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AMANDA DAVIS
Cuatro meses después
El aire es denso en la sala del tribunal.
Finas partículas de polvo bailan en el haz de luz que proviene de la lámpara del estrado del juez.
Es un hombre intimidante de al menos sesenta años, encorvado y con sobrepeso, y probablemente con dolor de espalda.
De su dirección llega un leve olor a Voltadol Forte.
Cada pocos minutos, se mueve en su asiento, a todas luces incómodo.
Lo veo con claridad desde el estrado de los testigos.
En fin, esta terrible experiencia pronto terminará. Soy una de las últimas testigos en subir al estrado.
Miro hacia la zona del público, donde Tristan está sentado junto a papá.
Mi pequeño está pálido, demacrado, y sé que ha estado llorando toda la noche.
Sigue sin hablarme, aunque papá le susurre al oído, probablemente ofreciéndole las mismas palabras de ánimo que recuerdo que me decía a mí cuando tenía su edad y estaba desconsolada por la muerte de mamá.
Pero mi hijo sigue sin mirarme. No deja de mirar a su padre, con los ojos brillantes por las lágrimas. Está aquí por él, no por mí.
Paul está sentado en la mesa del acusado, vestido con uno de sus trajes gris oscuro.
Casi no lo reconozco. No ha vivido en casa desde que salió bajo fianza.
Siguió el consejo de su abogada y se mantuvo alejado de mí, y yo no he derramado ni una lágrima por ello.
Ha pasado por la escuela de Tristan un par de veces, pero no ha montado ninguna escena. Su abogada lo tiene bien controlado.
Nuestras miradas se cruzan. Es como si mirase a los ojos a un extraño. No muestra odio ni su habitual arrogancia. Tiene miedo y trata de ocultarlo. Me suplica sin decir una palabra.
El mazo del juez impone el orden en la sala y mis pensamientos vuelven a los primeros días de nuestra relación.
Cuando estábamos tan enamorados que todo parecía posible, incluido nuestro propio y especial «felices para siempre».
Y ahora, preparándome para testificar contra él, acabo de jurar decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, con la esperanza de poder hacerlo. Depende de las preguntas que me hagan.
La fiscal es una mujer alta y huesuda, con la piel como pergamino y el pelo rubio pajizo cortado recto a la altura de los hombros.
Lleva tacones y un traje que se ajusta a su figura.
Sus zapatos repiquetean sobre el suelo cuando se acerca a mí.
Me preparo, cruzando las manos en mi regazo.
He oído rumores sobre lo que es capaz de hacer.
—Señora Davis, describa con sus propias palabras lo que ocurrió la noche del accidente.
Trago saliva con dificultad. Tengo la garganta seca como el papel de lija y el pecho oprimido bajo el peso de cien ojos clavados en mí.
La mirada de Paul desde la mesa de la defensa se intensifica.
Puedo sentir cómo me anima a decir lo correcto…
, lo que tenga más probabilidades de conseguirle la absolución.
—Volvíamos a casa después de la gala benéfica —comienzo, con la voz algo temblorosa—.
Era tarde, pasada la medianoche. La carretera serpenteaba en la oscuridad.
Había empezado a lloviznar, solo una ligera neblina, en realidad.
—Mis ojos se dirigen un momento hacia Paul.
Su expresión es indescifrable, mantiene la mandíbula apretada—.
Ella… Ella se puso justo delante del coche.
—¿A quién se refiere con «ella», señora Davis?
—A la víctima —digo con voz quebrada—. Esperanza Sosa.
—Describa lo que sucedió ante el tribunal.
—Apareció de la nada —digo, con las palabras saliéndome demasiado rápido—. Se metió en la carretera… como si estuviera esperando algo. Fue… deliberado.
—¿Qué quiere decir?
—Se puso delante del coche justo antes de que la atropellara. El sistema anticolisión del coche no tuvo tiempo de reaccionar.
—En su opinión, ¿ella estaba esperando un coche? —insiste la fiscal, levantando las cejas.
—Sí —susurro—. Un coche a gran velocidad.
—¿Quién conducía, señora Davis?
—Mi marido, Paul Davis.
—¿El acusado? —pregunta, señalando a Paul.
Detesto estos gestos teatrales, pero a la gente le encantan. Se podría oír caer un alfiler. Todo el mundo contiene la respiración, incluidos los miembros del jurado.
—Sí.
—¿Conducía su marido con exceso de velocidad, señora Davis?
—No estoy segura. Estaba cansada y no iba mirando el velocímetro. Nunca me fijo.
—¿Iba rápido?
Dudo un momento.
—Sí.
—El límite en ese tramo de carretera es de cincuenta kilómetros por hora. ¿Es posible que fuera a ciento diez?
—Como he dicho, no estoy segura.
Desde la segunda fila, el inspector Jazinski frunce el ceño y me mira con dureza.
La fiscal camina despacio, con los tacones resonando contra el suelo.
—¿Ciento diez kilómetros por hora, en la oscuridad, en una carretera llena de curvas?
