Una pareja perfecta 54
77%

54

AMANDA DAVIS

Los lunes por la mañana, el servicio de urgencias se llena de infartos, sobredosis y traumatismos por accidentes de tráfico, las reacciones habituales de la gente al comenzar una nueva semana laboral.

Los lunes se produce un aumento del trece por ciento en los infartos de miocardio en comparación con la media del resto de la semana.

Hasta ese punto odia la gente ir a trabajar.

Pero yo no.

El hospital se ha convertido en mi refugio, un lugar donde Paul no puede alcanzarme y donde mi matrimonio destrozado y mi vida arruinada no pueden consumirme. Cuando estoy trabajando en una sobredosis crítica como la que acabamos de estabilizar, no hay tiempo para pensar, para recordar.

Paul no firmó los papeles del divorcio. Ni siquiera los leyó.

Se comportó tal y como esperaba. Me amenazó.

Dio puñetazos en las paredes. Me gritó, con la cara enrojecida y las venas de las sienes hinchadas, como si estuviera a punto de sufrir un derrame cerebral.

No sé qué da más miedo: su temperamento o el hecho de que sabe que está perdiendo el control sobre mí.

Me costó mucho esfuerzo no irme de casa, pero también es mi casa.

«Volver a casa para enfrentarme a él fue una estupidez —me digo a mí misma—. No es el hombre que creías que era. La seguridad es lo primero, ¿recuerdas?».

El pensamiento cruza mi mente y me produce un escalofrío. No me haría daño…, ¿verdad?

—¿Doctor Grant? ¿Amanda? La jefa os quiere a los dos en su oficina —anuncia Sunny desde fuera de la puerta del box de traumatología tres.

No necesito preguntar a quién se refiere. La doctora Kenna, la jefa de personal del departamento, es la única a la que llamamos «la jefa».

—¡No hemos terminado! —le espeta el doctor Grant, con el estetoscopio sobre el pecho del paciente—. Vigila ese ritmo, parece que está pasando a taquicardia ventricular.

—Sí, doctor —respondo, sin apartar la vista del monitor.

—Cuando podáis —dice Sunny, encogiéndose de hombros a modo de disculpa.

Ella y yo nos miramos a los ojos. Le hago una pregunta silenciosa, pero ella niega con la cabeza. No sabe de qué se trata.

Unos minutos más tarde, cuando el paciente está en la segunda planta e ingresado en la UCI, el doctor Grant y yo nos dirigimos al despacho de la doctora Kenna. Hay una incomodidad persistente entre nosotros, un silencio pesado que me da miedo romper.

El doctor Grant me abre la puerta y entro en el despacho de la jefa.

—¿Querías vernos?

Ella levanta la vista de la pila de papeles que tiene delante.

—Sí, pasad.

Una oleada de ansiedad me recorre el cuerpo. El pulso se me acelera mientras ella revisa una pila de carpetas y saca una. Reconozco de inmediato las pestañas codificadas por colores: el historial de un paciente.

—Los dos tratasteis a Marisol Sosa, ¿verdad?

Oír su nombre es como un golpe físico. Intercambio una mirada con el doctor Grant, que está de pie junto a mí, rígido, con las manos en los bolsillos de la bata. Asiento con la garganta apretada.

—Sí, la recuerdo —contesto—. Hace unas tres semanas, quizá un mes.

—La policía ha estado preguntando por ella. ¿Hay algo que deba saber? —pregunta la doctora Kenna. Su voz es tranquila, pero sus ojos son afilados como cuchillas.

Mi visión se estrecha y se forman manchas negras en los bordes. Siento las rodillas como gelatina. No, no, no. Esto no puede estar pasando. Me obligo a respirar, a mantenerme de pie.

—¿Amanda? —pregunta el doctor Grant con preocupación.

Parpadeo, tragándome el pánico que me invade.

—No —consigo decir, con la voz temblorosa—. Solo…, solo una historia muy triste. Una chica tan guapa… y un accidente absurdo. —Mi voz vuelve a fallar, pero sigo adelante—. No había nada que nadie pudiera hacer.

La jefa me mira por encima de las gafas.

—He leído las notas, pero ¿puedes darme más detalles? Cuéntame los antecedentes.

