Una pareja perfecta 42
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PAUL DAVIS

«¿Qué les pasa a estas mujeres?».

Esa idea me ronda por la cabeza mientras estoy sentado educadamente y escucho a la abogada que cobra mil dólares la hora sermonearme sobre lo que está bien y lo que está mal, salpicando su discurso con jerga legal.

He oído el mismo discurso de mi mujer más de una vez.

Qué forma de malgastar el tiempo y el dinero.

Naomi Hedman está apoyada en su mesa, en su elegante oficina de Santa Monica Boulevard.

Su traje azul marino a medida resalta su figura de reloj de arena.

Debe tener los brazos muy delgados, porque su americana es el equivalente en la parte superior del cuerpo a unos vaqueros ajustados.

La blusa blanca que lleva debajo le da un aspecto formal.

Su melena castaña podría suavizar su actitud implacable si no fuera por la expresión firme y serena de su rostro.

En sus ojos veo el juicio que se ha formado sobre mí, y no es nada halagador.

Tampoco es lo que he venido a buscar en esta luminosa y temprana mañana de miércoles, demasiado temprano para mi gusto. Me he tomado el día libre para encargarme de todo lo que tengo que hacer.

Sus penetrantes ojos parpadean cuando frunzo el ceño. Rápidamente deja de darme su sermón sin sentido.

—Señor Davis, permítame que deje esto muy claro. Mientras no haya una orden de arresto contra usted, mientras la policía no llame a su puerta, aún puede negociar, porque tiene ventaja. Una vez que no la tenga… —Hedman hace un gesto desdeñoso con su mano de manicura perfecta.

—Ya me lo ha dicho —respondo con impaciencia—. Da igual lo bien que podamos negociar esto, me destrozaría.

Ella asiente despacio, sin parecer convencida.

—Quizá su reputación se vería afectada, pero podría evitar la cárcel.

La miro con frialdad.

—¿Eso es lo que haría usted en mi lugar?

Ella se burla en voz baja.

—Yo no habría huido de la escena, conociendo la ley como la conozco, pero no estamos hablando de mí. Hablamos de usted y de su futuro, señor Davis. El futuro de su familia.

Por supuesto, quiere que me entregue y que negocie una reducción de la condena. ¿De qué otra manera podría facturarme más horas? No me fío de nada de lo que dice.

—Quizá no me he expresado con claridad, señora Hedman. Necesito una alternativa a entregarme. Una opción real que no me destruya.

Me mira en silencio durante un momento.

—¿Qué quiere decir?

—Menos del diez por ciento de los casos de atropello con fuga en California se resuelven. No voy a renunciar a una ventaja del noventa por ciento así como así. Pero, en caso de que me toque la pajita más corta, necesito que elabore una estrategia para contener inmediatamente los daños.

Ella me mira con incredulidad.

—Bueno, llegado el momento, podríamos negociar una reducción de la condena, por supuesto. Tendrá mi apoyo todo el tiempo…

—¡No me refiero a eso! —respondo, enfadado. Me levanto y empiezo a dar vueltas por su oficina. No tiene sentido intentar incitarla a que encuentre la respuesta correcta—. ¿Puedo echarle la culpa a otra persona?

Sus ojos se agrandan.

—¿A quién?

—A mi mujer, por ejemplo. Estaba allí conmigo y me ayudó a… hacer todo lo que era necesario. —Me detengo junto a la ventana y contemplo el paisaje urbano teñido por el amanecer.

Ella se acerca y se apoya contra la ventana.

—Señor Davis, ¿sabe lo que significa schadenfreude ?

—No.

—No hay un equivalente en nuestro idioma para esta palabra alemana.

Cuando se percibe que una persona famosa como usted ha hecho algo malo o se la acusa, las mismas masas que la han impulsado a la fama y la fortuna se vuelven contra ella.

De forma cruel . Disfrutan derribándola, viéndola fracasar y arrastrándola por el barro.

—¿Se refiere a la cultura de la cancelación?

—Es más que la cultura de la cancelación, señor Davis. Es una forma más agresiva de acoso social. Es casi excitante para las masas. Cuanto más alto está, peor se pone. —Cruza los brazos sobre su pecho plano—. No deje que esto termine en los tribunales, señor Davis.

La miro con incredulidad. No quiere ayudarme. Es así de simple y obvio.

—No creo que tengan pruebas suficientes para condenarme —digo, sintiéndome bastante seguro de mi afirmación.

—Si no me equivoco, el accidente ocurrió después de un evento en el que se le vio y grabó tomando varias copas.

Usted es una persona reconocible, y eso hará que el testimonio del camarero sea bastante interesante.

Para añadir más leña al fuego, si no recuerdo mal, usted mismo leyó la noticia del incidente en las noticias el viernes pasado.

No imagine que eso no saldrá a relucir y no se utilizará para pintarle como una persona fría y sin remordimientos, quizá un sociópata.

