Una pareja perfecta 44
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AMANDA DAVIS

Mientras salgo del bar de la mano de ese apuesto desconocido, sigo diciéndome a mí misma que no pasa nada.

No debería sentirme culpable por querer vivir un poco.

Paul me engaña todos los días. ¿Por qué va a ser el fin del mundo que yo pase la noche con alguien que me parece atractivo?

¿Con alguien que está dispuesto a tratarme bien?

No vive lejos. El trayecto en coche dura solo unos minutos y nos lleva a las pequeñas calles de Thousand Oaks. Estoy tentada de decirle que me lleve de vuelta al bar, pero parece tener una extraña habilidad para leerme la mente. Su mano busca la mía y ya no tengo tantas ganas de irme a casa.

Entra en el garaje doble de una pequeña casa independiente.

El nombre que aparece en el buzón es Greg Hollen.

Me pregunto si habrá una señora Hollen que vaya a notar mi olor en su marido, como me ha ocurrido a mí con Paul.

Pero la casa parece pertenecer a un soltero.

No hay decoración extra en la cocina ni artículos de aseo femeninos en el baño que utilizo para refrescarme rápidamente.

Cuando termino, lo encuentro en el sofá del salón, viendo la televisión.

Su chaqueta de cuero está abandonada en una silla, y su polo de golf se ciñe a su amplio pecho.

Al acercarme, se levanta y me envuelve en un ardiente abrazo que al principio es emocionante, con sus labios presionando contra los míos y sus manos deslizándose por mi espalda con un deseo que no sentía desde hacía años.

Su boca es cálida, su aliento sabe a whisky y a algo más oscuro, y lo beso con más fuerza de la que debería.

El calor entre nosotros crece cuando me da la vuelta y me empuja contra la pared, inmovilizándome las muñecas por encima de la cabeza, sin dejar de besarme. Por un momento, es embriagador y excitante, casi demasiado. Entonces, su agarre se vuelve más fuerte. Demasiado.

—Eh —susurro, tratando de liberar mis manos—. Me haces daño. Suéltame.

Su sonrisa se convierte en una mueca escalofriante. Sus ojos arden.

—Vamos, te gusta un poco duro, ¿a que sí?

Se me revuelve el estómago, el efecto del alcohol se está desvaneciendo rápido. Niego con la cabeza e intento apartarlo.

—No. He dicho que no. Suéltame.

Pero no me suelta, sino que me aprieta con más fuerza. Su cuerpo es un muro de fuerza bruta. Mi corazón late con fuerza, y el pánico se apodera de mí. Empujo su pecho, pero apenas se mueve. Su sonrisa desaparece, sustituida por una mirada oscura.

—Has venido aquí para esto, ¿a que sí? —Su voz es baja, amenazante—. Apuesto a que no te dan suficiente de esto en casa. —Su mano suelta mis muñecas y se posa en mi cintura, clavándose en mi carne sin piedad.

—Me voy. —Mi voz tiembla, pero intento empujarlo para pasar.

Alarga la mano como un rayo y me sujeta del brazo con violencia. Bloquea la puerta, con sus anchos hombros llenando el marco.

—No vas a ir a ninguna parte —gruñe—. No he terminado contigo.

La adrenalina se dispara. No puedo llegar a la puerta con él en medio.

Libero mi brazo, paso corriendo a su lado y subo las escaleras hacia la primera planta.

Mi único pensamiento es escapar, poner tanta distancia como pueda entre nosotros.

Respiro entrecortadamente mientras tropiezo en el rellano y escruto el oscuro pasillo en busca de otra salida.

La puerta de un dormitorio está entreabierta, pero apenas me doy cuenta antes de oírlo subir las escaleras detrás de mí.

—¿A dónde crees que vas? —grita, y su voz resuena en las paredes. Sus pasos son pesados, implacables.

Retrocedo, con el pecho agitado, mientras él llega a lo alto de las escaleras.

Su rostro está desencajado por la ira, sus ojos son salvajes.

Antes de que pueda reaccionar, se abalanza sobre mí, me agarra por el hombro y me empuja contra la barandilla.

Un dolor agudo me atraviesa el costado y grito, agarrándome a la barandilla para apoyarme.

—¡No! —grito, pero él no se detiene. Su mano se cierne sobre mi garganta, apretando lo suficiente como para hacer que me entre pánico. Me estoy ahogando, incapaz de respirar.

El instinto se apodera de mí. Me debato, arañándole el brazo e intentando liberarme. Mi rodilla encuentra su ingle y lo golpeo con toda la fuerza que puedo. Él grita, aflojando su agarre solo por un segundo. Es suficiente.

Lo empujo con todas mis fuerzas, utilizando la barandilla como apoyo. Él tropieza hacia atrás, agitando los brazos mientras intenta recuperar el equilibrio.

Entonces cae.

El sonido de su cuerpo golpeando las escaleras es repugnante: un golpe tras otro y un aterrador crujido de huesos rotos hasta que aterriza abajo del todo, donde queda tendido e inmóvil como un cadáver.

Un charco de sangre se extiende bajo su cabeza.

Mi pecho se agita mientras me agarro a la barandilla, mirándolo, demasiado conmocionada para moverme.

El silencio que sigue es siniestro y espeluznante, solo roto por mi respiración entrecortada.

Se me doblan las rodillas y me hundo en el suelo, todavía agarrada a la barandilla, mientras las lágrimas me nublan la visión. El peso de lo que acaba de suceder me abruma, pero, en algún lugar del caos de mis pensamientos, una única verdad sale a la superficie.

«Dios santo… He matado a un hombre».

Las palabras llenan mi mente, me resuenan en la cabeza entre la conmoción y el miedo, con temblores que debilitan mi cuerpo.

A medida que empiezo a asimilar la realidad, jadeo en silencio, cubriéndome la boca con una mano temblorosa para ahogar un sollozo.

Con los ojos como platos, observo el cuerpo que yace inmóvil al pie de las escaleras, con la incredulidad aferrándose a mí en pensamientos dispersos y respiraciones ansiosas.

¿Qué he hecho?