Una pareja perfecta 38
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PAUL DAVIS

El fin de semana pasó volando, devorado por la ansiedad y las innumerables discusiones a susurros con Amanda. Esa mujer es el ejemplo perfecto de la rigidez mental. Su foto debería aparecer en el diccionario bajo la definición de intransigencia , joder.

Foster Vía Rápida se presentó el lunes por la mañana después de dejarme plantado el sábado y también el domingo, sin ni siquiera una llamada telefónica.

Aparcó su cutre Chevy en mi entrada y me hizo sacar el Cadillac de alquiler del garaje para tener espacio para sus reparaciones.

Ahora está colocando sus cajas de herramientas en el suelo del garaje, alineándolas contra la pared.

—Lo tengo casi todo —dice, hablando despacio.

—¿Casi? —Podría estrangularlo ahora mismo.

Tiene el descaro de reírse de mí.

—No te molestaste en mencionar ese embellecedor agrietado que hay justo ahí, encima del parachoques. —Imperturbable, sigue descargando cosas.

Su silencioso trabajo provoca otra pelea con mi mujer.

—¡Ni hablar! —sisea ella, mirando de reojo a ambos lados de la calle—. Ese hombre no puede estar trasteando con tu coche ahí dentro todo el día. ¿Qué dirán los vecinos? ¿Y si te preguntan qué estás haciendo? Llévalo a ese sitio de Westwood, a última hora de la noche, cuando nadie te vea.

Estamos justo fuera del garaje, con la puerta doble medio bajada para mantener alejados a los fisgones. Levanto los brazos en el aire y luego los dejo caer, frustrado.

—¡No puedo andar por ahí con un coche accidentado con la cantidad de cámaras de tráfico que hay y esperar que no me echen el guante!

—Ojalá pudiera gritarle tan fuerte que las ventanas vibraran—.

Quieres que me pillen por esto, ¿verdad?

—le pregunto, susurrando mi rabia cerca de su cara.

Ella ni se inmuta—. ¿Eso es lo que buscas?

—No, solo…

—Oye, me las piro —dice Vía Rápida, saliendo del garaje—. Os dejo un rato para que os aclaréis.

Joder . Quiero que trabaje en ese coche como si no hubiera un mañana. Mi querida Amanda nunca deja de joderme las cosas.

Foster se apoya contra el muro de la casa, con sus abultados bíceps a pocos centímetros de mi cara.

—Pero quiero mi dinero ahora.

No tiene sentido discutir. Entro en el garaje y regreso con un grueso sobre de papel manila. Lo coge y mira dentro, luego levanta una ceja e inclina la cabeza como diciendo «¿En serio?».

—Ahí tienes veinticinco mil —digo con calma—. El resto te lo daré cuando el coche esté como nuevo. Ese era el trato.

No me gusta cómo se le tensan los músculos bajo la piel cuando aprieta la mandíbula. Se guarda el sobre en la parte trasera de sus vaqueros gastados y sucios y masculla una palabrota.

—Estaré aquí el miércoles a primera hora. A ver si os habéis aclarado, ¿vale? Última advertencia.

Amanda lo mira con la boca ligeramente abierta. Yo hago todo lo posible por mantener la calma, pero me cuesta. Foster se sube a su Chevy y enciende el motor. Una fuerte música rap retumbante suena a todo volumen desde el interior de la camioneta.

Amanda me aprieta el brazo y me giro para mirarla. Mientras tanto, un Ford Explorer negro se detiene frente a mi casa. Tiene luces rojas y azules ocultas en la parrilla. Se me corta la respiración.

Me cago en todo.

Un hombre de unos treinta años, vestido con un traje gris barato, se apea del coche y se acerca a nosotros, mirando a Foster con gran recelo. Foster también lo mira, pero luego da marcha atrás rápidamente y se va.

Echo un rápido vistazo por encima del hombro. La puerta del garaje está medio bajada, lo suficiente para ocultar el segundo Cadillac, pero el ángulo podría delatar algo si este tipo se fija demasiado. Se me acelera el pulso.

Después de observar con atención el Chevy de Foster, que se aleja, el hombre se acerca y saca una placa de su bolsillo.

—¿Paul Davis? —Trago saliva y asiento—. Inspector Perry Eckhart, policía de Los Ángeles. ¿Tiene unos minutos? —Su voz es informal, pero su mirada no lo es en absoluto. Sus ojos pasan de mí a Amanda, a quien parece reconocer. Mis nervios se disparan.

¿De qué conoce a mi mujer?

Entonces dirige la vista a la camioneta de Foster, que ahora se encuentra a mitad de la calle y se acerca a la esquina. Me sorprendo a mí mismo deseando que Foster no elija este momento en particular para saltarse la señal de stop .

—Inspector —digo, esbozando mi mejor sonrisa profesional—, ¿en qué puedo ayudarlo?

—Necesitamos hacerle algunas preguntas sobre su regreso a casa la noche de la gala benéfica —dice, señalando con la cabeza el Cadillac que está fuera del garaje. Su tono es bastante amistoso, pero hay un brillo en sus ojos del tipo que revela que es más observador de lo que aparenta.

—Por supuesto —digo, mirando a Amanda, que está pálida, con los labios rígidos mostrando una sonrisa educada. Doy un paso adelante con naturalidad, colocándome de modo que Eckhart no pueda ver el interior del garaje—. Supongo que me pregunta por la mujer que encontraron ayer, ¿verdad?

