37
AL JAZINSKI
Estoy a mitad de tomar notas cuando Ben Flannagan se aleja, con la mirada perdida hacia la vista del cañón desde su porche.
Está casi completamente oscuro y se está levantando viento, formando pequeñas nubes de polvo.
Su casa es la que está más cerca de la escena del crimen, justo al norte, pero hay casi dos kilómetros desde aquí hasta el lugar donde mataron a la mujer.
De las personas con las que hemos hablado al sur de la escena, nadie ha visto ni oído nada, ni recuerda lo que oyó o vio.
Los testigos son famosos por su falta de fiabilidad por una razón: la gente rara vez presta atención.
Flannagan es el típico habitante de Malibú: jubilado a los cincuenta años, bronceado por una vida de ocio, con el último Apple Watch brillando en su muñeca. El tipo de persona que ha visto mucho, pero que aún se anima con la emoción de algo fuera de lo común.
—Sí —dice finalmente, tocándose la barbilla con el dedo índice—.
Vi algunos coches que se dirigían hacia el norte la noche de la tormenta.
Eran bastante lujosos. Debía ser cerca de medianoche.
Lo recuerdo porque justo después empezó a soplar el viento y luego se puso a llover, y yo estaba fuera, esperando a que mi hijo volviera a casa.
—Se encoge de hombros y sonríe—. Cómo somos los padres, ¿eh?
Eckhart y yo intercambiamos una rápida mirada. Levanto una ceja y apunto: «Coches lujosos en dirección norte, a altas horas de la noche».
—¿Tarde, eh? ¿Podría concretar la hora?
Flannagan me mira y se encoge de hombros ligeramente.
—Entre las once y la una de la madrugada, quizá.
Podría haber sido más tarde, pero no lo recuerdo con exactitud.
Después de las diez, aquí suele estar todo en silencio, como en una tumba.
Pero pasaron varios coches, todos de alta gama, todos pisando el acelerador.
También había gente con esmoquin, según me contó mi hijo. Famosos.
—¿Su hijo los vio? —pregunta Eckhart.
Él asiente.
—Sí, mi hijo, Kyle. Esa noche estaba trabajando en la gala para recaudar fondos para las campañas contra la conducción bajo los efectos del alcohol, en la universidad. Un gran evento, con gente elegante de todo Hollywood. Estaba aparcando coches, así que pudo ver bien quién iba y venía.
Una gala benéfica. Lo apunto en el margen del bloc de notas.
—¿A qué hora terminó esa noche?
Flannagan se rasca la cabeza, pensando.
—Dijo que el evento comenzó alrededor de las seis, así que supongo que estuvo trabajando hasta bien pasada la medianoche.
Es posible que viera algunas caras famosas: gente de la televisión, actores, ya sabe a qué tipo de personas me refiero.
Se pasó un par de días comentándolo, pero no le presté mucha atención.
—¿Le importa si hablo con él?
Flannagan asiente con la cabeza hacia la casa y luego llama a Kyle, que aparece un minuto después.
Vestido con pantalones de chándal y camiseta, el chico es alto y desgarbado, con el pelo revuelto y una sonrisa tímida.
Parece que preferiría estar en cualquier otro sitio menos aquí.
Sus ojos se mueven rápidamente de Eckhart a mí y viceversa, como si estuviéramos a punto de detenerlo por algo.
—Hola, Kyle —empiezo, manteniendo un tono informal—. ¿Estuviste trabajando en la gala benéfica la semana pasada?
—Sí, toda la noche del jueves —responde, metiendo las manos en los bolsillos—. Estuve aparcando coches todo el tiempo. Fue en el campus de la universidad. El sitio estaba a reventar.
—¿Algo inusual esa noche? ¿Viste algo de camino?
Se encoge de hombros.
—La verdad es que no. Fui por Malibu Canyon Road sobre las cinco de la tarde, justo antes de que empezara el evento. Todo parecía normal. No vi ninguna señal de accidente, cristales rotos ni nada por el estilo. Y regresé a casa poco después de la una. Estaba diluviando. No vi nada.
—¿Recuerdas algún nombre? —le pregunto, con el bolígrafo en ristre—. ¿Algún famoso?
—Oh, sí, montones. Seguro que reconocería a la mitad de ellos.
—Sonríe, y su rostro se ilumina un poco—.
Estaba la actriz que sale en la nueva serie judicial, Kelsie Crichton.
La conoce, ¿verdad? —Niego con la cabeza, pero tomo nota—.
Ah, también estaba Paul Davis, el presentador de noticias y todo su equipo, como su antigua compañera, Carly…
Crown, creo, y la nueva, la que presenta las noticias con él ahora, la guapa, Latesha Jones.
Y algún actor más de televisión y un par de directores.
Davis incluso dio un discurso, así que todo el mundo estaba entusiasmado.
—¿Por qué estaban entusiasmados por un discurso? A mí esas cosas me dan sueño.
El muchacho suelta una breve carcajada.
—Se ve que dijo muchas palabrotas. Lástima que no nos dejaran escuchar.
—¿Nos? —inquiere Eckhart.
Se encoge de hombros y mira el suelo un momento.
—A los aparcacoches. —Cuando me mira, está un poco ruborizado—. Pero conseguí buenas propinas.
No dejo que mi expresión cambie, aunque el nombre se me clava como una piedra en el estómago.
—Así que Davis dio un discurso, ¿eh?
Kyle asiente con la cabeza y su sonrisa se amplía.
—Sí, en realidad, es bastante enrollado. Muy diferente de la imagen que da en la televisión. Me dio una propina de veinte dólares.
