66
PAUL DAVIS
La sala de interrogatorios parece más fría desde que Amanda se ha ido. ¿Qué coño pretendía preguntándome si lo siento? ¿Por qué debería sentirlo? Nada de esto ha sido culpa mía.
Apuesto a que eso se ha dicho aquí un millón de veces antes. Clavo la mirada en la mesa, rayada y abollada, y me pregunto cuántas vidas se habrán arruinado en esta sala. Es probable que la mía sea la siguiente.
Naomi Hedman está sentada a mi lado, con la tablet abierta y sus uñas de manicura impecable haciendo clic en la pantalla. No me ha mirado desde que Amanda ha estado aquí, y no hace falta que lo haga. Sé lo que está pensando: que mi querida mujer me ha traicionado.
La puerta se abre y el inspector Jazinski entra primero.
Parece cansado, pero veo un brillo en sus ojos y un vigor en su paso que me ponen los nervios de punta.
Está demasiado seguro de sí mismo. Eckhart lo sigue, ansioso, con una sonrisa altanera que apenas puede contener.
Se sientan frente a nosotros con movimientos apresurados y dejan un grueso expediente sobre la mesa.
—Señor Davis —dice Jazinski, reclinándose en su silla—, gracias por quedarse.
—Como si tuviera otra opción —murmuro, lo bastante alto como para que mi abogada me oiga.
Ella no reacciona. Es como una piedra, sólida, inamovible y fría.
Jazinski abre la carpeta, le echa un vistazo y luego me mira a los ojos.
—Hablemos de su coche.
—Es un coche estupendo —digo, forzando una sonrisa y fingiendo indiferencia—. Conducción suave. Excelentes calificaciones de seguridad.
Hedman suspira audiblemente.
—El señor Davis no responderá preguntas sobre su vehículo.
—Puede permanecer en silencio, pero yo puedo seguir hablando —replica Eckhart, con una amplia sonrisa y un poco demasiado complacido—. ¿Ve su Cadillac? Lo han desmontado. La científica se lo ha pasado bomba.
Siento un vuelco en el estómago, pero mantengo la cara impasible.
—Qué curioso —comento, reclinándome en el asiento—. Creía que era ilegal destruir propiedad privada sin las debidas garantías procesales.
—¿Se ha emitido una orden judicial? —interviene Naomi Hedman.
—Por supuesto —responde Jazinski, mostrando un papel—. Firmada, sellada y entregada. El coche de su cliente es ahora una prueba de una investigación en curso.
—¿Se refiere al atropello mortal con fuga del que ha estado hablando? —pregunto, haciéndome el tonto—. No deja de hacerme todo tipo de preguntas, inspector, pero no veo qué tiene que ver esto conmigo.
—Pues tiene mucho que ver con usted —dice Jazinski, inclinándose hacia delante con una mirada de acero—.
¿Las reparaciones de ese coche? Un trabajo impecable, por cierto.
Quienquiera que lo haya hecho es un artista.
Pero aquí está la cuestión: sabemos exactamente qué se reparó.
El parabrisas, por ejemplo. Un trabajo de sustitución tan limpio que es casi invisible. Casi.
—Casi —repite Eckhart, ampliando su sonrisa—. Luego está la parrilla, el parachoques, los faros… Todo coincide con el perfil de un vehículo que atropelló a alguien a ciento diez kilómetros por hora.
Miro de Jazinski a Eckhart y viceversa, con la mente paralizada por la incredulidad.
—Inspectores, si están intentando relacionar estos hallazgos con mi cliente sin pruebas directas, aconsejo a mi cliente que no diga nada más —interviene Hedman con voz firme.
—Hay pruebas —añade Jazinski, hablando despacio, como si disfrutara torturándome—. La científica encontró restos en el lugar del accidente, trozos de una parrilla y una escama de esmalte rojo de una insignia de coche. Encajan perfectamente con su Cadillac.
