hay forma de que…».

—Sunny, pide a alguien que localice a su madre, rápido. No sé cuánto tiempo… —Me atraganté con mis propias palabras, mientras el doctor Grant me lanzaba una rápida mirada seguida de un gesto de asentimiento.

—El equipo de quemados está en camino —dijo alguien, pero apenas lo registré.

—Está tetrapléjica —murmuró el doctor Grant con voz tensa—. Con este nivel de lesión medular, no hay posibilidad de que recupere ninguna función. Tendremos que intubarla.

—Apenas tiene perfusión —advirtió otra enfermera—. Tiene las extremidades frías.

Se me hizo un nudo en la garganta al contemplar su rostro.

Ahora tenía los ojos cerrados, con las pestañas pegadas por el hollín y el sudor.

Era joven, demasiado joven. Sus rasgos, aunque hinchados y magullados, eran delicados, casi como los de una muñeca.

No podía dejar de preguntarme cómo sería antes de todo esto.

Qué tipo de vida habría tenido. Qué tipo de sueños habría perseguido.

—Hemos localizado a la madre —dijo una de las enfermeras en voz baja—. Viene para acá. Llegará en cualquier momento.

«Vaya, qué rápido. Demasiado».

—¿De dónde viene?

—Del tercer piso. De la sala de oncología —respondió la enfermera con mirada seria.

« Dios mío » .

Miré al doctor Grant y él asintió.

—Estabilicémosla lo mejor que podamos. Amanda, vamos a hacer otra gasometría, ya.

—Sí, doctor. —Mi voz sonaba más firme de lo que me sentía, luchando por contener las lágrimas. Mis manos se movían automáticamente, extrayendo sangre, comprobando las vías, ajustando los parámetros. Pero mi mente daba vueltas.

Los minutos pasaban como horas. A pesar de todas las intervenciones, las constantes vitales de Marisol seguían bajando. La radiografía confirmó la fractura cervical de C5-C6, con una compresión significativa de la médula y una posible sección parcial. No iba a sobrevivir.

Estaba de pie junto a la cama cuando llegó su madre. El rostro de la mujer se descompuso en cuanto vio a Marisol. Sus rodillas se doblaron y se desplomó en una silla, agarrándose el pecho. Era delgada y pálida, con la cabeza calva envuelta en un turbante improvisado.

—No —susurró con voz quebrada—. No, no, no. Mi niña… Dios mío…

—Señora Sosa —dijo el doctor Grant con delicadeza, pero ella negó con la cabeza, con las lágrimas corriendo por su rostro.

Me acerqué y me agaché a su altura.

—Señora Sosa —le dije en voz baja—, estamos haciendo todo lo posible, pero sus lesiones son muy graves.

Me miró con ojos vacíos.

—¿Está sufriendo? —preguntó con voz temblorosa.

—No —le aseguré—. Está sedada y le hemos administrado analgésicos. No siente nada. Pero…

Las palabras me parecieron una mentira, aunque no lo eran. Pensé en las quemaduras en el cuello y las mejillas de Marisol, en las zonas situadas por encima de la lesión medular. Debía haberlas sentido, al menos durante unos agonizantes minutos. Pero no podía decírselo a su madre.

Apenas estaba presente mientras el doctor Grant le explicaba a Esperanza lo que le había sucedido a su hija.

Ella escuchó y luego besó la frente de su hija, sus labios delgados y pálidos permanecieron un momento sobre la piel de la muchacha.

Le acarició el cabello con una mano temblorosa. Luego, me miró a los ojos.

—Déjenla ir. —Volvió sus ojos llorosos hacia el doctor Grant—. Por favor, déjenla ir. No la hagan sufrir más.

Los ojos del doctor Grant buscaron los de ella.

—¿Retira el consentimiento para tratar a su hija? —preguntó con delicadeza—. ¿Nos está pidiendo que suspendamos las medidas para prolongarle la vida?

—Lo que sea necesario para que mi niña se vaya sin dolor. —Sollozó con fuerza, jadeando en busca de aire, con los hombros delgados y demacrados agitándose—. Esto no es vida.

Yo estaba en la sala cuando apagaron las máquinas, cuando el respirador exhaló su último aliento. Sostuve la mano de la señora Sosa mientras el pecho de Marisol se elevaba y descendía una vez más.

Todo terminó en segundos. Demasiado rápido, pero con una lentitud dolorosa.

Después, conmocionada hasta lo más profundo de mi ser, ayudé a limpiar la sala, borrando los rastros de sangre, cenizas y desesperación. Mis manos temblaban mientras trabajaba, pero no paré. No podía parar.

Esa noche, llegué a casa destrozada, necesitándote, Paul, aunque ya no quisiera admitirlo, ni siquiera ante mí misma. Fuiste despiadado conmigo, inhumano, brutal y cruel. Lloré hasta quedarme dormida, con el olor de la carne quemada de Marisol aún persiguiéndome.

Al día siguiente, Esperanza Sosa vino a verme. Estaba tranquila, con los ojos secos y el rostro impasible… Con ese tipo de impasibilidad que tienen las personas cuando han tomado una decisión.

—¿Me concede un minuto? —me preguntó educadamente.

Pasamos un rato en la cafetería. Me enseñó fotos de su hija de pequeña, lo guapa que era, lo feliz y serena.