No puedo soportar ni un minuto más sus chorradas.

—De acuerdo, lo pensaré. Hasta entonces, ¿puedo contar con su discreción?

—Ha contratado formalmente mis servicios. Tiene derecho al privilegio abogado-cliente.

Nos damos la mano, más por costumbre que por otra cosa. Sus dedos están flácidos y helados.

—Ya hablaremos —digo desde la puerta, sin estar seguro de si contaré con ella si llego a necesitar un abogado.

Quería a la mejor que hubiera, un tiburón legal que nada en las sangrientas aguas de la industria del entretenimiento de California.

Todo el mundo decía que esta mujer era la indicada, la mejor a la hora de manejar los errores de juicio de los famosos.

Pues no me ha impresionado. Debería haber elegido a alguien de la Ivy League, la flor y nata de las universidades norteamericanas. Alguien en quien de verdad pudiera confiar. Alguien que me tomara en serio.

Sin embargo, de camino a casa, sus palabras siguen resonando en mi cabeza.

Empiezo a entender cómo podría ocurrir esa forma de acoso con ese nombre alemán tan pomposo que ha mencionado.

Ha ocurrido antes, a personas más famosas y poderosas que yo, por hacer cosas mucho menos importantes, como chocar estando drogado contra un poste o ser acusado —no condenado— de contacto inapropiado, sea lo que sea eso.

Al llegar a casa, me encuentro a Foster Vía Rápida en la entrada, sentado en una de las rocas decorativas del jardín. Solo él, sin su camioneta. Me detengo frente al garaje, dejando la puerta cerrada, y salgo del coche.

—¿Qué quería? —me pregunta, con sus manos carnosas apoyadas en las caderas. Parece amenazador, con el rostro arrugado por la ira. Su piel tatuada está cubierta de sudor, lo que no es de extrañar bajo el cálido sol del mediodía.

—¿Quién?

—El madero ese —dice, riéndose de mi pregunta—. ¿Es que creías que no iba a darme cuenta de que era poli?

Esto podría acabar muy mal.

—Solo quería hacerme algunas preguntas sobre un evento al que asistí, eso es todo.

Una sonrisa torcida se dibuja en sus labios.

—¿Te refieres a la elegante gala benéfica a la que asististe la noche en la que esa mujer murió atropellada y el tipo se dio a la fuga? Qué casualidad, ¿no?

Me quedo blanco. ¿Cómo ha podido atar todos los cabos? Enmudezco. No se me ocurre nada que pueda decir que no empeore las cosas.

—¿Cuándo vas a arreglarme el coche? —le pregunto, con voz firme a pesar del ritmo frenético de mi corazón.

—Tengo la última pieza en la camioneta. Puedo empezar a trabajar más tarde. —Da un par de pasos hacia mí y me agarra del brazo con fuerza—. ¿Qué le dijiste a ese poli sobre mí?

No me inmuto ni dudo:

—Que eres mi manitas y me ayudas en el jardín.

—Verás, ahora tenemos un problema, Paul. —Su mano sigue sobre mí, apretándome el hombro—. Me ha visto la cara. Y no quiero polis en mi vida, ¿lo pillas?

Asiento con la cabeza.

—Perfectamente.

—Tengo que desaparecer. Así, cuando vengan a preguntarme por ti, no caeré en la tentación de llegar a un acuerdo.

El sudor me gotea por la nuca. Tiro de la corbata, aflojándola un poco. No puedo respirar. Esto nunca terminará.

—Arregla el coche —le digo en un susurro—. Y tendrás tu dinero.

—Cien mil pavos —contesta, sonriendo—. Creo que cien mil podrían ser suficientes para que me ponga a currar. De momento.

—¿Debería llamar a Larry Chapelle para que te explique cómo funcionan las cosas? —Mi pregunta es un intento desesperado, confiando en que el baboso abogado pueda tener alguna influencia sobre este bruto.

—Claro, adelante —dice Foster, dándome un puñetazo simulado en el brazo—. Y, mientras lo haces, llamaré a la policía local y les hablaré de este cliente que tengo, un tipo un poco raro, muy sospechoso. Me preocupa que esté tratando de ocultar algo.

Durante un momento, nos miramos sin pestañear. Veo en sus ojos inyectados en sangre que no tengo opción.

—Está bien —digo finalmente—. Arregla el puñetero coche como acordamos y setenta y cinco mil dólares serán tuyos.

Él sigue clavando la mirada en mí, como si intentara averiguar si soy de fiar. Luego, sonríe y me da otra palmada en la espalda, y yo me tambaleo bajo su pesada mano. Cuando se marcha, mira a izquierda y derecha, como si esperara encontrar policías por todas partes.

Quizá tenga razón. ¿Y si me están vigilando? La idea me hiela hasta la médula.

Mientras se aleja con su paso relajado y arrogante, me hago una pregunta inquietante.

¿Cómo coño puedo deshacerme de Foster Vía Rápida?