Una pareja perfecta 39
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PAUL DAVIS

Después de que el coche de Eckhart gira la esquina, Amanda y yo entramos en el garaje.

Ambos estamos en silencio y tensos. Siento un nudo en el estómago por el miedo.

No recuerdo haber tenido tanto miedo en toda mi vida.

No puedo ir a la cárcel. Ni siquiera puedo pensar en lo que haré si empiezan a sospechar de mí. Perdería todo por lo que he trabajado.

Y eso no puede suceder, joder. Cueste lo que cueste.

Me apresuro a cerrar la puerta del garaje una vez que los dos estamos dentro.

La luz del día se desvanece con el descenso de la puerta y pronto nos envuelve la luz amarillenta que proviene de las lámparas del techo.

Estoy a punto de abrir la puerta del cuarto de la lavadora para dirigirme a la sala de estar, donde los dibujos animados de Tristan suenan demasiado alto, pero Amanda me bloquea el paso.

Está furiosa, con los labios apretados y los ojos muy abiertos.

—¿En qué narices estabas pensando? —me pregunta, casi gritándome, y se apoya las manos en las caderas—. ¡No deberías haber dicho eso!

Frunzo el ceño, odiando cómo me hace sentir esta mujer, como si fuera un idiota.

—¿A qué puñetas te refieres?

—¡Las cámaras de seguridad del estudio! —Hace una pausa, respirando con dificultad—. Has dado demasiado, demasiado pronto.

Me burlo, frustrado como el demonio.

—Todo el mundo sabe que los policías revisan las cámaras de vigilancia. Sale en todas las series policiacas, joder.

—Sí, pero lo has propuesto muy rápido. Eso revela que ya lo habías pensado. Como haría una persona culpable.

Siento cómo se me va la sangre de la cara. Una debilidad se apodera de mí, dejando a su paso una ola de pánico, y tengo que apoyarme en el capó de su Subaru para recuperar el equilibrio.

Me obligo a respirar, a pensar con claridad, mientras mis ojos se desplazan hacia el Cadillac accidentado que está aparcado en la tercera plaza del garaje.

Pero no tengo nada de qué preocuparme. El coche de alquiler es idéntico al mío, hasta en el más mínimo detalle.

Las ventanas tienen un tinte ligeramente más oscuro que las mías, cierto, pero ¿quién va a darse cuenta?

Por eso cambié los neumáticos y todo lo demás.

Ese tal Eckhart verá los vídeos, aunque piense que le he dado esa información demasiado rápido, y verán que es el mismo coche, así que tacharán mi nombre de la lista. Fin de la historia.

No tendré ningún problema.

—¿Y? —respondo, con el tono más despreocupado que puedo—. ¿Qué más da? Verán…

Amanda suspira, una larga exhalación apenada, como hace con Tristan cuando el niño la decepciona.

—La pegatina para aparcar, Paul.

Se me hiela la sangre.

—Joder… Se me había olvidado eso.

Amanda niega con la cabeza y entra en casa. Cuando abre la puerta, se cuelan los sonidos de la televisión, y las carcajadas de los dibujos animados reflejan cómo me va la vida en estos momentos.

—¿Crees que se darán cuenta? —pregunto en voz baja, aunque Tristan ya se ha ido al colegio.

Ella se encoge de hombros y me mira con lástima.

—No lo sé, Paul. Lo único que sé es que aún puedes hacer lo que debes y salvarte a ti mismo, salvarnos a todos de esta pesadilla. Cuando se den cuenta, será demasiado tarde.

La rabia me invade el pecho y me ahoga. Golpeo el marco de la puerta con el puño. Estoy atrapado, acorralado, sin salida.

—Está bien —digo finalmente—. Buscaré un abogado.

Ella me mira con un desprecio abrasador.

—Hoy, Paul. Busca un abogado hoy mismo.