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AL JAZINSKI
Alguien ha apestado toda la comisaría calentando en el microondas algo que huele a pies.
O a queso en mal estado. Incluso mi café sabe ahora a eso.
Lo tiro todo a la basura, incluido el vaso de papel, y resisto la tentación de coger otro.
Olería igual. Me levanto de mi destartalada y chirriante silla, y me dirijo hacia la pizarra blanca.
Eckhart se reclina en su silla y golpea con el bolígrafo la superficie rayada de mi mesa. La pantalla de la tablet está encendida, pero no la mira, sino que sonríe con ese aire de suficiencia que tiene cuando cree que está en lo cierto.
—Tengo que admitir —comienza— que me gusta la idea de Davis.
Como si no tuviera ya suficientes ganas de vomitar. Me detengo a mitad de camino entre la pizarra y mi escritorio.
—¿Qué idea?
Eckhart gira la tablet para mostrarme la pantalla. Son imágenes tomadas en un aparcamiento, congeladas en el tiempo, en toda su gloria pixelada y en escala de grises.
—Me sugirió que revisara las imágenes del día después de la gala. Estas son del aparcamiento de la cadena.
—¿Y?
—Dijo que así se demostraría que usó el mismo coche, su Cadillac negro, para ir al trabajo a la mañana siguiente. Sin abolladuras, sin cristales rotos. Lo exculpa perfectamente, y es cierto.
Hijo de puta. El nudo en mi estómago se aprieta.
—Y él dijo eso, ¿eh? ¿Lo sugirió sin más? ¿Sin contexto?
—Sí, sin contexto. —Eckhart se encoge de hombros y se inclina hacia delante—. No es mala idea. Nos ahorra tiempo y nos permite confirmar…
—Déjame que te interrumpa —le corto, levantando una mano—. No es que esté siendo servicial. Es que se está cubriendo las espaldas. Sabe lo bien que quedará: «Oh, miradme, mi coche está impecable, no hay necesidad de investigar más». Muy conveniente, ¿no crees?
La sonrisa burlona de Eckhart se desvanece, sustituida por un ceño fruncido.
—Sí, claro. Pero, aun así, merecía la pena comprobarlo. Estamos tratando de eliminar sospechosos, no de tener favoritos. Y su coche, lo he visto yo mismo. No atropelló a esa mujer. No es tu hombre.
Cojo el rotulador de la pizarra y lo golpeo contra mi palma, paseándome de un lado a otro.
—No se trata solo del coche. Es el momento, el comportamiento. Davis no sugiere nada a menos que sepa que lo beneficia. Ese tipo es un profesional manipulando la historia. Lo que necesitamos es alguna prueba que él no haya podido manipular.
—¿Y estas imágenes no son una prueba? —me desafía Eckhart, enderezándose en la silla—. Veremos quién conducía qué al marcharse de la gala y al llegar al trabajo a la mañana siguiente, y si hay algo que no cuadra. Supongo que podemos averiguar fácilmente dónde trabaja cada uno, ¿no?
Suspiro y me froto el puente de la nariz.
—Vale. Revisa todas las puñeteras imágenes de la salida de la gala y de los lugares de trabajo de todos, y pierde el tiempo con eso. Pero no creas que eso exculpa a Davis.
—¿Cómo no va a exculparlo? —pregunta Eckhart, alzando la voz con frustración—. ¿Qué quieres decir? ¿Que tuvo un accidente con el coche a la una de la madrugada y, aun así, consiguió llevarlo al trabajo al día siguiente sin un solo rasguño?
—Estoy diciendo que se apresuró demasiado al ofrecerte esta solución —replico, haciendo comillas con los dedos—. Dijiste que te lo sugirió él. Como si hubiera pasado algún tiempo pensándolo. Como si supiera que íbamos a venir. Y eso me incomoda, y me pone la mosca detrás de la oreja.
Eckhart frunce el ceño y se afloja la estrecha corbata con un dedo.
—Entonces, a pesar de todo esto, ¿sigue siendo sospechoso? —pregunta, señalando la tablet .
Me encojo de hombros y exhalo largamente.
—Por supuestísimo. Hasta que encontremos al culpable, o hasta que escuche una razón satisfactoria por la que tenía su coartada envuelta para regalo y atada con un lazo, esperándonos bajo el puto árbol de Navidad.
—No es una coartada envuelta para regalo, Al. Es él yendo al trabajo como siempre, en el mismo coche de siempre. No estás siendo razonable.
—Da igual —mascullo, enfadado con él porque tiene razón.
Eckhart se encoge de hombros y coge la tablet , pero sus ojos reflejan un rastro de duda.
—Sabes que nos ahorra tiempo. Tenemos las imágenes del aparcamiento y podemos ver a todos los que están en nuestra lista: qué coche conducían, a qué hora llegaron. Podemos ampliar esto a todos los invitados de la lista, da igual dónde trabajen. Luego, los eliminamos como sospechosos.
—Sí —digo, apoyando la mano en la cadera sin soltar el rotulador—.
Todos excepto Davis —gruño, frotándome las sienes.
Toda esta situación con Davis me está dando dolor de cabeza.
¿Quién sabe lo que hará ese cabrón privilegiado si se ve acorralado?
—. Le quitas toda la gracia al trabajo policial, ¿sabes?
Se acabó llamar a las puertas, se acabó ver a la gente sudar y ponerse pálida.
Solo archivos y grabaciones. Qué emocionante.
Eckhart sonríe.
—Se llama eficiencia, viejo. Bienvenido al siglo XXI.
Mi dedo corazón responde con un movimiento brusco.
