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AL JAZINSKI
La comisaría apesta a café malo y vidas desperdiciadas, pero sigo adelante y me detengo frente a la pizarra.
Cojo el rotulador y lo golpeo contra mi mano mientras Eckhart se desplaza por la tablet y su cara muestra esa imitación engreída de la sonrisa de Neeson que pone cuando cree que me lleva ventaja.
—¿Algún avance? —pregunto, con un tono más severo de lo que pretendía.
Se reclina y lanza la tablet sobre mi mesa como si fuera una mano ganadora en el póquer.
—Algo interesante. Kelsie Crichton, ¿sabes?, la chica sexy que actúa en esa serie judicial de televisión. Se marchó de la gala en su Mustang. Al día siguiente, llegó al rodaje conduciendo un BMW azul.
Dejo de dar vueltas y entrecierro los ojos.
—¿También es suyo?
—Sí —dice, haciendo girar la silla con pereza—. La gente como ella tiene más de un coche. Puede que no sea nada. No tengo ni idea de qué le pasó al Mustang, si es que le ocurrió algo. Aún tengo que investigarlo. —Sonríe y se sonroja un poco—. No me importaría hacerla sudar un poco.
—Qué canalla —murmuro, frotándome la sien, donde empieza a brotar el augurio de una migraña—. Fijo que no te importaría. ¿Algo más?
—Raymond Cook, el presidente y director ejecutivo de Golden State Broadcasting. Fue en taxi a la mañana siguiente —dice Eckhart en tono despreocupado, pero puedo sentir el peso de sus palabras.
—¿Cómo llegó a la gala?
Eckhart hojea su bloc. Me sorprende que mi compañero, adicto a la tecnología, sepa lo que es el papel.
—Aún no está claro. Solo pude ver una berlina negra, pero se detuvo en el extremo más alejado de la acera y un árbol obstruye la vista de la cámara.
—Interesante. ¿Y su coche? —digo, dejando el rotulador suspendido sobre la pizarra antes de trazar una línea entre el nombre de Cook y el lugar de la gala, y luego poner un signo de interrogación encima—. ¿Qué coche suele llevar y dónde narices está?
Eckhart se encoge de hombros, pero hay un punto de irritación en su voz.
—Un Audi, y no está en el aparcamiento de la cadena. Lo investigaré un poco más. No hay informes de que lo hayan retirado con la grúa ni de accidentes. Simplemente… no está allí. Podría tenerlo en casa.
—Sí, y podría estar dañado. Escondido en el garaje, donde no podemos entrar sin una puta orden judicial. —Observo la pizarra, las líneas que se entrecruzan entre nombres y lugares, la cronología esbozada debajo en una línea roja atravesada por flechas verticales negras.
—Hablaré con él —decide Eckhart—. Y con la chica de la tele también.
No puedo evitar poner los ojos en blanco.
—Ya, apuesto a que empezarás por ella.
—Pues no —replica, guiñándome un ojo, y se arregla el nudo de la corbata con gestos exagerados—. Me guardo esa experiencia para última hora de la tarde. Quizá así dure más, ya me entiendes.
Me dan ganas de abofetearlo con el manual de la policía de Los Ángeles. En cambio, me río a carcajadas, pero mis ojos están clavados en la cronología.
—¿Alguna novedad sobre la víctima? —pregunta, sacándome de mis pensamientos confusos.
—Aún no hay identificación —respondo—. La forense dice que han enviado los registros dentales. Está esperando a ver si hay alguna coincidencia. Las huellas tampoco están en ninguna base de datos.
Eckhart suspira, con la misma frustración que yo.
—¿Se ha confirmado que la hora de la muerte fue entre la medianoche y la una y media?
—Exacto. La doctora mencionó algo sobre agua de lluvia acumulada en ciertas zonas y no en otras, y algunos bichos. Pero aún no hay identificación.
—Es un fantasma.
—No del todo —preciso, golpeando con la punta del dedo la cronología, que no quiere írseme de la cabeza—.
La forense encontró algo. La víctima se estaba muriendo de cáncer.
En fase avanzada. Le quedaban meses, quizá semanas.
Y la doctora dijo que la enfermedad avanzada la hizo equivocarse en su estimación preliminar de la edad de la víctima.