—Exacto. —Su actitud es relajada y cómoda, pero sus ojos dicen lo contrario.

—En realidad, fue un viaje tranquilo. Salimos tarde y tomamos Malibu Canyon Road para volver a casa.

Él asiente con la cabeza y se acerca unos pasos. Yo me muevo un poco, tratando de bloquear su avance hacia el garaje. Pero él no mira en esa dirección, sino hacia el Cadillac alquilado que está en la entrada.

—Un viaje de vuelta largo —dice, inclinando ligeramente la cabeza—. ¿Algún problema en el trayecto? ¿Vieron algo fuera de lo normal? ¿Algún problema con la lluvia esa noche?

Amanda y yo intercambiamos miradas.

—No, nada fuera de lo normal —digo, manteniendo un tono de voz tranquilo—. Llegamos a casa alrededor de la una, diría yo, justo antes de que empezara a llover fuerte.

—Entonces, ¿no llovía cuando se marcharon de la gala? —Eckhart me estudia con expresión impenetrable y siento un hilo de sudor que me resbala por la espalda.

—No, no llovía —dice Amanda—. Lo recuerdo bien, porque esperamos mucho tiempo a que nos trajeran el coche. Nos habríamos empapado.

El policía da otro paso hacia el coche de alquiler y lo mira con atención, caminando despacio a su alrededor.

—Entonces, este Cadillac —dice, señalando el capó—, ¿es el que llevaban esa noche?

—Y también a la mañana siguiente —respondo, con demasiada rapidez.

Es como si mi cerebro se negara a mentir y ofreciera esta afirmación en su lugar, porque es cierta.

Siento un nudo en el estómago, pero mantengo la compostura—.

De hecho, si no me cree, puede comprobar las cámaras de vigilancia del aparcamiento de Golden State.

Tienen imágenes mías en el coche a la mañana siguiente, e imágenes de todo el personal de nuestra cadena.

Estoy seguro de que el local de la gala también tenía cámaras de vigilancia.

Él asiente despacio, entrecerrando los ojos mientras lo considera.

—Es bueno saberlo. Quizá valga la pena investigarlo. Había mucha gente allí esa noche.

—Sí, fue todo un éxito —digo, mostrando mi sonrisa poderosa y fingiendo entusiasmo—. Recaudamos más de cinco millones de dólares esa noche. Es un récord para nuestra organización.

—¿Vio a alguien conduciendo en estado de embriaguez?

—No —respondo demasiado rápido. Quiero darme de tortas.

Los ojos de Eckhart se dirigen al vehículo y luego vuelven a mí, imposibles de descifrar.

—Bien, gracias por responder a mis preguntas. Si se les ocurre algo más, llámenme. —Me tiende su tarjeta de visita, que cojo y guardo en el bolsillo. Luego nos damos la mano.

—Ningún problema —digo, relajando un poco los hombros—. ¿Algo más?

—No —responde con voz titubeante, como si algo lo estuviera frenando—. En estos casos, siempre son los pequeños detalles, ¿sabe? Algo en lo que nadie pensó.

Sonrío mientras el sudor me corre por la espalda.

—Me lo imagino.

Él no me devuelve la sonrisa, solo asiente una vez, un poco demasiado despacio, como si estuviera esperando a ver si me derrumbo ante el silencio.

Pero me mantengo firme, con el corazón aún acelerado, mientras sigo con mi mejor cara de póquer.

Por fin, da un paso atrás y echa un último vistazo a la puerta del garaje antes de girarse hacia la calle.

Desde su posición, solo se ve la parte trasera del Subaru de mi mujer, pero la puerta del tercer garaje está cerrada.

Da unos pasos por el camino de entrada, pero luego se detiene y se gira ligeramente.

—Una cosa más —dice, mirándome a los ojos—. Su amigo, el de la camioneta. Parecía un tipo interesante. ¿Trabaja con él?

Mi pulso se acelera, pero me encojo de hombros con indiferencia.

—¿Ese? Es nuestro manitas —digo, restándole importancia—. Me ayuda en el jardín de vez en cuando.

Eckhart levanta una ceja y asiente despacio.

—Muy bien. Me pondré en contacto si surge algo más.

Esbozo una sonrisa con los labios apretados y asiento con la cabeza.

—Por supuesto, inspector. Ya sabe dónde encontrarme.

Tras una última mirada prolongada, regresa a su coche. Me obligo a mantener la calma, con los brazos relajados a los lados, aunque mi mente va a mil por hora. En cuanto arranca, miro a Amanda, que ha estado todo el rato a mi lado con expresión rígida.

—Ha estado cerca —susurra con voz tensa, sin apartar la mirada de la entrada, como si esperara que el policía regresase.

Asiento con la cabeza y trago saliva.

—Sí, demasiado cerca.

Y ha tenido que encontrarse con Foster, de entre todas las personas.

Últimamente, la suerte me trata como el culo.

Lo investigará, descubrirá en qué anda metido…

y no necesitará mucho más para conseguir una orden de arresto.

Seguro que puede pillar a Foster por algo y luego presionarlo hasta que confiese todo sobre nuestro pequeño trato.

La idea me paraliza de miedo.

Nos quedamos mirando hasta que el coche de Eckhart desaparece por la carretera, pero, incluso entonces, no puedo quitarme la sensación de que sus ojos siguen sobre nosotros, esperando un paso en falso.

Volverá. Lo sé.

Todo esto se está desmoronando rápidamente. Necesito pensar…

Necesito un abogado.