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PAUL DAVIS
Mientras aparco en mi plaza de la cadena, de cara al muro, aprieto los dientes hasta que me duele la mandíbula. Mis nudillos están blancos sobre el volante y el miedo se enrosca en mis entrañas como una serpiente de cascabel.
No puedo creer que haya dejado a Foster solo en mi garaje.
Cuando ha aparecido esta mañana, sin llamar por teléfono ni nada, esperaba que yo me quitase del medio y lo dejara trabajar en el coche a él solo.
No he discutido. Habría sido inútil. Las discusiones son para gente dispuesta a llegar a un acuerdo, mientras que el Foster de las narices solo amenaza con el máximo perjuicio; es de los que van en plan «o si no, verás…
». No veo el momento de deshacerme de él.
A pesar de que lo llaman Foster Vía Rápida, desde luego que no es tan rápido cuando se trata de dar el callo o arreglarme el coche.
Cuando he salido del garaje, me he alegrado de ver que al menos su camioneta destartalada no estaba allí para llamar la atención de todo el mundo.
No sé cómo habrá llegado a mi casa, y no me importa.
Pero ahora está allí, solo, libre para hurgar en mis cajones y meter las narices por todas partes.
No creo que mi cutre sistema de alarma suponga ningún reto para él.
¿Quién sabe lo que va a hacer?
Luego, he tenido que pasar por el banco y sacar setenta y cinco mil dólares en efectivo.
He vaciado mi cuenta de ahorros y he echado mano de mi línea de crédito.
No me ha gustado nada la mirada de la cajera ni sus preguntas.
Y también se ha presentado el gerente, por supuesto.
Estos bancos siempre están dispuestos a aceptar tu dinero, pero ¿devolverlo?
Es como si tuvieras que ganártelo de nuevo.
¿Y qué coño les importa a ellos para qué lo necesito? ¡Es mi dinero!
Hasta que se me ha aclarado un poco la cabeza, no me he dado cuenta de que el banco podría informar de la retirada a los organismos policiales.
Porque vivimos en un estado policial, ¿no?
Y ahora no se me ocurre ninguna explicación válida si vienen y me preguntan en qué he invertido mis setenta y cinco mil dólares.
Podría decir que quería comprar bitcoins.
O donarlos de forma anónima a algún sitio.
O hacerme una operación de cirugía plástica. O algo por el estilo.
Joder.
Mientras tanto, Foster podría estar revisando todas mis cosas y decidiendo pedir aún más dinero, porque ¿por qué no?
Llego a la reunión de redacción con diez minutos de retraso, y mi aparición interrumpe una alegre charla.
Observo al grupo con mirada crítica, como preguntándoles si les queda algo de sentido de la responsabilidad.
El silencio se convierte en una tensión que me irrita los nervios como el sonido de las uñas en una pizarra.
Me siento a la cabecera de la mesa, tamborileando con los dedos sobre la fría superficie de cristal, y aprieto la mandíbula mientras reviso el orden de los segmentos para las noticias de esta noche.
Es un trabajo descuidado y apresurado, por decir lo menos.
Aidan está sentado dos sillas más allá, encorvado sobre la tablet , con el aspecto de un colegial culpable que ha olvidado los deberes.
Carly está reclinada en su silla, con los brazos cruzados, fingiendo una confianza despreocupada que ha perfeccionado.
Cuando nuestras miradas se cruzan, ella pestañea y se muerde con discreción el labio inferior, y sé que me desea.
Lástima que yo no esté de humor.
Latesha hojea el resumen sin levantar la vista, golpeando rítmicamente con el bolígrafo el borde de la mesa. Los dos productores de segmentos, en el otro extremo de la mesa, evitan el contacto visual como si yo fuera una bomba de relojería.
—¿Dónde está la noticia principal, Aidan? —le espeto, dejando que mi voz resuene en la sala como un latigazo.
El chico da un respingo y, con los ojos como platos, rebusca entre sus documentos impresos y, luego, en la tablet .
—Eh… Carly te envió el borrador por correo electrónico anoche —balbucea, pasando las pantallas como si eso fuera a salvarlo—. Vamos a seguir adelante con el incendio del puente de la interestatal I-15 como noticia principal. Pensaba…
—Pensaste mal —lo interrumpo, inclinándome hacia delante. Golpeo la mesa con la mano para enfatizar. El sonido resuena en las paredes de cristal y todo el mundo se pone tenso—. Si lo tuviera, ¿crees que estaría preguntándotelo? ¿O es que tengo que llevarte de la mano para que hagas algo?
