Una pareja perfecta 52
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PAUL DAVIS

Sigo temblando mientras conduzco a casa, agitado y cabreado de cojones. Me duele el puño derecho por el golpe que le he dado al volante del coche. Puede que me haya roto algo.

Maldita sea esa mujer. Me cago en ella.

Si Amanda cree que voy a ir corriendo a firmar los papeles del divorcio, está muy equivocada. Pero asistirá a la reunión de la junta, o tendré el cadáver de otra zorra que tirar por un barranco. Se lo he dicho y se lo he repetido: nadie me va a quitar a mi hijo.

Durante un rato, conduzco en el silencio aturdido de mis pensamientos.

No puedo creer que de verdad me esté planteando esto, pero las cosas serían mucho más fáciles si ella tuviera algún tipo de accidente.

Quizá Foster Vía Rápida podría organizarlo.

Ya le pago lo suficiente, y seguro que seguiré pagándole hasta el día de mi muerte.

O hasta que él caiga muerto como el indeseable que es.

Miro la hora en el salpicadero y aprieto los dientes.

Son casi las ocho, y apuesto a que lo encontraré todavía trasteando en el garaje, esperando su paga.

Amanda estará sentada en el sofá, con los brazos cruzados sobre el pecho, enfadada porque he dejado a Foster solo en casa. Como si tuviera otra opción, joder.

Me saco el teléfono móvil desechable del bolsillo y busco uno de los dos números que tengo guardados. Marco y me pregunto si ese abogado de mierda se atreverá a contestar mi llamada.

—¿Hola?

Reconozco la voz de Larry Chapelle, aunque suena ahogada y entrecortada. Seguro que ya se ha cagado en los pantalones.

—¿Sabe quién soy? —pregunto con frialdad.

—Sí, señor Da…

—Nada de nombres, por favor.

—Sí, claro. —Una pausa—. ¿En qué puedo ayudarlo?

—Puedes empezar por decirle a ese mierdecilla que me has enviado que no soy su puta vaca lechera, ¿me oyes? —Respiro con dificultad por el esfuerzo que estoy haciendo para no arremeter contra él con todas mis fuerzas.

—¿Qué ha pasado? —pregunta con voz temblorosa, reducida a un susurro tenso.

—Me está chantajeando, eso es lo que ha pasado. Quiere setenta y cinco mil más, además de los veinticinco que ya le pagué. No es lo que acordamos tú y yo. No me dijiste que ibas a enviar a alguien a chantajearme.

—S-sí, tiene razón. Se suponía que no le iba a cobrar nada. Hablaré con él y…

—El pago de hoy es el último, ¿me oyes? Asegúrate de que le quede claro. Cien mil dólares son suficientes para un montón de piezas y para mantener la boca cerrada para siempre. Más que suficientes.

Se produce un breve silencio en la línea abierta. Ni siquiera oigo respirar a Chapelle.

—Sí, está claro —responde al cabo de un rato. Su vacilación inicial ha desaparecido, como si hubiera descubierto lo que tiene que hacer para que Foster se comporte—. No volverá a pasar.

—¿Me lo garantizas personalmente?

—Sí.

La respuesta es breve, concisa y extrañamente tranquilizadora. No se me ocurre ninguna razón por la que debería creerle, pero lo hago. Es algo en la forma en la que lo ha dicho.

—¿Ha terminado el trabajo? —pregunta Chapelle cuando estoy a punto de colgar.

—Lo sabré dentro de unos minutos. Si no ha terminado, no cobrará.

—Entiendo. ¿Me confirmará que ha terminado? Basta con un mensaje de texto a este número.

—Eso sí puedo hacerlo. —Suelto un largo suspiro—. No me hagas volver a llamarte.

Cuelgo mientras tomo la salida de la autopista en dirección a casa. Más vale que Foster sepa gastar con prudencia, porque no volverá a ver ni un centavo mío.

Mientras espero a que el semáforo se ponga en verde, un pitido me avisa de que tengo un nuevo mensaje.

Abro la aplicación y maldigo en voz alta.

Mi suegro ha escrito: «Paul, hace tiempo que no hablamos.

Compartamos una comida como Dios manda a bordo del Sea Titan, algo sustancioso, al estilo de los marineros.

El martes que viene a las doce en punto.

Atracaremos en el puerto de Los Ángeles, puerta catorce.

Pide acceso con mi nombre. No llegues tarde».

Pero ¿qué coño?

Miro fijamente el mensaje, tratando de recordar la última vez que mi suegro y yo fuimos a comer juntos. ¿Qué puñetas le ha estado contando Amanda sobre mí? Solo mentiras, imagino… Pero ahora tengo que contener esta situación.

Un claxon enfadado me devuelve a mi asiento y arranco con un chirrido de neumáticos. Utilizo el sistema multimedia del coche para responder a su mensaje con un simple y seco «Allí estaré».

Porque que me parta un rayo si voy a achantarme ante lo que sea que ese viejo cabrón tenga que decirme. No le tengo miedo.

Cuando giro hacia mi entrada, veo a Foster sentado en la roca del jardín, como antes. Sonríe mientras se acerca a la puerta de mi coche.

—Todo listo, colega —dice—. ¿Tienes la pasta?