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AL JAZINSKI
Me apoyo contra el cristal de observación con los brazos cruzados y la mirada fija en Amanda Davis.
Lleva más de dos horas sentada en la sala de interrogatorios, con las manos cruzadas en el regazo y la mirada clavada en algún punto del suelo.
No está hablando con su abogado. Su reflejo me devuelve la mirada desde el espejo unidireccional, pálida y angustiada.
Su abogado, Dennis Patricio, es un tipo con el que he trabajado antes.
No es muy agresivo, como los que cobran demasiado, pero sabe lo que hace y tengo que andarme con cuidado.
Me sorprendió que tuviera que llamar a una empresa de servicios jurídicos para contratar uno.
No estaba preparada para esto, a pesar de que mi compañero recordaba que había hablado con ella en el hospital sobre otro caso de atropello con fuga y sobre cómo se podía acusar al copiloto en esos casos. Ella debía saber lo que se avecinaba.
Es curioso que una situación tan similar reuniera a Amanda Davis y a mi compañero hace una semana. Una casualidad total y absoluta, como una advertencia del destino.
Y, aun así, no contrató a un abogado.
Bueno, algunas personas creen en los milagros. Ella debe ser una de ellas.
Eckhart mastica una barrita proteica a mi lado, con la mirada alternando entre la sala de Amanda y la de al lado, donde Paul Davis reposa como si estuviera esperando mesa en un restaurante de moda.
Su carísima abogada está sentada frente a él, una mujer cuyo traje probablemente cuesta más que el sueldo mensual de Eckhart.
Paul no parece ni un poco afectado. ¿Amanda, en cambio? Está destrozada.
—Bueno —dice Eckhart con la boca llena de granola—. ¿Por quién quieres empezar?
Miro hacia la sala de Paul. Está sonriendo, reclinado en su silla, charlando tranquilamente con su abogada.
—Con él no. Todavía no. Es demasiado astuto, está demasiado cómodo. Solo perderíamos el tiempo.
—Me lo imaginaba —murmura Eckhart—. ¿La mujer, entonces?
Asiento con la cabeza, golpeando el vaso con los nudillos.
—Ella es el eslabón débil. Mírala. Apenas es capaz de mantener la compostura. —Me giro hacia Eckhart—. Tengo una corazonada sobre ella.
—Cuéntame.
Cambio el peso de mi cuerpo y aprieto la mandíbula.
—¿Recuerdas aquella entrevista en televisión? Paul podría haberme machacado con aquellas denuncias por uso excesivo de la fuerza, pero no lo hizo. Quizá este fuera el motivo. Quizá ella esté más involucrada en este marrón de lo que creemos y esté a punto de irse de la lengua.
Eckhart arquea una ceja.
—¿Crees que va a delatarlo?
—Tiene el aspecto de alguien que se está quedando sin opciones. Veamos si podemos darle un empujón.
Él asiente, arruga el envoltorio de su barrita proteica y lo tira a la basura.
—De acuerdo. Mientras tanto, yo vigilaré al guaperas.
Entro en la sala de interrogatorios, cierro la puerta despacio detrás de mí y me tomo mi tiempo para ponerla nerviosa. Amanda levanta la vista y sus ojos se fijan en la carpeta que tengo en la mano. Está asustada, pero intenta ocultarlo.
—Señora Davis —comienzo, sacando una silla, y me siento frente a ella. Su abogado se arregla la corbata, pero permanece en silencio—. Soy el inspector Jazinski, vamos a hablar.
Sus manos se aferran al borde de la mesa.
—Ya le he dicho que no tengo nada que decir.
La ignoro, abro la carpeta y saco dos fotografías de Malik Foster, alias Foster Vía Rápida.
En una, aparece flotando bocabajo en las aguas de Marina del Rey.
En la otra, está bocarriba en la mesa de la forense, con un profundo tajo que le atraviesa la frente hasta la sien izquierda, con los bordes descoloridos e irregulares.
La forense dijo que debía haber sido un hacha pequeña.
