43
AMANDA DAVIS
De pie en la oscuridad, oculta tras las cortinas de la sala, observo la interacción de Paul con ese matón, Foster.
Si contengo la respiración, puedo oír las palabras que pronuncian en voz baja y apresurada.
Y estoy aterrorizada. ¿Qué impedirá que este hombre nos chantajee durante el resto de nuestra vida?
Lo veo poner la mano sobre mi marido y se me escapa un grito ahogado, pero el contacto no va más allá de una postura de macho alfa.
Sin embargo, Paul no tendría ninguna oportunidad con este tipo. Lo rompería como una ramita.
Cuando el matón se marcha, Paul no mete el coche de alquiler en el garaje. Entra en la casa por la puerta principal y yo estoy allí esperándolo, echando humo.
—¿Setenta y cinco mil? —le pregunto, antes de que tenga oportunidad de decir nada—. ¿Y cuántos cientos más después de este pago? ¿Cómo has podido ser tan imprudente?
Por un momento, me mira boquiabierto. Luego, la ira se apodera de él, brillando en sus ojos y tensando su mandíbula.
—¿Qué otra opción tenía, joder? ¿Qué habrías hecho tú en mi lugar? Ese coche hay que arreglarlo. Perdona que no lo haya llevado al concesionario Cadillac para que lo reparasen.
Me muerdo el labio, deseando poder callarme antes de decir algo de lo que me arrepienta.
—Podrías haber salido de California y comprado las piezas aquí y allá, pagándolas en efectivo.
Podrías haberlas pedido en eBay o algo así, y haberlas enviado a la dirección de tus padres en Nueva York, y luego haber conducido hasta allí para traerlo todo a casa.
Cualquier cosa menos esto. —Cruzo los brazos sobre el pecho y respiro con dificultad—.
Este hombre ahora es nuestro dueño, Paul —digo, y mi voz se quiebra—. Y él lo sabe.
—No es para siempre —replica con suavidad, acercándose un par de pasos—. La abogada me ha dicho que el plazo de prescripción es de seis años.
—¡Seis años! —A mí me parece una eternidad. Seis años viviendo con él así, atrapada en esta pesadilla. No puedo… Un sollozo me corta la respiración—. ¿Cómo vamos a aguantar seis años, Paul, si mi corazón se detiene cada vez que un coche desconocido entra en nuestra calle?
Se acerca y abre los brazos, pero no quiero que me abracen. No quiero que me abrace él. Me aparto, pero a él no le importa. Me envuelve entre sus brazos y me susurra al oído:
—Todo va a salir bien, cariño. Ya lo verás.
Mis fosas nasales se llenan de una fragancia que reconozco. Es un perfume caro, floral y desagradablemente dulce que se me pegó como alquitrán en un zapato después de que Carly me abrazara el viernes pasado. Me aparto enfadada.
—No te me acerques, mentiroso de mierda. —Me mira con los ojos como platos—. Puedo olerla en ti.
—Amanda, no —dice, tratando de agarrarme del brazo, pero me escabullo, corriendo hacia la puerta y con el teléfono bien agarrado en la mano. No sé a dónde voy. Solo quiero alejarme de aquí, de esta casa. De él.
La puerta se cierra de golpe detrás de mí, pero no dejo de correr.
No hasta que doblo la esquina hacia Thousand Oaks.
Estoy sin aliento y cubierta de sudor, todavía vestida con la ropa del hospital.
No tengo las llaves del coche, pero no importa.
Mi coche está en casa y no pienso volver allí. No esta noche.
Saco el teléfono del bolsillo y miro las llamadas recientes.
El número de papá es uno de los últimos.
Mi dedo se cierne sobre su nombre, pero no toca la pantalla.
Vendría a buscarme en un minuto, pero con él habría preguntas que no podría responder y decisiones que tomaría en mi lugar.
Y tiene a Tristan con él. Verme así asustaría a mi pequeño.
