36
PAUL DAVIS
En cuanto entro por la puerta, veo a Amanda.
Está de pie en el pasillo, con los brazos cruzados con fuerza sobre el pecho, el rostro pálido y la mirada dura.
Siento una oleada de ira y miedo a la vez, que me invade antes de que pueda recuperar el aliento.
¿Cómo se atreve a juzgarme? No tiene ningún derecho.
Nuestras miradas se cruzan y, en un segundo, nos acercamos el uno al otro, susurrando en tonos urgentes y furiosos, apenas conteniendo la tensión que se ha creado entre nosotros.
—No podemos hablar aquí —sisea—. Tristan…
Miro hacia la sala de estar, donde mi hijo se ha quedado dormido viendo la televisión mientras estaba tumbado en el suelo; el sonido de los dibujos animados nos llega débilmente.
Estamos atrapados. No hay ningún sitio donde enviarlo, ni siquiera por unos días, ni siquiera por una noche.
El padre de Amanda, el curtido lobo de mar ese, está con su barco Dios sabe dónde, y mis padres se pasan el día trabajando en Nueva York.
—Está bien —digo entre dientes—. Pero baja la voz.
Ella se muerde la lengua para no replicar y veo cómo aprieta la mandíbula mientras lucha por mantener la compostura. Su rostro está tan pálido que parece que le hubieran succionado la vida. Así que ya somos dos.
—¿Qué creías que estabas haciendo —susurra con fiereza— al contarlo en directo por televisión?
Está siendo irracional, y lo sabe.
—¿Crees que tenía otra opción? —le respondo—.
No puedo ocultar una noticia cuando los productores me la dan.
¡Se darían cuenta! Estoy seguro de que otras cadenas también la tenían.
—Me paso los dedos por el pelo—. Ahora ya se ha difundido.
Y mañana encontrarán otro cadáver y esta mierda se olvidará. Esto es Los Ángeles, ¿recuerdas?
Me lanza una mirada asesina y aprieta los labios hasta convertirlos en una línea fina y dura.
—Sigue repitiéndote eso —dice, al fin—. ¿Te acuerdas de aquel policía? ¿El que se detuvo junto a nosotros cuando volvíamos a casa? Cuando vea las noticias, ¿no crees que atará cabos?
La idea me atraviesa como un cuchillo.
—Sí. Está eso… o encontrarán algo —digo finalmente, ahogado por la ola de ansiedad que se me está tragando entero—. Peinarán esa carretera, cada puñetero centímetro. ¿Y si dejamos algo atrás? No lo comprobamos…
—La lluvia —interrumpe ella, con voz temblorosa pero firme—. Lo arrastró todo. ¿Recuerdas? Llovió a cántaros durante horas. Todo lo que pudiéramos haber pasado por alto… ha desaparecido.
Sus palabras deberían tranquilizarme, pero no lo hacen. Solo logran que el miedo sea más intenso, más difícil de contener.
—No ha desaparecido. Encontraron trozos de la parrilla y sangre. ¿Y aquí? —pregunto en voz baja—. ¿Y si hay algo aquí? Podrían llamar a la puerta en cualquier momento con una orden de registro.
Sus ojos se agrandan al darse cuenta de lo que estoy pensando.
Sin decir nada más, pasa corriendo a mi lado y entra en el cuarto de la lavadora.
La sigo, con el pulso acelerado. Coge una botella de peróxido del armario de la limpieza, con las manos temblando, y le quita el tapón.
Luego, le coloca el pulverizador de una botella de limpiacristales y se dirige al garaje.
—¡Amanda, para! —digo, tratando de sonar tranquilo—. Esa noche pasamos tres veces por el túnel de lavado. Apenas había sangre en el interior.
—¡Pero había un poco! —me espeta, rociando peróxido sobre un trapo—.
Unas gotas. No lo vimos todo, no en el estado que nos encontrábamos, no…
, no entonces. —Se sube al Cadillac, rocía los asientos y el salpicadero y luego frota los bordes del parabrisas agrietado, observando cómo el peróxido burbujea y hace espuma al depositarse en las grietas.
—Amanda, basta —susurro, con la voz quebrada—. Lo hemos revisado todo. El parabrisas se va a cambiar. Lo que quede será…, no es nada.
—Aún pueden encontrarlo. —Se echa hacia atrás, con las manos temblorosas, mientras mira fijamente los puntos donde el peróxido sigue burbujeando—.
El peróxido no hace espuma a menos que queme materia orgánica, como sangre o saliva.
Así que aún hay algo . —El silencio entre nosotros es denso, opresivo, hasta que, por fin, ella dice—: ¿Y la ropa?
