Una pareja perfecta 40
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AL JAZINSKI

Y estas son solo las personas que nos constan. No podemos tener en cuenta a los viajeros que podrían haber pasado por Malibu Canyon Road esa noche sin haber asistido a la gala.

—Tenemos marcas de tiempo claras de la mayoría de los principales asistentes a la gala —explica Eckhart, con voz baja y concentrada—.

Tu hombre, Davis, se marchó a las doce y cuarto en su Cadillac negro.

Su jefe se fue diez minutos antes, en la misma dirección.

Una actriz, justo después de Davis. Carly Crown, su antigua copresentadora de las noticias, se fue a las once y cincuenta y ocho en un BMW rojo.

Le siguieron dos productores de Hollywood y, aquí viene lo bueno, dos de los miembros de la junta, uno de ellos en dirección sur, así que ese no cuenta.

Pero estos son solo los que se marcharon tarde.

Entre las diez y las once y media se marcharon unos cien más.

Inclina la tablet para que pueda ver las imágenes granuladas. Una fila de faros sale del aparcamiento, uno tras otro, y es imposible no imaginarlos serpenteando por Malibu Canyon Road bajo ese cielo negro salpicado de relámpagos.

Anoto los nombres en la pizarra debajo de donde he escrito «Ruta Malibu Canyon».

—Siete personas —murmuro.

—Siete personas que tomaron esa carretera hacia el norte entre las once y media y las doce y media, según muestra la cámara de tráfico del semáforo. Y empezó a llover a las…

—Las doce y treinta y siete —interrumpe Eckhart—. Eso es lo que dijeron los del Servicio Meteorológico. Al principio fue una lluvia ligera y luego se intensificó. Entró desde el océano.

—Así que el margen es estrecho —digo, trazando una línea en la cronología—.

El accidente tuvo que ocurrir antes de que empezara a llover.

La forense dijo que el suelo estaba seco debajo del cuerpo de la víctima.

La arrojaron al barranco antes de la tormenta.

—Eckhart arquea una ceja—. Tiene que ver con la actividad de los insectos.

—Vale, pero ¿cómo sabemos que no la mataron antes? ¿A las siete, a las nueve o a cualquier otra hora?

Aprieto el puño hasta que me crujen los nudillos.

—No lo sabemos. Estamos haciendo una suposición. Un accidente más temprano habría tenido testigos. Alguien habría visto algo. Como mínimo, la mancha de sangre en la calzada.

Eckhart asiente con la cabeza y deja a un lado la tablet .

—Supongamos que fue un accidente —comienza, inclinándose hacia delante—. La mujer camina por la carretera, sin farolas, en la más absoluta oscuridad. El conductor no la ve hasta que es demasiado tarde.

—La atropellan —continúo con la idea, con voz inexpresiva—. Muere en el acto. No hay posibilidad de ayudarla. Pero se detuvieron. La víctima no se cayó al barranco sola.

—Correcto —dice Eckhart—. Pero entonces, en lugar de llamar a la policía, se asustan.

Arrastran el cuerpo fuera de la carretera y lo arrojan al barranco.

Para que parezca una caída, tal vez, o simplemente con la esperanza de que nadie lo encuentre.

Ese tipo de conmoción…, se necesitarían unos minutos para poder pensar con claridad.

—¿Diez minutos? ¿Quince? —Me paseo delante de la pizarra, golpeando la palma de la mano con el rotulador—.

El tiempo suficiente para que la carretera estuviera despejada, pero no tanto como para que los pillaran allí sentados si pasaba alguien más.

Sobre la una y diez, cuando Kyle Flannagan regresaba a casa bajo la lluvia torrencial, todo había terminado.

—Ajá… Me gusta esto. Podemos mirar los intervalos de tiempo entre las salidas hacia el norte desde el recinto.

Ver quién tuvo tiempo de hacer todo esto sin que lo viera el siguiente coche.

—Se rasca la barbilla, pensativo—. O tal vez necesitaron menos de diez minutos —añade Eckhart con tono sombrío—.

Algunas personas no se quedan paralizadas en el momento, sino que actúan y se ponen manos a la obra. ¿Dos minutos?

