53
AL JAZINSKI
La oficina de la forense me da escalofríos, como siempre.
Huele a lejía y a algo metálico e indescriptible, pero no siento curiosidad por saber qué es.
Eckhart y yo encontramos a la doctora Evans hablando con alguien que está llorando; probablemente habrá venido a identificar a un ser querido.
No les envidio en absoluto. No puedo contar las veces que he temido que esto me pasara a mí, que María tome las decisiones equivocadas.
Cada vez que no contesta al teléfono, o cuando llego a casa y no está porque se ha ido a Dios sabe dónde, mi imaginación hiperactiva pinta esta misma escena.
Le damos un minuto a la forense para que termine.
Cuando acaba, nos saluda con la mano, con las gafas colocadas en la punta de la nariz y su habitual expresión seria.
A sus cuarenta y cinco años, ha visto más cadáveres que yo horas extras, y su pasión y profesionalidad son solo algunas de las cosas que admiro de ella.
—Caballeros —dice, invitándonos a entrar—. Tengo respuestas para ustedes. Algunas, al menos.
Eckhart y yo la seguimos por el pasillo iluminado hasta su oficina, pasando por delante de la sala de identificación. Bien. No necesito volver a ver a la víctima, a menos que sea necesario. Evans abre una carpeta que tiene sobre la mesa y nos indica que nos sentemos.
—Empezaré por lo que sabemos —comienza, echando un vistazo a sus notas—.
La hora de la muerte: puedo situarla con precisión en un intervalo de veinte minutos.
Mi estimación preliminar se ha confirmado.
Murió casi al instante del impacto, y las pruebas señalan que el accidente ocurrió entre las doce y media y la una menos diez de la madrugada del jueves pasado.
Eckhart arquea una ceja.
—¿Tan preciso?
Evans asiente.
—El agua de lluvia y los restos de sangre.
Su ropa estaba seca cuando murió, lo que significa que la atropellaron antes de que empezara a llover a las doce y treinta y siete.
Pero, cuando la arrojaron al barranco, acababa de empezar a llover, lo que empapó la capa superior de su ropa.
Eso concuerda con la hora en que el Servicio Meteorológico informó de que la tormenta se desplazaba hacia el interior.
Luego, la lluvia depositó arena y suciedad alrededor de su cuerpo, pero no debajo de él.
Además, la actividad de los insectos en el cuerpo, en concreto las larvas de mosca azul, indica un intervalo de siete días entre el momento de la muerte y el momento en el que se halló el cadáver.
Suelto un silbido por lo bajo.
—Nunca deja de sorprenderme, doctora.
Ella me lanza una rápida mirada.
—Tuvimos suerte. Si no hubiera sido por la lluvia de ese día, y la sequía desde entonces, lo máximo que habría conseguido sería darles un intervalo de veinticuatro horas.
Asiento con la cabeza. Tener suerte nunca ha perjudicado a un policía. Jamás.
—¿Qué más?
Evans se sube las gafas y pasa a otra página.
—La causa de la muerte fue un traumatismo craneal grave, compatible con el impacto de un vehículo a alta velocidad. Sufrió una fractura en la base del cráneo; básicamente, la base del cráneo se le destrozó por la fuerza del impacto. Fue instantáneo. No sintió nada.
Eckhart se inclina hacia delante, con las manos formando un triángulo con los dedos juntos hacia arriba.
—¿De qué velocidad estamos hablando?
—Basándonos en las lesiones de su cuerpo, el vehículo circulaba a aproximadamente ciento diez kilómetros por hora.
El tipo de fractura, la gravedad de los daños en la caja torácica, la columna vertebral y el fémur izquierdo, y la trayectoria de su caída sugieren que se trataba de una berlina o un SUV.
—Hace una pausa—. Fue limpio. Sin frenada, sin vacilación antes del impacto, pero la científica ha podido determinar que hubo una frenada significativa después.
Quienquiera que la atropellara ni siquiera redujo la velocidad antes de golpearla, pero se detuvo por completo después.
Intercambio una mirada con Eckhart. El conductor no intentó evitarla.
—¿Han podido ubicar el lugar exacto donde la atropellaron?
—Sí. Basándonos en los restos de sangre encontrados bajo el guardarraíl, pudimos determinar dónde cayó después del impacto. El resto lo hizo un modelo informático.
