59
PAUL DAVIS
Joder.
Ahora tengo que mitigar los daños con Raymond, y no va a ser nada agradable.
Son casi las once cuando entro en su oficina, haciendo todo lo posible por parecer relajado y dejar de rechinar los dientes. Traigo su café favorito de Starbucks, con la esperanza de que lo aplaque cuando oiga lo que voy a decirle.
Durante el trayecto, no he dejado de pensar en las razones que podría alegar para justificar la ausencia de mi mujer en la reunión.
Me comprometí a algo y, joder, ella me obliga a incumplirlo.
Podría inventarme una emergencia hospitalaria y esperar que nunca se entere.
¿Un fallecimiento en la familia? No colaría.
¿El niño se ha puesto enfermo? Uf… Mejor decirle que no puede venir y punto. Es difícil manejar tantas mentiras.
—Pasa —dice Ray, levantándose de su silla para recibirme. Dejo los vasos de café sobre su mesa y nos damos la mano—. Siéntate —me invita, cogiendo el vaso con su nombre.
—Gracias. —Doy un sorbo a mi café y lo encuentro más amargo de lo habitual.
Durante un momento, nos quedamos sentados en silencio, disfrutando del placer de nuestra costumbre compartida de la tarde—.
¿Ya ha dejado la policía de preguntarte por ese estúpido atropello con fuga?
—le pregunto, esforzándome por sonar despreocupado.
—No he sabido nada de ellos desde que les dije que tenía resaca y que no había conducido. —Se ríe, aparentemente impresionado consigo mismo—. ¿Y tú? ¿Te llevó a casa tu preciosa mujer aquella noche?
Casi me atraganto con el café.
—No, conduje yo, pero estaba bien —me apresuro a explicar—. No bebí tanto. Tenía que dar el discurso final y tal.
—¿Estás listo para esta noche? —pregunta, con la voz llena de emoción. Se inclina sobre la mesa y me da un puñetazo en el hombro en broma—. ¡Lo vamos a conseguir! Lo presiento.
—Sí, por supuesto —digo, sonriendo mientras me pregunto cómo voy a abordar el tema.
Suena el intercomunicador. Se levanta de un salto y se dirige al escritorio. Parece veinte años más joven, como si la inminente fusión hubiera inyectado nueva vida en su alma hastiada y marchita.
Pulsa un botón del teléfono de su escritorio.
—¿Sí?
—Latesha quiere verlo.
Me mira y pone los ojos en blanco.
—Que pase.
Me cuesta contener un taco. ¿Qué coño quiere ahora?
La puerta se abre y Latesha entra, caminando con confianza sobre sus tacones de siete centímetros. El traje pantalón le queda muy bien. Si no fuera una víbora, me la tiraría una vez. Quizá dos.
—Hola —saluda a Raymond con una sonrisa radiante, y luego me ve a mí, todavía sentado en la pequeña mesa de reuniones. Su sonrisa se desvanece—. Ah, hola, Paul.
—Siéntate —dice Ray—. Paul y yo ya estábamos terminando.
—Genial. —Se sienta frente a mí y sonríe. Sus ojos van de mí a Ray y viceversa, pero al final se quedan posados en él—. Por mí no os preocupéis.
—Entonces, ¿estamos listos para esta noche? —me pregunta Ray, refiriéndose a la reunión de las juntas.
—Allí estaré. —Hago una pausa, deseando que Latesha no estuviera en la sala—.
Amanda no podrá venir. Pide que la disculpes…
Tiene una formación con un especialista que solo está en la ciudad hoy.
—La expresión de Ray cambia, primero a decepción, luego a frustración—.
Los dos lo sentimos mucho, pero puedes contar conmigo.
Estaré allí y lo conseguiremos, tal y como lo hemos hablado.
Ray aprieta los labios y deja escapar un suspiro de frustración.
—Vaya… Me gusta mucho ese aire de hombre de familia que tienes. Reaccionaron muy bien a eso en la gala benéfica. Es justo lo que todo el mundo busca.
Maldigo en mi interior. Ahora mismo odio a Amanda. Sus problemas, sus amenazas, cada vez que respira.
—Lo lograremos, Ray, tú y yo. Amanda trabaja en el servicio de urgencias de un hospital. La gente lo entenderá.
