Una pareja perfecta 57
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AL JAZINSKI

Eckhart lleva horas pegado a la dichosa pantalla.

Su silla de oficina cruje cada vez que se inclina hacia delante, con la tablet en la mano iluminada por esas imágenes granuladas en blanco y negro.

Es como un perro con un hueso, se niega a rendirse, aunque ya hayamos roído todo lo que había que roer.

Sin embargo, el teniente está de acuerdo con él. Nos ha dado unos días más para encontrar al culpable. Eckhart es capaz de convencer a cualquiera para que haga cualquier cosa. Pero no va a ser suficiente.

De vez en cuando, anota algo en su libreta. Códigos de tiempo, notas y, por lo general, los nombres de los sospechosos a los que perseguimos.

Me reclino en mi silla y lo observo con el rabillo del ojo.

Tiene esa mirada, la que tiene cuando cree que está a punto de descubrir algo importante.

Me gustaría creerlo, pero, después de días mirando coches, marcas de tiempo y ángulos de aparcamientos, mi fe se está agotando.

Hasta ahora no tiene nada, nada más que excusas por el tiempo que está perdiendo.

Parece que todos los que asistieron a esa gala se las arreglaron de alguna manera para llevar sus propios coches al día siguiente.

Quizá lo estamos abordando de forma equivocada.

—Bueno —digo finalmente, rompiendo el silencio—, ¿alguna novedad o seguimos viviendo en la tierra de los casi?

Eckhart no levanta la vista.

—Dame un segundo. —Pausa la grabación, la rebobina y vuelve a pausarla—. Te juro que aquí hay algo.

—Siempre «hay algo aquí», compañero. El problema es que no suele ser suficiente para que podamos utilizarlo en contra de alguien.

—No, lo digo en serio —insiste, tocando la pantalla—. Mira esto. ¿Ves la pegatina en el parabrisas de Davis?

Cuando oigo el nombre, aguzo el oído. Me acerco a su mesa y entrecierro los ojos inclinándome para ver la imagen. Está muy borrosa, como todas las de esa cámara del aparcamiento.

—Sí, la veo, como ya la he visto mil veces.

Ya hemos comprobado que llevó el mismo coche al día siguiente.

¿Igual que, cuántos, veintisiete de sus compañeros de trabajo?

—No puedo evitar ser un poco capullo con esto.

A este caso le faltan cuatro horas para unirse a la pila de casos sin resolver que se acumulan en mi mesa.

Eckhart pasa a otra marca de tiempo y a un ángulo diferente.

—Fíjate: el mismo coche, la misma pegatina, pero hay algo que no cuadra.

Cruzo los brazos y frunzo el ceño.

—¿Qué quieres decir con que no cuadra?

Hace zoom , pixelando aún más la imagen.

—El tintado del parabrisas es diferente. Más intenso en esta, más claro en la otra. Y fíjate en la posición de la pegatina: ahora está un poco más alta. ¿Lo ves?

—¿Y esto lo deduces de esta imagen tan granulada? ¿Estás seguro de que no es el sol?

Él gruñe y hace rodar la silla hacia un lado, luego se inclina hacia la mesa de otra inspectora y le quita la tablet de las manos sin pedir permiso.

—¡Oye! —exclama ella—. ¿Qué coño haces?

—Es solo un segundo, ¿vale? —Eckhart esboza una sonrisa y me señala—. Hay gente que no lo entiende sin los accesorios adecuados.

Apoyo las manos en las caderas.

—¿En serio? —No puedo creerme el descaro de este tipo.

No se molesta en responderme. Simplemente toca la otra tablet durante un momento interminable y luego las coloca una al lado de la otra.

—Este es Paul Davis llegando al trabajo el jueves por la mañana, antes de la gala benéfica —dice, señalando la tablet de su izquierda—. Fíjate en la fecha. Y este es él el viernes por la mañana. El mismo ángulo, la misma cámara, el mismo tiempo soleado.

Hay que fijarse mucho para detectarlo, pero, una vez que lo ves, no puedes dejar de verlo. Está ahí. El tintado más oscuro en el vehículo de Paul Davis el jueves. La posición más alta y torcida de la pegatina el viernes por la mañana.

—Lo pillo —digo, rascándome la barbilla—. Las pegatinas de autorización para aparcar no suelen moverse solas, pero el tintado del parabrisas también es más claro. ¿Crees que lo cambió?

Eckhart asiente con la cabeza, cada vez más entusiasmado.

—Exacto. Si el parabrisas tenía daños, eso podría significar que había pruebas en él. Sangre, tal vez. Fragmentos de cristal del impacto con la víctima.

—O —respondo— lo cambió porque se le agrietó con una piedra en la autopista. Es algo que pasa constantemente. El resto del coche no tiene daños. Tú mismo lo has dicho. Tenía polvo, ¿no?

—Vamos, Al —insiste Eckhart—. Creía que querías trincar a este tío. ¿No crees que vale la pena investigar esto?

—Vale la pena pensarlo —digo con cautela—. Pero a ver si consigues una orden judicial basándote en una pegatina borrosa y algunas discrepancias en el tintado. Ningún juez la aprobará cuando el tipo en cuestión es una estrella mediática.

Eckhart se reclina en su asiento, desinflado.

—¿Y qué? ¿Lo dejamos pasar?

Niego con la cabeza.

—No, no lo dejamos pasar. Solo necesitamos un enfoque diferente.

—¿Como qué?

Me toco la barbilla, con una sonrisa en la comisura de los labios.

—No iba solo en el coche, ¿verdad? Davis tiene mujer, la otra mitad de su montaje de «pareja perfecta».

—Cojo una de las tablets y cambio la pantalla al sistema del Departamento de Tráfico, luego busco su expediente—.

Amanda Davis. Ella estaba con él esa noche.

Los he visto en la televisión y aparecen en los vídeos del recinto, saliendo juntos.

—Un momento, la conozco. —Eckhart mira la foto del Departamento de Tráfico y la amplía con los dedos—. Nos hemos visto dos veces. Trabaja en el Hospital Sunset Valley.

—Sé que es enfermera, pero… —Me rasco la cabeza—. ¿Cómo es que la conoces?

—¿Recuerdas aquel atropello con fuga entre una furgoneta y una berlina que nos hizo investigar el teniente? Ella respondió a nuestra orden de búsqueda. Y la volví a ver cuando fui a interrogar a Davis. Tú estabas ocupado ese día, fui solo y ella también estaba. ¿Crees que sabe algo?

—Piénsalo —digo, inclinándome hacia él—. Si Davis estuvo involucrado en ese atropello, ella lo sabe. Iba con él y seguro que estará muerta de miedo. Ella es nuestra vía de acceso.

—Probemos primero en el hospital y luego en su casa. —Coge las llaves de su coche de la mesa—. ¿Y si no dice nada? —pregunta Eckhart, cogiendo su chaqueta del respaldo de la silla.

Sonrío, sintiéndome optimista por primera vez desde mi entrevista en La pregunta final con ese imbécil.

—Entonces, aumentaremos la presión.