Una pareja perfecta 56
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PAUL DAVIS

Últimamente vivo día a día, y eso me está matando.

Algo más debió pasar la noche de aquel puñetero accidente.

Es como si el universo se hubiera vuelto loco y las cosas ya no tuvieran sentido.

Le dije a Foster que quería que el coche quedara como nuevo, y él intentó engañarme, diciendo que había terminado sin sustituir el embellecedor agrietado debajo del faro. Debe pensar que soy idiota.

Luego está mi mujer y su increíble desfachatez.

¿Se creía que lo único que tenía que hacer era imprimir una plantilla de acuerdo de divorcio sacada de internet y hacerme firmarla?

Últimamente, no está demostrando mucho sentido común.

Tiene hasta mañana para entrar en razón o, de lo contrario, la pondré en su lugar, aunque tenga que arrastrarla por el pelo.

Mañana, a las siete y media, las dos juntas directivas se reunirán en una sesión conjunta para conocerme y evaluarme como presentador principal nacional de la futura cadena.

En palabras del propio Raymond: Amanda y yo somos ahora una marca, la «pareja perfecta» de Los Ángeles que lucha contra la conducción bajo los efectos del alcohol y marca la diferencia, todo ello bajo el resplandeciente logotipo dorado de Golden State Broadcasting.

Y que gana millones mientras se dedica a ello.

Esa es la diferencia que me importa. Amanda no lo sabe, pero yo me llevo una parte del pastel, al igual que mi jefe.

Y ahora, esto. Otra locura con la que tengo que lidiar: la invitación a almorzar de mi suegro. En un día normal, ese capullo y su montón de basura flotante no habrían entrado en mi agenda. ¿Y almorzar en un carguero comercial? Puaj. Es probable que necesite la antitetánica después de eso.

El hombre flacucho que lleva un uniforme de seguridad portuaria sonríe de forma extraña cuando menciono el nombre de mi suegro.

—Está allí. —Señala con un dedo sucio hacia un gran barco que están descargando—. El Sea Titan.

Como si no lo supiera.

La barrera se levanta y conduzco hacia el barco.

A medida que me acerco, su tamaño me parece surrealista.

Las grúas de barco a tierra bailan frente a él mientras cogen contenedores y los depositan sobre camiones.

Una larga fila de camiones espera su carga.

El barco todavía tiene cientos de ellos a bordo.

Es enorme, una masa gigantesca de acero, tocada por el óxido y unida por remaches del tamaño de latas de refresco. El nombre del buque, Sea Titan, está escrito en letras negras y gruesas del tamaño de un pequeño bloque de pisos.

Al detenerme junto a la pasarela, levanto la vista y entrecierro los ojos ante la luz del sol, tratando de ver si ese cabrón está ahí esperando. No veo nada. Cuando salgo del coche, tiemblo bajo el viento frío que atraviesa la chaqueta de mi traje.

La pasarela es empinada y resbaladiza por las salpicaduras del mar.

El olor a salitre lo impregna todo. Camino con cuidado, agarrándome a la gruesa barandilla de cuerda trenzada como si mi vida dependiera de ello, y probablemente sea así.

Miro hacia abajo mientras asciendo y veo el estrecho espacio entre el muelle y el casco del barco, golpeado sin piedad por cada ola.

Caer sería una sentencia de muerte instantánea.

En lo alto, el propio lobo de mar me espera, con las piernas abiertas y los pies bien plantados, los brazos cruzados sobre el pecho. La fuerte brisa agita su barba blanca. Asiente con la cabeza y me da un firme apretón de manos.

—Bienvenido a bordo. —No hay ni rastro de bienvenida en sus ojos ni en su voz.

—Me alegro de verlo, capitán —digo, esbozando una sonrisa forzada—. Gracias por la invitación.

No responde. Solo me mira fijamente durante un breve segundo antes de indicarme con un gesto que lo siga.

Me lleva por pasillos estrechos y por unas empinadas escaleras de rejilla que resuenan bajo mis pies.

La tripulación asiente con la cabeza al pasar, algunos con una sonrisa tensa y otros evitando mi mirada por completo.

Me pregunto cuánto sabrán sobre la vida personal de su capitán, sobre mí, el famoso yerno que todos conocen por las noticias de la televisión.

La visita es breve pero exhaustiva, cada detalle nos recuerda que estamos en su territorio.

La cavernosa bodega de carga. El puente, con su laberinto de controles y luces parpadeantes.

La sala de máquinas, una cacofonía de metal chirriante y turbinas al ralentí.

Es impresionante, incluso abrumador, y huele a moho salado y suciedad, y no veo el momento de salir de aquí.

Esto no es lo mío. Pero no puedo evitar la sensación de que no se trata de presumir de su barco.

Cuando pasa por el comedor de los oficiales sin reducir la velocidad, estoy seguro de ello.

