Una pareja perfecta 68
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PAUL DAVIS

—Señoras y señores del jurado, ¿han llegado a un veredicto?

La pregunta del juez me revuelve el estómago y me pone los nervios de punta. Llevo casi todo el día esperando en los pasillos del juzgado a que terminen de deliberar. Naomi cree que es una buena señal, aunque se apresura a añadir que con los jurados nunca se sabe. Menudo consuelo.

Debería haber elegido a uno de los viejos tiburones, no a esta mujer.

Podría haber sido más dura con mi mujer.

Debería haberla crucificado en el estrado.

Haberla hecho pedazos. Un abogado de la Ivy League lo habría hecho.

En cambio, fue escrupulosa con los procedimientos y solemne, y casi elegante en la forma en que presentó el caso y su alegato final.

Una forma excelente de perder un juicio.

Joder.

Pero estoy seguro de que el jurado no se habrá dejado engañar por nada de eso y emitirá un veredicto de inocencia. Si alguien decide ponerse delante de tu vehículo, no deberías ir a la cárcel por ello.

Qué puto desastre.

Contengo la respiración mientras el alguacil lleva un papel doblado de la presidenta del jurado al juez.

No me gusta lo que veo en las caras de los miembros del jurado.

Desprecio, curiosidad, incluso burla. Esperaba empatía o camaradería, o incluso que se sintieran un poco deslumbrados, lo suficiente como para absolverme.

La presidenta del jurado, una mujer con obesidad mórbida, se levanta con dificultad, sujetándose a la barandilla para mantener el equilibrio.

—Sí, señoría.

El juez despliega el papel y lo lee rápidamente, con las gafas apoyadas en la punta de la nariz.

—¿Cuál es su veredicto respecto del acusado, Paul Davis?

Ella mira su cuaderno, entrecerrando un poco los ojos. Probablemente sea demasiado vanidosa para llevar gafas. Debe pensar que, por lo demás, es un buen partido.

—En el caso del pueblo del estado de California contra Paul Davis, nosotros, el jurado, dictaminamos lo siguiente. —Hace una pausa y mira al público—. Por el cargo de homicidio involuntario con vehículo, declaramos al acusado inocente.

Exhalo con fuerza. Es una buena señal, pero aún no estoy libre de culpa.

—Por el cargo de conducir bajo los efectos del alcohol, declaramos al acusado inocente.

Otro suspiro rápido y liberador, pero tengo las manos frías y pegajosas, y siento cómo el sudor me corre por la espalda.

En cierto modo, ya me esperaba esa parte.

Naomi dijo que no podrían demostrar el nivel de embriaguez basándose solo en los testimonios.

Le lanzo una rápida mirada y decido que, si me libra del castigo, la llevaré a las Bahamas un fin de semana y la follaré hasta que no pueda andar. Sé que lo desea.

La presidenta me lanza una mirada rápida que me hiela.

—Por el cargo de obstrucción a la justicia por ocultar pruebas y manipular el vehículo para impedir la investigación, declaramos al acusado culpable.

Ahogo un grito.

—¿Cómo? —pregunto, incapaz de entenderlo.

Mi abogada me pone la mano en el antebrazo.

—Cállese, señor Davis.

La presidenta continúa después de lanzarme otra mirada escalofriante:

—Por el delito grave de atropello causante de muerte y el abandono del lugar del accidente, declaramos al acusado culpable.

—Gracias, miembros del jurado, por su servicio y su cuidadosa consideración de las pruebas de este caso —dice el juez—.

Señor Davis, el jurado ha emitido su veredicto.

La vista de sentencia en la presente causa queda señalada para el día 14 de octubre, momento en el que el tribunal determinará las penas que correspondan conforme a la ley.

Mientras tanto, permanecerá bajo custodia.

El mazo golpea la mesa con fuerza. La cabeza me da vueltas. Esto no puede estar pasando. Jadeando en busca de aire, me giro para mirar a mi abogada.

—¿Qué va a ocurrir?

—Presentaremos un recurso de apelación —contesta, dándome una palmada en el hombro para animarme—.

No se preocupe, señor Davis, lo arreglaremos.

Hemos evitado el homicidio involuntario con vehículo y la conducción bajo los efectos del alcohol.

Ya es algo. Solicitaremos clemencia en la fase de imposición de la pena y presentaremos un recurso de apelación.

La miro, todavía aturdido. No puedo creerlo. Dos agentes judiciales se acercan a mí y siento un impulso repentino de salir corriendo. Al otro lado de la sala, el inspector Jazinski me mira fijamente, con una sonrisa en los labios.

Joder… Me cago en todo… No puedo ir a la cárcel. No puedo.

Uno de los agentes judiciales me agarra con firmeza por el codo.

—Vamos.

No tengo otra opción. De camino a la salida, los flashes de las cámaras me ciegan. Seré la noticia principal de mañana.

—Un momento, por favor —dice Amanda, corriendo hacia mí. Mira a los agentes judiciales con los ojos secos y firmes—. ¿Me dan unos segundos para despedirme?

¿Qué narices quiere de mí? ¿No ha hecho ya suficiente?

Los dos hombres se miran y uno de ellos dice:

—Que sea rápido.

Ella tiene el coraje de rodearme el cuello con los brazos y susurrarme al oído unas palabras que apenas puedo oír.

—Lo siento mucho, Paul…