—¿Estaba bebiendo? —quiero saber—. ¿Los demás conductores olían a alcohol?
Se ríe entre dientes.
—Casi todos, pero nadie se arrastraba a cuatro patas hasta su coche, si sabe a lo que me refiero. Teníamos un procedimiento que seguir si alguien estaba ebrio.
Solo asiento con la cabeza, tratando de no delatar el subidón de adrenalina que me hace querer salir pitando de aquí.
—Gracias por tu ayuda, Kyle.
Kyle asiente y da un paso atrás, luego me estrecha la mano apresuradamente, con los dedos húmedos y fríos como el hielo.
Flannagan me dedica una media sonrisa y me saluda con la mano, pero yo ya estoy volviendo al coche, con la mente a mil por hora.
En el coche, Eckhart me mira con las cejas levantadas.
—¿Y bien? —Cierro la puerta, mirando al frente mientras exhalo—. ¿Por quién crees que deberíamos empezar? —pregunta.
—Por el puñetero Paul —mascullo, mirando mis notas.
Dudo un momento, sabiendo que no tengo ninguna razón en particular para ir primero a por Davis, pero me parece lo correcto. Quiero que sea lo correcto, cuando, quizá, debería mantenerme alejado de él, sabiendo el daño que puede hacerme.
Pero a la mierda con eso. La idea de que él esté detrás de todo esto es más tentadora de lo que mi razón puede soportar. Podría liberarme de él y borrarle esa sonrisa de satisfacción de la cara con un solo tintineo de mis esposas.
Hago una búsqueda rápida en la base de datos del Departamento de Tráfico en mi teléfono.
—Davis vive al norte de aquí, en Oak Park. Y apostaría mi placa a que tomó esta carretera para regresar a casa después de la gala. El chico ha dicho que nadie estaba ebrio, pero… es imposible que Davis aguantase una gala entera sin tomarse unas copas. Nadie aguanta.
Eckhart se recuesta en su asiento y cruza los brazos.
—Entonces, ¿qué hacemos? ¿Vamos a por tu presentador de televisión favorito?
El sarcasmo no le sienta tan bien a Eckhart como él cree, y casi se lo digo.
En lugar de eso, sacudo la cabeza, con la frustración a flor de piel.
Aunque me sienta tentado, no voy a dejar que mis prejuicios personales arruinen una investigación, pero, si resulta que Davis está detrás de esto, me aseguraré de que no se salga con la suya.
—Todavía no. No podemos actuar contra él sin un proceso, sin una causa. Ya sabes cómo funciona con la gente como él. Tendremos que ir con cuidado, con mucho cuidado. Hay que tratar a este tipo con guantes de seda, Eckhart. Es peligroso y tiene gente que lo protege.
Eckhart resopla, con la voz cargada de sarcasmo.
—Peligroso, ¿eh? No sabía que los presentadores de noticias dieran tanto miedo.
—¡Este sí! —le respondo, con más dureza de la que pretendía.
Todavía recuerdo sus notas durante mi entrevista.
No utilizó lo que sabía cuando tuvo la oportunidad, y todavía no sé por qué.
Pero estoy seguro de que no dudaría en esgrimir el historial de mi mujer en mi contra si se viera entre la espada y la pared.
Sin embargo, no puedo contárselo a mi compañero—.
Sabe cómo manipular las cosas, cómo manejar al público.
Si nos precipitamos, conseguirá que parezca que queremos hacer sangre.
Tenemos que investigar, conseguir una lista de todos los que asistieron al evento y quizá algún vídeo.
Quiero saber exactamente cuándo se marchó cada uno de los invitados, dónde viven y si tomaron Malibu Canyon Road para regresar a casa esa noche. Alguien tuvo que ver algo.
Eckhart mira por la ventana, con la mandíbula tensa mientras lo medita.
—Pues iremos despacio. Muy despacio. Entendido.
—Mejor eso que no que nos den una paliza por un arresto precipitado —murmuro, tamborileando con los dedos en el volante, y me pregunto qué puedo decirle a Eckhart—.
Este tipo tiene contactos. Lo conocí en persona y lo sé.
No quiero dar un paso en falso y que nos hunda.
Es de los que nos demandarían solo para divertirse.
Pero sí quiero tantear el terreno…, hacerle una o dos preguntas preliminares.
Él era el organizador de la gala, ¿verdad?
Usa eso si necesitas una excusa para empezar por él.
Eckart arquea una ceja.
—Parece un auténtico hijo de puta.
Suelto una risa amarga.
—No tienes ni idea.
Eckhart toma algunas notas en la tablet y me mira con una sonrisa burlona.
—¿Te importa encargarte tú solo de él mañana? —le pregunto—. Tengo cita con el dentista. —La mentira me sale con facilidad.
Él se ríe y pone los ojos en blanco.
—Sí, claro, como si me lo fuera a tragar. Pero no pasa nada, Al, lo entiendo si tienes cuentas con pendientes con ese tipo. Seré muy suave y amable. Ni siquiera se dará cuenta de lo que le ha pasado.
Esbozo una sonrisa sombría mientras arrancamos y las luces de la residencia Flannagan desaparecen por el retrovisor.
Mi mente ya está barajando todas las pistas que debemos seguir: la gala, la lista de invitados, los coches de lujo que pasaron por el lugar justo antes de que estallara la tormenta.
La forense, para que nos dé la hora exacta de la muerte.
Y la identidad de la víctima. ¿Quién era esa mujer? ¿Y por qué no hay nadie buscándola?