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AMANDA DAVIS
Mi abogado está cada vez más ansioso. Se mueve, inquieto, en su sitio; luego, se levanta y empieza a dar vueltas por la pequeña y lúgubre sala de interrogatorios. Unos minutos más tarde, se calma un poco, habla por teléfono y vuelve a dar vueltas.
—¿Crees que va a funcionar? —le pregunto, sintiendo que se me seca la garganta—. Hacen acuerdos así todo el tiempo, ¿no?
—Sí —responde Patricio, y el tono de su voz me llena el corazón de temor—. Pero ellos no han ofrecido el trato. Lo hemos pedido nosotros. Podría salir bien o mal. Depende de qué más tengan.
Siento cómo se me va la sangre de la cara.
—Entiendo. —Me retuerzo las manos, más que nada para evitar que tiemblen.
Se detiene a mi lado y me pone una mano en el hombro.
—Mantengamos la calma. Estas cosas se negocian. Ni siquiera hemos empezado todavía.
No me tranquiliza. Hay demasiado en juego.
Pienso en Tristan por un momento y noto cómo me escuecen las lágrimas en los ojos.
Parpadeo rápidamente y me obligo a pensar en otra cosa.
En los platos sucios que he dejado en el fregadero esta mañana, antes de salir para devolver el coche de alquiler.
Hago un inventario mental de todos los vecinos que tienen cámaras en el timbre, preguntándome si la policía estará revisando los vídeos para ver quién conducía el Cadillac esta mañana.
Me verán a mí al volante. Luego, unos treinta minutos más tarde, verán a Paul llevando el otro.
Niego con la cabeza y me cubro la cara con las manos. Perdiendo la noción del tiempo, me concentro en mi respiración durante un rato. Necesito estar serena, concentrada. Y necesito ser valiente.
No se sabe lo que podría pasar. Solo Dios sabe que nunca tuve intención de llegar a esto.
La puerta se abre con un chirrido y entra el inspector mayor con una carpeta delgada bajo el brazo.
—Inspector —dice Patricio, girándose hacia él—, ¿tenemos un trato?
—Sí —responde Jazinski, dejando la carpeta sobre la mesa.
Me siento aliviada. He conseguido lo que necesitaba. Pero la finalidad del documento no es algo que pueda aceptar con facilidad. Necesito estar segura. Por mí misma, por todas las preguntas que me asaltarán cuando todo esto termine. Por mi hijo.
—Antes de hablar de esto, ¿podría ver un minuto a mi marido? —pregunto, sorprendida de que mi voz suene tan normal.
Los dos hombres se quedan mirándome.
—No es así como hacemos las cosas, señora Davis —objeta Jazinski—. Le sugiero que lo firme y haga su declaración. Este acuerdo expira en dos horas.
—Solo necesito un minuto, por favor. Usted puede estar presente, y los abogados también. —Entrelazo las manos en un gesto suplicante—. Por favor.
—Su conversación no será confidencial —señala Jazinski—, aunque sus dos abogados estén presentes.
—Ningún problema. —Una leve sonrisa se dibuja en mis labios.
Arruga el ceño mientras intenta comprender mis razones. Se lleva la mano a la frente y se la masajea despacio.
—De acuerdo, señora Davis. Un minuto. Y, por favor, no me haga arrepentirme de esto. Podría coger su acuerdo y romperlo yo mismo.
—Está claro —respondo, dudando de mi propia cordura. Pero es algo que siento que debo hacer.
Jazinski nos lleva al otro lado del pasillo, a la sala de interrogatorios donde se encuentra Paul. Se sorprende al verme entrar. Sus ojos se abren con miedo, pero me acerco a él y le rodeo el cuello con los brazos.
—No pueden oír ni una palabra —le susurro al oído, tan bajo que ni yo misma puedo oírme. Sé que me oye, porque me rodea la espalda con los brazos, atrayéndome hacia él, y me hace estremecer—. ¿Lo sientes?