Miro al doctor Grant, esperando que me ayude. Mi voz me traiciona.

—Marisol quedó atrapada en el derrumbe de un andamio cuando salía de un centro comercial —explica él, con palabras precisas y ponderadas—.

La estructura cedió y parte del andamio cayó encima de ella, causándole lesiones catastróficas.

Sufrió una fractura de la columna cervical en las vértebras C5-C6, con una compresión medular grave y una probable sección incompleta.

Eso la dejó tetrapléjica y apenas capaz de respirar por sí misma.

—Entiendo —dice la doctora Kenna, frunciendo el ceño mientras examina la historia clínica.

El doctor Grant hace una pausa y me mira antes de continuar.

—La conectamos a un respirador artificial, pero las lesiones eran letales. Solo el daño espinal ya garantizaba que nunca recuperaría la respiración autónoma ni la movilidad. Además, sufrió quemaduras extensas de segundo y tercer grado en más del cuarenta por ciento de su cuerpo.

—¿Quemaduras? —repite la jefa, con voz ahora un poco más seca. Hojea con rapidez el expediente del caso, probablemente buscando detalles.

—Un derrame de disolvente —aclara el doctor Grant—.

El líquido se incendió al entrar en contacto con un cable eléctrico expuesto del andamio caído.

Eso fue lo que dijo el equipo de emergencias médicas.

Marisol quedó prácticamente atrapada en un incendio.

Las quemaduras por sí solas eran incompatibles con la vida, pero la verdadera causa de la muerte fue la lesión medular.

Tengo las manos sudorosas y me las froto contra la bata, tratando de tranquilizarme. Cada palabra me parece un golpe.

—Entonces, ¿no hay nada por lo que deba perder el sueño? —inquiere la jefa.

El tono del doctor Grant se vuelve firme.

—No. Absolutamente nada. Le prestamos toda la asistencia posible, documentamos cada paso. Por desgracia, sus lesiones eran incompatibles con la continuación de la vida. La madre tomó la difícil pero humana decisión de interrumpir el tratamiento que habría prolongado su sufrimiento unos días más.

—¿La madre optó por suspender las medidas para prolongar la vida? —pregunta la jefa. Veo mi propio dolor reflejado en sus ojos.

—Sí —confirma el doctor Grant.

—Falleció en menos de una hora —añado en voz baja. Mi voz tiembla al recordar el rostro angustiado de Marisol. Sus ojos aterrorizados, su cuerpo destrozado.

Los ojos de la doctora Kenna se cruzan con los míos.

—¿Tenéis idea de por qué la policía anda haciendo preguntas?

Lo único que puedo hacer es negar con la cabeza.

—No —responde el doctor Grant, firme e imperturbable—. No se me ocurre ninguna razón. El caso está completamente documentado y se siguieron todos los protocolos.

Cierra el expediente y lo vuelve a colocar encima de la pila. Hay un momento de silencio antes de que la jefa vuelva a hablar, con un tono más ligero.

—De acuerdo, perfecto. Gracias por aclarármelo. Si la policía se pone en contacto con alguno de vosotros, avisadme de inmediato.

—Por supuesto —dice el doctor Grant, y sale de la oficina de la doctora Kenna detrás de mí.

Durante un rato, caminamos en silencio uno al lado del otro, en dirección a urgencias. Mantengo la mirada al frente; el largo pasillo me resulta tan desconocido como si nunca hubiera estado aquí. Como si estuviera atrapada en un laberinto del que no hay escapatoria.

—Tienes que hablar conmigo —dice el doctor Grant cuando estamos en el ascensor. Su voz es amable. Comprensiva.

—No puedo. —Mis ojos se cruzan con los suyos durante una fracción de segundo, pero luego aparto la mirada—.

No es nada que afecte a nuestro trabajo.

Algunos casos simplemente… me impresionan.

—Me atraganto con mis propias palabras y hago una pausa.

Respiro hondo para tranquilizarme—. El de Marisol fue uno de estos casos. Me persigue.

Ojalá pudiera decirle la verdad, pero nadie debe saber lo que estoy ocultando. La policía no pregunta por Marisol por lo que ocurrió en el hospital.

Hay otra razón.