—Paul —interviene Carly con voz suave y controlada, como si intentara calmar a un perro rabioso.
Se inclina un poco hacia delante y me devuelve la mirada con esa irritante frialdad que la caracteriza—.
Anoche lo envié todo. Centrémonos en el guion.
Podemos retocar la noticia principal después de la reunión.
Dirijo mi mirada furiosa hacia ella, sintiendo cómo me sube la temperatura. Sabe que no debe desafiarme en público.
—Gracias por tu aportación, Carly. No me había dado cuenta de que eres la encargada de dirigir esta reunión.
—Y no la dirijo —replica, tan tranquila como siempre—. Pero alguien tiene que mantener la productividad.
—La productividad —repito, soltando una risa seca—. Tiene gracia, viniendo de ti. Que yo sepa, eres tú la que no nos deja avanzar. —No puedo evitarlo. La irritación, el estrés, el peso de todo lo que está sucediendo fuera de esta sala… Todo sale a borbotones.
Carly ni se inmuta y no muerde el anzuelo. Solo inclina la cabeza y aprieta los labios formando una línea fina.
—Si has terminado —dice con tono tranquilo—, tenemos que planificar el orden de los segmentos.
La tensión en la sala sube otro punto, el silencio zumba en mis oídos.
Miro a los productores al otro lado de la mesa.
Uno de ellos está garabateando algo en un bloc; el otro finge leer el guion como si su vida dependiera de ello.
Latesha finalmente levanta la vista de sus papeles, con una expresión de cautelosa neutralidad, pero sus ojos dicen que está disfrutando del espectáculo.
Estoy cayendo en su trampa. Me cago en todo.
Cuando la veo sacar el teléfono y escribir un mensaje rápido, me enfurezco aún más.
Respiro hondo, tratando de controlarme.
—Bien —digo, reclinándome y frotándome el puente de la nariz—. Aidan, tráeme todos los textos al final de esta reunión. Carly, asegúrate de que la unidad móvil esté lista para el reportaje sobre el incendio del puente. Y que alguien me traiga un café que no sepa a sobras de ayer.
Nadie se mueve durante un segundo. Entonces Aidan se levanta apresuradamente y murmura algo sobre la sala de descanso. Carly me mira con una ceja levantada, pero no dice nada. Latesha vuelve a escribir mensajes de texto en su teléfono, cada uno acompañado del sonido que confirma el envío.
Niego con la cabeza, frustrado hasta decir basta. Este es mi circo, mis monos. Y, algunos días, juraría que todos se han confabulado para volverme loco.
Cuando levanto la vista, Ray me observa desde la puerta de la sala de conferencias. Latesha debe haberlo llamado. Por supuesto. Muchas gracias, joder.
Mi jefe me hace una señal y salgo al pasillo. Me rodea los hombros con un brazo, justo cuando Aidan pasa con una taza de café grande en la mano. Se la cojo y le hago un gesto con la mano para que se vaya.
—Paul, quería preguntarte algo —dice, acercando la cabeza a la mía para que no nos oigan—. ¿No quieres tomarte un par de días libres? Has estado a tope de cosas.
Un escalofrío me recorre la espalda. Me aparto lo suficiente para mirarlo a los ojos, buscando respuestas. Pero es imposible descifrar su expresión.
—¿A qué te refieres?
—Ya sabes: organizar la gala, el programa, todo lo que haces. Estás a tope todo el tiempo. No debe ser fácil.
—Ah, eso —digo, sonriendo—. No es ningún problema, estoy bien.
Él frunce un poco el ceño, estudiándome de cerca.
—Entonces, ¿qué mosca te ha picado? Tu gente se está quejando, y creo que no necesitas pistas para saber quién.
Me río y respondo sin pensarlo mucho.
—La policía ha estado en mi casa. ¿Te lo puedes creer? Por ese atropello con fuga que cubrimos la semana pasada. Parece que ocurrió cuando todos salíamos de la gala.
Ray se ríe y me da una palmada en la espalda.
—También han hablado conmigo. Esta mañana.
—¿En serio? —Siento una oleada de alivio.