La ropa. Los zapatos. Las cosas que llevábamos puestas esa noche, metidas en la lavadora en medio del pánico. Ni siquiera se me había pasado por la cabeza. Un escalofrío me recorre el cuerpo.
—Se lavó —respondo, con voz apenas audible—. Esa noche. Lo lavaste todo, ¿recuerdas? Incluso mi ropa interior.
Me mira con los ojos como platos y el miedo grabado en cada rasgo de su rostro.
—Una vez no es suficiente —replica con voz temblorosa—. Nunca es suficiente.
Sale disparada del garaje, dejándome paralizado en el sitio, y oigo cómo se abre la puerta del cuarto de la lavadora y cómo rebota con estrépito la tapa de la lavadora.
Unos instantes después, vuelve del piso de arriba con los brazos llenos de ropa y sosteniendo el par de zapatos que llevaba yo esa noche.
Lo deja todo en el suelo y empieza a rociarlo con peróxido, con movimientos frenéticos. Desesperados.
—¡Amanda, para! —le susurro, agarrándole la mano—. Vas a estropearme los zapatos. Que son de Hermès, joder. Te estás pasando.
—¡No me importa! —replica con voz ronca y los ojos vidriosos por el pánico—.
¡No me importa si se estropean! No podemos permitir que encuentren nada, Paul.
Ni una gota ni una mota. Y la sangre se esconde.
En las costuras, en los extremos de los cordones…
, puede estar en cualquier sitio, y la encontrarán.
Está siendo irracional. Según su lógica, deberíamos tirarlo todo a la basura y ya está. Me vuelve loco cuando se pone así de frenética.
Vuelve a mojar los zapatos, apretando el peróxido hasta que empapa el cuero, hasta que las suelas gotean, con las manos temblorosas mientras busca cualquier señal, cualquier rastro que se nos haya escapado.
Yo solo la observo, sintiendo cómo mi propio miedo me devora, como si cada burbuja que se desvanece, cada gota de peróxido, llevara consigo el peso de lo que podría pasarme.
Cuando por fin se detiene, me mira con el rostro pálido como un fantasma. Tiene las manos mojadas y los zapatos que sostiene apenas se reconocen, pues el cuero está manchado y empapado. Los deja sobre la alfombrilla de goma con un largo suspiro de agotamiento.
—Vale —dice, con una voz que apenas es un susurro—. Ya está. Tiene que ser suficiente.
La puerta del cuarto se abre de golpe y me sobresalta. Amanda da un respingo y casi se le cae la botella de peróxido.
—¿Mamá? —Es Tristan, arrastrando los bajos de sus pantalones de pijama por el suelo y pisándolos, con los pies descalzos. ¿Qué estáis haciendo?
Amanda le sonríe, pálida como un fantasma.
—La colada, cielo. En un minuto terminamos. ¿Te apetece comer algo?
—Ajá —dice, cambiando el peso de un pie al otro, indeciso. Nos mira con el ceño fruncido por la preocupación—. Tengo hambre.
—Ve a ver los dibujos animados. Te prepararé algo en un momento —responde Amanda. Su voz suena normal, como si nada pasara.
Mi mujer es la mentirosa perfecta.
La puerta chirría al cerrarse. Entonces se oyen de nuevo los dibujos animados, un poco más altos que antes.
—Creo que con esto basta —dice, después de rociar con abundante peróxido la ropa que ha metido en la lavadora.
Cierra la tapa, programa el ciclo más largo y añade un aclarado extra. Seguro que la pondrá una y otra vez, igual que hice yo con el Cadillac en el túnel de lavado.
Nada parece suficiente. Ni la lluvia ni el peróxido ni el frotado ni el silencio.
Es como si el miedo…, como si se hubiera infiltrado en nosotros, como una mancha que no podemos quitar por mucho que lo intentemos.
Eso es lo que Amanda debe estar intentando desesperadamente limpiar de mi esmoquin Ralph Lauren destrozado, solo que no puede, porque nadie puede. Es ridículo que no se dé cuenta.
Y lo que me revienta es que no fue culpa mía. Esa mujer no debería haber estado allí a esas horas de la noche, vestida de negro. Joder, estaba pidiendo a gritos que la atropellaran.
Seguimos aquí, en el cuarto de la lavadora, con el aire impregnado del olor débil y acre del peróxido.
Nos miramos fijamente, con la respiración entrecortada y acelerada.
Desde algún lugar del pasillo llega la risa de Tristan, que imita la de los dibujos animados, un recordatorio de la vida a la que me aferro, de todo lo que tengo que perder.
Lo único en lo que puedo pensar es que esto no ha terminado. Ni mucho menos.