Una pareja perfecta 48
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AMANDA DAVIS

Anoche no pude dormir. Acurrucada en el sofá del salón y envuelta en una manta, me quedaba dormida por momentos, solo para despertarme sobresaltada con un grito ahogado en la garganta.

Era casi de madrugada cuando dejé de intentar descansar.

En cambio, mantuve los ojos bien abiertos, mirando al techo y repasando todo en mi cabeza, una y otra vez.

Todo se remonta al día de la gala benéfica.

Está claro que no era feliz antes de ese día.

Estaba atrapada en un mal matrimonio. Quería divorciarme y no conseguía avanzar con Paul al respecto, pero no me sentía tan acorralada como ahora.

No me enfrentaba a la posibilidad de ir a la cárcel ni de perder a mi hijo.

Aun así, no puedo evitar sentirme culpable, en más de un sentido.

Por lo que hice el día del accidente. Por no llamar a la policía en lugar de ayudar a Paul.

Pero, sobre todo, por lo de ayer. ¿En qué narices estaba pensando al ligar con un desconocido en un bar e irme a su casa con él? ¿Qué esperaba que pasara?

Esto no, por supuesto.

Cuando entro en urgencias, faltan unos veinte minutos para que empiece mi turno.

Tengo los ojos secos, pero inyectados en sangre y algo hinchados, a pesar de la bolsa de guisantes congelados que he usado como mascarilla.

Llevo un jersey de cuello alto negro que oculta bien mis moratones.

Hago todo lo posible por sonreír y comportarme con normalidad, pero mis pensamientos van a mil.

¿Qué voy a hacer? O, mejor aún, ¿qué debería hacer? ¿Cuál es la forma más inteligente de salir de este lío?

A veces, cuando me cuesta encontrar la respuesta correcta sobre cómo seguir adelante, me imagino a mí misma viendo la escena en una película y preguntándome: ¿qué le diría a la protagonista que hiciera?

La metáfora disociadora y tranquilizadora de una película me ayuda a ver respuestas que de otro modo se me escaparían.

Solo que ahora probablemente cambiaría de canal.

Una risa amarga se escapa de mis labios cuando entro en la sala de descanso y me dirijo a la cafetera. Alguien ya ha preparado una jarra y me apresuro a llenar una taza. Tiene un aroma dulce a vainilla francesa que me gusta.

Con la taza de café en mis manos heladas, me siento en el sillón desgastado. Doy pequeños sorbos y el líquido caliente tiene el efecto que esperaba. Me aclara la mente y organiza mis pensamientos.

Fue en defensa propia. Tengo los moratones que lo demuestran.

Y me entró pánico, igual que le sucedió a Paul después del accidente.

Él no tiene más ventaja sobre mí que yo sobre él.

Pero lo más importante, en realidad, es que él todavía me necesita .

Para su ascenso profesional, para su insaciable búsqueda de poder.

Su necesidad es mi ventaja, si juego bien mis cartas.

Y yo necesito a un abogado…, alguien que me ayude a salir de este marrón. Pero no se me ocurre nadie en quien pueda confiar. Los secretos que guardo no son del tipo que se comparten con alguien que aparece en un directorio en línea de caras sonrientes y trajes carísimos.

Con un largo y apenado suspiro, debo admitir que lo lógico sería buscar un abogado y llamar a la policía.

Pero la idea me aterroriza. La idea de estar encerrada, aunque sea solo un día o los que sean necesarios hasta que se convenzan de que actué en defensa propia, me paraliza.

Estar aún más lejos de Tristan de lo que estoy ahora, echándolo de menos y sin poder hacer nada al respecto, es inimaginable.

¿Y si no me creen? Ya ha pasado antes. Hay personas inocentes que han sido encarceladas por asesinatos que no cometieron. Los policías tienen cuotas que cumplir cada mes, jefes idiotas que pueden presionarlos para que obtengan resultados. Los abogados también pueden estropearlo todo.

Y Paul… No puedo permitirme olvidar que es la persona que mejor miente de todas las que conozco. Puede convencer a cualquiera de cualquier cosa y no dudaría en traicionarme, aunque fuera por una ganancia mínima. Tejería una historia tan buena… que no habría vuelta atrás.

No. Tengo que ser más inteligente.

Me termino el café y dejo la taza sobre la mesa, luego miro el reloj.