Se rasca el brillante cuero cabelludo. Veo cómo se le tensa la mandíbula.
—¿Seguro que no puede venir?
Miro fijamente la superficie brillante de la mesa durante un momento, esperando que la rabia no siga centelleando en mis ojos cuando lo mire.
—Volveré a preguntarle, pero estoy bastante seguro de que no podrá.
—Pero yo sí que puedo —interviene Latesha—. Sea lo que sea, yo puedo echarte un cable, Ray.
Le lanzo una mirada fulminante, pero ella permanece impávida.
—Hmm, no sé —dice Ray—. Ya he enviado el programa de la reunión con el nombre de Paul.
Quizá sea mejor ceñirnos a lo que se ha comunicado.
No creo que la ausencia de Amanda sea un impedimento.
Habría estado bien reafirmar los valores familiares de nuestro presentador principal con una imagen potente, pero…
—Añade mi nombre a la lista. Estoy felizmente casada y mi marido podrá venir, aunque lo avise con muy poca antelación.
A cualquier hora del día o de la noche. —Se inclina sobre la mesa como si estuviera a punto de subirse a ella y gatear hasta Ray a cuatro patas, lista para chuparle la polla.
Desde su posición privilegiada, Ray puede echar un vistazo muy satisfactorio a su escote.
—¿A qué se dedica? ¿Quedaréis bien ante la cámara?
La sonrisa de Latesha se amplía. Me lanza una mirada triunfante.
—Júzgalo tú mismo. Es jefe de bomberos.
Contemplo, impotente, cómo se ilumina el rostro de Raymond. Luego, los dos discuten emocionados sobre la próxima reunión y el papel de Latesha en ella, como si yo ni siquiera estuviera aquí. Todo termina antes de que pueda pensar en una forma de contener esto.
Ray nos despide a ambos con un gesto, luego se gira hacia mí y me pregunta:
—Vendrás igualmente, ¿verdad?
—No me lo perdería por nada del mundo —respondo, y salgo por la puerta.
Alcanzo a Latesha junto a los ascensores y nos subimos en el mismo. En cuanto se cierran las puertas, la miro a los ojos.
—Echa el freno, joder —siseo—. Aún no estoy muerto. Todavía tengo garras. Esta no es tu oportunidad, ¿me oyes?
Ella me mira, divertida.
—Claro que lo es, mi querido Paul. O si no, le diré a la policía que ibas borracho como una cuba aquella noche cuando te vi ponerte al volante.
Suelto un grito ahogado.
—¡Puta mentirosa de mierda! No te atreverás.
Ella se ríe en mi cara.
—Ah, espera, ¿quizá añada el hecho de que has empezado a aparcar tu coche de forma diferente desde ese día?
¿O que has solicitado una nueva pegatina de autorización para aparcar?
—Se ríe a carcajadas mientras el ascensor reduce la velocidad—.
Marjorie, de Recursos Humanos, me lo contó hace un par de días mientras tomábamos un café.
No se le ocurría ninguna razón por la que necesitaras una para el mismo vehículo. Están fabricadas para durar.
El ascensor se detiene. No puedo respirar. No puedo controlar el ácido que me sube por la garganta, las ganas de chillar. La miro boquiabierto, atónito. Entonces la realidad se impone y el corazón comienza a latirme con fuerza.
Estoy jodido.
Las puertas se abren, y ella pasa a mi lado, haciendo sonar sus tacones, y me da una palmadita en el brazo.
—Estoy segura de que no fue tu intención —dice, caminando por el pasillo al ritmo de mi paso vacilante—. He oído que la pobre mujer quería suicidarse. —Se encoge de hombros y me guiña un ojo, justo antes de entrar en su camerino—. Lástima que estuvieras borracho. Y que huyeras del lugar.
Su puerta se cierra de golpe en mi cara.
Siento cómo se me hiela la sangre, acumulándose en una ola que amenaza con ahogarme por dentro. La presión en mi pecho es insoportable. Lo único que oigo es el latido desesperado de mi propio corazón, resonando con los pensamientos acelerados que se me cruzan por la cabeza.
Después de un momento a solas en mi camerino, solo me queda un pensamiento, que toma forma con claridad en mi mente. Tengo que controlar esta situación. Ya mismo, joder.