Una pareja perfecta 60
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AMANDA DAVIS

Devolver el coche de alquiler es tan fácil como esperaba. Llevo gafas de sol y una gorra, y sonrío con educación, ansiosa por salir de aquí. Me ofrecen un servicio de transporte al aeropuerto, pero lo rechazo. Los minibuses tienen cámaras de vídeo.

En su lugar, camino, sin percibir el cálido sol y el cielo azul, buscando alejarme de la oficina de alquiler de coches y llegar al lugar desde donde llamaré a un Uber.

Pero nunca llego. Una llamada de Paul interrumpe mi paso firme.

—¿Ya está? —pregunta, sin molestarse en saludarme.

—Sí. —Suelto una profunda exhalación.

—¿Dónde estás?

—Volviendo. ¿Por qué? —Un escalofrío recorre mis venas, poniéndome la piel de gallina. Algo debe haber pasado.

—Tenemos que hablar. Voy a recogerte.

—Voy por la avenida Vineland, a la altura de la calle Oxnard. Seguiré caminando hacia el sur. ¿Cuánto tardarás?

—No mucho —responde, y cuelga.

Me trago mi irritación por su comportamiento. Es como si mi tiempo no importara. Se supone que debo esperar… ¿cuánto tiempo, exactamente, antes de rendirme y llamar a un taxi? Por un momento, ensayo en mi cabeza el sermón que pienso soltarle. Pero sería inútil.

Nunca va a cambiar.

Unos quince minutos más tarde, se detiene junto al bordillo y me subo a su coche. Arranca sin decir una palabra. Parece tenso y pálido, incluso asustado. Sus manos aprietan con fuerza el volante. El silencio entre nosotros es pesado y alimenta mi ansiedad.

—¿Qué ha pasado? —pregunto al final.

—La gente se ha fijado en cosas —responde—. La gente del trabajo. Y lo están comentando.

Se me detiene el corazón.

—¿Qué cosas? ¿La pegatina?

—Una barbie de Recursos Humanos se lo comentó a Latesha, que luego ha dicho que yo estaba borracho cuando me fui de la fiesta. La Latesha de los cojones. —Da un puñetazo en el volante.

—¿Qué quiere?

Aprieta los dientes con fuerza durante un instante. Las venas se le hinchan en las sienes.

—Todo. —Se gira un momento para mirarme—. Mi trabajo, mi puesto como número uno de Ray, todo lo que tengo. Y es culpa tuya.

Por supuesto que es culpa mía. Todo lo que ha salido mal en la vida de mi marido, él ha encontrado la manera de echarme la culpa. No me sorprende en absoluto que diga eso. Pero eso no significa que tenga que estar de acuerdo.

—¿Cómo que es culpa mía?

—Esto no sería un problema si hubieras hecho lo que te pedí y hubieras acudido a la reunión de mañana.

Maldita sea.

Tengo ganas de gritarle hasta quedarme sin voz. Pero no lo haré.

—Algo me dice que ella se dio cuenta esa noche de que, estando borracho, te pusiste al volante…

—¡No estaba borracho! —grita, sobresaltándome. Los gritos en espacios cerrados y estrechos me afectan. Mi miedo y mi preocupación se transforman en resentimiento.

—Yo estaba allí, completamente sobria, pero tú tenías que conducir, ¿verdad? Estúpido cabezota —añado en voz baja, luchando contra las lágrimas y perdiendo. ¿Qué pasará conmigo? ¿Y con Tristan?

—Fue un accidente —añade, sin sonar muy convencido.

Respiro despacio, armándome de valor.

—¿Qué quieres hacer? —le pregunto al cabo de un rato.

—No lo sé —responde, girando hacia nuestra calle—. Mañana llamaré a mi abogada. Quizá pueda vernos a primera hora.

Me giro para mirarlo, preguntándome cómo alguien con tanto éxito puede tener tan poco sentido práctico. Apenas es mediodía.

—Llámala hoy, Paul. Hoy .

—Cállate —dice en voz baja, accediendo a nuestra entrada—. Pase lo que pase, no digas nada.

Miro por la ventanilla y me quedo paralizada. Hay dos hombres delante de nuestra puerta. Uno de ellos es el policía que estuvo aquí la semana pasada, Eckhart. El otro, un hombre mayor, también me resulta familiar, pero no consigo ubicarlo.

Paul detiene el Cadillac antes de llegar a la puerta del garaje, pero la deja cerrada. Cuando salgo del coche, siento las rodillas débiles y temblorosas.

—Inspectores —los saluda Paul con naturalidad, en apariencia relajado. La capacidad de este hombre para mentir nunca deja de sorprenderme—. ¿En qué podemos ayudarlos?

Muestran brevemente sus placas.

—Inspectores Jazinski y Eckhart.

El inspector mayor saluda a Paul con un gesto de la cabeza, me murmura un «hola» a mí y luego procede a inspeccionar minuciosamente el Cadillac. El otro lo sigue enseguida, señalando con el dedo el capó y luego el guardabarros.

—Buen trabajo de reparación —dice Jazinski, helándome la sangre en las venas con esas cuatro palabras—. No se nota nada.

—¿De qué habla? —pregunta Paul.

—Del polvo, señor Davis. —Se ríe por lo bajo. Hay un destello de alegría en los ojos cansados e inyectados en sangre del policía—. Los guardabarros tienen polvo, pero el capó no. Debería haberlo pasado un par de veces por el túnel de lavado después de que se lo arreglaran.

Se lleva la mano a la espalda. El ruido de las esposas me provoca un nudo en el estómago.

—Paul Davis, Amanda Davis, quedan detenidos por el delito de atropello con abandono del lugar del accidente que causó la muerte de Esperanza Sosa.