Una pareja perfecta 61
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AMANDA DAVIS

Me parece irreal. Paralizante. Cuando las frías esposas metálicas se aprietan alrededor de mis muñecas, una oleada de pánico me invade el cuerpo y me llena de terror.

La mano de Eckhart sobre mi cabeza, presionándola mientras me empuja para que entre en el asiento trasero de su SUV sin distintivos.

El leve olor a vómito y sudor que percibo antes de que las lágrimas inunden mis ojos y me taponen la nariz.

Los dos inspectores se suben al coche, dan un portazo y charlan con aire despreocupado, ignorándonos por completo.

El suave zumbido del motor del vehículo policial llena el silencio, roto de vez en cuando por el crepitar de la radio. Me siento rígida en el asiento trasero, con las muñecas doloridas por las esposas que se me clavan en la piel.

Miro a Paul y no lo reconozco. Parece estupefacto. Mira al frente, con el rostro pálido como un fantasma y el labio inferior ligeramente tembloroso. Respira con dificultad, como si no pudiera tomar suficiente aire.

—Conozco el procedimiento —dice Eckhart, dando golpecitos con los dedos en el volante—. Hay que pedir una orden judicial, registrar la casa. Meter en una bolsa todo lo que parezca remotamente útil.

Jazinski gruñe en señal de acuerdo.

—Primero, el garaje. Ese Cadillac es la prioridad número uno. Lo llevaremos directo al depósito. La científica lo desmontará.

—¿Crees que encontrarán algo? —pregunta Eckhart, con un asomo de curiosidad en la voz—. ¿Aparte de polvo?

—No hace falta —responde Jazinski, reclinándose en su asiento—.

Las pruebas de los vídeos son contundentes.

Entre eso y el hecho de que lo han reparado hace poco, no necesitamos nada más.

Pero si hay sangre, fibras, cualquier cosa que relacione el Cadillac con la víctima…

—Suelta un silbido por lo bajo—. Eso sería el golpe de gracia.

Eckhart se ríe secamente.

—Sí, bueno, esperemos que no hayan desinfectado todo el coche.

—Lo dudo —replica Jazinski—. ¿Este tipo de gente? Siempre se creen más listos que nosotros. Apuesto a que se les habrá pasado algo por alto.

Sus palabras me revuelven el estómago. Miro a Paul, que está sentado inmóvil, con la mandíbula apretada. No me mira.

—Disculpe —digo—, ¿por qué me están arrestando a mí?

Paul me lanza una mirada fulminante. Quiere que me calle, y probablemente tenga razón.

—Está arrestada por sospecha de participación en un atropello con abandono del lugar del accidente con resultado de muerte. —El inspector Jazinski me mira un momento a los ojos a través del espejo retrovisor.

Eckhart mira hacia atrás.

—Si tiene más preguntas, puede hacérselas a su abogado.

—¿Por sospecha? ¿Basada en qué? —pregunto, consciente de que no es lo más sensato. Me leen mis derechos. Debería utilizarlos.

—Basándonos en las pruebas, señora Davis. Eso es todo lo que podemos decir por ahora.

Se me llenan los ojos de lágrimas, intentando no pensar en Tristan en este momento. No puedo. Me destrozaría el corazón.

—¿Y en la casa? —Eckhart continúa con la conversación anterior—. ¿Qué estamos buscando?

—Lo mismo —responde Jazinski—. Zapatos, ropa. Cualquier cosa que pudieran haber llevado puesta esa noche y que pudiera tener sangre. Quizá tickets de haber comprado productos de limpieza. Qué caramba, incluso una etiqueta de la tintorería podría ser útil. La científica lo recogerá todo.

Eckhart resopla.

—Apuesto a que su abogado ya está preparando alguna defensa de mierda. «Mis clientes son solo víctimas del exceso de celo de una investigación». Bla, bla, bla.

—Sí, bueno, déjalos —dice Jazinski, encogiéndose de hombros—. No cambia lo que tenemos.

Se produce un momento de silencio antes de que Eckhart vuelva a hablar:

—¿Qué les espera a estos dos? ¿Celdas de detención en el centro?

Paul exhala bruscamente a mi lado, perdiendo la compostura por un momento. Cierro los ojos, luchando contra el pánico que amenaza con abrumarme. Una oleada de náuseas me invade cuando el SUV toma una curva cerrada.

La rodilla de Paul toca la mía y lo miro. La conversación entre los dos policías se desvanece cuando los susurros de Paul llegan a mis oídos.

—Deja de hablar —dice—. Por el amor de Dios, Amanda, basta. Buscaré un abogado y resolveremos esto.

—De acuerdo —respondo, pero he perdido toda la confianza. Sé que me va a traicionar. Lo veo en sus ojos. Y estoy aterrorizada.

—Te lo juro por Dios, Amanda, si dices una palabra más, te…

—¡Eh, cállense ahí atrás! —espeta Eckhart—. Que esto no es una cafetería.

—Discúlpeme, inspector —responde Paul con calma—. Solo estábamos hablando de a qué abogado llamar. Si al suyo o al mío.