Una pareja perfecta 51
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AMANDA DAVIS

Sentada en el sofá de mi padre, es la primera vez que me siento segura en semanas.

Tristan está tumbado con la cabeza en mi regazo y el brazo alrededor de mi cintura, medio dormido.

No me atrevo a moverme ni un milímetro por miedo a que se escape; aún no he tenido suficiente de él, lo he echado demasiado de menos.

Siento los ojos pesados y me tienta dormirme solo un minuto, pero no puedo permitírmelo.

Respiro hondo y me obligo a mantenerme despierta.

Papá está preparando algo en la cocina. Oigo el familiar ruido de objetos y puertas de armarios, y luego el grifo abierto.

Sigue chirriando cuando lo cierra. No recuerdo ningún momento en el que no lo haya hecho.

Miro a mi alrededor, la habitación que me resulta tan familiar.

No ha cambiado mucho con los años, probablemente porque él se va durante meses.

La foto de mamá sigue en la misma estantería, colocada en el ángulo perfecto para verla desde el sofá en el que estoy sentada.

Otra foto, de los tres, tomada cuando yo tenía unos doce años, está enmarcada en un cuadro grande sobre la repisa de la chimenea.

El lugar sigue oliendo ligeramente a humo de puro y piñas.

Papá las recoge en sus paseos y las deja en la chimenea para que se sequen y perfumen la habitación.

Tristan se retuerce en mis brazos, bosteza y se estira. Luego, se da la vuelta, me sonríe con la boca abierta y se frota los ojos con los puños. Se ha acabado nuestro momento de mimos. Darme cuenta de ello me produce una pizca de pesar.

—¿Quién quiere chocolate caliente? —pregunta papá, entrando en la sala con una bandeja con tres tazas grandes cubiertas con nata espolvoreada con cacao en polvo.

Tristan se levanta de un salto y se apresura a coger una taza con el entusiasmo de alguien que se muere de sed, y quizá también de hambre.

—¡Yo! —chilla, antes de llevarse la taza a los labios y sorber ruidosamente. La nata montada se le queda pegada al labio superior.

—Te está saliendo bigote de leche, jovencito —le dice papá, riéndose de él.

Se limpia enseguida la boca con la mano y luego se lame los dedos.

Pongo los ojos en blanco.

—Qué buenos modales —digo, sonriendo mientras le cojo el chocolate caliente de la mano a papá—. Pero es tarde, papá. Estará despierto toda la noche.

Hoy he salido temprano del trabajo, pero son casi las siete. Demasiado tarde para un chocolate caliente. Él le resta importancia a mi preocupación con un gesto de la mano y se sienta en el sofá a mi lado.

—Hay problemas más graves ahí fuera. Ojalá este sea el peor de los nuestros.

Doy un sorbo al chocolate caliente. Está delicioso, con un toque de canela. Me recuerda, de forma dulce y dolorosa a la vez, a mi infancia, a las vacaciones de Navidad que pasaba echándolo de menos, a los exóticos regalos que me traía de los distintos destinos a los que viajaba.

—Está delicioso. No puedo creer lo mucho que añoraba esto.

Tristan corre hacia el televisor y lo enciende. Sin dudarlo, navega por los menús y pone una película de Disney. Me acerco la taza a la cara para respirar el aroma, levanto las rodillas y me giro hacia un lado para mirar a papá.

Lo veo mirándome con una intensidad en los ojos que no recuerdo haber visto en mucho tiempo, tal vez desde que le dije que me iba a casar y con quién. Nunca le ha gustado demasiado Paul. Ahora, desearía haberle hecho caso.

—¿Qué pasa? —pregunta, con esa voz baja e intensa que hace que la tripulación del barco contenga la respiración para escuchar lo que tiene que decir.

—Nada —respondo demasiado rápido, y al instante me arrepiento de la mentira. Se merece mucho más que esto, pero la verdad le haría más daño—. Solo tenemos que resolver algunas cosas.

Tristan gira la cabeza hacia mí.

—¿Cuándo puedo volver a casa?

Creía que no estaba escuchando.

—Pronto, cariño —respondo, sintiéndome tentada de mentir para calmar sus miedos—. Estamos haciendo limpieza y pintando la cocina. No te gustaría. Hay mucho ruido y huele mal.

—¿Poniendo una mano de pintura nueva en las grietas de los cimientos y la suciedad asquerosa? —pregunta papá, en un susurro lento y mesurado.

No puedo evitar sonreír. Siempre ha tenido facilidad de palabra.

—Estamos renovando la casa, no el matrimonio, papá —digo en voz queda, haciendo un gesto hacia Tristan.

Una profunda arruga surca la alta frente de papá.

—No me gusta lo que te está haciendo. Estás demacrada, pálida, seguro que no comes bien.

—Se detiene un segundo, mirándome hasta que bajo la mirada, admitiendo que tiene razón—.

Estás estresada mientras él se codea con los peces gordos, aprovechándose de tu duro trabajo para su beneficio personal. En mi opinión, es un parásito.

Otro momento de profundo silencio mientras lucho por contener las lágrimas. Me da vergüenza mirarlo a los ojos.

—No te voy a preguntar si eres feliz —susurra—. No soy ciego. Te voy a preguntar: ¿por qué sigues con él?

Estoy temblando, a pesar de la taza de chocolate que me calienta las manos.

Doy otro sorbo y luego lo miro, fijándome en las ojeras que tiene debajo de los ojos, el peso que ha perdido y lo marcados que tiene los pómulos.

Detrás de todo eso, hay un núcleo de acero, una fuerza sobrehumana que siempre he admirado. Siempre ha sido mi héroe.

—Quiero el divorcio —digo finalmente, con un tono tan bajo que apenas puedo oírme—.

Se lo he pedido, pero no cede. —Miro a Tristan, sentado en el suelo con las piernas cruzadas, con los ojos pegados a la pantalla mientras se ríe del colorido caos animado—.

No puedo perderlo, papá. —Un temblor me recorre el cuerpo—.

No puedo. Y Paul me ha jurado que lo perdería.

Papá deja la taza sobre la mesa y entrelaza las manos en su regazo.

—No estamos en la Edad Media, Mandy. Las mujeres tienen derechos. Los derechos de las madres están protegidos.

—No lo conoces, papá. Es poderoso. Tiene influencia sobre la gente, la policía, los jueces…

, sobre todo el mundo, en realidad. Podría conseguir la custodia sin ninguna dificultad.

La negociaría entre bastidores. Luego, se mudaría quién sabe dónde, solo para poner distancia entre Tristan y yo. Me lo ha dicho.

Papá aprieta la mandíbula. Ahora me arrepiento de haber dicho nada. No puedo dejar de preocuparme por haber empeorado las cosas. Papá no sabe todo lo que ha ocurrido. El accidente. El hombre al que maté en defensa propia. Ya no sabe quién soy. Yo tampoco lo sé.

Tiemblo.

—Pero estaré bien —digo, respirando hondo—. Encontraré una solución. No te preocupes por mí.

Más tarde esa noche, cuando me voy de casa de papá, me demoro en abrazarlos a ambos, sabiendo cuánto los extrañaré.

Inspiro el aroma de Tristan con los ojos cerrados, esperando que permanezca conmigo durante un tiempo, grabado en mi memoria.

Entonces papá me envuelve entre sus brazos y me susurra unas palabras al oído:

—Te mereces algo mejor, Mandy.

Tiene razón. Merezco algo mejor.