Una pareja perfecta 47
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AMANDA DAVIS

Salgo de la ducha, con la piel enrojecida por el agua hirviendo, y la toalla tiembla en mis manos mientras me froto el cuerpo.

Sigo teniendo frío, como si fuera hielo lo que corre por mis venas.

El vapor empaña el espejo, pero no necesito ver mi reflejo para saber lo destrozada que estoy.

Tiemblo por el agotamiento, por la adrenalina que aún me inunda y por el peso de lo que acabamos de hacer.

Lo que acabo de hacer.

Todo es culpa mía. Todo. Y no estaba preparada para nada de esto.

Cuando abro la puerta del baño, Paul está esperando al otro lado del pasillo. Está apoyado contra la pared con un vaso de bourbon en la mano, la corbata aflojada y la camisa desabrochada en el cuello. El olor a alcohol me golpea antes que sus palabras.

—Esto no ha sido un atropello mortal con fuga —dice, con la voz llena de veneno y algo más que no logro identificar. Algo oscuro y amenazador.

Me ajusto más la toalla y lo miro con ira.

—No, cierto. Pero tampoco ha sido culpa mía.

Paul suelta una risa amarga y se acerca.

—¿Que no ha sido culpa tuya? Tú eres la que me ha llevado a una casa desconocida para limpiar tu desastre, Amanda. Tú eres la que se ha ido a casa con él.

El hecho de que tenga razón me quema como un veneno al rojo vivo.

—¡Ya te lo he dicho, no fue así! —Mi voz se quiebra y odio lo débil que suena—. Yo no estaba…

—¡Anda, ahórratelo! —me interrumpe, haciendo girar el bourbon en su vaso—. ¿Ahora quieres hacerte la santa? Vale, pero no finjamos que no estabas buscando problemas cuando has entrado en ese bar.

Sabe exactamente qué teclas tocar para sacarme de quicio. Agarro el borde de la toalla, la tela húmeda bajo mis dedos.

—Crees que lo sabes todo, ¿verdad? ¿Crees que puedes juzgarme cuando apestas al perfume de Carly?

Aprieta la mandíbula y, por un momento, veo culpa en sus ojos. Pero desaparece tan rápido como ha llegado y es sustituida por esa sonrisa burlona que me enfurece.

—No hablamos de mí —dice con voz baja y peligrosa—. Estamos hablando de ti. Y de lo que has hecho. Y del cadáver que acabas de meter en un congelador.

Se me revuelve el estómago y siento náuseas. Doy un paso atrás y mis talones rozan el frío suelo de baldosas.

—No he tenido otra opción, Paul. Ha intentado matarme. ¿Qué se supone que debía hacer? ¿Dejarlo?

—Qué buena idea. —Su risa es mordaz. Cruel—. No, ya lo entiendo. Solo querías un polvo rápido, ¿verdad? Y ahora los dos estamos metidos en este lío. Otro puto secreto más que añadir a la lista.

El aire entre nosotros crepita de tensión, cada palabra corta más hondo, cada respiración supone un esfuerzo ingente. El corazón me late desbocado en el pecho, mi miedo se mezcla con la ira que coincide con la rabia en sus ojos.

—¿Y ahora qué? —pregunta, acercándose. Su voz es más tranquila, pero no menos peligrosa—. ¿Cuál es el plan, Amanda? Parece que tienes todas las respuestas. ¿Cómo crees que vamos a sobrevivir a esto?

Lo miro fijamente, con la garganta apretada y la vista borrosa.

—Déjame ir —susurro.

Él se queda paralizado, con el vaso a medio camino de sus labios.

—¿Qué?

—Déjame ir —repito, esta vez más alto—. Ya tienes suficiente contra mí.

Suficiente para saber que nunca le contaré a nadie lo del accidente.

Estamos en paz, en una forma de retorcida justicia poética.

Así que… déjame ir. Deja que me quede con Tristan y desapareceré de tu vida.

Puedes quedarte con tu carrera, tu reputación, tu libertad.

Puedes verlo tan a menudo como quieras. No quiero ni un solo centavo tuyo. Solo déjame criar a mi hijo.

Su risa es gélida.

—¿Crees que voy a dejarte marchar? ¿Después de lo que me has hecho hacer? Ni lo sueñes, cariño. Olvídalo.

Niego con la cabeza, con las manos temblorosas.

—Lo digo en serio, Paul. Esto ya no es un matrimonio, es una cárcel. Tú no me quieres y yo no te quiero, ya no. Dejemos de fingir. Es tan buen momento como cualquier otro.

Sus ojos se oscurecen y se acerca, elevándose sobre mí, empujándome contra la pared. Su puño se estrella contra la pared justo al lado de mi cabeza, haciendo un agujero en el yeso. Me estremezco, pero mis ojos permanecen fijos en los suyos.

Se acerca más a mí, hasta que puedo sentir su aliento en mi cara, abrasador, repugnante.

—No vas a ir a ninguna parte. Vas a ser la mujer más leal, fiel y atenta que nadie haya visto jamás. Cada vez que me apetezca follar, abrirás las piernas y me sonreirás. Y, el día veintisiete, vendrás conmigo a la reunión de la junta directiva y serás encantadora.

Parpadeo, pillada por sorpresa.

—¿Qué reunión de la junta?

Él sonríe con aire burlón y da otro sorbo a su bourbon .

—He visto una nota en la mesa de Ray. Van a evaluarme para un nuevo puesto. Aún no es oficial, pero está al caer. Y, cuando sea el momento, vas a sonreír y brillar como la mujer perfecta. ¿Te queda claro?

Siento náuseas y la habitación da vueltas a mi alrededor.

—¿Y si no te eligen? Entonces, ¿qué?

Su sonrisa se desvanece y aprieta con fuerza el vaso.

—Me elegirán. No tendrán más opción. Me he asegurado de ello.

Niego con la cabeza y doy un paso atrás.

—Estás loco.

—Quizá —dice con voz baja y fría—, pero no te vas a marchar. Ni ahora ni nunca. ¿Y Carly? Acostúmbrate a ella. Es mejor follando de lo que tú has sido jamás.

El peso de sus palabras me oprime, me asfixia. Mi mente se acelera, desesperada por encontrar una solución, pero todos los caminos parecen callejones sin salida.

Paul se dirige a la cocina, se termina la copa y deja el vaso sobre la encimera con un tintineo seco. Puedo verlo desde el pasillo, donde estoy apoyada contra la pared del baño, agotada, demasiado cansada para moverme.

—Duerme un poco —dice con voz inexpresiva—. Lo vas a necesitar.

Sube despacio las escaleras, dejándome sola con mis pensamientos, mis miedos y la aplastante realidad en la que se ha convertido mi vida.

Nunca me libraré de él. No si quiero conservar a mi hijo.