Deslizo las fotos por la mesa. Con los ojos como platos, las mira y luego desvía la mirada enseguida, y su rostro pierde el poco color que le quedaba.
—¿Reconoce a este hombre? —le pregunto con voz tranquila pero firme.
Ella traga saliva con dificultad, su abogado se inclina para darle instrucciones, pero ella se le adelanta.
—No.
—¿Está segura? —insisto, endureciendo el tono—. Porque su marido le dijo a mi compañero que era su manitas, y ahora está muerto. Creemos que tiene algo que ver con usted y su marido.
Se lleva la mano a la boca y se le corta la respiración.
—No… no lo conozco —balbucea, gesticulando nerviosamente—. Lo juro. Jamás he hablado con él. —Su abogado la agarra del antebrazo y ella se queda quieta.
Ahora mismo podría darle una patada en los testículos a Patricio. Pero así es como se juega este juego.
Me inclino hacia delante y bajo la voz.
—Señora Davis, tiene ante sí una lista de cargos que le daría vértigo: encubrimiento, manipulación de pruebas, homicidio imprudente con abandono del lugar del accidente.
Y, ahora, tal vez incluso complicidad en asesinato.
Algo me dice que este lío no es culpa suya.
¿De verdad quiere ir a la cárcel por todo eso?
Me mira fijamente sin decir nada.
—Quizá nos habría llamado, pero tenía miedo de su marido. Temía por su vida. ¿Es eso lo que pasó? Porque si no colabora…
Su abogado se endereza en su asiento y por fin se anima a hablar:
—Inspector, si está intentando intimidar a mi cliente…
—¿Intimidar? —lo interrumpo con desdén—. No, solo estoy exponiendo los hechos. Su cliente se enfrenta a unos cargos muy graves. Hay dos personas muertas. Acabará hundida, a menos que tenga algo que decir que pueda ayudarla en su juicio.
Las manos de Amanda tiemblan mientras coge las fotografías y las mira con horror en los ojos, como si Foster pudiera volver a la vida. Le tiembla la voz cuando finalmente habla.
—Si lo que dice es cierto —comienza, con la mirada aún fija en la foto— y me pueden acusar de encubrimiento y complicidad, no solo por el atropello con fuga que ha mencionado, sino por…
esto —desliza las fotos hacia mí con dedos temblorosos—, entonces, quiero un acuerdo. Sobre la mesa. Antes de decir nada.
Me reclino en mi asiento, ocultando mi satisfacción.
—¿Qué tipo de trato?
Su abogado interviene, con la confianza reforzada por la determinación de ella.
—Inmunidad total, ilimitada y general para todas y cada una de las acciones comprendidas entre la fecha de la gala benéfica y el momento en que mi clienta fue detenida —dice, con voz firme ahora—. A cambio, le entregamos a Paul Davis, bien atado con un lazo.
Observo a Amanda, escrutando su rostro pálido y sus manos temblorosas. Es más inteligente de lo que pensaba. Más inteligente que su marido, eso seguro.
—Veré qué puedo hacer —digo, poniéndome de pie—. Más le vale que lo que tiene que ofrecernos merezca la pena.
Salgo de la sala, cierro la puerta tras de mí y encuentro a Eckhart esperando en el pasillo. Me mira expectante.
—¿Y bien? —pregunta.
—Está dispuesta a hablar —digo, con una sonrisa sombría en los labios—. Pero solo si no la acusamos de nada. Va a echar a Paul a los leones.
Eckhart silba en voz baja y niega con la cabeza.
—Vaya, ha ido más rápido de lo que pensaba.
—Está aterrorizada. El asesinato de Foster la ha conmocionado y no está dispuesta a cargar con la culpa de algo que no ha hecho. Es obvio que no sabía nada. —Echo un vistazo a la sala, con la mente ya a mil por hora—. Esto se va a poner muy interesante.
—¿Y Paul Davis? —pregunta Eckhart.
Sonrío, ansioso por lo que está por venir.
—Ahora le toca a él.