Dejo de dar vueltas y me quedo mirando la pizarra.

—¿Y luego qué? ¿Siguieron camino a casa como si nada hubiera pasado?

—Exacto —opina Eckhart, señalando el nombre de Davis—. Salió del recinto a las doce y cuarto. Con el trayecto hasta el lugar de los hechos, serían entre las doce y veintiséis y las doce y media. Justo antes de que empezara a llover a las doce y treinta y siete. Encaja. Más o menos.

—¿Por qué más o menos?

—Porque su coche está intacto. Dijo que lo llevó al trabajo a la mañana siguiente. Parecía muy seguro de sí mismo.

—¿Y tú le creíste? —Mi compañero aún es joven. A mi edad, sé que la gente miente. Mucho. Acerca de todo.

—Yo mismo vi el coche. Está impecable. Sin daños. Se nota que no lo han reparado hace poco. Está cubierto de polvo por todas partes.

—Mierda. —Respiro hondo, con un nudo cada vez más apretado en el estómago—.

Davis vive al norte del cañón, pero también otras seis personas de este grupo, y no hemos visto sus coches.

¿Quién dice que los seis se fueron directos a casa desde el lugar del evento, o que algunos de los otros cien tampoco?

A lo mejor se quedaron en Malibú, fueron a repostar o algo así, y luego subieron por Canyon Road, después de Davis.

—Mientras digo estas palabras, siento una pizca de pesar por no poder endosarle la responsabilidad a ese arrogante hijo de puta—. No podemos actuar sin pruebas.

—Pues vamos a conseguirlas —resuelve Eckhart, enderezándose—.

Tenemos marcas de tiempo. Rutas. Hagamos un mapa de todos los invitados a la gala benéfica que tomaron Malibu Canyon Road esa noche y veamos las marcas de tiempo al otro lado.

Hay un hotel al norte de la carretera. Estoy dispuesto a apostar más que un dónut a que tiene cámaras.

Veamos quién tardó demasiado en subir por el cañón.

Asiento con la cabeza, retrocedo hacia la pizarra y añado más líneas y conexiones. Los nombres se acumulan: Davis, su jefe, Crown y los otros productores, la actriz esa, el miembro de la junta. Es una telaraña, desordenada y extensa, pero es un comienzo.

Eckhart inclina la cabeza, observándome trabajar.

—Crees que fue Davis, ¿verdad?

Hago una pausa y me giro para mirarlo. Puedo ser sincero con mi compañero, pero solo hasta cierto punto.

—Mi instinto me dice que fue él, pero las pruebas no lo respaldan.

Encaja en el perfil: un tipo al que le entraría pánico, pero que borraría sus huellas; alguien que carece de empatía y remordimientos, que se gana la vida haciendo daño a la gente en su programa y disfruta con ello.

Como todos los demás, tiene mucho que perder si esto sale a la luz. Aun así, no tenemos nada contra él.

Eckhart suelta un silbido por lo bajo.

—Eso nunca nos ha detenido.

Asiento despacio y tapo el rotulador.

—Necesitamos el informe completo de la forense antes de presionar demasiado. No hagamos suposiciones hasta que sepamos con certeza lo que pasó. Pero al menos tenemos una buena hora de la muerte.

Eckhart se reclina de nuevo y se pasa la mano por el pelo.

—¿Crees que fue solo mala suerte? ¿El lugar equivocado en el momento equivocado?

Dudo, observando el tablero y las líneas que se entrecruzan entre el cañón y la ciudad.

—Tal vez. Pero la mala suerte no arroja un cuerpo a un barranco.

La sala se queda en silencio, solo se oye el leve zumbido del aire acondicionado y el suave murmullo del ordenador de Eckhart.

Echo un vistazo al calendario de la pared.

Ya han pasado dos semanas desde que ese río atmosférico azotó la ciudad.

Cuanto más se alargue este caso, más temo que acabe en la pila de expedientes sin resolver, y no puedo permitir que eso suceda.

De una forma u otra, vamos a encontrar lo que nos falta, y, cuando lo hagamos, me aseguraré de que quienquiera que haya hecho esto no se vaya de rositas.

Y, si me acompaña un poco de suerte, el culpable resultará ser Paul Davis.