—¿Algo más? —pregunto.
Evans pasa a la página siguiente.
—Era una paciente con cáncer de mama en fase terminal, estaba en tratamiento con quimio.
Tenía un catéter central en el pecho, así como restos químicos compatibles con un tratamiento de quimioterapia específico.
Basándome en los fármacos identificados, me puse en contacto con los hospitales de la zona que cuentan con servicios de oncología.
—Saca una hoja de la carpeta y la desliza por el escritorio—.
A alguno de ellos debe faltarle una paciente que coincida con su descripción general.
—¿Faltarle? —repite Eckhart, frunciendo el ceño—. ¿Les envió su foto?
La doctora Evans niega con la cabeza.
—Eso no serviría de mucho. Está irreconocible debido al accidente. Pero hay otros datos específicos que he podido compartir. Radiografías de sus pechos, raza, altura, peso, edad aproximada… Esto debería ser suficiente para identificarla con seguridad.
—¿Así que no tienen ni idea de quién falta a su tratamiento programado? ¿En serio? —Dejo que mi frustración se refleje en mi voz.
—Es algo más complicado —señala Evans, con cierta frustración en la voz—.
Cuando los pacientes no acuden al tratamiento, los centros oncológicos pueden suponer varias cosas, incluido que hayan fallecido.
Algunos pacientes se rinden y quieren que los dejen tranquilos para morir en paz.
Otros se sienten demasiado débiles para seguir luchando.
Estos centros tardarán uno o dos días en darnos una identificación positiva.
Asiento con la cabeza, tomando nota mentalmente.
—¿Y los historiales dentales?
—Aún no he recibido respuesta —contesta ella—. Mientras tanto, estoy esperando una identificación positiva de los centros oncológicos. No debería tardar mucho.
Eckhart da unos golpecitos con los dedos en el borde de su mesa.
—¿Hay algo más reseñable? ¿Algo que se nos escape?
Evans se reclina en su silla y cruza los brazos.
—Los restos químicos en el catéter son lo bastante fuertes como para indicar que recibía un tratamiento agresivo.
No era alguien en cuidados paliativos. Todavía estaba luchando.
—Hace una pausa y su voz se suaviza—. Pero su pronóstico no habría sido bueno.
Ese es el tipo de tratamiento que se utiliza para los casos en fase terminal. Un mes o dos, como mucho.
La sala se queda en silencio. Siento el peso de sus palabras posarse sobre nosotros como una espesa niebla. Una mujer que se estaba muriendo de cáncer, atropellada por un coche y abandonada en un barranco. Es cruel y desgarrador a un nivel que ni siquiera puedo expresar con palabras.
Evans carraspea, rompiendo el silencio.
—También encontré un ligero residuo de alcohol y rastros de analgésicos recetados en su organismo.
Ninguno de los dos en cantidades que la afectaran de forma significativa, pero sí lo suficiente como para sugerir que no se encontraba bien.
Por qué estaba allí, en medio de la nada, sigue siendo un misterio.
—¿Podemos suponer que quería suicidarse siendo atropellada? —pregunto.
La doctora Evans se encoge de hombros.
—Suponer es su trabajo. Yo solo me ocupo de los hechos científicos.
Pero, si tuviera que formular una hipótesis, diría que sí, que sin duda es una posibilidad.
Malibu Canyon Road a esa hora de la noche está muy oscura y no hay mucho tráfico, pero los vehículos que circulan por allí van a gran velocidad.
Sería una buena opción si se quisiera hacer algo así.
Me levanto y estiro la espalda dolorida.
—Gracias, doctora. Manténganos informados sobre la identificación.
—Por supuesto —dice ella, levantándose también—. Espero tener la confirmación pronto. En un día o dos como mucho.
Eckhart y yo salimos al luminoso pasillo, con sus últimas palabras siguiéndonos como un eco. En la calle, el sol nos parece demasiado cálido, demasiado brillante.
—Ya se estaba muriendo —murmura Eckhart, casi para sí mismo—. Vaya mierda.
—Sí —respondo, sacando mi bloc, y paso a una página nueva—. Pero alguien decidió tirarla a una zanja. Esa persona se merece un lugar especial en el infierno.