Bailando El lago de los cisnes a los diez años.

Soplando las velas de su tarta de cumpleaños cuando cumplió doce años.

De la mano de un chico larguirucho, vestida como una princesa, yendo al baile de graduación de secundaria unos meses antes de su accidente.

En mi mente, todavía la veía jadeando en busca de aire, gritando en silencio, con los ojos muy abiertos por la conmoción, con el pelo pegado por el sudor y la sangre en la almohada del hospital. Como si esa realidad hubiera sustituido todo lo que ella había sido, borrándolo de la realidad.

—Necesito su ayuda —susurró Esperanza, guardando el teléfono en su bolsillo. Se inclinó sobre la mesa y me apretó la mano con sus frágiles y fríos dedos.

Puse la mano sobre la suya.

—Usted dirá.

Permaneció en silencio durante un rato, los ruidos de la cafetería a nuestro alrededor se desvanecieron en la distancia, como si nos hubieran transportado a otro lugar.

—Quiero morir —dijo al fin—. ¿Puede ayudarme a que sea indoloro? —Me miró a los ojos—. He sufrido suficiente dolor en esta vida.

—Señora Sosa, yo…

—Mi lugar está con mi hija —susurró—. ¿Es usted madre?

Se me secó la garganta al intentar responder. Lo único que pude hacer fue asentir con la cabeza.

—Entonces, me entiende. —Hizo una pausa y miró por la ventana el intenso tráfico—.

Quiero que me enseñe a morir. ¿A dónde debo ir?

Podría tirarme delante de un coche. —Me apretó la mano, suplicándome con su mirada inquietante—.

No pasa nada. De todos modos, me estoy muriendo y mi niña ya se ha ido. Me está esperando.

En ese momento recibí un mensaje tuyo que decía: «Si te molestas en salir del fango diario de la miseria humana, tienes que colaborar con los organizadores de la gala benéfica esta noche. Encárgate de que así sea».

Tu mensaje me golpeó como un puñetazo. Despiadado y cruel, como habías sido conmigo últimamente, desde que te pedí el divorcio.

Tu mensaje me recordó la gala benéfica que había aceptado organizar contigo, una vez más.

De regreso, tú conducirías por Malibu Canyon Road a ciento diez kilómetros por hora, probablemente ebrio.

Y entonces le pregunté a esa madre afligida y desconsolada, como en un sueño:

—¿Y si le dijera una hora y un lugar en los que un vehículo se le acercaría a gran velocidad? ¿Y donde yo estaría para ayudarla?

Todavía recuerdo las lágrimas de gratitud que brotaron de sus ojos cuando me dio las gracias.

Para que quede claro, mi querido Paul, yo no quería que te condenaran a prisión.

No quería que Tristan creciera sin ti. Pensé que eso te haría más humilde.

Que te debilitaría lo suficiente como para que me dejaras marchar.

Cuando llegué a casa esa noche, estaba a punto de cancelarlo todo, si tan solo me hubieras abrazado.

Si tan solo me hubieras escuchado hablar de Marisol y de cómo su muerte me había destrozado.

Pero no me abrazaste.

Luego, la noche de la gala benéfica, te pedí una y otra vez que me dejaras conducir. Si lo hubieras hecho, ahora las cosas serían muy diferentes. Pero fuiste tan terco y temerario como siempre.

Le envié un mensaje a Esperanza desde un teléfono desechable unos momentos después de salir de la fiesta.

No tenía ni idea de si ella todavía iba a hacerlo o no.

Lo único que había hecho era prometerle que estaría junto a ella en sus últimos momentos, asegurándome de que no sufriera. El resto dependía de ella.

Y de ti.

¿Por qué?

Porque eres muy predecible, Paul. Sabía que esa noche beberías y que te negarías a dejarme conducir.

Sabía que siempre acelerabas en ese tramo de carretera del bosque.

Y sabía que a esa hora de la noche estaría desierto.

Lo único que quería era que aprendieras una lección de humildad y, al mismo tiempo, que Esperanza encontrara por fin la paz, la libertad de su sufrimiento.

Podrías haber hecho lo correcto y haber llamado a la policía.

Podrías haber asumido tus errores y haber aprendido una amarga lección sin tener que ir a la cárcel.

Esperanza era suicida. Con su hija fallecida un par de días antes y su cáncer matándola poco a poco, tú te habrías librado, incluso con un poco de alcohol en tu organismo.

Esa noche, llevé conmigo algo para darte y reducir la absorción de alcohol, por si acaso hacías esa llamada.

Probablemente te habría situado dentro de los límites legales.

En cambio, te volviste contra mí…, tu esposa, la madre de tu hijo.

Me amenazaste de muerte, allí mismo, en el bosque empapado por la lluvia, con el cuerpo de Esperanza a nuestros pies.

Por eso decidí ayudarte a enterrarte a ti mismo.

El violador fue un giro inesperado del destino y me enseñó una lección.

Pero tú, mi querido futuro ex, vas a aprender la tuya de la manera más lenta y dura.

Ojalá pudiera contártelo todo, pero solo me dan tiempo para unas pocas palabras. Haré que valgan la pena.

Me acerco a su oído y le susurro:

—Lo siento mucho, Paul… Pero nadie va a quitarme a mi hijo, cariño. Métete eso en la cabeza.