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AMANDA DAVIS
No hay cantidad de corrector posible que pueda ocultar las ojeras bajo mis ojos. Ni la hinchazón de la hora que pasé haciendo las tareas domésticas y llorando, manteniendo el ruido lo bastante bajo como para que Tristan no me oyera. No puedo ocultar todo eso con maquillaje, no a mi padre.
Hago una pausa y miro hacia fuera. Aún no ha llegado, pero nunca llega tarde.
Mi pecho se agita mientras contengo un sollozo.
Hace dos meses que no lo veo, desde que zarpó con su buque mercante, el Sea Titan.
Estos dos meses han sido insoportables. Hemos hablado un par de veces desde la noche del accidente, pero no pude contarle lo que había ocurrido, por mucho que quisiera hacerlo.
No encontré las palabras ni el momento adecuado.
Cuando suena el timbre, me sobresalto y se me cae el pintalabios en el lavabo, dejando una mancha roja en la porcelana blanca. Lo dejo y corro hacia la puerta.
Veo la cara de papá a través de las ventanas laterales y siento que se me llenan los ojos de lágrimas.
Ha perdido algo de peso esta vez. Sus pómulos están más marcados y tiene la piel quemada por el sol.
Sus cejas son gruesas y algo rebeldes, y su alborotado cabello blanco, más largo de lo que recuerdo. Aún no habrá ido a ver a su peluquero.
Abro la puerta de un golpe y me lanzo a sus brazos.
Su abrazo es firme y seguro, y por un momento vuelvo a sentirme a salvo.
El aroma de su aftershave me invade la nariz, intenso y reconfortante a la vez.
Pero entonces me aparto de mala gana. El momento de absoluto consuelo y seguridad se desvanece, y el miedo vuelve con fuerza.
—Pasa —le digo, apartándome—. Te he echado de menos. —Mi voz suena un poco extraña.
Su mirada penetrante me escruta, su frente se arruga con preocupación.
—¿De verdad? Podrías haberme engañado.
Su intento de humor no funciona. Está preocupado y las preguntas están por llegar. Me entretengo en la cocina, sirviéndole una taza grande de café preparado a su gusto: denso y sin leche.
—¿Cuánto tiempo te quedas?
Da un sorbo al café, se relame los labios y deja la taza sobre la mesa.
—Un par de semanas, y luego volveré a Shanghái.
—¿Esa es tu ruta ahora? —le pregunto, preparándome un expreso. Estoy de espaldas, lo que me da tiempo para recuperar la compostura.
—Sí, ya hace un tiempo. —Da otro sorbo—. Pero no es por eso por lo que estoy aquí, ¿verdad?
Apago la cafetera sin haber espumado la leche. Simplemente la vierto sobre el café y me siento a su lado en la barra.
—No —digo en voz baja, apretando las manos—. Quería saber si podrías quedarte con Tristan durante una semana más o menos.
Sus dedos me levantan la barbilla con delicadeza. Sus ojos se clavan en los míos.
—¿Qué pasa, Mandy? —Su voz es firme, pero deja traslucir su preocupación.
Me escuecen los ojos y aparto la mirada. Solo él me llama así.
—Venga, venga —dice con suavidad, secándome una lágrima que se desliza por mi mejilla—. Mírame. ¿Qué pasa?
Me lleno los pulmones de aire y me tranquilizo.
—Solo…, solo necesito un poco de tiempo, eso es todo.
Cruza los brazos, se inclina hacia atrás y exhala con fuerza.
—De acuerdo. Me quedaré aquí sentado y fingiré creerlo.
Cuando estés lista para recordar quién soy, puedes decirme la verdad.
—Me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja mientras yo miro la taza de café que sostengo entre las manos—.
Puedes contarme cualquier cosa, pequeña.
Eres mi niña. ¿Te está engañando otra vez?
Niego con la cabeza, sin atreverme a decir mentiras. Tras un largo momento, levanto la vista y lo miro, sabiendo que él nunca me juzgaría. Nunca me culparía. Aun así, lo único que consigo es envolver el secreto que no puedo compartir con una fina capa de verdad.
—Hemos tenido algunos… problemas.
—¿Discutís mucho?
Asiento con la cabeza.
—¿Se puede arreglar?
—No… No lo sé.
—¡Abuelo! —grita Tristan desde lo alto de las escaleras, y luego baja corriendo, saltándose el último escalón y aterrizando con un golpe sordo. Veo cómo se suaviza el rostro de papá y abre los brazos justo a tiempo para atrapar a Tristan cuando se lanza hacia él.
—¡Hola, chaval! —dice papá, riendo mientras levanta a Tristan—. ¿Me echabas de menos?
Tristan sonríe ampliamente, mostrando los dientes.
—¿Qué me has traído? —pregunta, retorciéndose en los brazos de papá.
Los observo con el pecho oprimido. No puedo perder a mi hijo. Cueste lo que cueste.
Papá baja a Tristan y saca un pequeño objeto de su bolsillo. Tristan lo agarra con entusiasmo, lo gira y le da la vuelta entre sus manos.
—¿Qué es? —pregunta con voz llena de curiosidad.
—Es una brújula —explica papá—. Te dice dónde está el norte. Una vez que tienes el norte localizado, ¿qué más puedes saber?
Los ojos de Tristan se iluminan.
—¿Cómo volver a casa?
Papá sonríe, lo abraza con fuerza y le da un efusivo beso en la mejilla. Tristan se ríe y se libera, pero no demasiado rápido, como si disfrutara de la atención más de lo que quiere admitir.
—¿Quieres ver lo que he encontrado? —pregunta Tristan, metiendo la mano en el bolsillo.
La forma y los colores del objeto hacen que me dé un vuelco el corazón. Me muevo antes de darme cuenta, pero no lo bastante rápido. Papá ya lo tiene en la mano: el preciado hallazgo de Tristan en el suelo del garaje.
—¿Qué es? —pregunta papá, examinando la insignia rota del Cadillac. Le falta una esquina, una de las secciones rojas ha desaparecido. Entrecierra ligeramente los ojos mientras le da la vuelta.
—Lo encontré en el suelo —dice Tristan con orgullo—. Mola, ¿eh?
Papá me dirige una mirada penetrante e inquisitiva.
—¿Qué está pasando aquí? —pregunta en voz baja.
Me obligo a sonreír y extiendo la mano.
—Tristan, tienes que devolver eso. No es un juguete.
Tristan duda con cara de decepción, pero me lo da. Cierro los dedos alrededor de los bordes irregulares, y las esquinas afiladas se me clavan en la palma de la mano.
—Ve a hacer la maleta, cariño —le digo, y luego lo miro mientras sube las escaleras, abatido.
Papá endereza la espalda, con una expresión indescifrable.
—Por supuesto que me lo llevaré —dice con voz queda—. Nos lo pasaremos muy bien mientras tú decides qué debes hacer respecto a… todo esto. —Hace un gesto vago, pero su significado es muy claro.
Cuando se marchan unos minutos más tarde, me cuesta mucho no aferrarme a ambos. Pero, una vez que se cierra la puerta detrás de ellos y el coche de papá sale del camino de entrada, exhalo un suspiro tembloroso.
Lo difícil solo acaba de empezar. Paul se va a reunir hoy con un abogado. Y ya sé cómo va a ir. Va a encontrar la manera de venderme.
Necesito un plan para salvarme.