Una pareja perfecta 55
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AMANDA DAVIS

Me apresuro a desaparecer después de mi turno, antes de que el doctor Grant pueda acorralarme y continuar una conversación que no puedo permitirme el lujo de tener.

Tomo el ascensor hasta la última planta y me cuelo en el almacén.

Está vacío a esta hora, y probablemente no vendrá nadie hasta el comienzo del siguiente turno.

La sala huele a lejía y a limpiador con aroma a pino, y la iluminación es muy tenue.

No me importa. La puerta que cierro con suavidad detrás de mí tiene una ventana estrecha con rejas, y las luces tenues llamarán menos la atención.

En un pequeño escritorio hay un ordenador antiguo con el monitor apagado.

Lo enciendo y tarda un momento en iluminarse.

El sistema de inventario de suministros ocupa toda la pantalla.

Cojo el anticuado ratón y busco un navegador que pueda usar de incógnito.

Marisol no es el único fantasma que me persigue.

Desde el miércoles pasado, he estado buscando la oportunidad adecuada para averiguar quién era Greg Hollen.

No quería buscarlo desde mi teléfono ni desde el ordenador de casa.

Ya no hay privacidad… Y algún día, cuando la policía encuentre su cuerpo y empiece a buscar respuestas, cuando rastreen su último paradero y me vean en las imágenes de la videovigilancia del bar, más me vale no tener ninguna relación con él.

Escribo su nombre en el navegador y espero a que se cargue la página de resultados.

El ordenador es bastante antiguo y emite un sonoro runrún mientras funciona.

Me desplazo por los resultados con impaciencia, sin prestar apenas atención a los que no son correctos.

Un par de obituarios. Varios perfiles con su nombre en LinkedIn y algunos otros en redes sociales.

Un estudiante de la Universidad de Florida.

Un paisajista en Nebraska. Y, por fin, el que estoy buscando.

Paso a los resultados de imágenes y me quedo sin aliento. El hombre que aún me persigue en mis pesadillas posa delante de una tabla de estatura mientras sostiene un cartel de identificación policial con el escudo de la policía de Los Ángeles. La fecha es de hace tres años.

Mientras estudio su rostro con atención, casi no lo reconozco.

Las comisuras de sus labios están hacia abajo; la nariz, arrugada en una expresión de disgusto.

Sus ojos son lo que más me perturba. No puedo creer que pensara que este hombre era atractivo, aunque fuese solo durante un minuto de borrachera y enfado.

La maldad que brilla en sus iris es escalofriante.

Escruto el rostro que aparece en la vieja y polvorienta pantalla del ordenador, dudando de mi cordura mientras trato de pensar.

Necesito saber más. Para empezar, qué hizo, aunque tengo una idea.

Si cumplió condena. Por un momento delirante, me pregunto si podría llamar a Danny Bilger o a otro de los agentes que conozco bien.

Pero eso sería lo peor que podría hacer.

Opto por consultar los registros de reclusos en la página web de la Oficina del Sheriff del Condado de Los Ángeles.

Me lleva un tiempo encontrar el lugar adecuado, pero al fin doy con lo que busco.

Y es una lista larga. Los antecedentes penales de Greg Hollen dibujan la imagen de un depredador sexual violento, sin remordimientos y sin posibilidad de redención.

Empezó joven, a los trece años, pero esos antecedentes están sellados.

Luego, se puso serio. A los veinte, le rompió una botella en la cabeza a un hombre durante una pelea en un bar.

A los veintiséis, fue condenado por agresión sexual y violación.

Con los ojos como platos por la estupefacción, cambio al motor de búsqueda del sistema judicial y leo el testimonio que detalla la agresión.

La víctima necesitó puntos de sutura en la cara y el pecho.

Le aplastó la tráquea. Estuvo en el hospital durante semanas.

Esa mujer podría haber sido yo.

Hollen fue condenado a ocho años por eso. Ni de lejos suficiente. Salió en seis por buen comportamiento y, ese mismo año, fue acusado de nuevo por agresión y tentativa de violación. Hace cuatro meses, volvió a salir en libertad y está —estaba— en libertad condicional.

Mis dedos tiemblan ligeramente sobre el ratón.

Ahora sé cómo descubrirán su cadáver. No será por un alquiler o una hipoteca impagados ni por un corte de electricidad que descongele su cuerpo hasta que el hedor haga que los vecinos den el aviso.

No… Será su agente de libertad condicional, que tirará la puerta abajo cuando no se presente a la cita prevista.

Pensaba que tendría uno o dos meses hasta que encontraran el cuerpo.

Tendré suerte si me queda otra semana.