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AL JAZINSKI
Eckhart se apoya en su mesa, mordisqueando la punta de un bolígrafo como si fuera lo último que fuese a probar en su vida.
Tiene la mirada fija en la pizarra blanca que hay frente a nosotros, donde están garabateadas con rotulador negro irregular cronologías, nombres y pruebas, o la falta de ellas.
Me reclino en mi silla y me froto la nuca para aliviar la tensión que se acumula allí.
Va a ser una jornada larga y frustrante.
Acabo de hablar por teléfono con la científica y no puedo creer lo que acabo de oír.
—No han encontrado nada —mascullo, rompiendo por fin el silencio—. Ni una gota de sangre. Ni una maldita mancha en ningún sitio del coche, ni por dentro ni por fuera. Está limpio como una patena.
Eckhart me mira, con el bolígrafo todavía entre los dientes.
—¿Y los zapatos? ¿Las prendas de la gala?
Niego con la cabeza.
—Nada. Los agentes de la científica lo han revisado todo: la ropa, los zapatos, el suelo del garaje, todo. Cero patatero. Incluso han tomado muestras de la lavadora, de cada maldito rincón. El mismo resultado.
—¿Te imaginas lo que hará la defensa con eso? —Eckhart lanza el bolígrafo sobre la mesa—. Joder. Alguien en esa familia sabe limpiar.
—No hay sangre, ADN ni fibras. Las reparaciones eran impecables y se borró toda la información electrónica. No hay datos del GPS, nada. Quienquiera que haya manipulado ese coche sabía muy bien lo que hacía.
—¿Y la lista de reparaciones? ¿Coincide con el perfil del accidente? —pregunta Eckhart, con voz cada vez más frustrada.
—Dicen que sí. La parrilla delantera, el parabrisas, el parachoques… Todo concuerda con un impacto a alta velocidad. Pero eso no prueba nada. Podría ser de cualquier incidente, en cualquier momento. Negarán tener conocimiento de ello o se negarán a hablar, y no tendremos nada a lo que agarrarnos.
Eckhart resopla.
—No hay sangre ni pruebas que los sitúen allí. Entonces, ¿qué tenemos?
—Las pruebas recogidas en el lugar de los hechos: los fragmentos de la parrilla y la escama roja de esmalte, que coinciden perfectamente con el Cadillac de Paul Davis.
Tenemos eso, por circunstancial que sea.
Sin embargo, podría haber sido cualquier Cadillac XT6.
No pueden afirmar que pertenezcan al suyo debido a las reparaciones.
—Es algo, pero no mucho. ¿Algo más?
—Una señora que está dispuesta a soltar todo lo que sabe a cambio del trato adecuado. Tenemos que conseguir ese trato, porque no parece que tengamos muchas más opciones. Estoy escribiendo un correo electrónico rápido a la Oficina del Fiscal del Distrito, esbozando los términos del trato.
—Es un poco inesperado que la señora Davis pida inmunidad general, ¿no crees? Eso lo hacen los mafiosos, no las enfermeras de urgencias que tuvieron un accidente de coche sin siquiera conducir el vehículo.
Eckhart se encoge de hombros y le sobresalen los huesos por debajo de la camisa.
—La gente ve demasiada televisión. Es la maldición de nuestros tiempos. Pero tengo que decir que habría estado bien disponer de los datos del GPS de ese Cadillac. Habrían demostrado que se detuvieron y pasaron un tiempo en el lugar del accidente.
—Apuesto a que pagaron una fortuna por esa reparación.
Me pregunto dónde la hicieron. Estoy bastante seguro de que se encargó Foster, pero ¿dónde?
¿En su garaje? Espero que no… Estaría bien contar con un testigo, o varios.
Una cámara de tráfico que mostrara que el coche tenía daños sería aún mejor.
—Reviso mi correo electrónico, pero es demasiado pronto para que haya llegado una respuesta de la Oficina del Fiscal del Distrito.
—¿Estás seguro de que nos va a dar lo que necesitamos? —Tira el bolígrafo mordido a la basura y coge otro—. Parecía sinceramente sorprendida al ver las fotos de Foster. No creo que sepa nada de eso.