Me encojo de hombros.
—No estoy segura.
—Protesto —dice el abogado defensor—. Pregunta ya respondida.
—Se acepta —dictamina el juez, moviéndose en su asiento y haciendo una mueca de dolor—. Continúe, letrada.
La mirada penetrante de la fiscal me atraviesa.
—¿La reconoció en el lugar de los hechos?
—No —respondo, negando con la cabeza con firmeza—. Ella estaba… —Mis palabras se entrecortan. Miro al jurado, cuyos rostros reflejan una mezcla de lástima y escrutinio—. Estaba irreconocible.
—Como enfermera, ¿le tomó el pulso o intentó pedir ayuda?
—Sí. Había muerto en el acto. En retrospectiva, a esa velocidad, y sabiendo lo que sé ahora sobre el estado de su cuerpo tras tres rondas de quimioterapia y un cáncer agresivo en fase terminal, no es de extrañar.
—¿Estaba su marido ebrio esa noche?
Mis ojos se encuentran con los de Paul. Dudo, sabiendo que no podrán demostrar su nivel de embriaguez sin un testimonio corroborado. Eso fue lo que dijo mi abogado. Estoy tentada de decir la verdad, pero veo los ojos de Tristan y vacilo.
—No.
—Hoy hemos escuchado aquí testimonios de que Paul Davis tomó varias copas en el evento. ¿Es eso cierto?
—No puedo corroborar un testimonio que no he escuchado. Puedo decirle que mi marido tomó un par de copas en mi presencia. Eso es todo lo que puedo confirmar.
Oigo el gemido de frustración de Jazinski desde el estrado de los testigos. No me perturba.
La fiscal entrecierra los ojos.
—Aclaremos esto. Hemos escuchado a los testigos y hemos visto pruebas en vídeo de que el señor Davis consumió al menos cinco chupitos de licor y dos cervezas a lo largo de la noche. ¿Es eso correcto?
—Protesto —reacciona Naomi Hedman—. Ya se ha respondido.
—Retiro la pregunta. —La fiscal se pasea despacio de un lado a otro durante un momento—. Señora Davis, ¿conocía personalmente a la señora Sosa?
La pregunta me sacude. Se me oprime el pecho y me agarro a la barandilla del estrado.
—No —respondo demasiado rápido—. No la conocía.
—¿Sabe que la hija de la víctima, Marisol Sosa, murió bajo su cuidado?
La sala se estremece y todos contienen el aliento al unísono. Los miembros del jurado estiran el cuello para mirarme mientras yo siento que no puedo respirar.
—¡Protesto, señoría! —La voz de Naomi Hedman está tan conmocionada como la mía—. ¿Relevancia?
—Lo diré con otras palabras —propone rápidamente la fiscal. Se acerca, con la mirada implacable—. ¿Tiene alguna opinión sobre la coincidencia de que ella se pusiera delante del coche de su marido en concreto? ¿La madre de una antigua paciente que murió bajo su cuidado?
—No —respondo, negando con la cabeza con vehemencia—. Ninguna. Es mera coincidencia. Marisol Sosa falleció a consecuencia de sus lesiones a las dos horas de su llegada a urgencias. Ocurrió unas semanas antes de esa noche. Todo un equipo de médicos y enfermeros trabajamos en su caso, no solo yo.
—¿Y no recuerda haber conocido a su madre, Esperanza Sosa?
—No, lo siento —respondo, consciente de que mi voz se quiebra—. No la recuerdo.
La fiscal me observa durante un largo y tenso momento, y luego da un paso atrás.
Echa un vistazo a sus notas y pasa una página con lentitud—.
Una pregunta más, señora Davis. —Su tono se suaviza, volviéndose casi amable, pero sé que no debo fiarme—.
Después del accidente… ¿su marido expresó arrepentimiento o remordimientos por la muerte de Esperanza Sosa?
Mis ojos se fijan en los de Paul por un momento, y entonces él cierra los suyos, aislándose de mí, de mi pregunta tácita.
El corazón me late con fuerza en el pecho mientras jadeo en busca de aire.
Los recuerdos inundan mi mente, alimentando mis pensamientos acelerados.
La noche del accidente, cuando empujó el cuerpo de Esperanza al barranco y me desafió a detenerlo.
La forma en que miró su cuerpo, con una expresión de puro desdén en su rostro.
La forma en que se frotó las manos después de empujarla por el precipicio, llamándola idiota y zorra más de una vez.
No tengo motivos para mentir bajo juramento por este hombre. Aun así, me lo planteo, luchando contra mis propios demonios y mi culpa. Y la mirada suplicante y llena de lágrimas de Tristan.
—¿Señora Davis? —insiste la fiscal, alzando un poco la voz—. ¿Expresó su marido alguna vez arrepentimiento o remordimientos por haber matado a Esperanza Sosa?
—No —susurro al fin, con un suspiro largo y atormentado. No vale la pena mentir por él—. No lo hizo.
—No hay más preguntas, señoría.