Por fin, salimos a la cubierta del puente, con la vasta extensión del Pacífico extendiéndose ante nosotros.

El ruido metálico, el zumbido y los golpes secos de las grúas continúan en la cubierta inferior.

La luz del sol se refleja en las olas y tengo que entrecerrar los ojos después de haber estado dentro durante un rato. Debería haber traído las gafas de sol.

Mantengo la mirada fija en el horizonte. Mirar hacia abajo me da vértigo. Debemos estar al menos a treinta metros sobre el nivel del mar.

Mi suegro se apoya en la barandilla.

—Es precioso, ¿verdad? —me pregunta, mirándome.

—En efecto —respondo, aunque en este momento no soy capaz de apreciar su belleza.

Sus ojos se desvían hacia el horizonte.

—En el mar, no podemos permitirnos ser sensibles o educados en lo que respecta a la basura. —Su voz es ese susurro bajo y amenazador que tanto detesto.

No entiendo cómo su voz puede sobreponerse al ruido de fondo, pero lo hace. Es escalofriante.

Hace una pausa y luego continúa:

—Simplemente la lastramos para que nunca vuelva a salir a la superficie y apeste el aire. Y la tiramos por la borda. Así es como trato los problemas desagradables y malolientes de mi vida. ¿Me entiendes, mi querido Paul?

Aprieto la mandíbula.

—Creo que sí.

Se acerca a mí, con el olor a sal y aceite de motor pegado a él.

—Soy el hijo de puta más cruel y feroz que desearías no haber conocido nunca. —Sus susurros me hielan la sangre—. No ha sido una gran comida, ¿verdad? Pero espero que nuestra conversación te haya resultado inspiradora. Y que quizá hayas aprendido algo de ella.

No respondo. Tengo la boca seca y el pulso me retumba en los oídos. Sus palabras flotan entre nosotros como una nube de tormenta, llenando el aire de electricidad.

¿Me está amenazando?

Sin duda alguna. Entonces tiene la desfachatez de sonreír, solo un ligero movimiento de sus labios, suficiente para asegurarse de que capto el mensaje. Me da una palmada en la espalda mientras yo lucho por encontrar las palabras para escupirle en la cara.

—Espero que el divorcio de mi hija sea un asunto sencillo y sin complicaciones, y eso incluye la custodia —continúa, con un tono tan afilado como un cuchillo—. Mi nieto debería crecer sabiendo que su madre y su padre están vivos y bien, ¿no crees? —Su sonrisa se amplía, alimentando mi ardiente ira.

¿Quién coño se cree que es? Lo voy a destrozar, joder.

Cuando me indica que me acerque a la puerta del puente, lo sigo, pero, después de dar un par de pasos, lo agarro del brazo para detenerlo. Se da la vuelta. Le suelto el brazo, le agarro la solapa del uniforme y me acerco a su cara, lo suficiente como para oler el aroma a puro cubano de su aliento.

—Puede que aquí, donde este remolcador es tu reino, te creas un puto pirata, pero en tierra firme puedo destrozarte la vida de cincuenta maneras diferentes. ¿Me oyes? Ándate con ojo, viejo. Te tengo calado.

Él no se inmuta. Con los ojos fijos en los míos, susurra:

—Quiero ver cómo lo intentas.

Por un momento, nos quedamos así, inmóviles, respirando el aliento ardiente del otro, mi mano agarrada a su solapa, sus ojos clavados en los míos, inquebrantables. Entonces lo suelto.

Abro la puerta con un golpe furioso y me dirijo al puente para encontrar la salida desde allí.

Puedo oírlo caminar detrás de mí, a un par de pasos de distancia.

Me acompaña así hasta la pasarela, pero se detiene antes de subir a ella.

No me giro para mirarlo. Sé lo que vería: a él, de pie, con las piernas ligeramente separadas, imperturbable ante el ligero movimiento del barco que me da náuseas, mirándome como si yo fuera a ser la noticia principal de mañana: «Apreciado presentador de noticias hallado muerto en circunstancias misteriosas».

Bueno, que le den a él y a la barcaza que empuja.

Me agarro a la barandilla de cuerda para ir bajando. Mis zapatos Ferragamo resbalan sobre la superficie metálica estriada, lo que hace que mi descenso sea peligroso.

Estoy a punto de llegar a tierra firme cuando uno de los oficiales con los que me he cruzado antes comienza a subir por la pasarela. Asiente y sonríe profesionalmente, y luego dice:

—Espero que nos volvamos a ver pronto.

—No si puedo evitarlo, joder —mascullo después de pasar, mientras me pongo al volante de mi Cadillac de alquiler. Las ruedas chirrían cuando arranco en dirección a la puerta.

Estoy deseando llegar a casa esta noche, después del trabajo. Es hora de que Amanda y yo tengamos una charla seria. No va a joderme la vida.