Se me seca la boca. Intento tragar saliva y casi me atraganto.
—No sé de qué me hablan —digo—. Llevé ese coche al trabajo al día siguiente. Comprueben las imágenes de las cámaras de vigilancia de la cadena.
—Ya las hemos comprobado —aclara Jazinski, con un tono casi aburrido—. Por cierto, buen truco. Cambiar un coche con daños por uno impecable en un tiempo récord. Debió tener ayuda.
Miro a mi abogada, pero ella no me mira. Tiene los ojos clavados en Jazinski y la preocupación le arruga el ceño.
—¿Quién lo ayudó, señor Davis?
Hedman levanta la mano.
—Basta. Mi cliente no va a especular sobre sus teorías. Presenten sus pruebas o damos por concluido el interrogatorio.
—Y, entonces —continúa Jazinski, ahora con voz más fría—, se le ocurrió hacer algo realmente estúpido.
—En efecto —añade Eckhart, riéndose—. Una suprema tontería.
—¿De qué puñetas hablan? —espeto, perdiendo la paciencia.
Jazinski saca una foto de la carpeta y la desliza por la mesa. Reconozco el rostro al instante. Es Foster. Tumbado bocarriba sobre una mesa de acero inoxidable, hinchado, con la cabeza aplastada, cubierto con una sábana hasta la barbilla.
La sala empieza a dar vueltas a mi alrededor, primero despacio y luego más rápido. Siento que se me revuelve el estómago, amenazando con vomitar con la siguiente respiración. Me agarro a los bordes de la mesa para mantener el equilibrio mientras en mi mente grito.
¿Foster está muerto? ¿Cómo rayos ha pasado eso?
Hedman me mira largamente, pero no dice nada. Sus labios están apretados en una línea fina y tensa.
—Conoce a este tipo, ¿verdad? —dice Jazinski—. Malik Foster, alias Foster Vía Rápida. Su proveedor de repuestos. El tipo que le arregló el coche a la perfección e incluso borró el historial del GPS para usted.
Hace una pausa mientras mis pensamientos se aceleran. Están tratando de endosarme el asesinato de Foster.
—No mienta, señor Davis —dice Jazinski, reclinándose en su silla—. Mi compañero lo vio salir de su casa la semana pasada. Usted dijo que era su manitas. —Me mira a los ojos—. ¿Por qué lo mató? ¿Empezó a volverse codicioso?
—Eso es mentira —digo, alzando la voz—. ¡Yo no lo maté!
Se ríen. Se ríen de verdad. Es el tipo de risa que no pretende ser graciosa, sino que te cala hondo. Quiere volverte loco.
—Es lo que se llama karma instantáneo —dice Eckhart, sin dejar de sonreír—. Intenta arreglar un lío y otro lo pilla por sorpresa.
—¡Yo no lo maté! —grito ahora, dando un puñetazo en la mesa.
Hedman se estremece ligeramente y susurra:
—Señor Davis, deje de hablar ahora mismo.
Yo solo le lanzo una mirada fulminante. No puedo permitirme seguir su consejo. Si lo hago, me juzgarán por asesinato.
—¡Juro por Dios que no fui yo! Le pagué, ¿vale? Setenta y cinco mil dólares, en efectivo. Eso es todo. ¿Por qué iba a pagarle y luego matarlo?
La sala se queda en silencio, asimilando el peso de mis palabras. Me doy cuenta de que he hablado demasiado, pero ya es demasiado tarde.
Acabo de confesar el atropello mortal y que me di a la fuga.
Jazinski arquea una ceja.
—¿Setenta y cinco mil? Es mucho dinero para un tipo que supuestamente se encarga del jardín.
—Señor Davis —dice Hedman, poniendo su cuidada mano en mi antebrazo—, le ruego que deje de hablar.
Los policías se miran entre sí, luego se levantan y se van. Antes de que se cierre la puerta, oigo a Jazinski decirle a Eckhart:
—Acusa a Davis de asesinato en primer grado. Ya hemos acabado.