Solo tenía cuarenta y tantos, no cincuenta y tantos.
—Aprieto el rotulador con más fuerza, mirando fijamente cronología—.
¿Qué leches hacía allí, en medio del bosque, a esa hora, con ese tiempo? ¿Se había perdido? ¿Tenía alzhéimer?
Eckhart niega con la cabeza.
—¿Tan arriba en la montaña? No puede ser. Debía estar en esa carretera por alguna razón. No es como si la hubieran atropellado en el aparcamiento de un supermercado.
—Quizá alguien la dejó allí —digo en voz baja, con un nudo en el estómago.
¿Quién podría dejar a una paciente de cáncer frágil y moribunda en una carretera desierta en mitad de la noche?
¿Alguien la llevó allí? ¿Quizá un Uber? No se encontró ningún teléfono ni cartera junto a la víctima.
Si los llevaba consigo, el autor del crimen debió quitárselos o tirarlos en algún sitio para mantenernos en la ignorancia—.
Vamos a enviar solicitudes de información a través de los Portales de Respuesta de Seguridad y Salud Pública de Uber, Lyft, las compañías de taxis…
A lo mejor tenemos suerte. Y vamos a hablar con la científica.
Espero que hayan encontrado el teléfono y la cartera.
La sala queda en silencio, salvo por el leve zumbido de las luces del techo. Echo un vistazo a la pizarra, con la cronología rondándome la cabeza sin motivo aparente. Es como si estuviera olvidando algo importante. Quizá otro trago de café me ayude a recordar.
Ayer fue una noche dura. María no estaba bien, lloraba e intentaba echarse atrás en su decisión de volver a rehabilitación. Eso me sacó de mis casillas, el tipo de enfado que necesita mucho whisky para desaparecer. Y ahora estoy hecho un trapo.
—¿Y Foster? —pregunta Eckhart, con un tono más sombrío—. Es bastante inverosímil suponer que su visita a Paul Davis no tenía nada que ver con un coche.
La tensión se apodera de mis hombros mientras miro el nombre garabateado en grandes letras junto al de Paul Davis.
—Él es la clave para resolver esto. Si averiguamos qué hacía en casa de Davis, descubriremos lo que Davis está ocultando. Pero el hijo de puta se ha esfumado y los jefes no aprobarán que una unidad vigile la dirección de Davis.
—¿Crees que Foster volverá a casa de Davis?
Me encojo de hombros.
—Si aún no ha terminado con lo que sea que estaba haciendo, sí, claro. Pero el teniente no lo autorizará, por el presupuesto y tal. Los contables nos tienen agarrados por las pelotas.
Eckhart se levanta y se estira con un gemido.
—¿Quieres que siga con lo de las cámaras? ¿A ver si podemos obtener una cronología más precisa de los asistentes a la gala? ¿Quizá ver algunas imágenes de cámaras situadas más al norte, en Agoura o en la 101?
—Sí —digo con voz tensa—. Revisemos a todos los que pasaron por Malibu Canyon Road esa noche.
Es posible que el autor no fuera un invitado a la gala, sino un conductor cualquiera.
—Me rasco la frente con la punta del dedo índice—.
Ah, y tenemos otras cuarenta y ocho horas.
Si seguimos sin tener nada, el teniente nos sacará del caso.
—Mierda —dice Eckhart, cogiendo su chaqueta—. Será mejor que nos pongamos en marcha. Voy a por el coche.
Antes de salir, echo otro vistazo a la cronología. Hay un detalle que no aparece en la pizarra: la fecha de mi entrevista televisiva. Ahora entiendo por qué Paul Davis no me machacó en el programa ese día.
Mi entrevista tuvo lugar el viernes por la noche, el día después del atropello mortal.
Davis me tenía en el punto de mira, pero probablemente decidió que no era el mejor momento de su vida para meterse con un policía, teniendo en cuenta lo que había hecho la noche anterior.
Es lo único que encaja. Y eso me demuestra que él es el conductor que estamos buscando.
Añado un asterisco a la cronología para marcar el día de la entrevista y luego me quedo mirando el nombre de Paul Davis garabateado con rotulador negro.
Deberías haberme rematado cuando tuviste la oportunidad, hijo de puta.