58
AMANDA DAVIS
Anoche hice un turno extra. No podía volver a casa; no podía estar sola con Paul. No pienso cambiar mi decisión de dejar de ayudarlo en su carrera a menos que entre en razón con respecto al divorcio.
Y sé que eso podría llevarlo al límite.
No llego a casa hasta las seis y media de la mañana, agotada, contenta de tener el día libre.
Anoche me envió un mensaje para saber dónde estaba.
Se lo dije. No le gustó. Me di cuenta por los tres puntos que bailaron en la pantalla durante un rato y que luego desaparecieron sin que me llegara ningún mensaje.
Cuando se abre la puerta del garaje, encuentro a Paul agachado en el suelo, estudiando la reparación de su coche con una potente linterna.
Lleva vaqueros y una vieja camiseta de Metallica, la ropa que suele llevar cuando corta el césped.
Dejo el Subaru en la entrada y entro deprisa, luego cierro rápidamente la puerta del garaje, con la esperanza de que los vecinos que pasan por allí no se den cuenta de que hay dos Cadillacs idénticos en el garaje.
—¿Está listo? —pregunto, cruzando los brazos sobre el pecho. Todavía llevo puesta la bata y tengo un poco de frío. O tal vez sea su mirada la que me hiela la sangre.
—Está listo. Hoy voy a llevarlo al trabajo.
Sé lo que eso significa.
—Pues venga, hagámoslo cuanto antes.
Como si fuera un baile bien ensayado, seguimos los pasos para preparar su coche, en el orden inverso al de aquel viernes por la mañana después del accidente.
Una por una, cambia las ruedas entre los dos coches, maldiciendo en cada momento crítico, mientras yo traslado sus objetos personales del coche de alquiler al suyo.
Ropa. Llave. Objetos de la guantera. Comprobar el maletero para ver si se ha quedado algo. Mirar debajo de los asientos. Despegar la pegatina de autorización para aparcar. Pegarla en el nuevo parabrisas, asegurándome de que quede recta y nivelada.
—¿Es este el lugar correcto? —digo, preguntándome cómo es que nunca presto atención a estas cosas.
Suelta la llave de cruz, que cae al suelo con un fuerte estrépito que me sobresalta.
—Sí, creo que sí. —Frunce el ceño y se frota la frente, probablemente tratando de recordar.
Me enfado con él por no haberlo comprobado mientras el parabrisas antiguo todavía estaba aquí. Debía saber que teníamos que hacerlo todo a la perfección. Pero, por otra parte, yo tampoco lo comprobé. Y soy tan culpable como él.
Sigue afanándose en cambiar la última rueda cuando se detiene en medio de lo que está haciendo y me mira durante un largo momento.
—Siento haber sido un capullo —dice. Sus ojos se desvían de los míos hacia el suelo y, luego, hacia un lado. Entrelaza las manos, nervioso.
No recuerdo ninguna ocasión en la que mi marido se haya disculpado conmigo y lo haya dicho en serio. Me pongo en guardia y doy un paso atrás.
—Me has apoyado más que nadie desde que aquella estúpida zorra se puso delante de mi coche aquella noche.
Ahí está. Su maldad asomando la cabeza detrás de unas palabras sin sentimiento. Su asombrosa falta de remordimientos. Si tenía alguna confianza en que su disculpa fuera sincera, ahora se ha esfumado.
—Gracias —respondo con calma, resistiendo el impulso de dar otro paso atrás—. Acabemos esto de una vez y esperemos que no vuelva para atormentarnos.
—Sí, jefe —bromea, agarrando la llave para apretar las tuercas del coche de alquiler. La broma que hace no suaviza la mirada mordaz que me lanza. No me hace sonreír.
Hago una última inspección de los coches.
Todo parece estar en orden. Cuando estoy a punto de entrar en casa para cambiarme antes de devolver el coche de alquiler, echo otro vistazo a los dos vehículos.
Una oleada de ansiedad me invade, ahogándome.
Me doy cuenta de que han pasado casi tres semanas. Tres semanas viviendo este infierno.
Y aún no ha terminado.
La llave de cruz repiquetea al guardarla en la caja de herramientas. Luego, vuelve a colocar la caja y el gato en el coche de alquiler. Ha terminado. Se limpia las manos en los vaqueros y se acerca a mí.
—¿Cuándo quieres irte?
—Después de la hora punta. Primero, me daré una ducha y comeré algo.
Él duda un poco, cambiando el peso de un pie al otro, con las manos apoyadas en las caderas.
—Eh, y te acuerdas de que mañana a las siete y media tenemos reunión con Raymond y las dos juntas, ¿verdad?
Sonrío con amargura. Para eso era la falsa disculpa.
—No, Paul, no estaré allí. No asistiré a tus reuniones de la junta directiva ni a ningún evento relacionado con tu carrera. —El brillo de sus ojos se vuelve gélido—. Lo último que necesitas es más poder.
La ira centellea en sus ojos durante una fracción de segundo antes de que su mano se cierre alrededor de mi garganta, apretándola. Me empuja contra la pared, golpeándome con fuerza, y los pulmones se me quedan sin aire. Sus dedos dudan, pero no aflojan el agarre.
Mis ojos se clavan en los suyos mientras mis manos permanecen bajadas a lo largo de mi cuerpo, en contra de mi instinto de liberarme de ese agarre asfixiante.
—¿Estás preparado para cumplir condena por asesinato, Paul? —digo, ahogada, con la voz ronca y estrangulada.
Al instante me suelta, como si mi piel le quemara.
—Andas contando mentiras a la gente sobre mí. ¡Vas a arruinar la vida de los dos! —grita, con la boca tan cerca de mi cara que siento la vibración de su voz contra mi piel.
—¿Qué mentiras? —pregunto, confundida.
Él se burla con ira.
—No me digas que no lo sabes. ¿Qué le has estado contando a ese amargado saco de estiércol marino?
Nunca le ha gustado mi padre, pero nunca lo había insultado así delante de mí. Nunca.
—Decirle a mi padre que quiero el divorcio es la verdad.
Lo sabes. —Su mano vuelve a buscar mi garganta, titubeante.
Puedo ver en sus ojos la furiosa batalla que se libra en su interior.
Si pudiera salir impune, me mataría con sus propias manos.
Aquí y ahora—. Eso hará que tu juicio por asesinato sea mucho más interesante —consigo decir.
Me suelta y retrocede un par de pasos, apartando la mirada como si se sintiera avergonzado. Pero no me lo creo. Seguro que sigue pensando en cómo conseguir que vaya a la reunión de mañana.
Ni en broma pienso ir.
Me agarro al pomo de la puerta para mantener el equilibrio mientras recupero el aliento.
—Si vuelves a ponerme las manos encima… —empiezo a decir, pero él me interrumpe.
—No volverá a ocurrir, lo prometo. —Me mira a los ojos, sin rastro de ira ya.
Un destello de algo indefinido me da escalofríos, pero su voz suena sincera y calmada, como si hubiera tomado una decisión, y me doy cuenta de cuál podría ser esa decisión.
Va a llegar a un acuerdo con la policía y va a delatarme.