Me levanto de un salto y corro hacia la puerta. Aprieto el pomo y tiro, pero no se mueve.
—¡Eh! —grito, mientras golpeo el metal con los dos puños—. ¡Eh! ¡Que no lo maté, joder! ¡Vuelvan aquí!
—¡Señor Davis, haga el favor de sentarse! —me susurra mi abogada—. ¿Tiene idea de lo que acaba de hacer?
La ignoro y me acerco al espejo de doble cara. Sé que están mirando desde la otra sala. Golpeo el cristal y grito:
—¡Eh! ¿Me oyen? ¡Yo no lo maté, pero sé quién lo hizo!
Sin aliento y muerto de miedo, me dejo caer en la silla cochambrosa. Respiro con dificultad, presa del pánico y la desesperación. Mi vida no puede acabar así. Esto no puede pasar.
La puerta se abre y Jazinski regresa. Se detiene junto a la pared, con las manos apoyadas en las caderas.
—De acuerdo, lo escucho —dice, mirándome como si fuera basura—. Dígame por qué debería creerlo.
Recuerdo cómo sonaba la voz de Chapelle cuando le dije que ese día iba a pagarle a Foster. Decidida. Como si supiera que iba a matarlo y que nunca más volvería a molestarme. Incluso quería que le confirmase cuando el trabajo estuviera hecho y pagado. Para saber exactamente cuándo atacar.
Sigo jadeando y, cuando intento hablar, empiezo a toser. Al cabo de un momento, consigo aclararme la garganta y volver a respirar.
—Alguien sabía que le iba a pagar los setenta y cinco mil dólares ese día.
—¿Quién?
Miro brevemente a Hedman y ella niega con la cabeza, pero sigo adelante. Es mi única oportunidad.
—Un canalla de abogado, Larry Chapelle. Es un estafador. Dirige una fábrica de acuerdos extrajudiciales y presenta demandas en nombre de personas discapacitadas que en realidad no lo son.
Jazinski pone los ojos en blanco.
—¡Un ciudadano ejemplar! ¿Y de qué conoce usted a ese Chapelle?
Hedman se levanta bruscamente, haciendo que su silla se desplace hacia atrás y golpee el suelo con estrépito.
—Señor Davis…
Dudo, con el pulso latiéndome con fuerza en los oídos.
—Chapelle lo sabía todo —continúo, ahora con voz firme—. Él organizó el trato de las piezas para el coche. Debería hablar con él, no conmigo.
Naomi levanta la cabeza de golpe, con los ojos como platos por la sorpresa.
—¡Señor Davis! —exclama con brusquedad, pero yo no le hago caso.
Jazinski asiente despacio, mirándome con un destello de satisfacción en los ojos.
—Muy bien, señor Davis, ya hablaremos. —Aprieta la manilla de la puerta, a punto de salir, y luego se ríe mientras me mira—. Apuesto a que no esperaba que volviéramos a estar en la misma sala tan pronto después de esa entrevista en su programa, ¿verdad, señor Davis?
Su comentario me deja boquiabierto y estupefacto. Esto era personal. Todo ello.
Ese día, durante la entrevista en La pregunta final , se me cayó el bloc con las anotaciones de Aidan: que habían pillado a la mujer de Jazinski conduciendo borracha, y cómo él la había encubierto. No estaba seguro de que él hubiera visto lo que estaba escrito. Hasta ahora.
Sabía que yo estaba al tanto de los problemas de su mujer y de sus encubrimientos. Yo soy el próximo encubrimiento, la limpieza que necesita hacer para no terminar en la cárcel.
Va a enterrarme.
Cuando la puerta se cierra de golpe detrás de él, me desplomo en la silla, con el pecho agitado. Hedman se inclina hacia mí, con los ojos ardientes de ira.
—Acaba de meterse usted solo en un juicio —sisea—. Y vamos a necesitar un milagro.