—Una cosa debió llevar a la otra. Foster se dedicaba a desguazar coches, ¿no?
—Exacto. —Su voz se ralentiza un poco mientras consulta sus notas—. Sí, se dedicaba a todo eso: robar, desguazar, revender y todo lo demás. ¿Por qué? ¿Qué te dice tu instinto?
Inclino la cabeza mientras reviso las opciones.
—Apuesto a que sé qué ocurrió para que el señor Foster recibiera un hachazo en la cabeza, si asumimos que Foster era el encargado del trabajo.
—¿Y qué ocurrió?
—Pues creo que se volvió codicioso. Empezó la reparación, encontró sangre y quizá oyó hablar de la víctima en la tele.
—Ajá, parece lógico. Pidió más dinero —dice, y empieza a rebuscar entre los papeles apilados en su mesa.
Su espacio de trabajo parece el de un adolescente, como si un tornado hubiera arrasado la ciudad.
Es un caos de notas, blocs, faxes, expedientes y extractos bancarios. No sé cómo puede trabajar así.
—Aquí está —dice, alegre, sacando unos papeles de la pila: tres hojas grapadas juntas—. Los extractos bancarios de Paul Davis.
—¿Cómo es que no me has dicho que tenías esto?
—Te lo digo ahora —responde, en un tono que se supone que debe calmarme, pero que, en cambio, me cabrea. Echa un vistazo rápido a los extractos—. No lo vas a adivinar —dice, sonriendo.
Me entran ganas de darle un puñetazo en la cara.
—No quiero adivinarlo —respondo con frialdad—. ¿Quieres vivir?
Niega con la cabeza, como diciendo que soy una aguafiestas, pero deja de intentar cabrearme aún más.
—Una semana después del accidente, Paul sacó veinticinco mil de su cuenta de ahorros. Luego, otra semana más tarde, setenta y cinco mil más. Creo que lo estaban desplumando. Tenías razón, una vez más.
—Mierda —susurro, mirando la pizarra—. Puede que me haya equivocado.
—¿En qué? Es justo lo que has dicho.
—Excepto que Paul tenía el dinero y estaba dispuesto a pagar. Nos estamos perdiendo algo. A menos que se cansara de pagar.
Un pitido de mi ordenador llama mi atención. Es el acuerdo de la Fiscalía. Abro el archivo, lo leo rápidamente y lo envío a la impresora.
—Quizá la señora pueda indicarnos el camino correcto —digo, dirigiéndome despacio hacia la impresora, para que le dé tiempo a ese viejo trasto a hacer su trabajo.
Eckhart me mira.
—¿Estás convencido de que fue Davis?
Me inclino hacia delante y apoyo la mano en su escritorio.
—¿El atropello con fuga? Apostaría mi casa y mi gato por ello. Pero el homicidio de Foster…, no estoy tan seguro.
Eckhart se ríe entre dientes.
—Tú no tienes gato.
—Mi mujer sí, y detesto a ese bicho. Perdería la apuesta solo para librarme de él.
Él se ríe, pero la risa se desvanece enseguida.
—Entonces, ¿cómo puñetas pudo llevar el coche al día siguiente? Eso es lo que no consigo entender. Atropellas a alguien a ciento diez kilómetros por hora a medianoche y, a la mañana siguiente, ¿tu coche está bien? ¿Cómo es posible?
Me encojo de hombros.
—Esa es la pregunta del millón, ¿no? ¿Cambió el parabrisas? ¿Le hicieron una reparación rápida porque es el Paul Davis de las narices y conoce a gente? ¿Cambió de coche? ¿Qué hizo?
—Sin duda, cambió el parabrisas. El tintado era diferente, y está lo de la pegatina. Pero es imposible que lo hiciera a las tres de la madrugada, ¿no? —Eckhart ladea la cabeza—. Entonces, ¿cómo? ¿Crees que alquiló uno igual? ¿El mismo modelo? ¿Dónde iba a encontrarlo?
Sonrío con aire burlón.
—Esto es Los Ángeles, compañero. En esta ciudad todo se alquila.