46
PAUL DAVIS
Primero, mi mujer sale furiosa de casa y desaparece sin decir palabra, dejándome aquí esperando a que vuelva.
No sé nada de ella durante dos horas. Luego, me llama y noto que está muy alterada.
Su voz se entrecorta con respiraciones rápidas y temblorosas, pero se las arregla para darme una lista completa de cosas que tengo que llevarle: alcohol isopropílico al noventa y ocho por ciento; peróxido, la versión extrafuerte que guarda en el armario del cuarto de la lavadora; una botella con pulverizador; y guantes de nitrilo.
Y, después, me da una dirección en Thousand Oaks y me dice que meta el coche en el garaje cuando llegue allí, que lo encontraré abierto.
Pero ¿qué coño?
¿Quién vive allí?
«Bueno, estoy a punto de averiguarlo», me digo a mí mismo mientras giro hacia la calle. La casa es una vivienda unifamiliar de dos plantas, envuelta en la oscuridad, pero la puerta del garaje se abre cuando entro en el camino de acceso. Hay otro coche dentro, un Mazda que no había visto nunca.
Entro en el garaje con las luces apagadas y apago el motor. La puerta se cierra detrás de mí y luego se enciende la luz. Amanda está de pie en la puerta, pálida y temblando, con las manos entrelazadas.
—¿Qué coño está pasando? —pregunto, saliendo del Cadillac de alquiler—. ¿De quién es esta casa?
—Por favor —dice, sollozando de repente—, yo… yo no…
—¿No qué? —inquiero, empujándola a un lado, y entro en la sala de estar.
Está oscuro dentro, excepto por la tenue luz que proviene de una lámpara nocturna enchufada junto a las escaleras. Busco a tientas el interruptor de la luz en la pared y lo pulso.
Y suelto un grito ahogado.
—¡Mierda! —digo, mirando el cuerpo que yace a mis pies—. ¿Qué has hecho? —pregunto, girándome hacia Amanda.
Ella niega con la cabeza, llorando con la boca abierta.
—Lo siento, yo no…, simplemente ha sucedido.
Tiene la muñeca izquierda muy magullada y la garganta teñida de tonos morados. Ese cabronazo ha intentado estrangularla. Pero ¿qué puñetas hacía ella en su casa?
Más le vale decirme que la ha secuestrado.
—¿Quién es este tío, Amanda?
—¡Quería llamar a la policía! —contesta, con la voz entrecortada por los sollozos—. Pero quería que estuvieras aquí, porque no ha sido culpa mía. ¡Tristan no puede perdernos a los dos! No sé qué hacer.
—¿Quién es? —vuelvo a preguntarle, sin intención de ofrecerle ningún gesto de consuelo. Puta zorra. Esto no me lo esperaba.
—Un tío cualquiera —susurra—. Ni siquiera sabía cómo se llamaba hasta que he visto su nombre en el buzón.
Joder .
—¿Sueles hacer esto? ¿Irte a casa con desconocidos con los que ligas… dónde, exactamente?
Las lágrimas se le secan al instante y la rabia le hincha el pecho.
—¡Ni se te ocurra! ¡Hoy no, cuando apestas al perfume de Carly! Ni se te ocurra juzgarme. ¡No había hecho esto nunca y ni se me había pasado por la cabeza!
—¿No? ¿Seguro? ¿Y qué me dices de coger de la mano a tu jefe durante el almuerzo? ¿Eso también fue la primera vez?
Amanda cierra los ojos y gira la cabeza. Una lágrima le resbala por la mejilla.
—No sigas por ahí —dice finalmente—. ¿Vas a ayudarme o no?
—¿Por qué debería ayudarte?
Sus ojos vuelven a ser fríos como el hielo, despiadados. Esta mujer es más voluble que una tormenta en el Pacífico: primero, en calma y, un momento después, desata el infierno. Luego, calmada de nuevo.