—Sí. Porque cogí un Uber la mañana después del evento. —Se encoge de hombros y se ríe un poco más—. Al parecer, eso es motivo suficiente para sospechar que mi coche resultó dañado en ese atropello mortal.
¿No sería increíble que sospecharan de Ray durante un tiempo? O para siempre, en realidad.
—¿De verdad? —le pregunto, animándolo a seguir hablando.
—Sí. Les he dicho que siempre bebo en esos eventos, porque todo el mundo quiere tomar una copa conmigo.
Voy y vuelvo en limusina. Y, al día siguiente, tenía demasiada resaca para conducir.
Eso es lo que les he dicho. —Se ríe de nuevo y me da un codazo en el costado—.
Se han marchado con el rabo entre las piernas.
—¿Eran dos?
—Sí. Uno se llamaba Eckhart, era más joven, y el otro era ese policía al que entrevistaste en La pregunta final hace un par de semanas. Tenía un nombre polaco, ¿Jazinski, quizá?
Se me hiela la sangre. Esto no puede estar pasando.
Sabía que me había ganado la enemistad de ese inspector en el programa, cuando vio que yo sabía lo de que habían pillado a su mujer conduciendo borracha.
¿Y ahora está trabajando en este caso? Me llevo la mano al cuello y me aflojo un poco la corbata. No puedo respirar.
—Pues que le den al Departamento de Policía de Los Ángeles, porque no saben lo que hacen —dice Ray, sonriendo—.
Te necesito en plena forma el próximo jueves por la noche, a las siete y media.
La junta ampliada quiere conocer formalmente al futuro presentador principal nacional de la cadena.
Es una sesión conjunta de nuestra junta y la junta directiva de KCLA.
Trae a tu mujer, por favor. Queremos proyectar la imagen de una voz digna de confianza, de un hombre de familia que merece ser invitado a los hogares de la gente cada noche a la hora de las noticias.
La votación sobre la adquisición es a principios del mes que viene. Esta es la recta final, compañero.
—Por supuesto —respondo con entusiasmo. Es la primera buena noticia que recibo en mucho tiempo—. Puedes contar conmigo, Ray. Conseguiremos que la fusión se lleve a cabo.
Nos estrechamos la mano y nos damos una palmada en la espalda. A través de las paredes de cristal, Latesha nos mira con desprecio sin ningún disimulo. Le sonrío con dulzura y observo cómo eso la saca de quicio.
Cuando por fin termina la reunión de redacción, salgo al aparcamiento.
Quiero celebrar la noticia con una comida lujosa, sin que me moleste la presencia de otras personas.
De camino a mi coche, saco el teléfono para llamar a Amanda y avisarla de la cita de la semana que viene.
Si necesita ir a la peluquería o algo así, ahora es el momento de pedir hora. No puede llegar ni un minuto tarde.
Hay una llamada perdida suya, recibida alrededor de una hora antes, cuando todavía estaba en la reunión, junto con un mensaje de voz. Pulso el botón de reproducción y me acerco el teléfono al oído.
—Paul, te sugiero que escuches lo que tengo que decirte y prestes atención.
—Su voz suena fría en el mensaje de voz, seca y amenazante—.
Sabes que guardaré tus secretos y yo sé que tú guardarás los míos.
No tenemos otra opción. Pero eso es todo.
No volveré a acompañarte a ningún evento de negocios hasta que firmes los papeles del divorcio.
Los he redactado para que los revises. Están en la encimera de la cocina.
Podemos mantener el divorcio en secreto y yo seguiré apoyando tu carrera hasta que Tristan sea mayor de edad, dentro de nueve años.
O puedes negarte, en cuyo caso tendrás que arreglártelas solo.
Adiós, cariño. Quizá quieras borrar este mensaje, por si acaso alguien revisa la actividad de tu teléfono.
La grabación hace clic al llegar al final. Miro la pantalla con incredulidad. La rabia me invade, me quema por dentro y me hace apretar los puños.
—¡¡¡Joder!!!
El rugido de mi propia voz resuena en el aparcamiento mientras pateo un cubo de basura con todas mis fuerzas. Traquetea ruidosamente y rueda por el cemento, ante mis atónitos ojos.
Pero no lo veo. Lo único que veo es la superficie gris y manchada del suelo del aparcamiento, que baila ante mis ojos como si estuviera a punto de abrirse y tragarme por completo.
¡Esa puta zorra!