—¿Qué? —Su aliento me roza la oreja.
—Todo lo que pasó… ¿Lo sientes?
Su gemido de frustración aterriza en mi cabello.
—Por el amor de Dios, Amanda, tú estabas allí. Fue un accidente.
—Sí, cierto —le susurro—. Aguanta. Pronto habrá terminado.
Me aparto y él me mira con miedo en los ojos. Un miedo inconfundible.
—¡Amanda! —grita cuando ya casi estoy en la puerta. Su abogado se apresura a hacerlo callar.
Me giro y le sonrío débilmente, intentando hacer un gesto tranquilizador con la cabeza.
—Todo irá bien, Paul. Te lo prometo.
Patricio me sigue a la otra sala de interrogatorios y la puerta de la de Paul se cierra detrás de mí con un fuerte estrépito. Doy un respingo. Tengo las manos heladas y respiro con dificultad.
Unos instantes después, sentada a la mesa, miro fijamente el acuerdo de inmunidad que me ha presentado Jazinski. Patricio lo lee con detenimiento mientras yo contengo la respiración.
—Todo correcto —me dice, empujando el documento hacia mí—. Puedes firmarlo.
Empiezo a leerlo, pero la jerga legal baila ante mis ojos y no le encuentro sentido. Me obligo a reducir la velocidad, a leerlo todo, a entenderlo. Echo un rápido vistazo a mi abogado, cojo el bolígrafo y lo abro, lista para firmar.
—¿Y es inmunidad general? ¿Cubre absolutamente cualquier cosa?
Patricio se inclina y señala un párrafo con su cuidado dedo.
—¿Ves aquí, donde dice: «La Fiscalía acuerda conceder a Amanda Davis inmunidad total e ilimitada frente a cualquier acción, hecho u omisión», etcétera?
Esa es la declaración de inmunidad general.
—Me aprieta la mano con suavidad—. Está bien, Amanda.
Puedes firmarlo. —Abre el acuerdo por la última página y da unos golpecitos con el dedo en la línea de la firma.
La punta del bolígrafo se queda suspendida, temblando ligeramente en el aire sobre la línea punteada. Una vez que lo firme, no habrá vuelta atrás. No quedará nada. No habrá futuro para Paul y para mí, no habrá forma de evitar lo que se avecina. Tristan será el hijo de un delincuente condenado.
Lo peor de todo es que tendré que testificar en el juicio.
Mi hijo me verá testificar contra su querido padre y nunca me lo perdonará.
No podré evitarlo; querrá estar junto a su padre.
Intentar impedírselo solo empeorará las cosas entre nosotros.
Y, cuando escuche mi testimonio, sabrá que soy responsable de haber enviado a su padre a la cárcel. De haberle roto el corazón.
Pero al menos crecerá con una madre.
Todo lo que tengo que hacer después de firmar es decir la verdad, y nada más que la verdad. Aunque quizá no toda la verdad. Algunos secretos están destinados a morir conmigo.
El bolígrafo raspa el papel mientras firmo con mi nombre, sonriendo con amargura al ver el apellido que Paul me dio. Esto también desaparecerá. Luego, dejo el bolígrafo y empujo los papeles hacia Jazinski.
—Bien —dice, comprobando la firma, y guarda el documento en la carpeta, que cierra con cuidado—. La escucho.
Se me seca la garganta cuando estoy a punto de hablar. Un escalofrío me recorre el cuerpo, llenándome la sangre de carámbanos. Pasa un largo momento de tenso silencio, pero luego me aclaro la garganta.
Cuando hablo, mi voz suena extraña, como si perteneciera a otra persona. Empiezo por lo que más me ha estado pesando en el ánimo. Y le debo a la imprudencia de Paul el haber podido liberarme de lo que ocurrió aquella noche.
—Dos semanas después de que Paul matara accidentalmente a Esperanza Sosa en un atropello la noche de la gala, yo maté a un hombre.