—Porque si te detienen por el atropello, y a mí por esto, Tristan nos perderá a los dos.
Me encojo de hombros, indiferente. Hemos discutido la cuestión de «qué pasará con Tristan» innumerables veces desde el accidente.
—Y porque me lo debes —añade—. Yo te ayudé a encubrir el tuyo, ¿no?
—¡Esto no es un accidente, joder!
—Cierto, no es un accidente —admite—. Es defensa propia. La cuestión es: ¿queremos que la policía nos investigue ahora mismo? ¿A los dos? ¿O quieres ayudarme?
Reflexiono un momento sobre su preocupación. Entonces me doy cuenta de la oportunidad que me brinda este incidente. Se me ha puesto en bandeja.
—Te ayudaré —respondo. Pero no es por bondad.
En absoluto. Es porque ahora tendré algo con lo que chantajearla, para evitar que se vuelva contra mí.
Para evitar que se divorcie de mí y se lleve a mi hijo si me meto en problemas por ese estúpido accidente.
Apenas puedo contener una sonrisa—. ¿Qué quieres que haga?
—Hay un arcón congelador allí —dice, señalando el comedor—. Esperemos que haya espacio. Pero, primero, déjame envolverle la cabeza con una bolsa de plástico. ¿Has traído lo que te he pedido?
Le doy la bolsa con los suministros del coche y se pone un par de guantes con movimientos expertos y precisos.
A continuación, saca un par de bolsas de basura de un rollo que encuentra en un cajón y se las pone al hombre en la cabeza.
Se mueve con rapidez, y me da órdenes como probablemente hace con sus enfermeras en el trabajo.
Meter al tipo en el congelador nos cuesta bastante, pero lo conseguimos después de pasar varias bandejas de carne al congelador del frigorífico.
Acto seguido, Amanda limpia el suelo con papel higiénico, que queda empapado en sangre, y luego lo tira por el inodoro.
El peróxido disuelve los restos de sangre.
Deja que empape las juntas entre los paneles, rociándolo por todas partes en un frenesí de limpieza.
Luego, limpia las escaleras, el pasamanos y algunas barandillas, hasta llegar al piso de arriba.
Abajo, termina con los grifos del baño, la palanca del inodoro, el interruptor de la luz y el pomo de la puerta a ambos lados.
—¿Has tocado algo más?
Ella no responde. Por un momento, se queda mirando la ventana, luego agarra el alcohol y limpia la varilla de las persianas y un par de lamas.
—Creo que ya está todo.
Se dirige al termostato y lo baja, luego recoge el alcohol y el peróxido, y los vuelve a meter en la bolsa que he traído.
—¿Hay algún sistema de alarma en esta casa? —pregunto, mirando a mi alrededor.
—No me he fijado, no. Ve al coche y sácalo. Yo cerraré la puerta del garaje y saldré por delante.
Hago lo que me dice y la espero en la entrada con las luces apagadas y el motor en marcha. Cierra la puerta detrás de ella con suavidad y luego pulsa un botón en la cerradura eléctrica.
Durante todo el trayecto a casa, permanecemos en silencio. Amanda ya no llora, pero parece tener frío y tiembla a veces, aunque es una noche cálida. Cuando llegamos a casa, no me dirige la palabra. Se va corriendo al baño de la planta baja y se encierra allí.
Estará llorando. No puedo saberlo con certeza, ya que la ducha está abierta, pero ¿a quién le importa? Si pensaba que yo ya no era lo bastante bueno para ella, espero que ese tipo le haya dado una lección que no olvide nunca.
«Gracias, hombre muerto del congelador, seas quien seas —me digo a mí mismo, levantando una copa de bourbon en un brindis solitario—.
Hoy me has hecho un gran favor. Ahora no podrá dejarme.
Nunca. No podrá contarle a la policía lo de mi accidente.
No podrá hacer nada de nada, salvo intentar complacerme».
Me río y me sirvo otra copa. Al fin y al cabo, ha sido un buen día.