Una pareja perfecta 63
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PAUL DAVIS

Han pasado horas y seguimos esperando.

Hijos de puta.

A mi abogada le da igual, teniendo en cuenta los mil cien dólares que cobra por hora. Está leyendo sus correos en el móvil, sin levantar apenas la vista de la pantalla, mientras que yo me estoy volviendo loco.

Tengo muchas ganas de ir al baño. Pero ni se me ocurre pedir un descanso para eso. Apuesto a que lo hacen a propósito, pretenden ponerme nervioso para que cometa errores y diga más de la cuenta. Cosas que pueden usar en mi contra en el juicio. Pero están muy equivocados… No soy tan tonto.

Me pregunto por qué tardan tanto. ¿Estarán hablando con Amanda? ¿Es eso lo que está pasando? ¿Está contándolo todo? No puede ser tan estúpida.

—Señora Hedman —digo, y mi abogada levanta la vista de la pantalla—, ¿es normal tener que esperar tanto tiempo?

—No. —Se mueve en su asiento y mira rápidamente hacia el espejo—. De hecho, es bastante inusual. En particular, con ciertas personas. ¿Hay algo que no me esté contando sobre su situación?

Ignoro su pregunta.

—¿ Ciertas personas , como… famosas? ¿O qué?

—Más bien, representadas por un determinado tipo de abogados. No de oficio, ya me entiende. Personas que podrían demandarlos.

—¿Podemos?

—¿Demandarlos? Todavía no, señor Davis. Están en su derecho de retenerlo durante cuarenta y ocho horas sin presentar cargos, y solo lleva aquí seis.

—Estupendo —refunfuño, poniendo los pies sobre la mesa rayada y abollada.

La sala es pequeña y está sucia, con rayas y manchas en las paredes, y además huele mal. No esperaba un alojamiento de cinco estrellas, pero al menos un mínimo de decencia. Y acceso a un baño.

Cuando por fin se abre la puerta, me levanto de un salto. Mi abogada me lanza una mirada fulminante y vuelvo a sentarme en la pequeña silla metálica.

Es el propio Jazinski, seguido por el otro policía, Eckhart. Se sientan al otro lado de la mesa y Eckhart deja un expediente encima. Tiene un número largo estampado en tinta roja.

—Cuéntenos sobre la gala benéfica, señor Davis —pregunta Jazinski, hablando despacio—. ¿Bebió algo?

Mi abogada asiente. Me da permiso para responder.

—¿Se refiere a alcohol? Sí. Tomé un par de copas, nada más.

—¿Estaba borracho cuando se marchó?

—No. —Mi voz suena firme y sincera, y recupero la confianza en mí mismo—. Comí alimentos grasos en el evento y tomé una, quizá dos copas en toda la noche.

—¿Cerveza?

— Whisky .

—¿Y ni siquiera estaba un poco achispado?

Mi sonrisa profesional aparece en mis labios.

—Tenía que dar el discurso de clausura esa noche. Nadie paga por asistir a un evento como ese si el orador principal farfulla y está confuso. Sobre todo porque mi organización lucha contra la conducción bajo los efectos del alcohol y recauda fondos para promulgar leyes a favor de la causa.

Jazinski y Eckhart intercambian rápidas miradas y ambos asienten despacio.

—¿Y cómo fue el regreso a casa? —inquiere Eckhart—. ¿Quién condujo? ¿La señora Davis?

Mis ojos se dirigen rápidamente a mi abogada. Ella asiente con la cabeza.

—No. Conduje yo.

—¿Y qué ocurrió de camino a casa? —pregunta Jazinski.

Me encojo de hombros involuntariamente.

—Nada. Cuando estábamos llegando, empezó a llover. Muy fuerte.

La mano de Hedman se posa en mi antebrazo.

—Mi cliente y yo necesitamos un descanso, si no les importa.

Jazinski le lanza una mirada fulminante, y no es el único. Estoy en racha, vendiendo mi historia, y veo que se la están creyendo. ¿Y ella quiere que pare ahora?

Jazinski gruñe y luego se levanta, agarrándose al borde de la mesa para apoyarse.

—Está bien, les daremos unos minutos. Pero que sea rápido.

La puerta se cierra detrás de ellos con un chirrido y se bloquea con un fuerte clic.

—¿Qué coño pretende? —le pregunto, esforzándome por mantener la voz baja.

—Señor Davis, como su abogada, no puedo quedarme de brazos cruzados y dejar que cometa perjurio. Tiene derecho a permanecer en silencio. Puede negarse a responder a cualquier pregunta. Pero, si decide responder y comete perjurio, se le impondrán más cargos penales.

Me llevo la mano a la frente. Me levanto y empiezo a dar vueltas por la habitación, furioso. Luego, me giro hacia ella, con las manos en las caderas.

—Lo he visto en sus ojos. Andan a la caza de información. No tienen nada.

—Señor Davis, mi trabajo es protegerlo, pero no puedo hacerlo si sigue por este camino. Todo lo que diga debe ser verdad o mejor que no diga nada. ¿Está claro?

La severidad de sus palabras cala hondo, helándome la sangre. Ya les he mentido al decirles que no ocurrió nada de regreso a casa.

—Pero, si me niego a responder, pareceré culpable de narices —objeto débilmente.

—Es usted culpable de narices, señor Davis —me susurra con calma—. Haga el favor de no complicarme el trabajo. Cállese y ya habrá tiempo para negociar.

—¿Cuándo?

—Cuando el fiscal mencione la palabra «acuerdo». Hasta entonces, ni una palabra. —Me mira fijamente hasta que asiento con la cabeza. Luego, llama al cristal de doble cara.

Jazinski abre la puerta casi de inmediato y entra. Solo está él.

—Muy bien, ¿por dónde íbamos? —dice, tomando asiento.

—Inspector, esta línea de interrogatorio no beneficia a mi cliente. Invoco su derecho a permanecer en silencio por ahora, y no haremos más declaraciones hasta que lo hayamos reevaluado.

Veo cómo aprieta la mandíbula y se le oscurecen los ojos. Está furioso, pero no dice nada. Se limita a abandonar la sala y los dos volvemos a esperar.

Mi abogada acaba de confirmar a la policía que fui yo. Hasta ahora solo podían sospechar, pero ahora lo saben. Si no, ¿por qué no iba a querer responder a las preguntas sobre el viaje de regreso a casa?

Qué jodido estoy.