Eckhart se ríe y luego se alisa la corbata con la mano. La tablet está colocada en posición vertical sobre la mesa frente a él.
—Luego está la otra cuestión sobre Davis.
Entrecierro los ojos.
—¿Qué otra cuestión?
—Vi a un tipo en su casa —responde, con un tono más serio—. Alguien que no parece pertenecer a su círculo de amistades. ¿No te lo había dicho?
Niego con la cabeza, incrédulo, mientras mi pulso se acelera.
—No, parece que omites detalles importantes. ¿Qué tipo?
—Se marchaba justo cuando llegué a casa de Davis. Estoy dispuesto a apostar más que un dónut a que ha cumplido una condena larga. Tiene tatuajes, músculos, todo eso. Lo conozco de algún sitio. Anoté la matrícula de su camioneta.
—¿La has comprobado? —le pregunto, hablando con la mayor calma posible, cuando lo que me gustaría es gritarle que espabile de una vez. Si no lo hace, algún día este chico va a conseguir que lo maten en el trabajo.
Sus dedos comienzan a teclear en la pantalla de la tablet .
—La estoy comprobando ahora —murmura, y luego sus ojos se enfocan en la pantalla como un láser—. Malik Foster, alias Foster Vía Rápida. Vaya…
Me giro hacia la pizarra y garabateo el nombre en letras grandes junto al de Davis.
—¿Qué pasa?
—Es un delincuente. Mi antiguo compañero lo trincó hace un tiempo. —La cara de Eckhart se ilumina. Se reclina y entrelaza los dedos detrás de la cabeza.
Tiene algo más que decir, pero quiere que se lo suplique. Me dan ganas de darle una bofetada. No voy a rebajarme a su nivel.
—¿Quieres saber por qué lo arrestaron?
Mi sentido del humor se ha esfumado.
—Si quieres seguir trabajando en la policía de Los Ángeles, te sugiero que lo sueltes ya.
—Te va a encantar —dice, y luego hace una pausa mientras lo fulmino con la mirada—.
Principalmente bandas de coches: robo, desguace, reventa.
También algunos cargos por agresión. Al principio no lo reconocí, pero ahora lo tengo claro.
Tienes un instinto aterrador, Al, aterrador.
Tu Paul Davis estaba hablando con un tipo de un desguace ilegal, joder.
—Entonces, Foster no es un visitante cualquiera —digo, entrecerrando los ojos—. Estaba allí por una razón. ¿Qué le suministra?
—Podría ser cualquier cosa —responde Eckhart—. Piezas, tal vez. Davis no tendría a un tipo como él en casa a menos que necesitara algo turbio. De hecho, le pregunté, y me dijo que Foster era su manitas, que los ayudaba en el jardín. Pero no me lo creí.
Asiento despacio, encajando las piezas.
—Tenemos que encontrar a ese tal Foster.
—Ya he emitido un aviso de búsqueda —dice Eckhart, terminando de escribir en la pantalla de la tablet —. Me he imaginado que querrías hablar con él cuanto antes.
—Por supuesto —digo, tapando el rotulador antes de tirarlo sobre la mesa—. Davis es de los que no se asustan con facilidad. Si Foster está relacionado con Davis, quizá por fin podamos encontrar una grieta en su armadura. Algún punto débil. Presionaremos a Foster hasta que cante como una diva.
Eckhart se reclina de nuevo, sonriendo otra vez.
—¿Crees que Foster es tan tonto como para quedarse? Los tipos como él no se quedan cuando las cosas se ponen feas. Sabía que yo era policía. Estoy seguro.
—Los tipos como él tampoco se esfuman sin más —replico—. Habrá dejado un rastro. Solo tenemos que encontrarlo. Tiene amigos, quizá alguna novia, tal vez una madre. Alguien sabrá dónde está.
Eckhart asiente, pero su sonrisa burlona persiste.
—Le tienes ganas a Davis, ¿verdad?
—Pues sí —respondo bruscamente, girándome hacia la pizarra—. Todo el mundo mete la pata alguna vez. Nuestro trabajo es descubrir dónde. Por ahora, me conformo con pruebas suficientes para conseguir una orden judicial.
—Claro —dice Eckhart, levantándose antes de estirarse—. Pero ¿sabes qué? No creo que Davis sea tan tonto como para dejar sangre en su garaje o piezas por ahí tiradas. Si está involucrado, ya lo habrá limpiado todo. Puede que lo tuviera todo limpio al día siguiente, cuando llegó al trabajo.
—Quizá —admito en voz baja—. Pero, si Foster está involucrado, debe haber algo más. Y pretendo averiguar qué es.
Eckhart asiente con la cabeza, su sonrisa burlona ha desaparecido, sustituida por la concentración que sé que es capaz de alcanzar.
—¿Y qué hacemos ahora?
—Nos repartimos el trabajo —respondo, cogiendo el rotulador de la pizarra, y marco con un círculo los nombres que aparecen en ella—. Tú te encargas de las imágenes del aparcamiento. Yo seguiré la pista de Foster. Veamos a dónde nos lleva este laberinto.
Eckhart vuelve a sonreír.
—¿Y si las imágenes no revelan nada sospechoso?
Le lanzo una mirada.
—Entonces, llamaremos a las puertas, haremos sudar a la gente y veremos quién se derrumba. Alguien debe haber visto o hecho algo. Siempre es así, y luego mienten al respecto.
Se ríe entre dientes.
—Te encantan tus tácticas de la vieja escuela, ¿verdad?
Le devuelvo la sonrisa.
—¿Qué te voy a decir? No hay nada mejor.