Todavía me quedan un par de minutos. Me sorprendo a mí misma deseando que sea un día ajetreado, y enseguida me arrepiento, como si mi deseo fuera la única fuerza responsable de la llegada de sufrimiento humano a través de nuestras puertas correderas dobles.

Un momento después, mientras enjuago la taza, la puerta se abre.

—Buenos días —saluda el doctor Grant.

Me giro y sonrío, una reacción rápida y tímida.

—Hola.

La puerta se cierra detrás de él mientras se acerca a mí.

—Sobre lo de ayer, me pillaste en la ducha. No vi que me habías llamado hasta casi las once. —Su voz es baja pero cálida—. Lo siento mucho, Amanda. ¿Puedo compensarte invitándote a comer?

Niego con la cabeza y me seco las manos con una toalla de papel.

—No tienes que compensar nada, Michael. Está bien.

«Ahora es demasiado tarde —quiero decir, en realidad—. Demasiado tarde».

Me doy la vuelta para marcharme, pero él extiende la mano y me agarra la mía.

—Por favor…

Hago un gesto de dolor y retiro la mano, pero no antes de que él se fije en el moratón que tengo en la muñeca. Avergonzada, tiro de la manga y lo cubro. Mantengo la mirada fija en el suelo.

—Amanda —dice, con un susurro apenas audible—, ¿qué ha pasado?

—Nada —respondo, apartándome con rapidez.

—Déjame ayudarte. Por favor.

—No hay nada que puedas hacer, Michael. No ha pasado nada. —Lo miro brevemente y luego miro el reloj. Llego dos minutos tarde a mi turno.

—Hemos visto estos casos aquí. Todos los días vemos al menos a una víctima de violencia doméstica —insiste—. Los dos sabemos cómo termina esto. No hay nada de qué avergonzarse. Por favor, puedo…

—No hay ningún problema —digo, mirándolo a los ojos—. Solo un resbalón, eso es todo.

Veo en sus ojos que no se lo cree, pero no puede hacer nada al respecto. Me mira con preocupación evidente y un atisbo de algo que detesto más que nada.

Lástima.

—Puede que te sientas impotente —insiste con delicadeza—, pero tienes poder en las decisiones que tomas. Y puedes contar conmigo.

Al oír sus palabras, me doy cuenta de que sé exactamente lo que tengo que hacer. Tengo poder sobre Paul, aunque él no lo crea así.

Cuando la sirena rompe el tenso silencio entre Michael y yo, soy la primera en salir corriendo, cogiendo un par de guantes por el camino. Él se une a mí junto a las puertas correderas, con su actitud profesional y toda su atención puesta en el paciente que están trayendo.

—Mujer de veinticuatro años, dolor abdominal intenso que irradia a la espalda —informa la técnica de emergencias con tono seco—.

Tensión arterial 85/60, frecuencia cardiaca ciento treinta, saturando al noventa y dos por ciento.

Diaforética, defensa abdominal, posible hemorragia interna.

Canalizada vía periférica, un litro administrado.

—¡Box de trauma dos! —grita Sunny desde el mostrador.

Las ruedas de la camilla chirrían mientras los técnicos la empujan, y los gemidos de la paciente se elevan por encima del caos controlado.

—Inicio súbito, dolor en epigastrio medio, no cede con cambios posturales —añade la técnica.

Entramos con la camilla en el box de traumatología dos y el doctor Grant cuenta hasta tres para hacer la transferencia.

—¡Necesito pruebas de imagen aquí ya! —grita—. Quiero un hemograma, bioquímica completa, gasometría, coagulación, amilasa, función hepática y grupo y cruzadas.

Mientras Sunny se apresura a extraer sangre, yo coloco el carro de ecografía en su sitio y aplico un poco de gel sobre el abdomen de la paciente.

El doctor Grant me coge el transductor de las manos y comienza la exploración.

En la pantalla aparece una imagen gris y borrosa, pero yo no la estoy mirando.

Como hipnotizada, observo el rostro torturado de la paciente, su cabello empapado en sudor, los mechones pegados a la frente.

Tiene la boca abierta, jadeando en busca de aire entre gritos de dolor.

Un pensamiento inquietante aflora desde lo más profundo de mi memoria.

Esta chica se parece mucho a Marisol.