El nombre de Michael Grant está justo debajo del de papá, y lo pulso. Mientras suena el teléfono, me apoyo en una farola, todavía respirando con dificultad. ¿Qué le voy a decir? ¿Qué voy a hacer? ¿Pedirle que me rescate de la esquina como si fuera un cachorro perdido?
Quizá no… Quizá tan solo me vendría bien una taza de café y una cara amiga. Un poco de compañía hasta que recupere la compostura y decida qué camino tomar. Pero no contesta. Salta directamente el buzón de voz.
Guardo el teléfono en el bolsillo y sigo caminando sin rumbo fijo, sabiendo que no puedo volver atrás.
Después de casi un par de kilómetros más, llego a un bar deportivo por el que he pasado mil veces.
Tengo la garganta seca. Sin pensarlo mucho, entro y me siento en un taburete en la barra.
El local está lleno de gente, sus voces ebrias y sus carcajadas se mezclan con las voces de los comentaristas deportivos que salen del gran televisor de la pared.
El lugar huele a sudor alcohólico agrio y a cerveza derramada.
—¿Qué te pongo? —me pregunta el camarero.
Apostaría mi último dólar a que sabe exactamente por lo que estoy pasando. Quizá no todos los detalles, pero la mirada que me lanza lo dice todo.
—Cerveza —digo, en lugar de agua, sorprendiéndome a mí misma—. Pero solo si puedo pagar con esto. —Le enseño mi teléfono.
Él asiente y llena el vaso del grifo, luego lo coloca delante de mí sobre un pequeño posavasos.
—¿Mal día?
No respondo, solo lo miro durante un momento antes de beberme la mitad del vaso de un trago.
—No tienes ni idea —murmuro, rompiendo el contacto visual.
Él capta el mensaje y me deja sola.
Contemplando las burbujas de espuma que se mueven lentamente en el vaso, me dejo llevar por mis pensamientos.
¿A dónde voy desde aquí? ¿Qué puedo hacer?
Por mucho que me duela admitirlo, lo más probable es que tenga que regresar corriendo a casa y pedirle a Paul que me perdone por mi arrebato.
Si no, se volverá loco y hará alguna estupidez.
Algo que podría llevarnos a los dos a la cárcel durante años.
Doy otro trago a la cerveza y me limpio la boca con el dorso de la mano.
Lucho por contener las lágrimas de frustración, pensando que él podría echarme la culpa de todo y salirse con la suya.
Todo el mundo cree lo que Paul Davis les dice.
Todos quieren salir en su estúpido programa y venderían su alma por un momento de fama.
¿Cómo puedo luchar contra esto y sobrevivir?
—Debe ser un idiota especial.
Una voz masculina me saca de mi ensimismamiento autocompasivo.
Pertenece a un hombre corpulento, de unos treinta y cinco años, alto y de hombros anchos.
Me sonríe con un destello de picardía en sus ojos color avellana.
Tiene el pelo negro revuelto y una ligera sombra de barba en la mandíbula, lo que le da un aire masculino, del tipo que se ve en las revistas de moda, aunque él no parece de ese estilo.
—¿Quién? —pregunto, consciente de que lo estoy evaluando con todo el descaro.
—El hombre que te ha hecho llorar.
Me seca una lágrima de la mejilla con la punta del dedo. Me aparto con suavidad, pero lo cierto es que no quiero hacerlo. Necesito escapar de mi realidad, aunque solo sea por un momento.
Hay algo magnético en él, algo en lo que estoy demasiado ansiosa por confiar, pero bajo ese encanto se oculta algo ligeramente perturbador…, un destello en sus ojos o su sonrisa incisiva, una sutil señal que no acabo de entender, pero que decido achacar a lo ilícito de la situación.
Una cerveza más tarde, consciente de que no es la decisión más sensata, salgo del bar con un hombre cuyo nombre no sé.
Me alegro de que él tampoco sepa el mío.